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El cocinero del infierno

Si la cárcel es un infierno, éste tiene un cocinero: se llama Neptuno. Y cuando termine de contarnos su historia sabremos por qué siente que su alma se torna cada día más negra, un poco más obscura.
Esa tarde está parado ahí, justo en medio de una corredera de homicidas, violadores y asaltantes. Blande como tridente una cuchara de metal que es más larga y más grande que su propio brazo y, con un grito sonoro, organiza la pelotera de trastos, peroles y cubetas.
“Esas ollas llenas, muévanse, ámonos cabrones”, dice con camaradería el único hombre que no es un reo, y esa cocina con 60 cuerpos uniformados de caqui que vienen y van sin tropezarse, sin tocarse siquiera silenciosos, se ordena, se activa.
Ahumados por los vapores mezclados de las ollas gigantes de frijoles charros que tienen un sabor a chile serrano, por el arroz blanco con demasiado ajo para ciertos gustos, por el atún a la vizcaína con papas tiernas, jitomate oloroso y buen sazón, los hombres se agrupan para comenzar el ritual: 12 mil 500 internos del Reclusorio Varonil Norte del Distrito Federal tienen hambre y ellos, los ayudantes de Neptuno, están obligados a darles su comida en punto de las 12. Ya.
Un grupo vierte los frijoles, otro organiza las cajas para los 2 mil kilos de tortillas, los contenedores del arroz, los del atún, el sellado de las ollas para el traslado, los malvaviscos del postre, la formación de los carros en la puerta de la cocina, la limpieza de contenedores vacíos, el lavado de utensilios. Apenas pasan 7 minutos.
“Yo sirvo regularmente con una calidad y así sale de mi cocina: frijol y sopa de pasta o arroz. Alubias, lentejas, guisado. Un postre, tortillas. Pan en el desayuno y la cena. Recibo en mi cocina 25 mil panes en promedio diarios, y tortillas”. Neptuno domina su reino.
Tiene horarios ajustados. 12 mil 500 desayunos, a las 7 de la mañana, 12 mil 500 comidas, exactamente al mediodía y 12 mil 500 cenas, que si no están listas a las 7 de la noche detonan conflictos entre los reos.
Una ocasión, los “rancheros”, internos comisionados por sus compañeros de anexo o área para conducir los alimentos, volcaron el contenido de todo un carro con comida para 650 reos. El anexo se levantó en protesta y el propio Neptuno habló con los líderes del área, “siempre hay uno que los mueve”, para calmar la bronca.
“Les hice nueva comida en 15 minutos. Así de organizados están los muchachos en mi cocina”, dice orgulloso mientras los mira.
Formados los carros, rotuladas las ollas para cada área del penal, uno de ellos abre entonces una compuerta de la cocina que da a un pasillo al aire libre, en la zona de Talleres del reclusorio, donde una multitud casi monocromática de hombres viejos y jóvenes ya espera, detrás de la reja custodiada, a que comience el reparto.
Adentro, la comida es oro
Los “rancheros” se acercan conforme los nombran para llevar los carros. Si alguno carga una olla de más, una caja de tortillas de menos, Neptuno sale de su cocina y va hasta él, arregla el asunto y quienes lo observan notan cómo el tumulto de hombres presos, con hambre, no se atreve a chistarle un vituperio.
Porque es un penal, con sus reglas propias, esas que Neptuno conoce a la perfección después de cinco años haciendo la comida y defendiendo, incluso a golpes y amenazas, su terreno.
“Cuando me contrataron yo asumí un compromiso y he llegado al punto de conflictuarme con mucha gente por querer hacer las cosas bien, porque, bueno, es mi cocina y aquí adentro estás en medio de una lucha muy desigual”, dice sereno.
Usos y costumbres de ahí dentro, donde todo cuesta porque todo vale, la comida es oro y así se cotiza, por eso puede ser una cuando sale de la cocina y otra distinta cuando llega a los dormitorios del penal, donde otros mandan:
“Así les des caviar, allá adentro lo pueden convertir en mierda. Apenas pasan el retén donde ya no hay seguridad ni externos, hacen lo que quieren, obviamente con la intención de vender, de obtener un beneficio”.
Por eso su máximo orgullo es haber conquistado territorio.
“Cuando yo llegué, aquí estaba mal, aquí era suciedad, era desorganización, falta de alimento, además el saqueo que existe. El mayor problema era el saqueo que hacía el interno”, cuenta.
Por las manos de Neptuno pasan, cada semana, mil 89 cajas de huevo, 12 mil 600 kilos de salchicha, casi el doble de piernas y muslos de pollo, unas 18 toneladas de frijol, ocho de arroz, 4 de carne de cerdo, café, lentejas, azúcar, puré de tomate, jamón, carne de res, surtido todo lunes, miércoles y viernes, porque no hay congelador.
En el mercado restringido del Reclusorio Norte, cada pieza, cada cosa tiene su valor, inmenso, por ello trabajar con personas que ha delinquido, dice Neptuno, le pudo representar el conflicto de la confianza, que ha ido superando.
—¿Cómo lo hiciste?
—Con la ayuda del área de seguridad, por supuesto, pero además cuidándolos yo. No te queda de otra que revisar a la gente cuando se va y si la encuentras robando algo, pues la despides.
Por eso la cocina tiene escalafón, que depende de la confianza, la experiencia y las ganas de trabajar.
Llegan por petición propia y lo primero que hacen es limpiar pisos, baños, utensilios. Luego son ayudantes, cargan los bultos, limpian frijoles, lavan carne, vierten los alimentos, pasan a la zona de guisos, sazonan, baten, hasta que finalmente cocinan. Ganan dinero, reducen condena, aprenden.
“No puedo tener a cualquiera haciendo guisados, en primera porque no están acostumbrados a trabajar con cofia, cubrebocas, uniforme, porque aquí están acostumbrados a andar sin camisa, encuerados, por eso en mi cocina todo es un proceso de aprendizaje”.
—¿Y los cuchillos?
—Los cuchillos los manejo yo.
—¿Sólo tú?
—Bueno, no. Los manejan quienes están asignados al corte de alimentos, pero los guardo en mi oficina bajo llave, y esa llave nadie la toca más que yo.
Neptuno recuerda una anécdota, cuando cierto grupo de internos intentó entrar por la fuerza a la cocina y sus muchachos se armaron con los utensilios de cocina para evitar la incursión. “Me imaginé una carnicería, ca. Por eso los cuchillos”.
¿Quiénes son los malos?
Neptuno es un hombre de baja estatura, “para mi todos son altos”, corpulento, de nariz como nuez y labios delgados. Aunque sus ojos son pequeños, cuando platica los abre lo suficiente como si quisiera ayudar a la mente a cocinar los recuerdos.
Desde que llegó al Reclusorio y le propusieron encargarse de la cocina, dejar el área de supervisión del parque vehicular de la dependencia, puso en práctica el método de aprender observándolo todo.
Sin preparación como cocinero, con la única experiencia de haber atendido un negocio familiar de barbacoa, los primeros días en el Reno sólo se dedicó a mirar, a cuidarse, a medir, como se dice, el agua a los tamales.
“Yo estaba en área central, pero mi domicilio está aquí cerca, así que por comodidad lo agarré”
—¿Y qué se siente darle de comer a los malos?
—¿Y quiénes son los malos?
—Los que están adentro, ¿o no?
—Pues aquí adentro no son todos los que están, ni están todos los que son. ¿Quién es malo? Tú y yo podemos ser malos y no estamos aquí adentro, dice, para ridiculizar prejuicios ajenos.
Mira hacia sus ayudantes, hacia Jorge, quien está a cargo de los frijoles y en un par de meses compurgará condena por robo, hacia su compañero, quien dice estar seguro de encontrar un buen trabajo, cuando salga, porque ya sabe trabajar en una cocina industrial, como de restaurante y podría poner su propia cocina económica. O más.
Neptuno observa hacia José Luis, dos veces asaltante; a Ignacio, defraudador, que en medio del jaleo de los guisados parecen hombres confiables afanándose por hacer lo que les toca lo mejor que pueden. De veras.
“Te vuelves de la cárcel”
Neptuno, cuyo nombre heredó de su padre, “de niño me molestaba, ahora, de alguna manera me da fuerza”, dice que trabajar en la cárcel, en la cocina del penal, le ha significado experiencias buenas, pero también malas.
—Tu actitud hace que te respeten, pero ya aquí, si no le metes unos chingadazos a un güey... los mismos chavos, de repente los tienes que arrear con un palo y eso te hace cambiar.
—¿Tú has cambiado?
—Tú te das cuenta de que no eres el mismo. Yo difícilmente era grosero, difícilmente gritaba y te podría decir que me ganaba el respeto de la gente más con mi actitud que con la fuerza.
—¿Cómo eras antes?
—Yo, antes de trabajar aquí, era muy sociable, no tenía precisamente grandes amigos, pero sí tenía un círculo más grande de gente con la que convivía, ¿no? Ahora no. Tenía más léxico para entenderme con la gente o para sostener una plática y además más temas... de repente te clavas aquí y tu círculo se vuelve pequeño, pequeño.
—Cambiaste.
—Todo cambia, todo cambia, hasta tu comportamiento, en todos los sentidos, cambia. En tu juicio o bebido cambia, más bebido. Tienes que aprender incluso a moderar tus tragos porque, con que pierdas tantito el control... bebido te vuelves alguien de la cárcel, como diablo.
—Te sale tu lado oscuro...
—No, no... pero tú sientes. Después de tanto que platicas con ellos y que peleas y todo eso, de repente estás bebido y sí te sientes capaz de hacer una pendejada de las que hacen ellos y eso ya te hace pensar a ti: ¿Pues antes cuándo iba yo a pensar así?
Neptuno ya no está en la cocina. Servida la comida, sus ayudantes comienzan a preparar la cena, las lentejas, las ollas de café. Se desprende del tapabocas, de la cofia, y sale al patio a fumar un cigarro, un Delicado. Al rato, afuera, se echará un “camellito”.
—Neptuno, ¿cómo haces para que esto no te coma?
—Desde el momento que sales de aquí el aire es diferente. Quizá tú te vas a dar cuenta cuando te vayas. No sé. Pero aquí huele diferente.
—¿A qué huele en el reclusorio?
—Te juro que huele a conflicto, huele a cárcel, a sufrimiento, no sé, todo lo que te puedas imaginar. Y sobre todo, cuando estás aquí todo un día, te juro que sales de la aduana y el aire es diferente, eso te permite calmarte y tu estrés, todo lo que te echas aquí a cuestas, te da un chance.
—¿Y por qué sigues aquí?
—Porque me gusta, me gusta mucho. Mi mujer me dice que me salga, mi hija también. Pero a mí me gusta.
Mira hacia la zona donde miles de hombres toman el sol, donde algunos comen en trastos viejos, en latas, en lo que pueden, y entonces, a manera de despedida, Neptuno confiesa, como si se hablara a sí mismo:
—¿Sabes cuál es mi mejor ritual? Marcar por teléfono. Cuando salgo de aquí, en la tarde, casi directamente voy a marcar por teléfono, a mis hijos, a mi mujer. Y ya eso me regresa mi vida.♠
Texto publicado en EL UNIVERSAL
Vieja crónica de un 1 de mayo

Primer tiempo:
Antes eran miles, hoy unos cuántos.
El Todopoderoso de antes, el que desde el balcón miraba sin ver y oía sin escuchar, se convierte ya en decenas de poderositos pequeños, pequeñitos, que tampoco ven ni escuchan, nomás transan y vituperan, llegan en Mercedes, salen sin ser tocados y exigen su “besamanos” y su cuota de poder: “fuera el secretario”.
Y los reclamos de antes, los guardados en el cajón de la conveniencia, por un salario mejor, por un trabajo mejor, por una vida mejor, hoy atizan las mismas gargantas mañaneras que merecerían mejores causas: “Fox, escucha, Napoleón está en la lucha”.
Y los uniformes de acarreados de antes, con cachucha y chamarra, lonche y lana para la celebración, hoy son camisetitas tristemente serigrafiadas y una bolsa de sándwiches con aguacate y radiografías de jamón y queso de puerco. Y la promesa de un contrato, “aunque sea de un mes”, pero un contrato.
Lo mismo. Porque están los mismos gritos, las mismas pancartas, los mismos ecos, lanzados por los mismos hombres que ganan los mismos salarios y limpian la misma mugre de los mismos viejos capos del sindicalismo viejo de la vieja CTM.
Pero los ríos de antaño, que ya son apenas hilera guangas de gente sin muecas, ni entusiasmos, ni causas, lanzan hoy gritos que no gritan nada, cobran salarios que no saldan, cuentas que no cuentan, y se escurren todos en apenas 10 minutos, no bien ha terminado el festín de los añejos, no bien ha comenzado la celebración de los “modernos”, no bien han terminado de apoyar a quien se enriqueció con sus miserias.
Segundo tiempo:
Antes eran nuevos, hoy los de siempre.
Exigen que se vaya, que nadie lo reconoce, que ya no tiene color la grisura de su cargo. Y como prueba de su desprecio, dicen, está ahí “el nuevo sindicalismo” para exigir un hasta aquí que suene recio: “una mentada de madre para el gobierno asesino y represor”.
Y llegan en camiones que colman el primer cuadro de la ciudad, y sacan sus pancartas que exigen “Fuera Salazar”, “No a la intervención en la vida sindical”, y hacen sus cuentas alegres de que la UNT, con los viejos nuevos líderes, “está en la vanguardia de la lucha por el respeto al sindicalismo”.
Y los encabeza el de siempre, un viejo nuevo Fidel Velázquez, con sus 29 años de liderazgo democrático entre los telefonistas, acompañado por los viejos nuevos dirigentes de electricistas, universitarios, tranviarios, que se unen a sus octogenarios antecesores para reclamar, porque esa sí es su lucha: “no a la persecución contra el compañero Napoleón Gómez Urrutia”.
Porque hacen de un reclamo particular su Primero de Mayo. Y callan, con su voz, el verdadero reclamo de los suyos: un salario mínimo de insulto, la proliferación de despedidos, el nulo crecimiento del empleo.
Y desde el mismo podio donde una hora antes reclamaban los añejos, los nuevos viejos gritan “democracia” y “libertad” como quien grita “chicharrones” o “hay camotes”, sin que se altere el contingente, sin que se mueva una pestaña, sin que se cimbre una estructura, sin que se altere un salario, sin que mejore una vida.
Tercer tiempo:
Antes era un sueño, hoy es un recuerdo.
La figura del “sup” se escurre solita por el podio casi vacío, y se nota breve frente al Palacio Nacional, enjuta frente al aguacero que lo baña, mínima ante el eco de sus otros días.
Y su voz grita distinta, que se van a ir a la chingada todos, que los azules, los tricolores y los amarillos y los rectores y los industriales y los banqueros y casi todos los que no piensen como él, no digan lo que él y no hablen como él.
Grita con una voz distinta, pero desde el mismo podio que usaron los añejos y los “nuevos viejos”, y tampoco nadie de la muchedumbre, que no es la misma y quizá ya no será, puede acercarse siquiera a ese flanco de machetes y mecates, como no podían los otros por la mañana, ni al mediodía. Y lo que aparece ahí, a media tarde en el Zócalo, es algo que no es ni fiesta ni verbena ni fandango, y no recuerda otras visitas del movimiento ideológico-insurgente, ni en cantidad ni en cualidad, ni en densidad ni en simpatía.
Lo que se escucha es una voz furiosa, apagada, que despliega rencores y bravatas que no saltan envueltos en poesía: Marcos ha perdido su poesía.
Y como no hay poesía, no hay calidez, ni sueño ni nada. Y no está la gente, ni los ecos, ni la simpatía, ni nada.
Y entonces el Zócalo se va quedando solo. Y comienza el aguacero, tres palabras después de que se ha ido Marcos, y la lluvia se lleva esos pocos ojos que miran a la izquierda, y los pocos ecos de ese sueño, y los recuerdos, y el “pudo haber sido”. Y todo.♠
Publicada en Diario Monitor
CREA y las microempresas de mujeres migrantes
Este 2010, trabajé para un proyecto empresarial denominado Iniciativa México. Mi papel ahí era realizar reportajes de los proyectos participantes.
Éste es un reportaje sobre CREA, una organización no gubernamental que apoya a mujeres para crear microempresas a partir de ideas sencillas.
Mayoritariamente mujeres parientes de migrantes zacatecanos, el proyecto CREA es de un gran impacto en la región, pues dota a cientos de mujeres de nuevas opciones de vida.
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Ñango y sin permiso, Santa cumple
Una mañana de diciembre de 2009, éste reportero se disfrazó de Santaclós y así, con botarga, barba, botas y entusiasmo, salió a las calles de la ciudad de México a contar una historia de Navidad.

¡Santaclós… Santaclós, usté no puede estar aquí! La voz del funcionario del Gobierno del DF parece una descarga de diábolos conforme se acerca.
El contorno de escuincles, unos 15 pares de diminutos ojos fascinados que me observan, comienza a disolverse.
—¿Qué no entiende, carajo? ¡No puede estar haciendo eso aquí!
—¿Pero qué estoy haciendo?
—Váyase. Pa’star aquí tiene que sacar permiso, esto es un lugar privado.
El hombre desenfunda de su cintura un equipo de radiocomunicación y, sin dejar de mirarme, de escanearme como se dice ahora, pide una patrulla para ese pedazo de Plaza de la Constitución donde nos encontramos.
Con su brazo el funcionario ahuyenta a las últimas palomas de un metro y 15 ilusionadas con mi disfraz, con mis abrazos.
El terciopelo rojo de mi saco se frunce en el puño de la autoridad; el sol, de por sí una estufa, parece subir su flama al máximo porque el peluche del traje, la panza de borra y manta, incluso la peluca, la barba de nylon, comienzan a sentirse mojados, me pican, me desatan una comezón que sólo había sentido cuando, de niño, me senté sobre un hormiguero.
—Nomás estoy aquí, deseando feliz Navidad a los niños, le digo. ¿Por qué tendría que decirle que soy reportero y por hoy un Santaclós callejero?
Él no recibe respuesta de su aparatito. A esas horas del domingo, la policía debe andar custodiando el circuito ciclista en Reforma o la pista de hielo.
En el Zócalo, vedado a Santaclós por obra de un decreto que más parece sancionar el comercio que no rinde votos que el ambulantaje, un hilo de familias observa en silencio, sin intervenir, el aquelarre funcionario-Santa, en el fin de semana previo a la Nochebuena del año de la violencia.
“Mira, ahí va Santa”
Mientras el funcionario duda, no recibe apoyos, aprovecho para detenerme ante uno de los tantos niños que abracé minutos antes: es una enorme bola de cachetes morenos, rojos, una boca mínima, dos manos juntas encima de un ombligo desbordado con camisa de Bob Esponja, dos brillantes pelotas negras debajo de las cejas, un deseo simple: “quiero que me traigas una bicicleta, con ruedas para que no me caiga”.
¿Y has sido bueno, obedeciste a tus papás? —le pregunté antes— porque sólo tengo regalos para los niños que se portan bien y obedecen a sus papás.
El “sí” inmediato estuvo acompañado de un rejuego de manos incesantes, la vista en alguna parte que no era mi rostro de Santaclós hechizo, un nerviosismo que se tradujo en piecitos sin descanso, en movimientos de cabeza, en titubeos que sólo acabaron en sonrisota cuando le solicite un abrazo, que duró un minuto.
Diego, como dijo que se llamaba, no fue el primero. Desde temprano comenzó el aguacero de apapachos, de gritos genuinos para celebrar el paso del disfraz rojizo, del “¡mira, ahí va Santa!”, con tantas miradas reencontrándose en una ilusión que no parecería de una ciudad con un índice de al menos 400 delitos diarios.
En la esquina de Reforma y Florencia los ciclistas avanzaban junto a la figura regordeta del costal de plástico relleno de almohada; y con sonrisas, gritos, saludos: “¡Ese mi Santa!”, casi exigían el “Jo jo jo” como respuesta.
Lo mismo adultos que niños, aunque más espontáneos los chamacos. Igual los paseantes con cámara que los trabajadores de limpia, incluso policías, quienes pedían su foto, “mi muñeca de carne y hueso”, “ora sí tráete un Ken para esta Barbie”, e inalterablemente convergían dispuestos en ese lugar extraviado a donde uno debe ir para creer las fantasías.
Desde los automóviles sonaban los cláxones, desde los patines, las bicicletas, las patinetas los “¡Qué Santaclós tan ñango, se ve que está dura la crisis!”. Desde los microbúses el “adiós Santa”, que llegaba a convertirse en romería si pasaba por la Alameda, si me aproximaba a Bellas Artes, si agarraba por Madero para llegar al Zócalo, y un tropel de enanos sin titubeos pedía un balón de futbol, una muñeca, un carro a control remoto, algo de ropa.
“Si no puedo traerte todos los juguetes que pides, piensa que te quiero mucho y que los regalos están llenos de amor”, decía a los niños cuando notaba la mirada agobiada de sus padres ante el cúmulo de peticiones.
Como otros dos mil, quizá dos mil 500 hombres vestidos como yo en las calles de la ciudad de México en esta temporada, según estimaciones del gobierno, sentía la obligación de mantener viva una esperanza, que si bien no es netamente mexicana sí es esperanza al fin, y mucha falta que hace.
Quizá por eso pesaba menos la botarga, por eso el clavo del zapato derecho no llegaba a doler tanto tras horas de caminata, por eso las rozaduras de la entrepierna, por la costura del peluche, eran soportables; quizás por esa obligación el estorbo de la panza podía ser sólo mínimo, y el calor de estufa a todo fuego, hirviendo bajo del saco alquilado por mil 300 pesos, llegaba a confundirse en cada abrazo.
¡Feliz Navidad!
Pero el funcionario insiste en que me vaya. La gente murmura la arbitrariedad mientras me dice que los “Santacloses” están confinados a la zona del Monumento a la Revolución, que si quiero evitarme problemas me salga del enrejado que privatiza el Zócalo.
Ya sé cómo se las gastan: en la noche, siete patrulleros jalonearán a otro como yo, incluso de los blancos pelos, para subir a la furgoneta: un Santaclós aprehendido, en una acción tan eficaz que ya la quisiéramos ver contra la delincuencia.
Vuelvo a mirar los ojos de Diego, un niño como tantos, quien parece no comprender lo que se dice.
Entonces entiendo como mi obligación defender su fantasía, y decido salirme del enrejado sin mayores aspavientos.
—Ya me voy, señor funcionario. Aunque no estoy haciendo nada malo, le digo.
El colaborador de Marcelo Ebrard se aleja unos pasos, pero vuelve la cara enfadada de inmediato porque escucha los gritoneos que le lanzo a manera de rebeldía: “Feliz Navidad. Feliz Navidad a todos… Jo jo jo”.♠
Publicado en El Universal
Migrante No. 17: Carlos Alejandro Mejía Mendoza
72 MIGRANTES.COM
Carlos vivía para su madre y ella, orgullosa, le replicaba los cariños. Amor de madre caribeña, vecina de las arenas en las costas de Triunfo de la Cruz, y amor de muchacho garífuna, de hermoso negro hondureño con casi 20 años y un sueño en los ojos.
"Él quería levantar a la mamá, Isadora, darle todo a la mamá. Como es único hijo varón. Y aquí no lo podía hacer, por eso quiso salirse".
Alejandro, su tío, cuenta que aún parece estar viendo a Carlos cuando era un cipote, de 11,13 años: ordeñaba y arreaba el ganado de un vecino por los montes de su aldea, abrazaba a su madre, cuidaba de sus cinco hermanas e iba a corriendo a la playa para jugar con los demás cipotes garífunas, sangre nueva de una cultura nacida hacia 1635, cuando barcos españoles cargados de esclavos africanos naufragaron cerca de la isla San Vicente y los primeros garífunas nadaron, liberados, hasta las costas cercanas, para después mezclarse y esparcirse por lo que hoy son Honduras, Belice, Guatemala.
Alto como las palmeras de la costa Atlántica, fornido, musculoso, con una sonrisa de boca ancha y carnosa que emitía tonos graves, Carlos tenía dos pasiones: el futbol, en el que jugaba de defensa como si fuese un profesional, y la música.
Había nacido en el año en que 'Sopa de caracol', de la hondureña Banda Blanca, conquistaba media América Latina con el baile de la 'punta' garífuna - 'Watabuinegui consup, watabuinegui wanaga, si tu quieres bailar sopa de caracol ¡eh!', y quizá por eso le gustaba la bailada.
Se iba a la Disco a Tela, porque ahí tocaban la música moderna, el pop, el reggaetón y en una de esas hasta la 'punta', que también le gustaba bailar a su mamá.
Pero en su aldea, Carlos ya no podía estar. Ver a su madre esforzarse por ganar dinero le dolía. Dignidad de varón de raza negra.
"Ya no le ajustaba. Vos sabes cómo está la situación, que una semana hay trabajo y otra no. Carlos, de aquí de Triunfo era la primera vez que se iba".
Esperaba llegar a Miami con sus tíos, quienes contaban con el dinero para pagar a los polleros que lo cruzaran a él y a Junior Basilio Espinoza, su otro tío.
La noche de su partida, habiendo pensado que podían encontrar trabajo en un restaurante o incluso en los naranjales de Florida, Carlos quiso probarse una camisa roja dibujada con una brillante águila dorada y Junior una camisa blanca. Decidieron que entrarían vistiéndolas al paraíso de la paga abundante.
"Quizá les dijeron que esa misma noche llegaban y por eso se pusieron esa ropa, con esa misma ropa los mataron". Alejandro, quien lo cuenta, se aleja el teléfono de la boca y comienza a toser: 72 asesinatos juntos aniquilan cualquier garganta. Y cualquier alma, cualquier esperanza posible de cualquier país.
Casi tres meses después de su partida, el 9 de agosto de 2010, Carlos Alejandro aún no ha regresado a Honduras. Isadora, impaciente, aguarda por su hijo. "Todos los días, todas las semanas le dicen que llega y llega y nunca llega".
Amor de madre caribeña, ella espera tomarlo de nuevo entre sus brazos para cantarle úragas garífunas que cuenten la historia que Carlos hubiera querido escuchar sobre su propia vida. Le replicará su cariño de muchacho amoroso y entonces, orgullosa, devolverá su cuerpo a las arenas de las costas de Triunfo de la Cruz.♠
Publicado en 72migrantes.com
Te amo...
... por mi madre y mi padre, que nacieron en tu suelo, se conocieron en tu suelo, se amaron en tu suelo y me dieron la vida
... por cada uno de mis hermanos, que viven de ti, trabajan en ti, sueñan y alcanzan sus metas
... por quien me acompaña en la vida, que nació en tu suelo, te ama como yo te amo y te sufre como yo te sufro
... por la generación que nos sucede, la que está aprendiendo a amarte, a conocerte, a sentirte como la sentimos nosotros
... por toda la gente que ha nacido aquí, la que ha llegado y al conocerla me ha regalado uno de los más apreciables tesoros que poseo
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... por tu Acapulco y San Miguel de Allende, San Juan del Río, Cancún, Huatulco, Querétaro, por tu Cuernavaca y mi Tampico
... por José Carlos Becerra, Josefina Vicens, por Pacheco, Paz, Sabines, Rulfo, Ibargüengoitia, por Spota, por Fuentes, por Elena
... por Martín Luis Guzmán, por Buendía, por Arreola, Novo, Poniatowska, por Villoro y los cronistas y periodistas que te han contado
... por Noticias del Imperio, por El llano en llamas, por De Perfil, por La Muerte de Artemio Cruz y por El Libro Vacío
... por Luis Buñuel que te miró distinto, por el Indio Fernández y Figueroa que te retrataron como nadie
... por tu María Félix, tu Gloria Marín, por Armendáriz, Dolores, Katy Jurado, La Pinal, por Negrete, Infante y López Tarso
... por tu Cantinflas, por supuesto, y tu Tintán con su Marcelo, por Chabelo, Vitola, el Chavo del Ocho, la Pájara Peggy y Chiquidrácula
... por tu Cuna de Lobos y tu Siempre en Domingo, por tu Rock 101 y tu XE-TU
... por Lola y Manuel Álvarez Bravo, por Casasola y Tina Modotti, por Mariana Yampolski y todos los fotógrafos que te han mirado
... por Barragán y por Pani, por Ramírez Vázquez y González de León, por tu arquitectura y tu paisaje urbano
... por tu ropa en los tendederos y tus macetas de cubeta, por los letreros con mala ortografía y las cajas de Fab en las centrales de camiones, por los mercados sobreruedas, por las manifestaciones, por el desparpajo de tu gente y su solidaridad cuando hay problemas
... por tu Pedro Coronel, por tu Felguerez, por Juan Soriano y mi paloma con chichis
... por los parques, los jardines, por las calles de adoquín, por las empedradas, por los baches por millones también, por qué negarlo
... por tu Catedral de Puebla y tu Teotihuacán, por el Hospicio Cabañas y Chichen Itzá, por Montealbán y el Paseo de la Reforma
... por el día de muertos, por el de las madres, por tu Grito y tus posadas, por los puentes de mayo y los de febrero
... por tu tequila, obviamente, por tu cerveza, tu mezcal y tu tepache, por las borracheras memorables y las crudas con pancita y barbacoa
... por tus domingos y tus viernes, por tus discotecas, bares, antros y museos, por tu Xochimilco y mi calle cuando está tranquila
... por tu gente buena y también por la mala, que hacen que la diferencia se note cada instante
... por que sigues vivo pese a tus pésimos gobiernos, tus cínicos políticos, tus asquerosos partidos políticos
... por tu extraordinario periodismo, por el oficio de mi vida y por la vida de mi oficio
... por mis amigos, por mis enemigos, por tus amigos y tus enemigos
... por el tráfico de los domingos en la tarde, por las calandrias de Guadalajara, por el Paseo Montejo, por el Malecón de Veracruz, por Xilitla, por Playa Paraíso...♠
Un grito: La crónica del día en que los periodistas mexicanos decidieron reencontrarse

Salió de la bola, de los colegas de los estados que pudieron llegar, de los fotógrafos, de los camarógrafos que también se sumaron, de los "bulbos", los de tele, los de prensa, los reporteros de a pie, "la perrada" revuelta ahí, en la puerta de la dependencia federal, junto a las escasas, pero muy emocionadas, "vacas sagradas" del periodismo mexicano.
Salió de Don Miguel Ángel Granados Chapa, enorme y generoso al aceptar arropar, con su prestigio, a los "ilusos" organizadores de esta marcha.
Salió de entre los abrazos, las sonrisas de colega emocionado, de la alegría de quienes día a día se saben diferentes, se pelean la exclusiva, arman el "chacaleo", "se chingan" al del otro medio con tal de ganar la nota.
Salió de los cientos y cientos que contó la policía, la que dijo "son mil 200" cuando la caravana avanzaba desde el Ángel con su movilización de pocos precedentes.
Salió de entre las pancartas, de entre las mantas, de entre las gorras, de ese silencio que se convino blandir como protesta, como indignación, como manifiesto de hartazgo pero también de humildad: "perdón, a cada uno de nuestros colegas muertos, por no haber salido a la calle hace 10 años, cuando cayó el primero de los nuestros".
Salió de la certeza de que "juntos, nos salvamos".
Salió de la confianza de que piensan diferente, escriben diferente, relatan diferente, miran diferente, se sienten mejor que el otro, más chingón, más perro, más independiente, pero al final del día, cuando cierran la cortina, les aúna el oficio que eligieron para vivir sus vidas.
Salió de ese momento en que los nombres de los 67 compañeros, cuyas muertes permanecen en la impunidad casi absoluta, se fueron a apostar sobre la puerta principal de la dependencia del gobierno, como descrédito de un conjunto de instituciones que no funcionan bien, porque no quieren o porque no pueden, ni para los periodistas ni para casi nadie. Salió cuando esos nombres quedaron ahí, a la espera del día que la dependencia, todas las dependencias involucradas, decidan por fin hacer justicia: un día, un mes, un año, diez...
Salió, ese grito, cuando más lo necesitaba un oficio amenazado por la violencia, por la delincuencia, por el narcotráfico, pero también por la corrupción gubernamental que los solapa, los tolera, los ignora. Salió cuando aparecen voces que pretenden unificar las expresiones, acallar las realidades, manejar la percepción a modo, como si así se pudiera sostener en pie un país que se desgrana. Como si al país le sirviera un Jefe de Estado que se asume como Jefe de Información.
Salió, ese grito, de entre el manifiesto sin matices que exige "cumplimiento cabal, por parte de las instituciones del Estado mexicano y de los diferentes órdenes de gobierno, de su deber y obligación constitucional de garantizar y custodiar el pleno acceso y disfrute de los derechos a la libertad de expresión y al acceso a la información, para todos los ciudadanos y los periodistas, sin distinción de posiciones ideológicas, políticas o de cualquier otra índole".
Salió de ahí, de las gargantas unidas, en su ya memorable 7 de agosto del año de su reconciliación como colegas.
Un grito grueso, contundente, unísono, de trabajadores de los medios de comunicación sabedores de que sin periodismo libre no existe democracia posible, ni sociedad viva, ni país ninguno.
Un grito de justicia, de aliento, de determinación asumida. Un grito que casi quería llegar hasta los colegas de Sonora, Chihuahua, Baja California, Morelos, Veracruz, Nuevo León, Michoacán, Chiapas, Guanajuato, Oaxaca, Sinaloa y Guerrero, que también salieron a las calles.
Un grito rojo como la sangre de los colegas asesinados, negro como las pistolas, manchado como las mordazas de los secuestrados, un grito inmenso, en fin, como marea: ¡NI UNO MÁS, NI UNO MÁS, NI UNO MÁS!P.D.Todavía suena, el grito.
Aún cuando todos se retiraron a celebrar, chupando, su reencuentro con el otro.
Y fue espontáneo. Como casi todas las cosas que le habían dado origen, forma a este movimiento. Espontáneo, el pinche grito, como esas palabras que luego salen por la boca a borbotones, cuando a uno le estalla de emociones esa víscera llamada corazón.♠

¿Por qué ir al Ángel de la Independencia éste 7 de agosto?
...porque decenas de compañeros reporteros de distintos estados del país han sido asesinados, desaparecidos, heridos, amenazados, obligados a cambiar de ciudad o de vida sólo por ejercer su oficio.
...porque la sociedad a la que pertenezco tiene derecho pleno, irrenunciable, a ser y a estar bien informada, a decidir libremente a quién escuchar, a quién leer, a quién mirar, a quién creerle.
...porque la Constitución garantiza a todos los ciudadanos el derecho a difundir y obtener información, pero ese derecho hoy está conculcado en muchos lugares, en gran medida por hechos de violencia, acoso delincuencial y gubernamental, por impunidad, por falta de justicia, por corrupción, por la no vigencia de un pleno Estado de Derecho
...porque las condiciones de no vigencia plena de las garantías individuales, bajo las que hacen su trabajo colegas reporteros de algunas entidades, poco a poco van multiplicándose, como cáncer, en más y más entidades, amenazando por completo el ejercicio libre del periodismo en México.
...porque estos tiempos de duelo, amenaza, acoso, de furia contra los periodistas por parte de la delincuencia organizada, también son aprovechados por poderes políticos y económicos, de un signo y de otro, para intentar acosarlos, controlarlos, amordazarlos.
...porque estoy convencido de que este es el momento en el cual los periodistas mexicanos debemos unirnos, como no lo hemos hecho en generaciones, para establecer un marco de garantías mínimas para el ejercicio de una plena libertad de expresión, para ofrecer a la sociedad, a la que también nos debemos, un Periodismo serio, profesional, libre, plural, crítico: útil.
...porque al gobierno le corresponde custodiar las garantías en torno de la Libertad de Expresión, no limitarlas, ni matizarlas, ni revisarlas, ni mucho menos coartarlas.
...porque creo que el periodismo tiene la función de investigar, denunciar, relatar, pormenorizar y dejar constancia del momento que observa, con plena y absoluta libertad, como parte integrante y fundamental de la cultura y la sociedad a las cuales pertenece.
...porque me rehúso a uniformar mi punto de vista como periodista; porque las voces distintas hacen una Democracia; porque en estos tiempos de violencia y miedo es cuando más se requiere de la prensa libre, plural, crítica, observadora, cuestionadora, que explique a la sociedad, con sus distintos puntos de vista, sus fallas, sus defectos, sus problemas y sus potencialidades.
...porque el Estado mexicano tiene el deber, la obligación constitucional, de hacer respetar, sin cortapisas, el derecho de todas las voces a expresarse, a difundir su mensaje con garantías plenas y sin distingos.
...porque siempre existe la amenaza de que los políticos, sin importar partidos o tendencias ideológicas, vean en el periodismo crítico, plural y libre un enemigo a vencer, a amordazar, a controlar, a limitar e incluso a desaparecer. Y porque esa amenaza conlleva el riesgo de que desaparezcan también las libertades de toda la sociedad mexicana.
...porque en la industria comunicacional, el eslabón más débil, como siempre, es el obrero de la tecla: el reportero, el de abajo, el que gana la nota por unos cuántos pesos, el que está condenado a la medianía, el que ve cómo le regatean aumentos, ascensos, condiciones mínimas de trabajo, el que a veces no puede aspirar, ni siquiera, a un seguro de vida por el trabajo que realiza.
...porque pertenezco a una generación de reporteros que, creo, es más solidaria, más unida, menos mezquina con sus pares, a quienes no les regatea el derecho de pensar distinto, de mirar las cosas desde otros punto de vista.
...porque creo que es un excelente momento para que el periodismo mexicano se reencuentre con la sociedad a la cual se debe.
...porque creo en la frase “no coincido con lo que dices, pero daría mi vida por defender el derecho que tienes a decirlo”.
...porque soy reportero y quiero seguir siéndolo toda mi vida. Ejercer mi oficio con libertad, con garantías plenas, en el medio de comunicación que elija para realizarlo.♠
Un rumor... como de niños muertos
Luis Guillermo Hernández
@luisghernan
Justo muchos días después, su grito no alcanza a distinguirse en medio del caótico murmullo de una ciudad que olvida fácilmente, que siempre prefiere mirar hacia otro lado.
Y no es que ellos, ellas, no griten con todas sus fuerzas. No es que esas mujeres y hombres no se desgranen en estallidos de un dolor compartido que clama “¡asesinos!” o “¡Justicia!”, ante un edificio que pareciera siempre estar cerrado.

Porque el enorme y millonariamente remozado edificio del IMSS, para ellos siempre está cerrado.
No. Ellos gritan, encienden sus antorchas en medio de la lluvia, avanzan lentamente sobre una avenida que, además, les mienta la madre. Blanden sus pancartas derretidas de agua y agravios y cargan en un ataúd blanco las ofensas contra 49 niños sonorenses que murieron, contra otros tantos que quedaron marcados de por vida, sin que autoridad alguna se haga responsable de la tragedia. Gritan, chillan, aúllan. Pero no los escuchan.
¿Y por qué habrían de hacerlo? Ahí, en el aguacero de las siete de la noche de un día cualquiera sobre Paseo de la Reforma, esos doscientos, trescientos hombres y mujeres, no son más que gente sin rostro pidiendo justicia.
No son más que unos cuantos jodidos, de entre más de 100 millones, que están indignados por unos niños distantes, asesinados por la negligencia, la corrupción y el autoritarismo de gente que sí es importante.
Para el Poder, para quienes en México sí importan -da igual que se trate de un obeso Ministro de la Suprema Corte de Justicia, un diminuto gobernador que duerme plácidamente, un Presidente pequeñito cuyos hijos están bien cuidados o un atarantado funcionario del IMSS cuya clave de empleado le da para hacerse tonto-, ellos, los gritones no valen nada: se beberán su aguacero doloroso y regresarán a sus casas a rumiar desesperanza. Sólo eso.
Aunque sigan gritando. Aunque avienten en pequeñas hojas volantes sus preguntas a Margarita Zavala, la “prima lejana” de una de las dueñas de la guardería incendiada, saben de antemano la respuesta: "¿Cómo puedes dormir tranquila cuando muchas madres no pudieron despedirse de sus hijos?”.
Aunque se indignen, como Martha, una mujer de 64 años, ojos estrellados de llanto, labios abiertos a puro grito, que dice poder aceptar, y sin chistar, que haya narcotráfico, corrupción, violencia, robos, mordidas y hasta la falta de democracia que permea todas las capas de la estructura social mexicana... “pero no esto, la muerte de esos niños, porque aceptar la muerte de estos chiquitos es como volvernos animales”.
Los indignados se reparten a lo largo del infranqueable edificio del IMSS y despliegan los nombres de los 49 niños muertos, los de los otros 41 niños que quedaron con vidas marcadas.
Exigen renuncias que jamás han de llegar, juicios que se han de postergar hasta el infinito, despidos que jamás han de ocurrir para autoridades que no funcionan.
Y en su minuto de silencio, llano, solitario, gris, saben que en México, su México, no hay nadie que escuche.
Aunque sigan gritando al país que despierte, que haga algo ya, porque alguien asesinó a 49 de sus hijos y no ha habido nadie que pague por el crimen.
En medio del murmullo de la ciudad, en medio del susurro apagado de una sociedad indolente sonará un control remoto que sintoniza la telenovela de la tarde, el programa cómico, el fútbol, el programa radiofónico de bromas por teléfono.
Y ese volumen, embrutecedor, patético, apagará el grito de estos hombres y estas mujeres, apagará el sonido de este dolor que los poderosos van a dejar impune, que los poderosos tratarán de diluir:
¿A quién le importa? Es apenas un leve murmullo de gente, sonidos lejanos de quienes no tienen poder. Voces sin rostro. Rumor apagado, imperceptible.
Un rumor silencioso. Como de niños muertos. Asesinados.♠
Un "calvario" en la ruta del narco
Luis Guillermo Hernández/enviado 
BOGOTÁ.- Jorge, un jalisciense de 39 años experto en sistemas, abre los brazos por séptima vez, baja la mirada que ya ni siquiera es de indignación, y mientras un par de manos enguantadas hurga nuevamente en sus maletas, deja escapar un resuelto “Yo no soy narco, señores”, que se estampa en el rostro del militar colombiano.
“Eso no lo sé yo”, reacciona el oficial, de apellido González, marcado acento guajiro, ojos profundamente oscuros, mientras lo apura a quitarse los zapatos, vaciar por completo la maleta, callar.Read more
“No es familia quien te lastima”
En sus ojos, color pulpa de zapote, va tomando forma un charco que amenaza con derramar algún viejo dolor sobre su rostro, pero María Elena, 48 años hace muy poco, lo seca de repente con un convencimiento: "una familia que te lastima, que te hace daño, no es una familia. Por eso yo estoy mejor aquí".
Muchas semanas después de huir de su hogar en Toluca, de que alguien la encontró dormida en una banca, la invitó a una nueva casa y la abandonó meses más tarde, de que vagó y durmió bajo los puentes, la mujer lava su único vestido, rojo cenizo, mientras cuenta, "en este mundo no hay amigos. Si hay traiciones entre familia, que no se duele la madre traicionar a la hija, cuanti menos con una gente extraña”.Read more
Un chilango en Nueva York

NUEVA YORK.- Algunas madrugadas de su nueva vida, mientras el tren de las 4:50 lo saca de Brooklyn, Carlos Hernández piensa que su esposa y sus dos hijos todavía duermen, y entonces, sin cerrar los ojos, le gusta imaginar que la siguiente estación del Subway va a ser La Merced, que subirá los escalones de dos en dos, atravesará el Anillo de Circunvalación y entrará corriendo a su vivienda en Santo Tomás, un predio expropiado por el gobierno capitalino, justo a tiempo para despertarlos. “Pero sólo lo pienso”, dice, su bigote ralo se le curva, como si la sonrisa saliera a detener un llanto de chorros sólo porque los hombres no deben chillar: “fui alguien que siempre se ganó todo a base de trabajo, y de repente pura necesidad. Por decisión de una persona de expropiar, te tumban tu mundo, te tumban tus proyectos, te tumban todo”.
Manhattan tiene aún miles de luces cosidas a su vestido negro, pero Carlos o Charly, como le dicen ahora, ni siquiera lo nota.
Aunque en los vagones de esas horas el idioma español podría competir, en estruendo, con el rechinar de ruedas contra vía, eso no es La Merced, y él lo sabe, ya no es el velador del predio Santo Tomás, ni el dueño de una microempresa de agua potable instalada en ese mismo sitio, su suerte toda ha dado un vuelco: los proyectiles de aire como hielo que despiertan a la isla se encargan de decírselo.
Si hay algo distinto al bullicio de las céntricas calles de Santo Tomás, a su cantina brava, al hotel de paso de a 250 pesos la ladilla, a los diableros, a los toreros, a la dizque Plaza Comercial “construida” por el gobierno de Marcelo Ebrard, es la esquina de Madison Avenue y la calle 98.
Es un paraíso, 57 pasos atrás de Central Park, bordeado con tiendas de ropa, restaurantes, cafés, museos, el reverdecido lado Este de la isla, la zona donde poco a poco, como un moho abonado por miles de dólares, los ricos de ésta ciudad se anteponen a los pobres en sus antiguos edificios remozados, art decó, victorianos, neoclásicos, chulos.
Carlos sólo trabaja. No conoce Central Park, piensa en los “30 granaderos con metralletas que llegaron para sacar a cuatro personas”, en “el que no tranza, no avanza”, en “es mejor ser delincuente, ser narco, a esos sí los defienden”. Recuerda la promesa hueca de reubicación que le hizo el GDF y se sabe sin opciones: “vueltas y vueltas, y nada”.
“Tal vez no sea tan difícil para otras personas, para mi sí. Allá era mi propio jefe, aquí soy ayudante de cocinero, preparo carne, pico cebolla, chiles, le ayudo al cocinero, preparo fruta como ensalada, el ayudante de cocinero tiene que dejar limpia la cocina, como no sabes inglés, eres el de abajo”, dice.
Por 12 horas diarias, seis días, obtiene algo más de 350 dólares a la semana, y de eso sale el pago de las deudas: casi 40 mil pesos de la máquina purificadora de agua desmantelada por la expropiación, otros 20 mil para el pollero, los 15 mil para buscar vivienda para su familia y pagar su propio cambio de vidas.
La mujer coreana que vigila la caja registradora del “Dely” lo mira sin mirarlo, un mexicano más, otro sin nombre, contratado sin papeles por la tercera parte de su precio. “Y que todavía salga (Ebrard) al otro día a decir que le están haciendo un bien a la ciudad. Es una burla”.
Manhattan, que lo mira cargando los costales de legumbres, ya lleva un buen rato levantada. Charly no rebasa el metro 60, cuando aparece en el restaurante, sudor en la frente, aditamentos de cocina en mano, parece mucho más chamaco de los 31 años que tiene. Casi no habla, “no masco el inglés”. Carlos ya aprendió que “onion”, blanca o morada, le hace lagrimear.
“Tratas de vivir la vida como desgraciadamente te está tocando vivirla, pero ni siquiera se puede uno dar el lujo de sentarse a llorar, aquí tienes que estar llorando y trabajando, y extrañando y trabajando, no te queda de otra”, dice en el camino de regreso.
Junto a los otros ocho que comparten la vivienda en ese extremo de Brooklyn llamado Jamaica, Charly devora un plato de Pancita, pide a El Universal entregar a sus hijos unas cajas con juguetes que él no ha podido enviarles, y libera una esperanza de damnificado: “voy a estar máximo un año y medio. De aquí pa’ delante, puro seguir trabajando, tratar de llegar a la meta de juntar un dinero, llegar allá y volver a construir algo”.
Entonces sonríe, con sus dientes chuecos y su boca carnosa, arma relajo con sus compas de exilio, se echa en la cama, se pone a mirar a Juan Querendón y antes de marcar la larga distancia para hablar con su esposa Concepción, dice entre dientes, para que lo escuchen: “a ese señor que Dios lo bendiga. Y que a mi no se me olvide”.
Publicado en El Universal
***
DIEZ DÍAS ENLA RUTA
NUEVA YORK.- Cuando vi que las deudas ya me estaban comiendo, me decidí: salí del aeropuerto de Puebla hacia Sonora, hacia Hermosillo. En Hermosillo ya hay gente esperándote. Ah, soy Carlos Hernández, migrante.
Era noviembre. Lo pensé mucho porque todavía para venirme conseguí los cinco mil pesos para poderme pasar hasta Sonora. De ahí te llevan a Caborca y te esperas también, tienen que esperar ellos un día, dos días, yo esperé un día. Ahí tienen casas.
Te llevan a Altares. Es un cuarto grande nada más. Esperan a que caiga la noche, llega la noche y te mandan a la línea. Yo me quedé dos días en la línea.
De aquel lado de México, ahí, son como ranchos, ahí tienen un cuarto como de lámina grande donde llegan todos y ahí están.
Ellos saben en qué momento salir, puedes esperar un día, dos días, había gente que llegaba y se iba luego luego, depende el precio. Si tú vas a caminar tres días no te esperas, luego luego, así como te bajas de la camioneta donde te llevan, te mandan a caminar.
Nosotros, como íbamos a caminar menos, pues ellos tienen qué ver en qué momento está despejado y no hay mucha Migra, en ese momento te atraviesas. Caminas desierto, no se si el de Altar, la verdad no se, pero llegas a la carretera de Arizona.
Es a base de contactos. En Arizona llegamos igual a una casa. Y ahí depende a dónde vayas ¿No? Hay quienes van a Nueva York, a California, a Carolina, ya de ahí de Arizona se desplaza uno en carretera.
Por ejemplo, de Arizona para acá son dos días completos. Vienes en camionetas, entre sentado, acostado y hincado, tienes que venir escondido. Hay unas partes de carretera donde no se ve patrulla y más o menos te enderezas, pero en muchas otras partes vas dos, tres, cuatro horas inclinado, acostado. Enla Suburbaníbamos 11 gentes.
No traía cosas. A la hora de que atraviesas ya llegas sin nada, más que lo que traes puesto, con lo que llegas, porque como tienes que venir escondido, porque en todo el desierto hay migra, pues te guardas el dinero donde puedas.
Yo, la verdad, llegué con 100 pesos. Si me hubieran regresado no sé que hubiera hecho. En el camino te paras una vez al día. El chofer se baja a comprar pollo o pizza, pero solamente comes en la mañana y en la noche. Así los dos días, quien sabe por dónde pasamos.
Llegando a Nueva York te dejan en una casa y ahí llaman a tus amigos para que te vayan a recoger. Consigues trabajo rápido, ese ya no es problema.
Pero cuando estás esperando en Arizona, cómo no tienes nada qué hacer, solamente piensas en tu familia, llega un momento en que ya no sabes si regresarte o quedarte.
Todavía en el trayecto de Arizona para acá hay peligro de que pase un Migra y te regrese. Hay sentimientos encontrados, entre que quieres pasar y te quieres regresar. Ya no sabes.
Yo, la mera verdad, entre que quería irme con mi familia y que sabía que iba a regresar más endrogado. Entonces, no había otra opción más que venirte.
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LOS EXILIADOS DE EBRARD
NUEVA YORK.- Todos eran comerciantes, ambulantes o fijos, y su éxodo comenzó justo cuando el gobierno de Marcelo Ebrard abrió la era de reubicaciones, expropiaciones y desplazamientos en los primeros cuadros del Centro Histórico de la ciudad.
Allá, en La Meche, a Fernando lo conocían como el “Piñas”, porque vendía su jugo en un puesto del Anillo de Circunvalación, y su hijo Paco, quien trabajaba con él, fue el primero en apoyarlo, en julio del año pasado, cuando el negocio se vino abajo: “vámonos para el otro lado, le dije, y acá estamos”.
“Dos días después del desalojo del predio de Santo Tomás 47 ya me estaba yendo a la frontera”, cuenta el propio Fernando, jefe de una casa que, por mil 800 dólares al mes, habitan ocho capitalinos en la zona de Jamaica, Brooklyn.
“Nos quitaban el triciclo, nos decían que éramos ambulantes, nos pedían dinero”, cuenta. “Decidí venirme, acá sí hay trabajo, ya otras veces había venido. Luego se vinieron mis hijos. A Carlos también le dije que se viniera, pero no sabía que me iba a tomar la palabra”, dice el hombre, bajo de estatura, entrado en los 40, ayudante de cocina y lavaplatos en la zona del West Village.
Se refiere a Carlos Hernández, quien habitaba un predio expropiado por el gobierno capitalino, donde además había instalado una microempresa de agua potable, y que ante el acoso de deudas y nulas opciones decidió emigrar.
Según sus cálculos, habrá desde 800 hasta dos mil migrantes llegados de la zona del Centro de la ciudad de México en los últimos tres años, indocumentados todos, diseminados a lo largo de centenares de restaurantes, tiendas, almacenes y construcciones neoyorkinas, casi sin entrar en contacto unos con otros.
“Te los encuentras en el Metro, luego nos vemos en el banco, cuando vamos a mandar el dinero”, dice Carlos.
Pepe Zamora, quien también vive con ellos, se dedicaba a la venta de artículos escolares en las calles de Correo Mayor y El Carmen, y ahora es ayudante de albañil en una construcción en el Midtown.
“Ya me estoy acostumbrando. Con aprender algunas palabras la libras”, dice, “y cuando junte una lana, me regreso”.
Si en el año 2000 el Centro de Estudios de Migración (CIS, por su denominación en inglés) reportaba la presencia de 170 mil 400 mexicanos en esta ciudad, para el 2007 la misma institución radicada en Washington estimó que la cifra pudo haberse multiplicado al doble.
El Consulado de México en ésta ciudad, por ejemplo, reportó que en 2006 las estimaciones conservadoras dela Oficinadel Censo de Estados Unidos reconocían a unos 467 mil mexicanos viviendo en el área metropolitana de Nueva York.
La cifra, sin embargo, se elevaba a 597 mil 320 si se tomaba en cuenta el área triestatal, que conforman también Nueva Jersey y Connecticut.
Hoy, la cifra total puede estar cercana al millón de mexicanos, dice el Consulado.
Y la población nacida en el Distrito Federal, los exiliados del fracaso económico, puede alcanzar el 9 por ciento del total, lo que representaría entre 90 mil y 100 mil capitalinos enla Gran Manzana.
Y Nueva York se convierte en meta, porque los mecanismos para conseguir empleo han cambiado, y la colocación rápida en actividades más o menos bien remuneradas está garantizada, cuenta el propio Carlos Hernández.
En la zona de Manhattan funcionan por lo menos cuatro Oficinas de Reclutamiento, privadas todas, que ofrecen al migrante indocumentado un empleo a cambio de 100 dólares. No requiere documentación alguna, ni visa o identificación. Basta llegar, tomar una ficha, hablar con un representante que habla más o menos el español, y hacer la petición.
“Te preguntan qué sabes hacer, checan en las listas y te ofrecen tres opciones. Tú decides la que más te convenga, por horario, por salario, por día de descanso. En cuanto te quedas en el trabajo, les pagas los 100 dólares”, cuenta Carlos.
El cartel de una de esas oficinas, colocado en el andén de la estación Lexington y Calle 51, incluso ofrece que “no vas a tener acoso de la migra, ni redadas”. “Somos contratistas autorizados”. Es un servicio exclusivo para migrantes latinos, que tiene relación con más de 2 mil empresas de la isla, dice.
Es una ventaja en medio de tantas desventajas, dice Fernando, apenas con tiene tiempo de añorarLa Mercedy a su familia, “por lo menos ya no anda uno haciendo el recorrido por todas las calles, sin hablar inglés, buscando chamba aunque sea de lavaplatos”.♠
El miedo de Rosalinda... y de otras
PLAZA MAYOR No. 22 **
Rosalinda tiene miedo, mucho miedo.
Carga con el brazo derecho un redondo, carnoso y moreno pedazo de carne, ojos negros inmensos, el pelo escaso, los cachetes boludos, y mientras en algún lado de la plaza se escucha la voz de un gobernante que dice “para todos hay lugar”, ella manifiesta su temor con una frase: “¿Y nosotros de qué vamos vivir?”.
“Nosotros vendíamos los cuadernos, las cosas para escuela”, dice, “pero no tenemos líder, a nosotros no nos dieron los lugar y ya no vamos poder vender ¿A dónde nos vamos? A nosotros no nos dijieron nada”.
Y tal vez haya que describir a Rosalinda, sus veintidós años, para entender sus miedos: tiene todo el cabello completamente negro hecho una gorda trenza, el cuello pequeño de niña medio crecida, como si acabara de dejar la pubertad, sus ojos pequeños, igual que sus cejas, y sobre su cuerpo diminuto, no más de un metro 50 centímetros, penden verdosos collares de fantasía que combinan perfectos con su vestido brillante, de verdes holanes en el pecho, que la distinguen como belleza de su cultura mazahua.
“Nosotros somos de Mesones y no tenemos trabajo, ni nadien nos explica cosas”, dice. “Las cosas que nosotros hacíamos ya no las hacemos porque no se venden, ya nadien nos compra la artesanía, por eso vendemos los cuaderno, pero ya nos quitaron y no nos dicen nada porque somos indias”.
“Y para trabajar en cualquier lado nos piden los estudio, y que nosotros no tenemos pues nomás a ser sirvientas, y todos quieren que nos quítemos nuestras ropas de indias, y que no dígamos nada”, relata y apretuja a su hijo hasta que se le enrojecen las mejillas, baja la mirada, cambia.
Tiene un llanto muy quedo, silencioso. Las lágrimas que a Rosalinda le escurren por los ojos son livianitas, y hasta pudiera parecer que no le dolieran, como si los chorros de pesar fueran saliéndole de algún lugar acostumbrado a la tristeza.
“De todos modos siempre nos descriminan”, dice entonces Rosita, una indígena otomí que, junto con otras cuatro mujeres, ya se acercó para observar el llanto de Rosalinda, en plena Plaza Luis Cabrera.
“Todos los día, todos los día hay que dar que los 40, que los 50 para que la polecía no nos lleven la cárcel 24 hora, todos los día, señor, todos los día”, dice Conchita, y las palabras se le atropellan con el intento de ser escuchada.
“Nosotras vendemos la Zona Rosa, señor, todos los días vendemos la artesanía, y siempre nos piden dinero, no hay día que no tengamos que darles a la policía”, dice.
“Y a veces nomás sacamos para pagarles a la policía, a veces no se vende nada y hay que darles para que no nos lleven”, comenta Juana, menos marcado su idioma, igual su vestimenta amarilla brillante, los holanes rematados en blanco, los inmensos aretes que arriesgan figuras y redondez.
“Nosotras somos de Chapultepec”, dice, “y siempre hemos pedido apoyos, porque nadie nos da créditos, ni nos permiten tener negocios ni nada, nosotras siempre vivimos en la misma miseria porque somos indias, de a cuatro, seis familias, en cada vivienda”.
Y una tras de otra se apretujan para decir su palabra. No titubean, ni siquiera dudan, nomás van soltando una retahíla de lugares comunes, absolutamente comunes, en una ciudad que ya aprendió a ignorarlas bien: acoso, discriminación, violación de sus derechos, pobreza, marginación, olvido, hacinamiento, desnutrición, nulo acceso a opciones de vida.
Son las mismas demandas de más de 400 mil indígenas que viven en la ciudad de México, las mismas que han pintado en cartelones, en cartulinas, en pliegos mal escritos, que no hacen sino resumir la misma demanda de todos los días, de todos los años, desde hace muchos siglos.
“¿A dónde nos vamos?”, dice el miedo de Rosalinda, que secundan Ramoncita, Concha, Juana, María, otomíes, mazahuas, triquis, llevadas hasta esa plaza como escenografía de acto público, del que sacan apenas una promesa otras veces ofrecida.
“¿Y nosotros de qué vamos a vivir?”, se preguntan, se repiten, indígenas urbanas de la ciudad de México, pero sólo tienen por respuesta el eco de su propia frase: “a nosotros no nos dijieron nada”.♠
Publicada en el diario EL CENTRO.
** Esta fue la última aparición del espacio PLAZA MAYOR. Con mi salida de El Centro, en octubre de 2007, concluyó la primera etapa de publicaciones de esta columna que, pronto, muy pronto, habrá de volver a aparecer.
"Nunca te van a contestar"
PLAZA MAYOR No. 21
No, ahí nunca te van a contestar – dice tranquilamente el hombre, acaso unos 70 años, delgado, la nariz curvada, unos inmensos ojos azules y sonrisa muy leve, casi imperceptible, pero amable. - Ya no vive nadie ahí, se los llevaron por la droga hace tiempo, es la casa del señor chino.
Don David, como quiere que le digan, pasea un pequeño Schnauzer sal y pimienta que husmea las mansiones y edificios de la calle Sierra Madre hasta donde se lo permite el cordel que sostiene en su mano el hombre: “yo vivo dos calles para allá”.
“Es muy difícil que llegues a crear intimidad con los vecinos”, dice “dos o tres familias, los encuentras en el club, haces negocios con ellos, pero poco, muy poco contacto”. La pregunta es obvia. En el número 515 estaba el domicilio del denominado “rey de las anfetaminas”, Zhenli Ye Gon.
¿Y cómo les va ahora con judiciales y policías encubiertos investigando por la zona? “No se notan”, dice. En Las Lomas no son gente de pasear por la calle. Ni de hablar con extraños, ni de contestar preguntas, ni de muchas cosas comunes al resto de los chilangos.
“Acaban de catear un departamento en Bosques de Reforma, igual por droga ¿No se sienten inseguros?” Pero Don David ni siquiera cambia la expresión de su rostro, es un hombre que bien puede parecerse al Robert Redford de estos días. Alza los hombros, confirma la sonrisa. Hasta entonces se evidencia: un hombre maduro, moreno claro, lo sigue a cierta distancia.
“No somos gente de problemas”, dice, “hay cosas en las que uno no va a meterse”.
Es tan sólo uno de los puntos de lo que se ha constituido como un verdadero “eje del narcotráfico” en las Lomas de Chapultepec, el fraccionamiento de más abolengo en la zona poniente de la ciudad de México.
En menos de tres años ahí han ocurrido sucesos que antes no sucedían. Y, coincidencias caprichosas de la geografía, los lugares donde acontecieron están conectados unos con otros por Paseo de la Reforma.
Desde la avenida Sierra Madre, donde la PGR encontró 205 millones de dólares producto del narcotráfico asiático, puede llegarse en menos de 12 cuadras a Lomas Virreyes, donde, en el 510 de Montañas Rocallosas, la misma dependencia desmanteló un “sofisticado laboratorio clandestino de cocaína del Cártel del Golfo” en 2004.
Y de ahí, habiendo enfilado el coche hacia el poniente, siempre sobre Reforma, a cinco minutos está la Prolongación Bosques, donde Felipe Bermúdez Durán, un colombiano que se hizo pasar por mexicano, fue aprehendido una semana atrás, como pieza elemental en el caso de una narcoavioneta desplomada en el Mayab.
Nadie responde en el departamento 10 del edificio Encino. Ni hay vigilante o conserje alguno que asome la cabeza, para que confirme la posesión de cinco autos de gran lujo que se incautaron al presunto narco. Menos de cinco minutos después de observar los edificios, una patrulla auxiliar se acerca a asegurarse.
¿Está poniéndose duro el asunto de las drogas en la zona, verdad? Pero el oficial, hombre seco, sin muecas, dice su última frase después de solicitar identificaciones. “No puede andar aquí. Está prohibido”.
Todo el trayecto es zona con apenas gente. Un microbús circula medio lleno, los autos, de todos tipos y modelos que llevan casi todos los vidrios hasta arriba. Alguna persona de servicio doméstico en las puertas, jardineros con mangueras y aspersores, vigilantes de embajadas, alguna bicicleta, y ese nulo bullicio, la calma.
Hasta llegar frente al número 1258 de Paseo de Tamarindos, también vía Reforma, en cuya acera fueron ejecutados, con tiro de gracia, Mireya López Portillo y Jordi Peralta, hija y yerno del general en retiro Luis Humberto López Portillo.
No hay nadie que los conozca, ni alguien que lo recuerde. En la zona de Bosques de las Lomas hay timbres sin respuestas.
Sólo una mujer, a través del interfón, dice con voz sureña, casi apostar que de Oaxaca, un nervioso “no hay quién le conteste, mejor véngase a otra hora” que suena similar, casi copiado, al “nunca te van a contestar” de Don David, calles arriba.♠
Publicada en el diario EL CENTRO
Periférico huyendo al Sur
PLAZA MAYOR No. 20 
Por más que le sonríes, por más que llevas casi 90 minutos viéndola impacientarse en su arrogante Cadillac azul tarde-noche con cortinas delgadas, chofer finamente trajeado e inmovilidad absoluta, la mujer, acaso unos 60 años, apenas y te pela.
Cómo se parece a la ministra Olga Sánchez Cordero. Iguales en el tono rubio cenizo del cabello medio ondulado, el perfil de nariz rectilínea, el tono de la piel. Lleva unos lentes enormes que dicen Prada, un saco en tonos ocres y azules, cuatro añillos en la mano derecha y un par de aretes que aparecen tímidamente cuando de pronto se pasa la mano derecha por el peinado.
Puedes verla desde el Beetle rojo pitaya en que vas acompañado de una chava sin zapatos que trepa los pies arriba de la guantera, o desde la Xtrail beige que en los vidrios de atrás lleva dos caritas tipo :o) dibujadas con dedos de niño, o desde el Córdoba color Oxford, o el tsuru taxista que busca a quién comprarle cacahuates, el Mazda, el vocho que nunca se mueven.
Es viernes y no ha dejado de chispear, y entonces toda la tripa de láminas multicolores que se extiende, según los reportes radiofónicos, casi desde la Glorieta de Vaqueritos, en Coapa, hasta la entrada a Chapultepec, en las Lomas, lleva los toldos mojados, las ventanas cerradas y los rostros desesperados de tanta prisión.
Desde los otros autos parece que la mujer y su chofer apenas y se hablan. De repente ella toma una revista, cuyo cabezal no alcanza a distinguirse entre los pliegues de la cortina, y hojea como aburrida el contenido, para después dejarla, con su mano izquierda, encima del asiento.
El chofer, un hombre moreno, el rostro marcado por unas cuatro décadas, con arrugas paralelas a la altura de las mejillas, cabello negro perfectamente peinado, con la mano derecha aferra, como si estrangulara, la curva del volante.
La mano izquierda, derrotada, sin tomar parte en la labor, se hunde con su palma a la mitad de la mejilla. Afuera, de cuando en cuando suenan claxonazos leves, resignados, si alguien olvidó moverse los 120 centímetros que avanza la tripa cada tres minutos, el motor de un helicóptero azul marino, ruido.
“Severa carga vial a la altura de Revolución”, dice el cuate de la radio, y los que miran desde adentro, los que han sido engullidos por el monstruo, desdicen con un “no manches” la tímida descripción del reportero: el periférico, huyendo del sur, es un ente paralítico en sus cien mil extremidades.
Incluso en los costados, donde los peseros, como plagas, van superponiéndose a los autos con sus aventones color verde pistache, el flujo se ha mantenido casi detenido, y las caras, apesadumbradas unas, con las frentes arrugadas otras, como claudicadas todas, ensayan miradas de izquierda a derecha, de atrás para adelante, como única forma de escaparse del atasco.
¿Y dónde se habrán ido los siempre salvadores vendedores de gomitas? La llovizna, que por momentos abandona el “chipi-chipi” para convertirse en aguacero, parece haberlos ahuyentado de la zona, porque el taxista del Tsuru, cuando el flujo lo permite, divertido te comenta, de ventana a ventana, “y ni a quien comprarle unos pinches japoneses”.
Ni unas papitas a lo lejos, en efecto, ni un grito de “salida a la vista”, un pedazo de alegría o pepitoria, las gorditas de nata de a 10 varos, los refrescos de lata, los doritos nachos, alguna gelatina: en medio del Periférico, la tarde del viernes, los miles de varados andan solos entre tantos, sin una posibilidad de que les den un chance.
La rodilla izquierda se va pulverizando de tanto andar el clutch casi sin marcha, el cuello se va volviendo piedra de tanto no moverse ni un centímetro, los brazos engarrotados, la espalda que aúlla, la lluvia de la tarde que ni siquiera deja espacio para mirar al cielo en lo que alguno avanza.
Y la mujer en el costado izquierdo, con sus aretes finos y sus anteojos de apellido Prada, que apenas y te pela. Por más que tú la miras, por más que le sonríes buscando en su mirada algo como una simple y pasajera solidaridad de conductor embotellado.♠
Publicada en el diario EL CENTRO


