Investigación
Despliega EU en México "zares antimigración"
Luis Guillermo Hernández
@luisghernan
ROMPEVIENTO TV / SEXTA W

El gobierno del Presidente Donald Trump parece estar presionando a México para que endurezca aún más su política migratoria.
Rompeviento Televisión por internet informó que ahora, el Departamento de Estado y la Embajada estadounidense en nuestro país, a cargo de Christopher Landau, preparan un despliegue sin precedentes de lo que puede considerarse un verdadero batallón de “zares antimigración”.
Bajo la figura de Coordinadores de Programas de Seguridad y Migración, estos verdaderos zares antimigración van a trabajar directamente con al menos seis dependencias federales mexicanas, aunque bajo las órdenes del Departamento de Estado de aquel país, con una consigna: imponer estrategias, programas y directrices en materia migratoria y de seguridad binacional.
Según el proyecto, estos coordinadores van a implementar, administrar y monitorear el progreso de proyectos gubernamentales, tanto binacionales como mexicanos, en materia de aplicación de leyes, aduanas, seguridad fronteriza y portuaria, amenazas transnacionales y migración ilegal.
Por eso les llamo zares antimigración: bajo la supervisión directa del Embajador Landau y el Departamento de Estado, estos funcionarios estadounidenses van a coordinar programas para reducir el tráfico de drogas, el crimen organizado, la migración ilegal, servirán de enlace con agencias policiales y fronterizas, distribuir equipos para entidades mexicanas, asesoramiento técnico y para mejora de equipos, estrategias de capacitación, coordinación de equipos de hasta 8 personas mexicanas y estadounidenses, entre muchos otros asuntos.
El asunto es público y está en marcha.
Forma parte de una convocatoria oficial emitida por el Programa de Control Internacional de Narcóticos, conocido como INC por sus siglas en inglés, impulsado por el Departamento de Estado a través de la Oficina de Asuntos Internacionales Antinarcóticos y de Aplicación de la Ley, dependiente de la embajada de ese país en México.
Está disponible en la página Contract Opportunities Oficial - beta.sam.gov, que antes se denominaba Federal Bussines Oporttinities, la plataforma oficial para encontrar oportunidades de contratos con el gobierno de Estados Unidos.
Es la convocatoria de contrato PSC-20-014-INL lanzada apenas el 30 de enero pasado.

La convocatoria para contratar al grupo de Coordinadores del Programa de Seguridad Fronteriza y Migración es pública y puede consultarse aquí: CONVOCATORIA.
Según el documento, "estas personas servirán como coordinador del programa en el país para su programa respectivo", bajo la supervisión de INL.
Las dependencias mexicanas que estarán involucradas son: el Instituto Nacional de Migración, a cargo del Doctor Francisco Garduño.
La Guardia Nacional
El SAT
La Secretaría de Seguridad Pública Ciudadana, encabezada por Alfonso Durazo
La Secretaría de Relaciones Exteriores de Marcelo Ebrard.
El mismo documento acota:
El titular también ofrecerá apoyo, cuando se le indique, a los funcionarios de la Secretaría de Defensa Nacional (SEDENA) y la Secretaría de Marina (SEMAR). A instancias del Gobierno Federal de México, el titular proporcionará asesoramiento, asistencia técnica y equipos relacionados con la mejora de la capacidad institucional a los estados y municipios mexicanos designados. y eventualmente, porque así lo asienta el propio proyecto, eventualmente la Sedena y Marina, así como estructuras estatales y municipales.
Las actividades de los zares antimigración se enlista en 15 puntos:
1. Gestión y coordinación de programas para mejorar las capacidades de las agencias mexicanas para reducir el tráfico de drogas ilegales y las actividades del crimen organizado transnacional e interrumpir la migración ilegal, a través de capacitación al personal del sector de seguridad, aduanas y migración.
2. Afinar estrategias para capacitar a funcionarios del sector judicial y dotar de equipos a entidades del gobierno mexicano, a nivel estatal y municipal.
3. Desarrollar estrechas relaciones de trabajo con los funcionarios apropiados del Gobierno de México, incluido el Instituto Nacional de Migración (INM), la Guardia Nacional, el Servicio de Administración Tributaria (SAT), la Secretaría de Seguridad Pública (SSPC) federal y sus equivalentes estatales, y la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), entre otros. Estas entidades están involucradas en la seguridad fronteriza y la gestión de la migración. El titular también ofrecerá apoyo, cuando se le indique, a los funcionarios de la Secretaría de Defensa Nacional (SEDENA) y la Secretaría de Marina (SEMAR). A instancias del Gobierno Federal de México, el titular proporcionará asesoramiento, asistencia técnica y equipos relacionados con la mejora de la capacidad institucional a los estados y municipios mexicanos designados.
4. Desarrollar estrategias de creación de capacidad, actividades clave y proyectos de equipos para el programa de gestión de seguridad fronteriza y migración de INL México, bajo la supervisión de los oficiales del programa del Oficial de Servicio Exterior de INL, y en coordinación con el Gobierno de México y otros programas y personal de gestión de INL.
5. Implementar y supervisar todas las fases de los proyectos aprobados, administrar presupuesto multimillonario y plurianual y personal de cuatro a ocho ciudadanos mexicanos y estadounidenses.
6. Servir de enlace con los representantes de las agencias policiales de los Estados Unidos en la Embajada de los Estados Unidos que participan en la seguridad fronteriza, la gestión de la migración y la lucha contra las actividades relacionadas. Estas agencias incluyen, entre otras, el Departamento de Defensa (DOD), el Departamento de Seguridad Nacional (DHS); el Departamento de Justicia y sus agencias componentes como la Administración de Control de Drogas (DEA), la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) y la Oficina de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego (ATF).

7. Brindar asesoramiento y asistencia, revisión técnica y recomendaciones de equipos a las agencias mexicanas relacionadas con la mejora de la seguridad fronteriza, contrarrestar las actividades ilícitas y controlar la migración ilegal.
8. Preparar documentación, con asistencia del personal, para la adquisición de sistemas y equipos utilizados para proyectos de profesionalización del sector de justicia penal.
9. Servir como Representante del Oficial de Contrataciones o como Monitor Técnico del Gobierno para los proyectos asignados.
10. Servir como Representante del Oficial de Subvenciones.
11. Redactar y brindar asesoramiento y asistencia en la preparación de informes, incluso para el Congreso de los EE. UU, el Departamento de Estado y su Oficina de Narcóticos y Aplicación de la Ley Internacional (INL), y otras agencias federales de los EE. UU.

12. Informar al Departamento de Estado, al Congreso de los EE. UU. y a otros funcionarios visitantes y al personal de la Embajada sobre el papel de INL y el estado de la colaboración entre la seguridad fronteriza y la gestión de la migración de EE. UU. y México para avanzar en las prioridades nacionales compartidas.
No hay registro de un involucramiento de esa magnitud por parte del gobierno de Estados Unidos en tantas áreas tan sensibles del gobierno mexicano.
No hay precedente alguno de esa figura de “coordinadores especializados” que trabajen en tan estrecha colaboración con México y rindan cuentas al gobierno de Estados Unidos, como plantea este programa.
Para conocer más sobre este asunto, se solicitó entrevista con el Embajador Landau, a través del correo electrónico institucional, vía telefónica y en su cuenta oficial de twitter. No ha habido respuesta.
También se buscó al titular del Instituto Nacional de Migración en México. El equipo del Doctor Francisco Garduño no ha contestado.
De acuerdo con el documento, los zares antimigración operarán un año, pero tendrían posibilidad de extender sus actividades durante otros cinco más.
Vea el reportaje aquí:
Gobierno indemnizará con 400 mdp a víctimas de abuso
Nurit Martínez
@nuritmc
La Secretaría de Educación Pública (SEP) ha sido emplazada para indemnizar con un monto cercano a los 400 millones de pesos a una veintena de niños víctimas de violación sexual en un kínder de la Ciudad de México, en un fallo judicial sin precedente en el país, y que podría ser, en adelante, referente en la justicia para sancionar nuevos casos.
La Revista Digital Emeequis publicó que se trata de un hecho que causó controversia en el país hace casi una década, en 2011, cuando se descubrió que al menos 25 menores de edad, alumnos del Jardín de Niños Andrés Oscoy, en Iztapalapa, fueron agredidos sexualmente por el conserje, con la silenciosa complicidad de la directora, maestros y trabajadores del plantel.
Lea la información completa:

La iglesia avanza... con la #4T
Luis Guillermo Hernández / María Eugenia Jiménez
EMEEQUIS / SEXTA W
La brecha que separaba al gobierno de México de las iglesias continúa estrechándose en tiempos de la Cuarta Transformación.
El Portal Emeequis publica que una serie de propuestas legislativas, que plantea reformar de manera radical la Ley de Asociaciones Religiosas, que permaneció casi inalterada los últimos 27 años, se discute en el Senado, mientras que, en paralelo, en el Ejecutivo se intensifican los acercamientos y conversaciones entre funcionarios de la Secretaría de Gobernación y líderes religiosos de todos los credos, para alcanzar acuerdos de colaboración.
Lea toda la información:

Gobierno de AMLO abre puerta a las Iglesias
Luis Guillermo Hernández y María Eugenia Jiménez
ARISTEGUI NOTICIAS / SEXTA W

Todo está listo para que el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador utilice la vasta estructura de las iglesias que cubren todos los rincones de la geografía nacional, para impulsar objetivos sociales de la Cuarta Transformación.
El Portal ARISTEGUI NOTICIAS difunde hoy un reportaje en colaboración con Sexta W, en el que informa que el gobierno busca aprovechar la presencia y la penetración de asociaciones, grupos y movimientos religiosos, de todos los credos, en las tareas de reconstrucción del tejido social, roto tras más de una década de violencia y degradación derivados de la guerra contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, que devastó amplias zonas de la geografía nacional.
Sin precedentes históricos desde que en 1857 se concretara la separación constitucional de las iglesias en asuntos sociales de índole no religiosa, el ambicioso proyecto político-social tiene por lo menos tres meses discutiéndose oficialmente en la Secretaría de Gobernación.
Conozca aquí toda la información:
Prepara EU profunda intervención en cárceles mexicanas
Por Luis Guillermo Hernández / Aristegui Noticias
@luisghernan
El Gobierno de Donald Trump prepara una intervención profunda en el sistema penitenciario mexicano.
A través de su programa denominado Reforma Correccional, cuya coordinación y financiamiento corren por cuenta del Departamento de Estado de Estados Unidos, autoridades de esa nación se aprestan a enviar a México a un supervisor de las transformaciones que se llevan a cabo en el aparato carcelario de nuestro país, a niveles federal y estatal.
Entérate de todos los detalles en Aristegui Noticias:
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La vida después de San Fernando (Parte Dos) *
* MENCIÓN HONORÍFICA DEL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO CULTURAL "FERNANDO BENÍTEZ" 2011

OMOA, DEPARTAMENTO DE CORTÉS, Honduras.— De su hijo, Ángela no tiene una acta de defunción, ni el último adiós que le permita resignarse. De su muchacho, que una tarde se fue a buscar la fortuna en Estados Unidos, sólo tiene una mentira y la repetirá las veces que crea necesario, porque es una esperanza.
–Yo sé que está vivo. A lo mejor todavía lo tienen secuestrado, por eso ya no me llama. Es algo que siento. Nos entregaron una caja, pero ya no nos dejaron abrirla porque iban a haber muchas enfermedades. Yo no sé si lo que hay en esa tumba sea mi hijo.
Habla de Misael, uno de los 72 migrantes asesinados en Tamaulipas. El hijo que Ángela Bardales tuvo con Roldán Castro hace 28 años y quien la noche del 14 de agosto de 2010 le llamó, “se le oía miedo”, para decir que Los Zetas lo tenían secuestrado en México y necesitaba dinero, 2 mil dólares, para pagar el rescate.
–No volvimos a saber nada. Hasta que nos entregaron la caja. Pero no me dejaron abrirla, señor. Dicen que no pesaba nada. Por ahí dicen que las cajas venían vacías. ¿Cómo voy a saber si ese era mi hijo? Yo le pido mucho a Dios. Sé que Dios me va a ayudar a que regrese mi hijo. Soy creyente. Él, que todo lo puede, me va a ayudar.
Va de un lugar a otro con los ojos. El sudor le ha formado piletas en cada poro del rostro. Ángela sostiene un retrato. Desde ahí, Misael espera. Así espera todo el mundo en ciertos momentos captados por una cámara, cuando uno se cree cerca de ese algo que podría ser la felicidad. “Mi hijo está vivo. Como madre, lo siento”
Miriam Castro Bardales ha escuchado la conversación de su madre. Calla. Ella sabe la verdad. Va a contarla.
Cuerpos cambiados
Misael, junto con otros cinco migrantes, llegó a Honduras con el nombre cambiado. Durante días, fue identificado con el nombre de otra persona, y fue hasta que la insistencia de los familiares obligó a las autoridades hondureñas a hacer nuevas pruebas de identidad, que se detectó que era Misael.
“No sabíamos que esto había pasado”, cuenta Miriam. Como Misael se había comunicado días antes, pensaron que él seguramente no estaba entre los asesinados de Tamaulipas. Por ello no se acercaron a preguntar.
El shock de la noticia, dicen, acabó por mermar la de por sí precaria salud de su madre, diabética, hipertensa, quien desde entonces no ha dejado de llorar, noche tras noche.
“No nos han entregado el acta de defunción. Hemos pedido sus papeles muchas veces. Y siempre nos dicen que ya nos los van a entregar. Pero nada”, dice la hermana del migrante.
“Nos dijeron que México no había extendido los papeles de la defunción, por eso no podemos tramitar una pensión para el niño de Misael. Su mujer está en Estados Unidos, pero el niño lo tiene mi mamá. Eso la ayuda a seguir viviendo, su nieto”, asegura.
Se abanica los moscos con un trapito. Mira de frente hacia la casa de colores contigua, sobre la carretera que lleva a un fraccionamiento, el barrio La Isleta, rodeado de hierba y muros altos. Un verdadero sitio de veraneo que las clases medias y altas de Cortés y todo el norte de Honduras utilizan para hacer regatas, fiestas de playa, paseos en yate, viajes en lanchas y motoesquí.
Pero no se vaya a creer que Misael vivía de esa forma. Él y su familia son convidados inusuales: recién divorciado, Misael se fue a Estados Unidos para comprar el terreno que la familia cuida desde hace ya varios años, luego que los dueños lo pusieran a la venta.
Un solar inmenso, lleno de vegetación, con una casita de madera, casi cincuentenaria, en donde habitan más de 15 personas que cortan, al calor de la tarde, algunos mangos gordos, carnosos, para llevarlos a vender. Aunque a veces no hay quién compre.
Donde Ángela tapiza las paredes de madera, los techos de lámina, de imágenes religiosas, de fotos de su hijo, de sus recuerdos. De la mentira que la ayuda a seguir viva.
–¿Confirmaron que era el cuerpo de Misael? –se le preguntó a Miriam.
–Sí. Se hicieron las pruebas –dice–. Pero mi mamá aún tiene una esperanza. No se la vamos a quitar.
Promesas incumplidas
La carretera que conecta el valle de Sula con Omoa, el islote ribereño donde vivía Misael, está llena de verdores fallidos y desgajamientos, baches, pobreza, que remiten a promesas gubernamentales jamás concretadas.
En una ceremonia pública, que pretendía manifestar la solidaridad del gobierno hondureño con la familia de Misael, el propio canciller del presidente Porfirio Lobo, Mario Canahuati, dijo que se impulsarían proyectos y condiciones para generar empleos que permitieran a los hondureños no migrar hacia “la zona de la muerte”, México.
A las víctimas de la barbarie en San Fernando, ofreció, les otorgarían apoyo mediante programas sociales: el “bono 10 mil”, para los huérfanos y viudas; el “bono tecnológico” y el “bono del adulto mayor”, además de 20 mil lempiras, algo así como mil 100 dólares, que les permitieran sepultar dignamente a sus familiares.
Nada llegó. EL UNIVERSAL visitó a familiares de 10 migrantes hondureños asesinados en Tamaulipas, y ellos mismos confirmaron que en ningún caso el gobierno de Tegucigalpa entregó recursos específicos tras de la tragedia. México mucho menos, por supuesto.
En aquella ceremonia en que se entregó el cuerpo de Misael, la esposa del presidente Lobo, Rosa Elena Bonilla, ofreció que el gobierno buscaría mecanismos de asistencia, pero quizá hasta hoy no los ha encontrado.
Honduras es un país siempre en problemas. Después de la turbulencia política que derivó en el cambio de gobierno (el golpe de Estado contra el ex presidente Manuel Zelaya y las subsecuentes crisis políticas e institucionales) el país, dicen los analistas, económicamente está en un bache: desempleo superior a 40%, marginación o pobreza de más de 48% de su población, evasión fiscal, corrupción, una casta gobernante distante en condiciones de los gobernados.
Cuando le pregunto a Luisa Barahona, hija de Cantalicio Barahona y prima de Manuel Escobar Pineda, dos de los migrantes asesinados, por qué los mismos deudos de esa masacre no se han reunido con otras organizaciones para impulsar un cambio que les beneficie, que ayude a paliar su situación precaria, ella dice con claridad: “Así somos los hondureños”.
De los migrantes desaparecidos que son buscados por sus familiares, más de 40% son hondureños. En ningún caso hay indagatorias específicas para esclarecer homicidios, secuestros o cualquiera otro crimen contra migrantes en la región.
Además de Misael, otros por lo menos 2 mil hondureños que han sido dados por muertos, no cuentan con un acta de defunción que les permita a sus deudos tramitar una pensión, algún seguro. Nada.
Entonces las imágenes de Honduras se acomodan tal como deben: un conductor de automóvil entrega sigilosamente un billete al oficial de aduanas. Una mujer, con dos bolsas en los brazos, toma sin pagar una penca de plátanos del tianguis de San Pedro Sula. Hombres y niños se avientan al paso de los automóviles para vender bananas fritas, cocos, pan, galletas. Nadie cede el paso a un anciano que casi cae del esfuerzo por alcanzar la otra orilla. En la estación de autobuses, un par de muchachos roba una maleta olvidada a su lado. Hay crímenes y abusos cantados en la radio. En todas las carreteras de Honduras, nadie halla un solo poblado donde algún niño no esté trabajando, cargando leña, arando, vendiendo, llorando, pidiendo para comer.
La última salida
Luisa, la hija de Cantalicio Barahona y prima de Víctor Manuel Escobar Pineda, mira detenidamente la colina que se divisa perfecta desde la terraza de su casa y dice con enojo, que su Choloma, un suburbio de San Pedro Sula, es un hervidero de drogas, prostitución, asesinatos, violencia desmedida, muerte. Y su colonia, la López Arellano, una de las más violentas.
–Seguido hay balaceras. Todos sabemos quiénes son los que venden la droga. Todos sabemos quiénes son los que se dedican al asesinato. Es un lugar peligroso para el que no vive aquí. Para nosotros no. A mi papá todos lo respetaban –dice.
Recuerda que fueron muchos años los que su papá trabajó en Estados Unidos, hasta heredarles una vida mejor en Choloma. Trabajando construyó su casa, le dio recursos a su madre octogenaria, les dio futuro a todos sus hijos y regresó a vivir tranquilo su segunda parte de los 50.
Ahí seguiría, dice Luisa, una mujer robusta, morena, con un rostro que la gente considera lindo. Pero Víctor Manuel, su primo, fue deportado. Su familia en Estados Unidos, él en Honduras; Cantalicio se ofreció a acompañarlo de regreso. Como ilegal. “Era más para ayudarlo. Él conocía bien la ruta. Nunca le había pasado nada”, dice Luisa.
Muestra las fotos de su padre, cómo la acompañó el día de su boda, ahí mismo en “la Lopez”; cómo bailó con su muñeca morena de vestido vaporoso; cómo erguía el torso igual que esas aves que se cruzan por la carretera cuando uno va a San Pedro Sula.
Apenas termina de mirar las fotos, le vuelve el gesto duro, agrio. Relata los días subsecuentes, el reconocimiento del cuerpo y la rabia contenida. Le estalla en los ojos una bomba de rojos encendidos: “A veces es difícil aceptar que ya no está”. Aprieta los dientes. “Ver que todo se acabó de repente es difícil. Pero es así”.
Le pregunto por sus problemas, pero son muy distintos: una buena parte de su familia sigue en Estados Unidos, naturalizados o ya ciudadanos con derechos, y eso les permite a todos una vida más tranquila, en cuanto a ingresos, de la que se consigue el promedio hondureño.
"Si acaso, algún día saber por qué así”, dice, “por qué murió así. Pero a lo mejor no hay respuesta. Mi abuela es la que más extraña a mi papá. Yo a veces le hablo. Está aquí todavía. Creer eso es mejor”, dice.
Nos conduce a la salida. Desde ahí se aprecia una gran parte de los cerros de Choloma que desprenden un humor como a ciudad en llamas: de los laberintos de casas saltan mariguanos que exigen “un lempira”. De las calles salen niños y animales vestidos de mugre. La calle principal es un bullicio interminable. “Aquí, si no te metes a la brava, no pasas”, dice Luisa.
Con poco más de 300 mil habitantes, 85 barrios y colonias, sólo dispone de cuatro patrullas.
La Tribuna del domingo 7 de agosto es contundente: uno de siete hombres ensangrentados, ejecutados en Choloma mientras Luisa miraba hacia la loma; llevaba consigo una playera que decía: “Yo vivo en Estados Unidos”. Seguro se metieron “a la brava”. Pero no pasaron.
Recuerdos bordados
“Mi primer recuerdo
parte de un farol a oscuras y se detiene
frente a un grifo público goteando hacia el interior
de una calleja muerta.
Mi segundo recuerdo
lo desborda un muerto
una procesión de muertos violentamente muertos.
Cuando Ángela termina su historia, cuando abraza al retrato como si fuera su hijo Misael, es inevitable pensar en ese poema de Roberto Sosa, un poeta hondureño, de Yoro, recientemente fallecido. Son palabras que se pueden pensar, cuando a Honduras le llega la noche.
Son las imágenes de María Basilio, de María Mejía Espinoza, Luisa Barahona, Miriam Castro o Belkis Zelaya. Son las 72 familias de Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Brasil, Ecuador.
¿Cómo han sobrevivido a su pesadilla? Ángela, en medio de la mentira que se ha inventado, parece esbozar una respuesta: “Yo vivo con mi esperanza: voy a ver a mi hijo aquí o allá, donde el Señor me lo permita”. Cierra los ojos. Se despide.♠
Publicado en EL UNIVERSAL
La vida después de San Fernando *
* MENCIÓN HONORÍFICA DEL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO CULTURAL "FERNANDO BENÍTEZ" 2011

SAN PEDRO SULA, HONDURAS.- Los sueños que murieron en San Fernando, asesinados por Los Zetas una tarde de agosto, tienen la forma de una deuda económica sin saldar, un retrato que va borrándose, la mentira que ayuda a sobrevivir o una lágrima, una gruesa y salada lágrima como aquella que Belkis, a un año de distancia del peor momento de su vida, habrá de derramar por fin cuando acabe de contarnos su historia.
Intentará detenerla Belkis Zelaya. Se negará mucho tiempo a dejar salir ese chorro de jugo de limón que le baña los ojos. Alcanzará a pescar unas gotas antes de que caigan al suelo y las noten Diego o Estiven, su par de diminutas copias fieles del rostro de su esposo, Carlos Alberto Valle Lazo, que corren por la casa de piedras y madera, por la humedad calurosa de Honduras, por el sofá sumido, por la cocina sin abundancia.
Son herederos de San Fernando. Como lo son María Basilio, María Mejía Espinoza, Luisa Barahona y otras 70 familias de Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Brasil, Ecuador.
Han debido sobrevivir sin apoyo su pesadilla de sangre, porque así es la muerte entre los pobres, y la mayoría se encuentra sin trabajo estable, sin opción inmediata de subsistencia y con la cancelación definitiva de la única apuesta segura en estas tierras de monedas devaluadas y vueltas a devaluar: la ruta a Estados Unidos es sinónimo de la muerte. Sádica. Cruel. La permanencia es sinónimo de la miseria. Sádica. Cruel.
“Así son las cosas”, dice Belkis. Sin mover un músculo del rostro. No ha terminado de pagar la deuda del viaje de Carlos. Le faltan como 800 de los poco más de dos mil dólares que le cobró el coyote sólo por la primera etapa de una partida que no acabó en final feliz.
La deuda, que comparte con su suegra, ha debido ser saldada a pagos, en números que acumulan intereses de casi 200 dólares por mes si no se abona a tiempo, y hacen más grande, más interminable, el peso de su tragedia.
Igual han hecho otras tantas familias afectadas. Para pagar a los coyotes el “adelanto”, de entre dos mil y tres mil dólares para la salida de Honduras, piden prestado en casas de empeño, en bancos, pero sobre todo con prestamistas privados conectados con los mismos traficantes de indocumentados, quienes tasan intereses de hasta 40 por ciento sobre el préstamo, con cobro inmediato a la entrega del dinero.
A otros les fue aún peor. Mala suerte que, además del duelo, hayan debido seguir pagando por la mentira de un viaje que ya no existía.
A la familia de Saúl Hernández Lemus, un joven moreno nacido en la aldea San Cruz de Yojoa, en la costa caribeña de Cortés, le siguieron cobrando después de la masacre. Pagó 5 mil dólares por llegar a El Naranjo, en Guatemala, pero cuando su hermana Yasmín se dio cuenta de las noticias y habló con el coyote, éste le dijo que el muchacho todavía estaba vivo, que necesitaba otros mil 500 dólares para llevarlo hasta Bronwsville sano y salvo. Su cuerpo yacía en la yerba ensangrentada de San Fernando.
Según relató ella misma al diario La Tribuna, pagaron, en Western Union, el dinero, pero nadie jamás hizo indagatoria alguna.
Como no la hizo nadie, tampoco, con la familia de José Geovanny Hernández, un muchacho que vivió en San José, municipio de Comayagua, en la reseca serranía hondureña, a quien el coyote, de nombre Joel Muñoz, supuestamente había llevado hasta Texas, antes de ser “secuestrado”.
Su padre, Luis Alfonso Hernández, recibió una llamada anónima, diciendo que su muchacho estaba vivo, en manos de unos secuestradores, y que debía entregar dos mil dólares para dejarlo en libertad. Con sus amigos y familiares en Estados Unidos, Luis Alfonso juntó el dinero, lo envió a través de la misma empresa de paquetería, pero jamás volvió a ver a su hijo. No con vida.
Las costas de Triunfo de la Cruz
María Basilio ha dejado por un momento el montón de plátanos verdes y negros que apila en las cubetas de plástico.
-“Ella es la que peor lo ha pasado. Está muy cambiada. Muy triste. ¿Cómo si no, si Carlos era su único varón. Qué consuelo hay para esa mujer?”
Está en el terregal que es su patio casero. Se sienta en un tronco que descansa al pie de un flamboyán, quizás algún otro árbol que se le parece mucho. Desde esa sombra resalta el tono brillante de la piel y el pelo ensortijado de María, azabaches si los describiera Federico García Lorca. De formas rotundas, cuando menos los 1.75 metros de altura que yo mido, una voz sonora, potente. Negra.
-“Es una tristeza de siempre”, dice, “ella no quería que Carlos se fuera. Cuando Junior lo convenció, ella estaba muy triste. A la semana que se fueron, murió mi mamá. A las semanas supimos que los habían matado a ellos. ¿Lo que es, no? Mi mamá nunca supo que Junior murió y a Junior nunca le dijimos que ella se había muerto”.
Relata los problemas económicos que han padecido desde aquel agosto: otra vez la falta de recursos. Otra vez la deuda con los polleros. Los 500 dólares por persona para los coyotes que los sacaron de Tela, un municipio del Atlántico hondureño con 76 aldeas y 264 caseríos con más de 80 mil habitantes que se disputan reñidamente la categoría del más pobre, cuya principal causa de muerte es el SIDA, en los adultos, o las pulmonías y la desnutrición, en los niños. Cuya vida es más precaria cuando se la huele abiertamente, porque está ahumada por un paraíso que no da para comer.
María era hermana de Junior Basilio Espinoza y tía de Carlos Alejandro Mejía Espinoza, dos morenos alegres, vivaces, jóvenes de raza garífuna como ella, que habitaron las arenas de la costa de Triunfo de la Cruz, una aldea de pescadores y cocoteros que desde hace más de 300 años ocupa su gente como descendiente legítima de los negros africanos que llegaron nadando hasta ahí para dejar de ser esclavos.
¿Quiere ir a ver su casa? – me pregunta María y de inmediato un trío de garífunas de menos de 6 años, sus hijos, se aprestan a servir de guías: se suben al coche tan divertidos, tan descalzos y risueños, que uno echa de menos los tiempos en que se podía llamarlos “negritos” sin desatar tormentas.
El camino, de terracería, es la confirmación de por qué Junior y Carlos se fueron, por qué eligieron el camino que les deparaba la muerte: salvo un trío de hombres evidentemente orientales y sin problemas económicos, que encabezan una comitiva internacional de apoyo alimentario y humano contra el hambre en la región, en la aldea sólo hay arena, yerbajos, salitre y necesidad.
No se ven moscas en las casuchas alineadas como dientes enquistados, apenas vaga un par de perros flacos y sarnosos, no se ven aves, no gallinas, gatos y ni siquiera ratas: el tal Triunfo de la Cruz es un paraje que no concede a sus hijos mieles dulces que libar. Por eso ahí la muerte es otra.
Otra María, ésta hermana de Carlos, muestra la foto del muchacho de 19 años y habla de su pasado como si fuera presente. Su madre lo llora, dice, todas las noches, pero la pobreza la obliga a salir a buscar comida para el resto de su prole: vende cocos, baratijas, comida en la playa cercana, hace trabajo en el campo, cuida ganado, corta plátano, vende lo que puede, como puede, cuando puede.
“Se fue con las ganas de ayudar a mi mamá. De darle una vida mejor. Por eso le duele tanto cada noche. Despierta gritando. Ella lo sueña. Ahorita se fue a hacer un mandado, para seguir con el pago de la deuda, pero luego se va, tarda en regresar. Llora. Así es su vida ahora de mi mamá. Lo extraña demasiado”, dice la otra María.
En la televisión, único objeto de valor en esa casa garífuna, una rubia coqueta, traviesa, giña un ojo a quien la mira, para explicar que el Caribe hondureño, su sol de esplendor, su talco de arena, las turquesas de su mar, esperan con las olas abiertas a la vastedad de su belleza.
Una cipota muy dura
¿Cómo se sobrevive después de los sueños rotos? ¿Qué pasa en la vida de toda esa gente tocada, cercenada por la tragedia? Belkis, sus 23 azarosos años, un rostro redondo, de niña, el pelo negro y largo sujetado por una cinta amarilla, brillante en medio del calor de la tarde, acepta que el presente es como tiene que ser. Sin dramatismo, sin lamento.
“¿De qué me sirve ahora ponerme a llorar, con eso no voy a pagar por darle de comer a mis hijos?”, dice. Los mira.
Trepan al columpio montado en el corredor, elevan el volumen de la tele o se vuelven veinte niños incansables, cipotes les dicen como nosotros chamacos, completamente ajenos a la masacre de Tamaulipas, México, donde su papá entregó la vida, todavía no se sabe con certeza si por negarse a ser un miserable chacal o por no tener dinero inmediato para pagar su rescate.
“Ella es una cipota muy dura”, dice su madre. “No llora nunca. No demuestra cómo de verdad se siente. Me preocupa a veces, porque yo creo que no ha sacado todo eso que ella trae adentro. A veces sale con su hermano a un baile, pero casi siempre la veo triste”.
La mujer es una sampedrana cordial, trigueña, de ojos luminosos. Es la abuela que cuida de los gemelos mientras Belkis sale a trabajar en la droguería, en la venta de artículos farmacéuticos donde no alcanza a ganar ni 500 dólares mensuales. Es quien los alimenta, los viste, los abraza.
Ella es quien llora todo el dolor que su hija no puede y protege a los gemelos de la vida dura en la colonia Planeta, comunidad de La Lima, un barrio de calles sin pavimentar, balaceras, desempleados, azotado por pandillas de La Mara e inundaciones constantes de los ríos Chamalecón y Ulúa. Un distrito tropical que lo mismo huele a plátano cuando le llega el viento de las plantaciones cercanas, que a combustible quemado de los aviones que aterrizan tan cerca.
Amigos
El mismo barrio donde salieron, la noche del 8 de agosto de 2010, Carlos, Joan Chirinos Padilla, Brayan García. Esos tres muchachos mestizos, desempleados desde finales de julio como los más de 150 mil obreros de las maquiladoras textiles del Valle de Sula que fueron cesados en todo 2010. Llevaban 500 lempiras en la bolsa, Carlos unas fotografías de sus gemelos y de Belkis, Joan un teléfono celular con el número del coyote guardado como tesoro y Brayan los oídos prestos a escuchar a Wilmer, su guía experto, cuyo paradero hasta hoy es desconocido.
Amigos de una vida breve y una muerte inentendible, se decidieron los cuatro a darle un vuelco a sus destinos, atravesar Guatemala, llegar a México por el Golfo y colarse hasta el Río Bravo, en algún punto entre Brownsville y El Paso, hasta que los agarró la carcajada de los Zetas: 72 migrantes masacrados, 58 hombres y 14 mujeres. Ese 22 de agosto de 2010. Apenas 160 kilómetros antes de rasguñar sus sueños.
Cuando trajeron de México el cuerpo de Carlos, recuerda, su hija Belkis exigió verlo personalmente. Reconocerlo, a pesar de la descomposición y la forma brutal en que fue masacrado, con un tiro que le fragmentó una parte del cráneo, que le imprimió la expresión de absoluto terror que ella nunca va a olvidar.
Las cancillerías hondureña y mexicana eran (son) un caos. Los retrasos en la entrega de los cuerpos fueron sucesivos. La burocracia, demencial. Nadie tenía claro qué hacer. Se sabía de familias a quienes pretendieron entregar cuerpos desconocidos, amparados en una negativa oficial a que se abrieran los féretros, lacrados con la leyenda “Dios es más fuerte que mis problemas”, para evitar epidemias. “Que entierren muertos, aunque no sean suyos”, dicen haber escuchado.
Cuando empezó la rebatiña, entre exigir abrir los ataúdes o impedirlo, muchas no tuvieron valor de reconocer los cuerpos. Ni Channel Chávez, esposa de Joan, ni Ana Bertha Ferrera, madre de Brayan, se decidieron a reconocerlos. Belkis sí lo hizo.
Quería estar cierta de que se trataba de su pareja, del padre de sus hijos, el aficionado al futbol y a las motos que un día, asustado porque el médico les confirmó que tendría gemelos y vuelto loco de alegría porque serían varones, le juró, emocionado, un futuro sólido. Y algún día la boda que jamás tuvieron.
“No sé yo de dónde sacó ese valor, tal vez por sus hijos, pero ella no descansó hasta comprobar que fuera Carlos. Y era”, dice su madre. “Yo desde entonces la veo que ha cambiado mucho. Trabaja mucho, todo el día. Todo para sus hijos”.
-¿Cómo puedes no odiar, Belkis?
-Con eso no gano nada, dice.
Muestra el rostro más sereno que uno haya visto en mucho tiempo.
-A veces Diego dice que sueña a su papá. Que sueña que regresa y juega con él. Entonces sí siento algo aquí adentro. Siento que todo es una pesadilla, que no pasó. Me acuerdo de cómo lo dejaron, cómo lo mataron, y me pregunto ¿por qué así? Eso. ¿Por qué así?
-¿Te crees capaz de cumplir ese sueño que Carlos tenía cuando se fue de aquí?
Se queda en silencio un momento. Abraza el retrato que tiene entre las manos, mira a Diego y a Estiven que corren por la sala, me ve a los ojos como un cachorro pidiendo ayuda y, serenamente, como si no fueran líquidas, dos lágrimas le ruedan sigilosas por entre las mejillas.
-No. Así como él quería, no.
No voy a preguntarle nada más. Su rostro de niña me grita que una tarde, en mi país, le mataron los sueños.♠
Publicado en EL UNIVERSAL
Los niños de la furia 3a. Parte: ÉL, LÁGRIMAS
Él se llama “Lágrimas”, aunque debía llamarse “Cicatrices”.
Abre un poquito menos los ojos negros, esas canicas pestañudas de una hermosura robada a la más triste mirada de perro tierno, y sonríe, con labios francos y abiertos, para sosegarse con su futuro: “a ese hijo de su pinche madre también lo voy a matar”.
Ningún músculo se altera después en el rostro de “Lágrimas”, ni los párpados de pestañas interminables, ni los pómulos surcados por heridas, ni el cuello, apenas sus labios, que recuerdan la violencia más cruda, la acometida del pene agresor, el dolor bajo la espalda, las piernas dobladas, la panza en vértigos: “a ese hijo de su pinche madre también lo voy a matar. No se me olvida su cara. Va a llegar ese día en que me voy a sacar la espina”.Read more
Los niños de la furia 2a. Parte: TÚ, COLABICHI
La navaja entra filosa, lenta, contundente, en el envejecido abdomen de la gorda mujer ¿La sientes? ¿Ves el chorrote de sangre, el caliente chorro colorado que te salpica la pierna derecha del pantalón, y el grito del vigilante, el aullido, el miedo?
Fuiste tú, “Colabichi”, fuiste tú y tu mano derecha, tu mano de 11 años cumplidos meses antes. La foto de “El Debate”, aún sin permitir ver tu cara, dice que eres tú. La gorda mujer está aullando ¿Ves? También ella dice que fuiste tú, “Colabichi”. Y está aullando porque le enterraste la navaja justo debajo del seno derecho, y ahí sigue.
Entraste a robar, carajo, entraste ese jueves por la noche a la mueblería “Muebles para el Hogar Don José”, o algo así, en la zona Dorada de Culiacán, nomás para robarte unos cuantos pesos para el “perico” de la noche, y no ibas sólo, llevabas contigo a tu navaja, compañera de sangre como no has conocido otra. Ni conocerás.
Y no es la primera vez, escuincle de ojos pequeños, de hoyo en las mejillas, porque bien que cuentas, sin rubores pudibundos, que empezaste a caer en el Tutelar cuando apenas despegabas ocho calendarios y te urgía tener esa bicicleta, la primera de tu vida.
No es la primera vez, porque bien que traes la cuenta de tus robos y tus “malías”, que es la forma que encontraste para llamar a tus asaltos con violencia, intentos de homicidio, ventas de droga, consumos consuetudinarios de estupefaciente, intentos de violación, por los que, una vez y otra, te has ganado a pulso el mote que te designa y te iguala con un podrido animalillo ponzoñoso: “Colabichi”.
¿O no fue eso el asalto a mano armada afuera del Hospital Regional del IMSS en Culiacán, unos meses después del robo de la bicicleta, en 2002? ¿No fue eso el haberte brincado la cerca de la casa de la vecina en Guasave que, justo cuando habías tomado el bolso con casi tres mil pesos, te agarró de las greñas y se puso a gritonear hasta que llegó la patrulla junto con la familia que te había dado cobijo y traicionaste? ¿No fue eso la bicicleta que te robaste de una panadería, y que fuiste a perder un mes después en el Malecón del río del Puente Viejo porque viste otra mejor que no te pudiste clavar?
Sí, “Colabichi”, “se te prendió la loquera”, como dices, y desde los ocho años abandonaste a tu familia, o lo que quedaba de ésta, y dejaste Topolobampo nomás por malora, para agarrar de cordón umbilical el “cristal”, el “activo” y el “perico” “nomás por presumir”, que te han dado cuerda los años que han seguido.
Y la vida, “Colabichi”, que se te va escurriendo vuelta humo, como ese que despide la piedrita blanca que calientas con el foco encendido y te aliviana, te activa, pero cuando se te baja, entrado el amanecer, te deja casi ciego con un pinche rayiyo de sol de la mañana. Puum, dices bien “Colabichi”: “puum”.
“SÍ, LE PEGASTE EL BALAZO”
¿Dónde dejaste la niñez, “Colabichi”? Y no repitas que tus padres, campesinos sinaloenses, muertos de hambre como muchos, te la escondieron entre los cuerazos, la ignorancia y el divorcio. No repitas que las friegas de tu padrastro, adicto a la cocaína y alcohólico, y los gritos de “te voy a matar, te voy a matar” se la llevaron entre las sílabas.
¿Dónde la dejaste, escuincle de sonrisa grande, frente amplia, nariz rectilínea? ¿En el balazo que le metiste una noche a tu padrastro, ya harto de sus golpes, o en los gritos de tu madre, ahogada en el llanto que maldecía la hora de tu nacimiento y buscaba el hacha de su macho para darte?
Seguro dirás que ahí, que la pistola estaba cargada sin que lo supieras, y que tú sólo querías espantarlo al cabrón, sólo querías que te dejara de decir “maldito mocoso de mierda”, y que no te llamara “pinche perro, muerto de hambre” y que tu mamá dejara de fingir que no escuchaba y te abrazara, te dijera que te amaba, que no iba a permitir que te doliera una vez más el corazón, pinche “Colabichi” de poco aguante.
¿Fue ese día, “Colabichi”? ¿O fue cuando entendiste que nunca tuviste el cariño de tu madre? El día que descubriste que ya llevabas casi tres años, entrando y saliendo del Tutelar, sin verla a los ojos, sin mirar su cara redonda de mujer morena, treintañera, ni las manos, ni los ojos negros, ni los oídos puestos para escuchar que dejara a ese hombre y que tú le prometías darle dinero, mantenerla si fuera posible, darle amor y ayudarla con la plebe “como no hizo el hijo de puta” que te engendró.
No, “Colabichi”, a lo mejor ni sabes dónde diablos quedó tu ser de niño, porque empezaste a salir en los periódicos, en primera plana, y te sentiste admirado, temido, poderoso, y esa fama suplió cualquier ausencia.
Te ganabas los cuatro mil, cinco mil pesos más rápido que cualquier otro, y luego luego te acercaste a los meros jefes de la mafia culichi, que te enseñaron no sólo a abrir puertas de casas, sino también de autos, y cajas fuertes, y bodegas, y joyerías y vientres.
Y la alegría ¿Te acuerdas, chamaco de metro y medio? La alegría que sentías antes del robo, del asalto, esa sensación de poseer “felicidad, alegría, que tenía poder, algo” que llenaba hasta los huesos más dolientes de tus piernas maltratadas.
“AHÍ ESTÁ LA COBIJA”
¿Cómo crees que vas a huir de lo que duele, Colabichi? El mundo está hecho a esa medida. ¿Como aquella vez, te acuerdas? Cuando intentaste ahorcarte porque sentiste dentro de tu cuerpo que para nadie valías algo, y “se te prendió la loquera”, como dices, y rompiste la sábana, “ahí está la cobija todavía”, pero entró el “licenciado” y te preguntó que qué hacías, y llorando de rabia le dijiste que querías morirte. ¿Te acuerdas? Ese día que le pediste a Dios que perdonara todo lo que habías hecho. Pero no supiste bien si él te escuchó, porque dijiste clarito: “La vida que llevo se la agradezco a Dios. Los topes, no”.
¿O crees que la sangre algún día se te olvide? Dices que quieres hacer la preparatoria, “Colabichi” y que quieres ser policía de caminos de la Federal Preventiva. “De ratero a policía”, chamaco, para que te regresen las cachuchas de la AFI, las placas de la AFI y las camisas de la AFI que llevabas contigo la última vez que ingresaste al Consejo. ¿Y la sangre?
Sí, te vas a decir algo como esto: “perdí mi niñez, pero espero recuperar algo pa’ más a’elante, estudiar, tener familia, me tengo que ir de aquí, me voy a quedar aquí hasta mayo, y ya, hasta terminar la secundaria (en el Centro de Observación y Readaptación del Menor Infractor de Culiacán, Sinaloa) y luego voy a hacer la prepa afuera”.
Vas a decirte, como si fuera cierto, que “ahora me doy cuenta que perdí mi niñez y quiero disfrutar la demás vida que me queda”. Que “yo no me siento a gusto con lo que ha sido mi vida” y que hasta formaste la Banda de Guerra del Consejo, para que la música toque todo el día y vuelva la vida. Y que en 10 años vas a ser comandante de la AFI, y serás bueno, y no habrá más piedras en tu camino, ni topes, ni dolores.
Vas a decírtelo, chamaco de 14 años cumplidos, para que el chorrote de sangre de la gorda mujer, el caliente chorro colorado que te salpica la pierna derecha del pantalón, y el grito del vigilante, el aullido, el miedo, no te repitan cada día, en cada sueño, que fuiste tú “Colabichi”, que fue tu mano. Y despiertes llorando.♦
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Publicado: Martes 7 de enero de 2006
Diario Monitor. Sección El País
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Los niños de la furia 1a. Parte: YO, EL CHOLILLO
Yo ‘stoy aquí por la bolsa ‘e droga, por ‘sa bolsa ‘e cristal ¿Ve?
Pero yo digo la verdaá, a mí me gusta decir la verdá ¿Ve?: Yo no la tenía. Sí andaba drogado, eso sí, porq’p’s andaba con mi novia Lupita y nos habíamos drogado con Ribotril, pero la bolsa esa no la tenía, esa me la puso el poli que me agarró.
Me llamo Antonio, pero quiquío me pusieron El Cholillo, orque decían q’iba ser un niño balandro ¿Ve? Pero la bolsa no la traía, yo andaba rolando con un morro, y andaba rolando con mi novia y que me agarran quesque puchando. Un policía que venía manejando me dijo:
- Ya se quién te la dio la droga, güey – venía en la camioneta el chota, en la patrulla ‘e doble cabina, n’el Centro, n’el mero Centro ‘onde está la plaza, Culiacán.Read more
La tragedia olvidada: el accidente del Metro en 1975
Ese lunes particularmente nublado de 1975, cuando nadie se esperaba que un boleto del Metro le cambiara la vida, figura entre los registros de las más grandes tragedias del transporte urbano subterráneo en el mundo, pero en México ha sido casi olvidado.
“Todo estaba normal, hasta que el convoy de adelante comenzó a pare y pare”, dijo el operador Carlos Fernández Sánchez, de 21 años aquella mañana del 20 de octubre.
Había salido de Tacuba, línea Dos, alrededor de las 9:05 de la mañana. Ya no era “hora pico”, pero cada uno de los carros del convoy llevaba aún entre 120 y 130 personas. La ciudad que habitaban comenzaba a crecer, ya tenía sus 7 millones y medio de personas.
Alrededor de las 9:36, el convoy tripulado por Fernández Sánchez se detuvo en Chabacano. Una estación adelante, el tren número 08, conducido por Alfonso Sánchez Martínez, otra vez paraba su corrida, porque la palanca de emergencia del carro número 06 había sido accionada, como ya había ocurrido antes en Hidalgo, Bellas Artes, Allende y Pino Suárez.
“Escuché con toda claridad y perfectamente que el Puesto de Control ordenó al tren de atrás que no avanzara, que debía detenerse de inmediato”, declaró Alfonso Sánchez. El operador “amarró” su tren, bajó de la cabina y se dispuso a desactivar la palanca.Read more





