* MENCIÓN HONORÍFICA DEL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO CULTURAL «FERNANDO BENÍTEZ» 2011

SAN PEDRO SULA, HONDURAS.- Los sueños que murieron en San Fernando, asesinados por Los Zetas una tarde de agosto, tienen la forma de una deuda económica sin saldar, un retrato que va borrándose, la mentira que ayuda a sobrevivir o una lágrima, una gruesa y salada lágrima como aquella que Belkis, a un año de distancia del peor momento de su vida, habrá de derramar por fin cuando acabe de contarnos su historia.

Intentará detenerla Belkis Zelaya. Se negará mucho tiempo a dejar salir ese chorro de jugo de limón que le baña los ojos. Alcanzará a pescar unas gotas antes de que caigan al suelo y las noten Diego o Estiven, su par de diminutas copias fieles del rostro de su esposo, Carlos Alberto Valle Lazo, que corren por la casa de piedras y madera, por la humedad calurosa de Honduras, por el sofá sumido, por la cocina sin abundancia.

Son herederos de San Fernando. Como lo son María Basilio, María Mejía Espinoza, Luisa Barahona y otras 70 familias de Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Brasil, Ecuador.

Han debido sobrevivir sin apoyo su pesadilla de sangre, porque así es la muerte entre los pobres, y la mayoría se encuentra sin trabajo estable, sin opción inmediata de subsistencia y con la cancelación definitiva de la única apuesta segura en estas tierras de monedas devaluadas y vueltas a devaluar: la ruta a Estados Unidos es sinónimo de la muerte. Sádica. Cruel. La permanencia es sinónimo de la miseria. Sádica. Cruel.

“Así son las cosas”, dice Belkis. Sin mover un músculo del rostro. No ha terminado de pagar la deuda del viaje de Carlos. Le faltan como 800 de los poco más de dos mil dólares que le cobró el coyote sólo por la primera etapa de una partida que no acabó en final feliz.

La deuda, que comparte con su suegra, ha debido ser saldada a pagos, en números que acumulan intereses de casi 200 dólares por mes si no se abona a tiempo, y hacen más grande, más interminable, el peso de su tragedia.

Igual han hecho otras tantas familias afectadas. Para pagar a los coyotes el “adelanto”, de entre dos mil y tres mil dólares para la salida de Honduras, piden prestado en casas de empeño, en bancos, pero sobre todo con prestamistas privados conectados con los mismos traficantes de indocumentados, quienes tasan intereses de hasta 40 por ciento sobre el préstamo, con cobro inmediato a la entrega del dinero.

A otros les fue aún peor. Mala suerte que, además del duelo, hayan debido seguir pagando por la mentira de un viaje que ya no existía.

A la familia de Saúl Hernández Lemus, un joven moreno nacido en la aldea San Cruz de Yojoa, en la costa caribeña de Cortés, le siguieron cobrando después de la masacre. Pagó 5 mil dólares por llegar a El Naranjo, en Guatemala, pero cuando su hermana Yasmín se dio cuenta de las noticias y habló con el coyote, éste le dijo que el muchacho todavía estaba vivo, que necesitaba otros mil 500 dólares para llevarlo hasta Bronwsville sano y salvo. Su cuerpo yacía en la yerba ensangrentada de San Fernando.

Según relató ella misma al diario La Tribuna, pagaron, en Western Union, el dinero, pero nadie jamás hizo indagatoria alguna.

Como no la hizo nadie, tampoco, con la familia de José Geovanny Hernández, un muchacho que vivió en San José, municipio de Comayagua, en la reseca serranía hondureña, a quien el coyote, de nombre Joel Muñoz, supuestamente había llevado hasta Texas, antes de ser “secuestrado”.

Su padre, Luis Alfonso Hernández, recibió una llamada anónima, diciendo que su muchacho estaba vivo, en manos de unos secuestradores, y que debía entregar dos mil dólares para dejarlo en libertad. Con sus amigos y familiares en Estados Unidos, Luis Alfonso juntó el dinero, lo envió a través de la misma empresa de paquetería, pero jamás volvió a ver a su hijo. No con vida.

Las costas de Triunfo de la Cruz

María Basilio ha dejado por un momento el montón de plátanos verdes y negros que apila en las cubetas de plástico.

-“Ella es la que peor lo ha pasado. Está muy cambiada. Muy triste. ¿Cómo si no, si Carlos era su único varón. Qué consuelo hay para esa mujer?”

Está en el terregal que es su patio casero. Se sienta en un tronco que descansa al pie de un flamboyán, quizás algún otro árbol que se le parece mucho. Desde esa sombra resalta el tono brillante de la piel y el pelo ensortijado de María, azabaches si los describiera Federico García Lorca. De formas rotundas, cuando menos los 1.75 metros de altura que yo mido, una voz sonora, potente. Negra.

-“Es una tristeza de siempre”, dice, “ella no quería que Carlos se fuera. Cuando Junior lo convenció, ella estaba muy triste. A la semana que se fueron, murió mi mamá. A las semanas supimos que los habían matado a ellos. ¿Lo que es, no? Mi mamá nunca supo que Junior murió y a Junior nunca le dijimos que ella se había muerto”.

Relata los problemas económicos que han padecido desde aquel agosto: otra vez la falta de recursos. Otra vez la deuda con los polleros. Los 500 dólares por persona para los coyotes que los sacaron de Tela, un municipio del Atlántico hondureño con 76 aldeas y 264 caseríos con más de 80 mil habitantes que se disputan reñidamente la categoría del más pobre, cuya principal causa de muerte es el SIDA, en los adultos, o las pulmonías y la desnutrición, en los niños. Cuya vida es más precaria cuando se la huele abiertamente, porque está ahumada por un paraíso que no da para comer.

María era hermana de Junior Basilio Espinoza y tía de Carlos Alejandro Mejía Espinoza, dos morenos alegres, vivaces, jóvenes de raza garífuna como ella, que habitaron las arenas de la costa de Triunfo de la Cruz, una aldea de pescadores y cocoteros que desde hace más de 300 años ocupa su gente como descendiente legítima de los negros africanos que llegaron nadando hasta ahí para dejar de ser esclavos.

¿Quiere ir a ver su casa? – me pregunta María y de inmediato un trío de garífunas de menos de 6 años, sus hijos, se aprestan a servir de guías: se suben al coche tan divertidos, tan descalzos y risueños, que uno echa de menos los tiempos en que se podía llamarlos “negritos” sin desatar tormentas.

El camino, de terracería, es la confirmación de por qué Junior y Carlos se fueron, por qué eligieron el camino que les deparaba la muerte: salvo un trío de hombres evidentemente orientales y sin problemas económicos, que encabezan una comitiva internacional de apoyo alimentario y humano contra el hambre en la región, en la aldea sólo hay arena, yerbajos, salitre y necesidad.

No se ven moscas en las casuchas alineadas como dientes enquistados, apenas vaga un par de perros flacos y sarnosos, no se ven aves, no gallinas, gatos y ni siquiera ratas: el tal Triunfo de la Cruz es un paraje que no concede a sus hijos mieles dulces que libar. Por eso ahí la muerte es otra.

Otra María, ésta hermana de Carlos, muestra la foto del muchacho de 19 años y habla de su pasado como si fuera presente. Su madre lo llora, dice, todas las noches, pero la pobreza la obliga a salir a buscar comida para el resto de su prole: vende cocos, baratijas, comida en la playa cercana, hace trabajo en el campo, cuida ganado, corta plátano, vende lo que puede, como puede, cuando puede.

“Se fue con las ganas de ayudar a mi mamá. De darle una vida mejor. Por eso le duele tanto cada noche. Despierta gritando. Ella lo sueña. Ahorita se fue a hacer un mandado, para seguir con el pago de la deuda, pero luego se va, tarda en regresar. Llora. Así es su vida ahora de mi mamá. Lo extraña demasiado”, dice la otra María.

En la televisión, único objeto de valor en esa casa garífuna, una rubia coqueta, traviesa, giña un ojo a quien la mira, para explicar que el Caribe hondureño, su sol de esplendor, su talco de arena, las turquesas de su mar, esperan con las olas abiertas a la vastedad de su belleza.

Una cipota muy dura

¿Cómo se sobrevive después de los sueños rotos? ¿Qué pasa en la vida de toda esa gente tocada, cercenada por la tragedia? Belkis, sus 23 azarosos años, un rostro redondo, de niña, el pelo negro y largo sujetado por una cinta amarilla, brillante en medio del calor de la tarde, acepta que el presente es como tiene que ser. Sin dramatismo, sin lamento.

“¿De qué me sirve ahora ponerme a llorar, con eso no voy a pagar por darle de comer a mis hijos?”, dice. Los mira.

Trepan al columpio montado en el corredor, elevan el volumen de la tele o se vuelven veinte niños incansables, cipotes les dicen como nosotros chamacos, completamente ajenos a la masacre de Tamaulipas, México, donde su papá entregó la vida, todavía no se sabe con certeza si por negarse a ser un miserable chacal o por no tener dinero inmediato para pagar su rescate.

“Ella es una cipota muy dura”, dice su madre. “No llora nunca. No demuestra cómo de verdad se siente. Me preocupa a veces, porque yo creo que no ha sacado todo eso que ella trae adentro. A veces sale con su hermano a un baile, pero casi siempre la veo triste”.

La mujer es una sampedrana cordial, trigueña, de ojos luminosos. Es la abuela que cuida de los gemelos mientras Belkis sale a trabajar en la droguería, en la venta de artículos farmacéuticos donde no alcanza a ganar ni 500 dólares mensuales. Es quien los alimenta, los viste, los abraza.

Ella es quien llora todo el dolor que su hija no puede y protege a los gemelos de la vida dura en la colonia Planeta, comunidad de La Lima, un barrio de calles sin pavimentar, balaceras, desempleados, azotado por pandillas de La Mara e inundaciones constantes de los ríos Chamalecón y Ulúa. Un distrito tropical que lo mismo huele a plátano cuando le llega el viento de las plantaciones cercanas, que a combustible quemado de los aviones que aterrizan tan cerca.

Amigos

El mismo barrio donde salieron, la noche del 8 de agosto de 2010, Carlos, Joan Chirinos Padilla, Brayan García. Esos tres muchachos mestizos, desempleados desde finales de julio como los más de 150 mil obreros de las maquiladoras textiles del Valle de Sula que fueron cesados en todo 2010. Llevaban 500 lempiras en la bolsa, Carlos unas fotografías de sus gemelos y de Belkis, Joan un teléfono celular con el número del coyote guardado como tesoro y Brayan los oídos prestos a escuchar a Wilmer, su guía experto, cuyo paradero hasta hoy es desconocido.

Amigos de una vida breve y una muerte inentendible, se decidieron los cuatro a darle un vuelco a sus destinos, atravesar Guatemala, llegar a México por el Golfo y colarse hasta el Río Bravo, en algún punto entre Brownsville y El Paso, hasta que los agarró la carcajada de los Zetas: 72 migrantes masacrados, 58 hombres y 14 mujeres. Ese 22 de agosto de 2010. Apenas 160 kilómetros antes de rasguñar sus sueños.

Cuando trajeron de México el cuerpo de Carlos, recuerda, su hija Belkis exigió verlo personalmente. Reconocerlo, a pesar de la descomposición y la forma brutal en que fue masacrado, con un tiro que le fragmentó una parte del cráneo, que le imprimió la expresión de absoluto terror que ella nunca va a olvidar.

Las cancillerías hondureña y mexicana eran (son) un caos. Los retrasos en la entrega de los cuerpos fueron sucesivos. La burocracia, demencial. Nadie tenía claro qué hacer. Se sabía de familias a quienes pretendieron entregar cuerpos desconocidos, amparados en una negativa oficial a que se abrieran los féretros, lacrados con la leyenda “Dios es más fuerte que mis problemas”, para evitar epidemias. “Que entierren muertos, aunque no sean suyos”, dicen haber escuchado.

Cuando empezó la rebatiña, entre exigir abrir los ataúdes o impedirlo, muchas no tuvieron valor de reconocer los cuerpos. Ni Channel Chávez, esposa de Joan, ni Ana Bertha Ferrera, madre de Brayan, se decidieron a reconocerlos. Belkis sí lo hizo.

Quería estar cierta de que se trataba de su pareja, del padre de sus hijos, el aficionado al futbol y a las motos que un día, asustado porque el médico les confirmó que tendría gemelos y vuelto loco de alegría porque serían varones, le juró, emocionado, un futuro sólido. Y algún día la boda que jamás tuvieron.

“No sé yo de dónde sacó ese valor, tal vez por sus hijos, pero ella no descansó hasta comprobar que fuera Carlos. Y era”, dice su madre. “Yo desde entonces la veo que ha cambiado mucho. Trabaja mucho, todo el día. Todo para sus hijos”.

-¿Cómo puedes no odiar, Belkis?

-Con eso no gano nada, dice.

Muestra el rostro más sereno que uno haya visto en mucho tiempo.

-A veces Diego dice que sueña a su papá. Que sueña que regresa y juega con él. Entonces sí siento algo aquí adentro. Siento que todo es una pesadilla, que no pasó. Me acuerdo de cómo lo dejaron, cómo lo mataron, y me pregunto ¿por qué así? Eso. ¿Por qué así?

-¿Te crees capaz de cumplir ese sueño que Carlos tenía cuando se fue de aquí?

Se queda en silencio un momento. Abraza el retrato que tiene entre las manos, mira a Diego y a Estiven que corren por la sala, me ve a los ojos como un cachorro pidiendo ayuda y, serenamente, como si no fueran líquidas, dos lágrimas le ruedan sigilosas por entre las mejillas.

-No. Así como él quería, no.

No voy a preguntarle nada más. Su rostro de niña me grita que una tarde, en mi país, le mataron los sueños.♠

Publicado en EL UNIVERSAL

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