Crónica

Julieta Fierro: astrónoma y mambera

Julieta Fierro, mujer de ciencia en la ciudad de México, astrónoma, mambera, madre, bailarina de ballet clásico, ciclista, triunfadora, se sabe perfectamente el truco mejor para la felicidad constante, pero habrá de revelarlo hasta el final de la entrevista.

Porque no es nomás decirlo, como quien asoma la cabeza en la azotea para ver a Orión entre las nubes cochambrosas de ozono. Primero hay que notar esas pasiones de científica connotada, ese amor por su trabajo, por la vida, por la ciudad que la deleita.

¿Y qué hace un astrónomo en una ciudad donde no se ven las estrellas?

Pues los astrónomos que vivimos en la ciudad de México en general hacemos observaciones remotas, además ya
casi son remotas todas, los satélites nos ayudan mucho.

¿No le da algo así como desasosiego nunca ver una estrella en este cielo?

Bueno, sí vemos, aquí tengo mi telescopio.

¿Y a poco sí se ven?

Estrellas en el cielo, claro: se ve Orión precioso, la constelación que todo mundo conoce, las tres estrellas, que se llaman también los Tres Reyes Magos, por lo bonito que se ven.

¿Le gusta el cielo de la ciudad?

Sí, por supuesto, yo que soy defeña absoluta, y vivo en una unidad habitacional, en Copilco, me he subido ahí,
junto al tanque de gas, a ver las estrellas.

¿Aunque esté todo cochino el cielo?

No siempre está todo cochino. La mayoría de las veces sí. Hay que buscar noches bonitas.

¿Cuáles han sido las noches bonitas que recuerda de la ciudad?

Yo creo que las noches que me subí a la azotea de mi casa con alguno de mis hijos y le platiqué lo que estaban
viendo.

¿Qué les platicó?

Pues todo, que ahí había un grupo de formación estelar, que allá hay una estrella que ya va a explotar porque es
supernova, en fin, las propiedades de los astros, las constelaciones.

Oiga, ¿los astrónomos siempre andan en las nubes?

A ver: la ciencia lo que quiere es avanzar en el conocimiento, y la Astronomía moderna se llama Astrofísica. Los
astrónomos no somos personas raras, somos gente común y corriente. Nos gusta el arte, yo tomo clases de ballet,
hasta lo he hecho en la televisión.

¿Usted baila ballet?

Sí, ballet clásico. Y he bailado mambo, tengo un grupo de mamberas.

No me la imagino.

Soy mamberista, con Las Mamberas de Minerva. Mandé hacer un mambo que se va a llamar Sin Embargo Se Mueve, en honor de Galileo. Una carcajada se escapa. Julieta Fierro, como escribiría Eduardo Galeano, es un fueguito que saca chispas y enciende con su fulgor a quien la mira.

Cuando sonríe, los labios, delgados, se le ensanchan, parecen un ecuador rebozante de trópicos, igual si sostiene
una luna en miniatura, o si Jorge, con su lente en mano, le pide tirarse al pasto, encaramarse a una bicicleta, bailar
como odalisca, que salte o que estalle en un nuevo Big Bang: Julieta es origen.

A usted le apasiona la astronomía. ¿Cómo le nació esa pasión?

Iba yo a un colegio francés y siempre sacaba cero en francés y 10 en matemáticas, así que ya sabía, desde muy chiquita, que iba a ser científica. Bueno, en realidad quería ser cirquera, y tener muchos hijitos, pero nunca fui cirquera ni mamá de muchos hijitos.

¿Y qué tanto le gusta la ciudad de México?

Ah, me encanta, me encanta esta ciudad, yo no podría vivir en otro país. Yo siempre he tratado de ir siempre más delante de lo que se permite en una sociedad tradicional como la mexicana, y sólo aquí puede uno permanecer relativamente anónima.

¿Le gusta el anonimato que prodiga la ciudad?

Por supuesto, aunque luego estás en la mira de alguien, nomás un ratito. Quienes lean esta entrevista igual se fijan, pero al rato los rebasa el problema del tráfico, la lluvia, el ruido, la quincena, y ya. No hay tiempo de ensañarse con la gente y atacarla a morir, es la ventaja de esta ciudad.

¿Cuáles son las desventajas?

Las de todos, la inseguridad, los medios de transporte.

Pero usted usa bicicleta, usted le pedalea.

Yo le pedaleo, sí.

¿Desde su casa?

No, no, porque eso sí es peligroso. Aquí en la universidad. A Einsten le gustaba la bici, y hasta escribí un libro en el que me tomé una foto con mi bici, para copiarle.

¿Y tiene su lugar estrella?

Muchos. La UNAM es un privilegio absoluto. La senda ecológica, donde te pierdes por la lava y no escuchas nada.
Caminar por la ciudad, por el Centro Histórico, es maravilloso.

Aun con caos, inseguridad, el miedo.

Sí, me ha tocado. Una vez me asaltaron aquí, en el estacionamiento, con pistola.

¿Se les lanzó?

Yo pensé que las pistolas eran de mentiras. En el Metro dos vece me han asaltado. Una vez con un cuchillo, otra vez me agarré al cuate, me robó mi libro, mi mochila con mi libro, a otro le di una patada en sus partes nobles. Tengo ese defecto, pues como me ven como viejita

¿Pero también la inspira la ciudad, ¿no?

Claro, para todo. Yo, que viajo por todo el mundo, cuando llego aquí me pongo feliz. Me gusta todo, la comida, la gente, la posibilidad de hacer cosas, esta ciudad es fascinante porque está viva.

¿Entonces es usted una mujer feliz?

Lo que pasa con la felicidad es que es relativa, depende contra quién te compares. Y el segundo punto es que se acaba. Seguro has hecho el amor hasta decir que es lo mejor de tu vida, pero siempre quieres más, no te colmó de por vida, entonces lo que hay que hacer para ser felices es trabajar, trabajar todo el tiempo, y en el trabajo está la dicha.

Es feliz, Julieta.

Yo soy feliz como todos. A veces muy feliz, a veces regular. Pero ya se me sé el truco: el truco es no compararte con los demás, trabajar, tener amigos, tener familia y al final de la semana pensar en las cosas bonitas que te dio la vida.


Texto publicado originalmente en El Universal, el domingo 10 de febrero de 2008.


El barco de la esperanza

Luis Guillermo Hernández

@luisghernan

Fotos: Sergio H. Martín

Barcelona.- Su Mediterráneo es nuestro desierto. Sus mareas furiosas, nuestras dunas calcinantes. Sus cuarenta y seis mil kilómetros de costas, nuestros tres mil 145 kilómetros de línea. Y hay una misma miseria. Una misma hambre. La misma muerte.

Pienso en eso, en lo igual, en lo absurdamente igual que se ha vuelto el mundo, mientras escucho el relato de Ani Montes Mier, la Jefa de Misión de la organización no gubernamental internacional Open Arms, dedicada al rescate y protección de las miles de personas que cada día se lanzan al mar en sus botes, para dejar atrás África y sus conflictos bélicos, su pobreza inimaginable, su fatídico destino.

La tragedia humanitaria africana está más cerca de lo que pensamos...

Lea la historia completa de este barco en el portal aliado:

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Viñetas contra la discriminación

45029659817871. Una mujer, que lleva su bolso colgado al hombro y atraviesa delante de mi el largo transbordo entre líneas de metro de la estación Passeig de Gracia, sólo cambiará la posición de su bolso, para resguardarlo contra su pecho, cuando yo camine a su lado.
2. Si me siento en una banca del Passeig San Joan, frente al arenero donde juegan los niños más pequeños -para verlos jugar- dos mujeres jóvenes y un hombre más o menos de mi edad se llevarán a sus hijos, luego de mirarme reiteradamente por varios minutos.
3. Nunca un vecino de mi edificio compartirá conmigo el ascensor. Ninguna de todas las ocasiones que esto es posible. Nunca.
4. Si abordo el autobús que recorre mi barrio, desde Vallcarca hasta Sagrada Familia, y dejo libre el asiento junto al pasillo para ir mirando por la ventana, viajaré sin que nadie se siente a mi lado aunque el bus se llene. Cuando me levante, de inmediato se ocuparán los dos asientos.
5. Me lo preguntará muchos meses después de atenderme varios días a la semana. ¿Perdona... te puedo preguntar de dónde eres? Soy mexicano. ¡Mexicano! No me lo parecías. Pues sí... mexicano hasta las cachas. Sólo a partir de ese día, me sonreirá siempre que me entregue la barra de pan.
6. El ciclista, a gritos, amenazará al mantero: llamará a la policía porque el africano está colocado justo al final de la Ronda Litoral y obstruye -en realidad sólo algunos centímetros- la vía reservada para las bicicletas. Tiene que haber un orden estricto, dirán algunos. Los ciclistas pueden pasar perfectamente, dirán otros. Pinche güey mamón, no le hagas al cuento, el negrito se está ganando la vida, diré yo. La mayoría pasará de largo sin intervenir. El ciclista, tras un aspaviento y gritoneo mamilón al teléfono, se irá por la misma vía por la que supuestamente no podía pasar. El mantero venderá alguno de sus muchos bolsos Luis Vuitrón.
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7. Apu, el tendero de la esquina. Y Apu, el chico que nos corta el pelo por 5 euros. Y Apu, el vendedor de pendejaditas en Lesseps. Ellos me confundirán con uno de los suyos. Y reirán cuando les diga que no, que soy mexicano. ¡Ah, Chicharrrito!, dirán. Sí, Chicharito. Y en venganza, yo les llamaré Apu a todos ellos. Seremos amigos, nos saludaremos y sonreiremos siempre. Supongo que esa confusión conmigo le ocurre a muchos barceloneses también, según me lo han dicho. Es el estereotipo del mexicano: igual morenazo de fuego, pero algo más bajito que yo, mucho menos barbudo y con un acento más enfático, más Chin Chin el Teporocho o Las Glorias del Gran Púas: "órale, güey, ya leestámos dimosdandóooo". Yo pensaré: ¡carajo, que no ven que yo soy de barrio obrero... de la Pleni, chintololo del mero Azcapotzalco!
 8. Pepo, el simpático aunque maleducado perrito de mi amiga, será un antídoto contra la desconfianza. Cuando lo pasée, cuando lo lleve a caminar por la Plaza Real, por la Rambla, por el Barrio Gótico o cuando salgamos al Paseo Marítimo, notaré que la gente se acercará a mi sin miedo. Es tan simpático, que provocará que hasta me saluden, que al sonreírle a él de reojo me vean. Que incluso me sonrían o en alguna ocasión hasta me miren a los ojos. Querré un Pepo en mi vida barcelonesa. Porque con Pepo no soy Peligro. Soy persona.
P.D.
Amo a Barcelona. Una ciudad que me ha dado tanto en tan poco tiempo.
Escribo esto desde la reflexión, no desde la denuncia.
Desde el cariño, no desde el rencor.
Escribo esto desde la empatía con los distintos.
Pequeños actos, casi inadvertidos

Barcelona grita: #NoTincPor

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La marea llevaba flores.
Llevaba velas.
Llevaba lágrimas.
Y una estupefacción que no tengo capacidad de explicar, porque una ciudad, su gente, no se acostumbra rápidamente al hecho de que alguien, nomás porque sí, haga de la muerte una ruleta rusa, una lotería de sangre aleatoria, para que deba morir quien tenga la mala suerte de atravesarse en el camino.
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Esa marea llevaba flores y pancartas, llevaba banderas y listones, y un grito en catalán: #NoTincPor, #NoTengoMiedo. Lo fue a mostrar a la Plaza Cataluña después de la tragedia.
Una marea contra el fantasma de una furgoneta alquilada, blanca, que se cruza zigzagueante en el camino de decenas de personas, de muchas nacionalidades y destinos, y convierte su paseo más típico por Barcelona en el lugar terrible de su último verano.
Sí. A la mañana siguiente del atentado, la marea en Barcelona llevaba flores. Llevaba velas y llevaba lágrimas.

2

Y luego de gritar en la Plaza Cataluña, luego de mostrar ahí sus flores y sus listones, sus velas y sus lágrimas, hizo justo lo que tenía que hacer en este caso:
Ir al epicentro de la tragedia. Caminar junta por las Ramblas, todavía olorosas a la lejía con que seguramente lavaron la sangre derramada, para recuperar su paseo, su sitio, su espacio. Ese lugar a donde acude a cantar bautizos y bodas sobre ramos frescos de esperanza. Que es sólo suyo. Completamente suyo.
Y depositar ahí, sobre el recuerdo, sus flores y sus listones, sus velas y sus lágrimas.♦

¡Adiós, Juanga... adiós!

Estás en el aire, Juanga. Te vemos, te escuchamos, te sentimos, te tocamos tan cerca, tan verdaderamente tú, no tus cenizas, que pues… no hay manera de que tu funeral, por obra y gracia de tu presencia infinita, no se vuelva una tremenda pachanga de palenque.

Estás en el aire. Te lo juro. Y eso, permíteme explicar, no tiene tanto de retórico como de enfático: impresa en miles de papelitos blancos de papel de China, tu sonrisa de muchacho de 23 años, con los hoyuelos como marco de tus labios, vuela como vuelan las palomas en la Alameda, por encima de nuestras cabezas. Juguetona.

Nosotros bailamos. ¡Arriba, abajo, las manos! Nos contoneamos. Los que vienen en grupo arman una “víbora de la mar”, cuando se escucha que no, nono no hay nadie que bailetanbonito como tú y el desmadre, ya sabes, se organiza en segundos: hileras multitudinarias de dolientes que baten hombro-cadera-culito al ritmo de la rola y, como si estuviéramos en nuestra boda, aullamos contigo, nos carcajeamos contigo, joteamos por ti, que es el verbo mejor con el se define esta celebración de tu vida.

Y miles de manos –o cientos de miles, yo ya no sé- jugamos contigo a atraparte como papelito blanco, a aplaudirte, a tenerte, a volverte a soltar al viento nocturno de una Avenida Juárez desbordada, histórica, mientras hacemos las filas de hasta cuatro horas de espera para entrar a Bellas Artes, tú en el centro de todo, para verte, cantarte, sollozarte:

-¡Amoreeee ternooooo… eiiinol vidáaaable e eee…

Y así como eres tú en los papelitos-palomas blancos, eres también en los miles de posters que nos recuerdan tu historia como cantante, en los que anuncian tu última presentación en el Auditorio Nacional, hace poquito; y eres también en los Mp3 piratas a 25 pesos, en los vasitos para el café, en las rosas de rojo y blanco plástico que huelen a durazno imposible (“¡ps esque se m’acabó el aroma de rosas, valedor!”) en los paraguas de Taiwán, en lo relojes, chamarras o DVD hechizos de tu concierto en Bellas Artes.

Eres en las bandas de tela para el sudor de la frente, con tu imagen y la de la Virgen de Guadalupe unidas. Eres en los altares con foquitos LED que rezan Tú eres la tristeza ¡ay! de mis ojos, en las plumas de gel que ni pintan, en las camisetas que repiten tu contoneo, en las máscaras de látex, los antifaces del Noa-Noa, las estampas con tu verso Me nace del corazón decirle que usted es mi vida. Eres tú en las bufandas de estambre, en las calcetas rosadas y las chalinas amarillas. Eres tú, el de Parácuaro, en la manta del Club ¡Arriba Juárez!

Eres tú, Juanga, Juan Gabriel, Alberto Aguilera, que el día de tu funeral nos confirmas que, para colmarse, las calles exigen la palabra adecuada, las letras exactas que logren traducirla con fidelidad absoluta en su lenguaje, su tiempo y sus latidos. Y eso es arte.

Eres tú, Juan, tu voz repetida en cientos de bocinas, que nos cantas en la misma ciudad y con la misma gente, en el único templo sagrado que existe: las calles.

Porque ahí es donde se funda la simbiosis perfecta de pueblo y canciones, Juan. La calle. Si los pueblos aman a sus cantores, a sus mejores cantores, es porque esa complicidad se fraguó en las calle, nació en la calles. Y sólo ahí es posible.

Por eso sólo ocurre cada tanto con unos cuantos. Pasó con la nostalgia poética de Agustín Lara; con el desgarrado amor que transita del campo a las ciudades de la mano de José Alfredo Jiménez; con los románticos boleros de Álvaro Carrillo y Consuelito Velázquez; con la contundencia armónica de Manzanero. Y contigo, Juanga. Cuando naciste mito en la frontera y gritaste “¡no tengo dinero ni-nadaquedar, lo unícoque tengoesa mor paradar…!

Tu rostro, tu presencia -que obliga al Palacio de Bellas Artes, el máximo recinto cultural de la República Mexicana, a permanecer abierto toda la noche-, compone una cruz inmensa con tus discos LP, que José Antonio, tu fan desde 1971, forma en el suelo de la avenida y convierte en paso obligado del gentío que se detiene, baja la mirada, casi se santigua.

Tu voz, tus quebrantos –se repiten en decenas de bocinas instaladas en todos los costados de la Alameda Central- trazan un sendero de emociones nuestras, que van en segundos del grito desgarrado al estallido violento, del duelo mesurado al requiebre festivo, del apesadumbrado yo no nací para amar, nadie nació para mi, tan sólo fui un loco soñador nomás, al chabacano muy sola y muy triste te dejaron –¡qué bueno!- y sin dinero-sin él-sin mi-sin nada ¡caray! Sin-sin dinero ¡caray! sin mi-sin nada –¡qué bueno, qué bueno, qué bueno, lero-lero, eso te pasa por traicionera y convenenciera y muy fea persona ¡qué bueno!”

Eres tú, incluso en la pizza Juan Gabriel (“trái sus dos bolas grandes de carne bien puestas”) que, aunque insípida y reblandecida, vende en Balderas y Juárez un motociclista de Pizza-Hutt oportuno como pocos.

Decía yo el día que moriste, Juanga, que desdeñar la explosión popular de veneración hacia ti, inducida o replicada en y por los medios, es no tener ni puta idea del país, del continente en que vivimos. Que la sociedad mexicana en particular, la latinoamericana en buena medida, somos así: viscerales de emociones, exagerados, masivos, fiesteros, tal vez un poco incultos en promedio, elementales acaso, contradictorios, eufóricos, arrebatados, pasionales.

Todos tenemos un recuerdo tuyo y lo venimos a llorar. Todos una canción, un tequila, una borrachera de cuatro días acompañados por ti. Todos un dolor en el pecho que nos hace cantar que llenaste de recuerdos a la ciudad entera, para agradecer a ese muchacho provinciano humilde y colmado de ilusiones de los años 70, que se convirtió en un venerado monstruo definitivo de la cultura popular latinoamericana, cuarenta años más tarde. El latinamerican dream.

Estás en todo momento y en todo lugar, Juanga, y es esa omnipresencia la que nos convoca en nuestra dualidad mestiza: desbordada en el llanto y las emociones más básicas, catártica, siempre y para todo en demasía.

Tu funeral, tu fiesta de despedida, lo confirma. ¿Te gustan un millón de personas, hombres, mujeres, niñas, niños, ancianas, ancianos, que caminan ante tu urna (parece un radio de los años 30) y salen a las calles a bailar tus canciones? ¿Te gustan otras miles más de flanco en el trayecto que llevó tu Juangamóvil del Hangar Presidencial (¡ay, nomás p’al gasto!) a Bellas Artes? ¿Y otras decenas de miles más, que durante toda la semana erigieron altares a los pies de tu estatua en Garibaldi, en tu casa de Ciudad Juárez y tu casa en Michoacán?

Si los gringos tuvieron a Sinatra, los españoles a Lola Flores, los franceses a Edith Piaf, los argentinos a Mercedes Sosa, los chilenos a Víctor Jara, los italianos a Pavarotti o los ingleses a Freddy Mercury, nosotros te tuvimos a ti y salimos a la calle a lamentarnos por tu muerte, por tu abandono. Tenías que ser tan cruel al despedirte.

-¡Tú viviráááás por sieeeempre, Juan Graaabieeeeel!

Y sí.

Aunque tu muerte, un poco, nos recuerde nuestra propia e inevitable finitud. Aunque tu priismo nos recuerde, un mucho, nuestros propios y graves pendientes, vivirás por siempre.

En las canciones y en los recuerdo, como viven los cantores definitivos para su época.

En el sentimiento de esa mujer cuando te llora, “él le gustaba mucho a mi mamacita, y cuando ella se me murió, me pidió que la enterráramos con su Amor eterno”.

En el recuerdo vivo de las parejas de enamorados que te aclaman. En los discos. En las más de 75 millones de reproducciones de Hasta que te conocí en Youtube. En los más de 150 millones de copias originales que colocaste en el mercado mundial. En las millones de horas transmitidas en la radio. En tu mausoleo, que es las calles de México.

Pero sobre todo, para mi, estás en un recuerdo vago, pero cierto, de aquella mañana de mil novecientos ochenta y tantos -igual de fría que hoy, qué casualidad- cuando cierta mujer obrera, hermosa, cariñosa, antes de salir a trabajar despertaba con un beso a aquel chavito de cabellos rizados y cara melancólica, para decirle:

-Pa’rriba, gordito… ya me tengo que ir a trabajar. Mira lo que te trajo tu tío… para que no te sientas solo en lo que regreso…

Mientras el tocadiscos, cuya forma ha nublado la memoria, liberaba al viento la presencia que, toda una vida después, aún vemos todos, escuchamos, sentimos, tocamos tan cerca, tan verdaderamente cierta y no en cenizas, en tu funeral-pachanga, al que venimos a decirte ¡Gracias, Juanga!:

“¡Hoy como otros días, yo seguiré tratando ser mejor y sonriendo haré las cosas con amor… ¡Buenos días alegría, buenos días al amor, buenos días a la vida.. ¡buenos días, señor Sol!”

Publicado en la revista digital FACTUM


Carta a Luis, un periodista que se negó el silencio

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Estimado Luis:

Es cierto lo que has escrito. Cuando estás con tus captores, ellos te escupen, te golpean, te interrogan, te dicen que te van a cortar las manos, que eres un pendejo periodista jugando al héroe. Y te orinan, te amenazan con matar a tu familia, te patean la cabeza, se suben a tu espalda y te dicen que no grites. Que no grites.

Es cierto. Tú sabes de sobra todo cuanto has dicho, porque lo has sobrevivido. Cuando ellos,  los chingones, te ponen el torniquete "para que sepas qué se siente morir asfixiado”, apagan sus cigarros en tu cuerpo, te queman los testículos, te ponen las armas en el ano o te dicen que te volarán los sesos, tu mente ya sólo está pensando en tus hijos, en tu mujer, en lo que van a sufrir por no encontrarte.

-La muerte es sencilla –nos explicas a todos– sólo se apaga la luz. El martirio antes de llegar a ella es lo que está de la chingada.

Por eso, quienes lo hemos escuchado unimos nuestra rabia, ese enojo que nos ha convocado, nuestra impotencia de periodistas de un país sin justicia para los nuestros, y nos miramos a los ojos, a las lágrimas: vemos ese miedo que nos refleja a todos, tan común entre nosotros por estos días. En México hay una cacería y los periodistas somos la presa, como dice Marcela.

Por eso nos retumban tus palabras: “exijamos al Estado que nos regrese nuestro derecho a informar sin ser agredidos, porque es del Estado de donde vienen los ataques. De ninguna otra parte, sino del Estado, que no controla sus fuerzas criminales. Porque ya es muy fácil matar a un periodista, porque ya es muy fácil enlodar la vida de un reportero, porque ya es tan fácil que la impunidad gobierne”.

Nos retumban tus palabras, como nos retumban las de Regina. Esas que quedaron como prueba: “ahora yo vivo el peor clima de terror, cierro con llave toda la casa, no duermo y salgo a la calle viendo a un lado y otro para ver si no hay peligro”.

Y las palabras de Raymundo, que a mi, estimado tocayo, se me clavan como una navaja afilada en lo hondo del coraje, en la célula primigenia de la desesperación, en el ¡Ya basta! que vengo a gritar: “soy una víctima de esa guerra, un sobreviviente y por eso puedo contarles esto. Tuve mucha suerte. Muchos que han vivido situaciones similares, como Goyo, ya nunca regresaron”.

Son sólo palabras, Luis. Palabras de periodistas. Las palabras que a unos les arrebataron, como te las quisieron arrebatar a ti. Esas que en México parecen ser peores que los crímenes que denuncian. Palabras. Esas sin las cuales somos nada. Las que defendemos nosotros esta tarde porque, como anotara Paz, “el hombre es un ser que se ha creado a sí mismo al crear un lenguaje. Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo”.

Siento, como tú, como todos ustedes, un espeluzno incontrolable al escuchar los nombres de aquellos de nosotros que no la han librado. Los que esperan justicia. ¿Y si hubiera sido yo? ¿Qué habría sido de mi familia?

Coincidimos entonces: sin justicia para nuestros asesinados y sin un marco de libertades democráticas plenas para el ejercicio del periodismo libre, México no será jamás una verdadera democracia. Porque democracia con sangre es pura farsa.

Y ya no estamos solos en nuestra coincidencia, Luis. Se han ido sumando muchos en estos años. Pocos todavía para tantos que somos, déjame decirte, pero ya bastantes para quienes somos. Ególatras, indiferentes, carroñeros, mezquinos, corruptos, amantes más del dinero y el poder que del periodismo, pero aquí estamos. Los Prensa vendida cuéntanos bien. Y de puntos tan opuestos que ni te la crees. Ahí están los de radio, de tele, de escritos, de digitales, de todas las fuentes, de todas las generaciones. Los que no le tienen miedo al castigo y los que han ido aún temiéndole. Las embarazadas, las divorciadas, los desempleados, los que cobran su chayo y los que se aparecen nomás para la foto. Periodistas, tocayo, periodistas como tú y como yo, que atendieron el llamado: aquí estamos luchando todos contra el mismo silencio. Ahí la llevamos.

“No es justo que los periodistas mueran por hacer su labor”, nos dice Elena Poniatowska, menuda, solidaria y generosa. Nos arropa con su presencia y nos habla de Regina. En el ambiente hay indignación, ¿sabes Luis?. Quienes la escuchamos sentimos que su abrazo, impagable, necesario, es también una señal de rumbo: la maestra coincide contigo, Luis, “debemos luchar ahora, porque no siga nadie más”.

En Tamaulipas, en Coahuila, en Guerrero, en Michoacán, en Veracruz, los colegas no pueden siquiera salir a reportear. Los tienen amarrados de manos y miedo, y nosotros, que lo sabemos, creemos que nos toca a los demás salir a gritarlo, para que la zona oscura no se extienda, para que no nos atrape a todos.

Y es bueno, Luis. De veras que es bueno. Nos abrazamos con tanto cariño al vernos, que la concentración, como otras veces, acaba en romería. También eso somos, qué le vamos a hacer. Pero convocamos nuestros recuerdos para que el objetivo principal no se nos olvide: el dolor nos ha tocado.

Veinte de los nuestros han desaparecido en lo que va del siglo. Un total de 88 han sido asesinados en ese mismo lapso y 10 de ellos, ¡DIEZ, maldita sea! en una sola entidad. Veracruz, la tierra de Javier Duarte, cuyos agravios cobrará caro la historia a su debido tiempo, Luis. A su debido tiempo.

El domingo, a la concentración en el Ángel, los colegas del estado de México llegan con un ataúd. Negro. Brillante. Metálico. Y en ese ataúd colocan la imagen de Gregorio, nuestro compa veracruzano caído hace unas semanas. Es el ataúd contra el silencio, Luis. Contra el cochino silencio.

Lo gritan las mujeres con sus carteles. Las pancartas con los rostros de nuestros muertos, también lo gritan. Los manteles de las tejedoras que hilan relatos de injusticias. Las voces de centenares de jóvenes muchachos todavía estudiantes o ya insertos en nuestro gremio, que ya no tienen miedo, ni duda: lo gritan.

Salimos a la calle, Luis, en 22 ciudades del país, periodistas organizados, convencidos, movilizados por esa fuerza aglutinadora que es el dolor.

protestaPor eso suscribimos, con todas sus letras, cada una de las demandas que se escuchan en las bocinas colocadas a los pies del Ángel de la Independencia, donde mil 300, quizá mil 500 seres estamos hacinados, ahora sí que hombro con hombro:

1.- Que el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, garantice las condiciones para el ejercicio de la libre expresión en México, y que instrumente una estrategia especial para proteger la integridad física de los trabajadores de los medios de comunicación en todo el país. Empezando por Veracruz.

2.- Que la Procuraduría General de la República, a través de la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos en contra de la Libertad de Expresión, amplíe y profundice las investigaciones relacionadas con el asesinato de Gregorio Jiménez de la Cruz, y que solicite la incompetencia del juez local para que el caso sea asumido por un juez federal.

3.- Que los órganos del Estado, como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, rindan cuentas de su desempeño, pues han dispuesto de recursos millonarios pero la vida de cientos de periodistas sigue amenazada. -Que trabajen, pues. O que se larguen-.

4.- Que la Comisión Especial para Atender Agresiones contra Periodistas del Senado de la República cumpla con su responsabilidad y cite a comparecer al procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, y al encargado de despacho de la Procuraduría General de Justicia de Veracruz, Luis Ángel Bravo, para que expliquen los avances en las investigaciones respecto a los asesinatos de periodistas en Veracruz.

5.- Que el gobierno de Veracruz garantice la seguridad de los periodistas que se han manifestado en solidaridad con Gregorio Jiménez; que cesen las presiones a los medios de comunicación y no se utilicen los convenios publicitarios como elemento de censura ni para premiar coberturas favorables en la prensa estatal y, por último, que se establezca un fondo que garantice pensiones para los dependientes económicos de los periodistas asesinados y se pague la educación de los menores de edad hasta el nivel superior, ya que el asesinato de periodistas se debe a la impunidad y a la falta de garantías para ejercer el periodismo.

Ahí reunidos, querido colega, a todos nos comenzaron las preguntas: ¿A quiénes les conviene nuestro silencio absoluto? ¿Quién lo promueve?¿Quién tiene el poder de silenciar entidades completas? ¿Dónde está la sociedad agraviada por ese silencio? ¿Qué tiene que decir todo un gremio de profesionales ante el brutal, antidemocrático espectro en que debe realizar su labor?

Y creo, en el fondo, que es precisamente eso lo que no querían que ocurriera, quienes tanto nos odian. Que dialogáramos entre nosotros. Que confluyéramos y dialogáramos.

Buen saldo entonces, ¿no? Los periodistas mexicanos tenemos ya una red casi nacional de comunicación, que además nos une. Nos alerta, nos aglutina. Y entre sus primeros resultados está una histórica comitiva que, por primera vez en nuestra historia gremial, fue a una entidad a indagar los indicios del crimen de uno de los suyos, de Goyo, cuyo asesinato intentaron  diluir en la penumbra del “asunto personal”. Fueron, preguntaron, revisaron el expediente, hablaron con los colegas, los familiares y obligaron a la autoridad a recular: no fue un crimen personal. Y si lo fue, una investigación que se toma diez minutos para concluirlo es una verdadera burla.

Así están las cosas, estimado Luis. Movidas, como podrás notar. Yo te escribía nomás para decirte que te respeto y que la valentía de tu testimonio, en un momento en que lo necesitábamos tanto, me hizo pensar muchas horas.

Perdona la exhibición pública, pero no te conozco. Espero algún día abrazarte con respeto. Yo ando aquí, en la capital del país, pensando como muchos otros en los siguientes pasos que nos ayuden a todos los periodistas a salvarnos del odio y de la impunidad.

Como dicen los muchachos: a lo mejor hay que crear un memorial con las historias de nuestros caídos, o reportear sus muertes hasta descubrir la verdad, dar con los asesinos, sentar a las autoridades a hacer su chamba y terminar de una buena vez con este infierno. O a lo mejor lo que sigue es sumar a los colegas de todos los estados, fortalecer lo que ya avanzamos, cimentar un futuro gremial diferente, donde el Estado nos respete y entienda que no estamos en contra de las instituciones, sino en contra de los incompetentes que con su indolencia o contubernio permiten u ordenan nuestros asesinatos.

A ver que sigue, Luis. A ver qué cosa sigue.

Por lo pronto, este domingo en las escalinatas del Ángel, en medio del borlote, los muchachos colocaron los rostros de cada uno de nuestros compañeros asesinados y eso fue un trancazo, Luis, un golpe demoledor para todos nosotros.

En cada uno de esos rostros, en cada mirada en blanco y negro de nuestros colegas asesinados en total impunidad, nos transmiten valor, coraje y una súplica: que no se nos olviden sus crímenes. Que jamás se nos olviden.

Una versión de este texto se difundió en el portal de la revista EMEEQUIS

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Una noche con la CNTE...

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Es algo que ellos no sabrían medir. De ninguna manera.

Ni el presidente Enrique Peña Nieto; ni el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong; ni Manuel Mondragón, comisionado de Seguridad. Es tan sutil, tan sólo perceptible para seres abiertos a entender al otro, que por ello pasa inadvertido para la mirada de casi todos los inexpertos y soberbios asesores del equipo presidencial.

Yo pude observarlo anoche, después de un rato de caminar por la Plaza de la República, cerquita de las 11 y media de la noche, cuando por fin pude ir a ver a los maestros de la CNTE en el Monumento a la Revolución de la ciudad de México.

¿Alguna vez han visto a las hormigas, después de que un aguacero ha arrasado su hormiguero?

¿Han podido contemplar a los pájaros volar por entre las ramas de los árboles, después de que una tormenta granizada ha destruido sus nidos?

Así exactamente, como hormigas, como aves mojadas, estaban anoche los maestros.

Ni una lágrima, ¿saben? Ni siquiera un grito. Ni un reclamo, una negación. Mucho murmullo apenas, también mucho silencio, apenas roto por el megáfono de un organizador:

"Una persona ofrece dos lugares en su casa, para maestras que estén muy cansadas. Acérquense por favor para ponerse de acuerdo... ah, que pueden ser tres maestras".

Y la gente que platicaba, serena, mientras un aroma a café caliente con canela en rama recorría la explanada. Mientras la maraña de cuerdas, que antes había destruido la Policía en el Zócalo, ahora comenzaba a tomar forma en un nuevo emplazamiento.

En un sector, decenas se movían para organizar las donaciones de agua potable. En otro, la comida. "¿No quiere unas quesadillas...? Son de papa". En otro, las mantas. Las cajas de cartón para paliar el frío de la plancha. Los mecates. Las lonas. "Hay que pedir más lonas, fue lo que se perdió más". El café. Las galletas. Las latas de atún. Todo aquello que anoche les regalaron.

Diseminados en grupos, los maestros y las maestras se organizaban, meticulosamente. Cuando escuché por el megáfono que "la Casa del Estudiante ofrece refugio... también los estudiantes de la ENAH... las maestras que traían niños, por favor acérquensenn pa' colocarlas en sitios donde no haga tanto frío..." volví la mirada hacia los distintos rostros para entender lo que estaba presenciando: y ahí estaba.

Instinto de persistencia. La no claudicación.

¿Saben a lo que me refiero? Es un afán, tan propio de ciertos seres vivos, de levantarse y volver a empezar, después de que todo ha sido arrasado por el fuego. Por la tormenta. Por el hielo.

No hay análisis político o de seguridad que pueda medirlo. No pueden conocerlo quienes no han padecido los persistentes embates de la furia. Quienes jamás han tenido que defender lo único que tienen. Quienes no están claros en sus ideas.

Instinto de persistencia, que nace sin coraje, sin furia, pero también sin miedo, sin duda. Hombres y mujeres que están decididos a la no claudicación, porque es lo único que les queda. Millones de mexicanos sabrán de eso, porque están acostumbrados a que les arrebaten todo cada tanto tiempo. A perder y recomenzar. A no dejarse. A pelear.

Lo comprobé al final de mi caminata, cuando me acerqué a una maestra, un rostro moreno, quizá unos 50 años. El cabello una trenza, dos enormes colgantes de metal en las orejas, la piel resecada por el sol:

- ¿Quiere esta colcha, maestra... la café es grande, king-size... y la roja es chiquita, una mantita pa' los pies?

Ella sonrió. Tomó la bolsa con mis colchas que ya eran suyas y me miró a los ojos:

- Gracias.

No dijo más. Hay ciertos ojos transparentes, ciertos rostros de dignidad, que no puedo convertirlos en palabras.

Entregó la manta grande a otra mujer que estaba sentada junto con ella, su carita redonda, sus manos regordetas, su silencio. Ambas acurrucadas en un ángulo del barandal que está justo en el centro del Monumento. Luego colocó la mantita roja alrededor de sus piernas, para esperar la noche y el frío:

-Mañana hay que levantarse muy temprano- la escuché decir.

Lo entendí todo. Y sentí lástima por Enrique, por Miguel Ángel, por Manuel. Por el triste coro de aplaudidores a sueldo que ayer festejaban la aplicación de la regla "Prescindir del diálogo-Imponer garrote":

Al momento de expulsar de la Plaza de la Constitución a los maestros de la CNTE (quienes luchan por impedir que una reforma laboral disfrazada de reforma educativa termine de aniquilarlos) no supieron medir con precisión que sólo estaban encendiendo el fuego de una mecha.♠


Noches sin miedo en Tamaulipas

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Cuando la mujer grita desde el fondo del patio -¡corre… cooorreeee y va corriendooooo… el nopal… la rosa!- y como un resorte se liberan decenas de manos que buscan corcholatas para señalar cartas, risotadas, coros de voces que murmuran discretos “¿p’os qué dijo, tú…?¿Rosa y nopal…?”, lo que menos se espera uno es que en esa noche, apacible noche de rumor tropical en abril, suceda algo más que un simple e inofensivo juego de lotería.

No hay algo que avise ¡ahí va el golpe! Los niños, sus primos más grandes, las tías, las muchachas con sus novios, algunos amigos de ellos, las vecinas de la otra cuadra, todos van llegando a eso de las once, montan seis mesas en el patio trasero, abren sus Escuis sabor hierro o fresas, sus Tecates bien frías, eligen cuatro, seis tablas, ponen sus cincuenta centavos por tableta y comienzan a jugar. Como si nada, mientras Sonia (llamémosle así, por pura seguridad) canta a garganta batiente: “¡las jaaaaraaas… laaa chalupaaa…!”.

Y de pronto brinca.

-Anoche mataron a diecinueve en el Mante… ¿a poco no supieron?- dice alguna voz de entre las mesas.

-¿A cuántos?

-Diecinueve… los dejaron en unas bolsas negras, sin las cabezas, puros troncos… todos ahí sobre el camino del Hotel Monterrey… por ahí… así- dice la mujer. La frente cruzada de pliegues, esos que se forman si uno se resiste a que el asombro se le escape por la cara. Los ojos puestos en sus cartas. Las manos sin temblores. Las miradas de casi todos encima de ella.

-¿Pero no fue hace tres días?– pregunta una voz de hombre, cantadita, que de inmediato denota su origen norteño- porque hace tres días se supo de algo, claro que se supo de algo de unas bolsas-

-No. Si estas son otras. Sabe, tú…. nooo, el Mante está feo ¿ves? ‘orita, desde las ocho ni alma en la calle. Era tranquilo, pero pues ya no. Pachangueabas… dos, tres, cuatro de la mañana. Orita no… ¿ves? – dice.

-Ay, cabrón…-digo. De los veinticinco, quizá treinta jugadores de todas las edades, la mayoría hace eco de la noticia sobre los muertos del Mante, mientras colocan las fichas en sus tablas de Lotería. Incluidos los niños.

-Jueguen, ya… ¡la escaleraaa… el gorrito…!- dice Sonia desde el extremo del patio. Los muchachos se miran entre sí. Los niños abren los ojos, como si los destellaran.

-¡…el bandolón… el pescado… la bota…- insiste la gritona, tamaulipecas de cepa. Delgada como esos carrizos que crecen en los márgenes del río Bravo, como una sombra tatuada en los párpados cuarentones, que de pronto le tiemblan como si abanicaran las mejillas. Acomoda las cartas en su mano izquierda, toma una con la derecha, y sigue:

- Ay, estos… ya van a empezar con sus porquerías... ¡el melón… el catrín…!

-¡Uh… ya amarré!- grita un niño,  y entonces los rumores se incrementan.  Desde todas las mesas se multiplica el ruidero de fichas y voces. Aquel murmullo, primero tímido como olas sin espuma, ya es contundente como un mar muy picado de gritos que se funden, se confunden con la cantada de las cartas, las noticias del Mante, de la muerte, y el juego, la lotería: el niño ya amarró… en El Mante, dicen… ¿con qué amarró?... que otra vez en El Mante… amarró con el melón.

-¡Las jaaaraas… la chalupa…!– dice Sonia agudizando el tono.

-Ya amarré yo también- grita alguien más. El ruidero es entonces un estadio en domingo. ¿Cómo se vive con esa montaña rusa de emociones de tan distinta índole?

-¡La garz…-

-¡La garza, buenaaaa, buenaaaa!- la interrumpe un niño. Se desata por todo el patio un ¡nooooo!, sonoro, festivo. Desordenado.

-¡Buenaaaaa!– grita otra vez el chamaco. Nueve años. La cara una luna roja. Los ojos un par de enormes uvas negras. Completamente negras. La sonrisa inocultable, de tan amplia, tan plena. Ha ganado la primera partida de la noche. La segunda hilera horizontal.

-¡Se la echaron… se la echarooon!- se desternilla la mitad de la gente en el patio. Es el hijo de la propia Sonia quien ha ganado.

Nadie habla más de los embolsados de El Mante. El niño ha ganado. Si cada tabla le cuesta al participante 50 centavos, y cada cual utiliza entre tres y cinco tablas a la vez, el premio para el niño asciende a casi 50 pesos, más otros 20 que van a un fondo denominado el pocito, que se acumula a lo largo de la noche. Los muertos del Mante ahí, en medio de la risa del niño, que ha ganado.

En espera de la segunda tirada, el patio vuelve a la calma. Por unos instantes.

Playas sin coronas

loteria-tablasAsomar a ese barullo es como adentrarse de pronto a la asamblea clandestina de un grupo de la resistencia, como sortear el silencio obligado de una ciudad sometida a un toque de queda.

Es una típica casa tamaulipeca, como tantas otras en este tiempo: su corredor vedado, una bala que ha horadado el muro de la calle, su ventanal tapiado de madera para detener los plomazos, la virgen de Guadalupe justo sobre el quicio de la puerta principal, Nuestra Reina Morenita bendice este hogar, una jaula sin cotorritos, que fueron muertos en una refriega que pasó por la calle hace algunos meses y dejó a su paso el daño colateral más barato que haya pagado esta gente.

Y adentro la fiesta. Que no se adivina afuera. En el patio, que es resguardado por la misma casa y por muros cada vez más altos, que dan a calles solitarias por las que es necesario vadear, como si fueran laberintos colmados de silencio,  y brincar al paso de tres o cuatro gatos pinchurrientos y acalorados, ratas, mucha basura, cucarachas del tamaño de tortugas diminutas y ni siquiera ladridos de los perros.

Si ha habido suerte, para llegar hasta ahí no habrá habido balaceras, ni asaltos, ni apañes sorpresivos. Tal vez sólo el encuentro con las torretas amarillas y rojas de patrullas sin sirenas, con las luces blancas, hirientes, de tanquetas militares de zumbidos secos, que de tanto en tanto se pasean rigiendo la noche.

¡A dónde van? Vamos a casa de mi mamá, oficial. Bueno, con cuidado, ya es muy noche, arre. Gracias señor.

Y así. Hasta encontrar un zaguán. Buenas noches, doña Celia. Ya venimos a jugar. Buenas noches, mijo. Pásenle al fondo, ahí están las muchachas. Y el bullicio nocturno, que se repite todas las noches, de todas las semanas, como ha sido todos los meses, desde que ha comenzado la guerra.

-¿Ya pagaron todos allá… los de aquella mesa?– dice la gritona desde el fondo de la casa, presidenta del festejo.

Sonia apenas deja pasar unos cuantos segundos, sin escuchar respuestas, y avisa de la nueva tirada. Las manos se apresuran a vaciar de fichas sus tableros. Apuran el trago de cerveza. El mensaje vía teléfono celular. El tuit. Enchamoyan y enlimonan raudas los churritos de maíz, los cacahuates son ajo, y hacen salivar a quien los observa mientras se escucha “corre y va corriendo…” y se posicionan en sus sillas como si fuera a comenzar un paseo en montaña rusa:

¡El Violonchelo, Vio-lon-chelo…!-

La gente que la escucha, sabe que Sonia elige la suerte a su antojo: una carta de arriba, una del medio, una de abajo. Nunca en el mismo orden, siempre sin ver hacia las el mazo de cartas. La suerte, que debe ser derecha para todos.

-¡…el arpa… la sirena…!- y con un orden inusitado, los jugadores, sean grandes o no, asumen con seriedad el reto.

-¡…la corona …! – dice Sonia, y entonces, otra vez, al murmullo del juego se le cuela un comentario:

-No dejaron vender Corona en las playas de Madero- me dice alguno de la mesa.

-¿No dejaron, quienes? – pregunto.

-Ellos.

-¿Quiénes ellos?- insisto. Me olvido de las corcholatas que van acomodándose en los tableros de todos los demás. Me olvido de los niños que escuchan con avidez a Sonia, de las ansias del triunfo momentáneo pero placentero. Sabroso.

-Ellos. En toda la playa, ora en Semana Santa, todos los restaurantes de esa playa tenían prohibido vender Corona. Nomás Tecate.

-¿Quiénes… por qué?- le insisto. Pero mi interlocutor se encoje de hombros. Lleva el dedo índice de su mano derecha a la mitad de los labios y me mira con los ojos desorbitados.

-Rafaguean los camiones, los secuestran…

-¿Los Zetas… el Cártel del Golfo?

-Andan diciendo que la mitá de la playa es de ellos. La Marina ya lo sabe, dicen. Que los negocios son de’llos. En el mercado les cobran a las gentes. Hasta 10 mil pesos. En las tiendas. Hasta los pollos. ¿Las chamoyadas? Les cobran. ¿La barbacoa de los triciclos? Les cobran. Chamaquillos, chamaquillos, como de 20 años. Se cuenta mucho del caso del señor ese que le descuartizaron al hijo… por entregar su cuota en pagos, que no le alcanzaba, pues… y eso le dijeron, que así como él pagaba en partes, así en partes le regresaban al hijo-

Yo apenas escucho. Estoy en esas playas, el Tamaulipas de los años 80, como si se tratase de una película mil veces contemplada. Mi niñez: esa albercototota de arena oscura que no se acaba nunca. Las pisadas de los cangrejos dibujando rutas, igual en las playas de Matamoros, que antes se llamaron Lauro Villar y hoy son Playa Bagdad; las de La Pesca, cubiertas con los tonos más dorados del golfo y aquel atardecer de un durazno imposible en la laguna Madre, la temperatura precisa del río Soto la Marina, las de Playa Miramar, en Madero.

En las mesas la gente dice algo sobre el pago por derecho de piso, algo de “más de 40 comerciantes se han tenido que ir, un hotel de ahí lo dejaron a medio construir porque no quisieron pagar el entre”, algo sobre quién sabe qué.

Y yo pienso en el eterno relajo en las gradas del parque de béisbol de Reynosa, de las noches en el estadio de futbol del Tampico-Madero, la jaiba que de brava nunca ha tenido mucho. Y en el jolgorio. El gentío inagotable en noches de Semana Santa, los océanos de cerveza, los duelos interminables, a muerte, que hervían la sangre entre los ecos de los tríos huastecos con aquello que decía “…de Altamira, Tamaulipas, traigo esta alegre canción y al son del viejo violín y jarana canto yo…”; la garganta rasposa y sin igual de José Alfredo y sus “…olas altas, olas grandes, que me arrastran y me alejan, cuando anclemos en Tampico quédense un ratito quietas, tan siquiera cuatro noches, si es que entienden mis tristezas…”, o los órganos llorones del inmenso Rigo Tovar, de su himno “A orillas del río Bravo hay una linda región, con un pueblito que llevo muy dentro del corazón”.

Qué borracheras, pienso. Qué amor por esta tierra, qué poesía de raíces. ¿Queda vivo algo de todo aquello? ¿De todo eso que era Tamaulipas?

-Jueguen… jueguen… ya pasó La Sirena, mira- tercia la esposa de mi interlocutor, mirándome de frente, como reconectándome con el hoy, como si quisiera sacarme de aquella película que no he de volver a ver jamás.

-Mejor cuéntale lo que te pasó- le dice un hombre de pronto, como rogándole para que comparta conmigo, el visitante, su anécdota de la noche.

Y entonces, por la expresión de ella, por la forma en que mira hacia sus cartas, por cómo se escabulle el color de su rostro, se que lo que voy a escuchar no tiene mucha relación con el Pino, la hermosa carta verde y amarilla de lotería que, entre risotadas expectantes, acaban de cantar en medio del alboroto.

“¡Tírese, mi’jo… tírese al suelo!”

Habla ella:

-Fue hace un rato ya, ¡chihuahua, hombre! Acababa de pasar lo de Monterrey, ¿si sabes? Lo de la maestra que calmó a los niños. Pues igual pasó acá, pero en una fiesta. Hubo balacera y quedaron en medio los chamacos. Mi Fermín entre ellos. Nos avisaron y fui por mi hijo de volada ¿veá? Él no estaba, esteee… andaba trabajando en la plataforma. Ya se había sabido que Ellos habían puesto una manta. Que no saliéramos. Que nos quedáramos. ‘ora anda mucho eso. De esas cosas que dices: está cerca, no pasa nada ¿veá? ¿Qué puede pasar? Pues, cuando llegué por el niño, estaba muuuy nerviossso ¿veá? Pobrecito. Pues ya… lo calmé, nos calmamos y mejor nos fuimos. Y en el camino de regreso veníamos ya tranquilos y que nos pasan tres camionetas echas la mocha. Y atrás venían otras echándoles bala. Ahí en la calle, echándoles bala… yo… pu’s sí me espanté ¿veá? No sé ni por qué artes me orillo y que le grito al niño, ¡tírese, mi’jo… tírese p’al suelo… tírese! Se escuchaban los balazos… en el coche… no… como zumbidos ¿veá? Imagínate mi desespera… (solloza. Limpia su nariz. Gimotea) El niño me decía si nos vamos a morir, si nos vamos a morir, y yo, ¡que no, mijo, que no nos vamos a morir! Como una hora habremos estado así, ni sé. Bien calladitos, sin gritar... como pudimos abrimos la puerta, así hechos bolita los dos… él adelante y yo atrás de él… al coche le tocaron varios tiros, pero… gracias a Dios…-

Entonces llora sin reservas. Es un llanto espeso. Como una sopa de dolor. Con su mano izquierda la mujer, llamémosle Rosaura, seca el caldo que le ha nacido de los ojos, mientras con la derecha coloca una corcholata en la figura del Borracho. Quiere ganar.

- ¿Y ya se ha calmado?– le pregunto a su esposo. Rosaura aún tiembla.

-Algo– dice. Toca con los dedos su pantalla del teléfono celular. Me enseña una página electrónica con un mensaje. Un aviso de toque de queda para alguno de esos días en alguna de esas ciudades de esta entidad:

Gente tamaulipeca no tengan miedo, solo cuidamos su bienestar, cuidamos la plaza somos gente preparada no somos jovenes, crean, respetamos a la mujer no matamos  civiles solo a la gente que es, no teman eviten los relajes nosotros no atacamos a gente que no es. no tengan miedo, los zetas los quieren asustar, los marinos no vienen por nosotros , es en contra de los zetas, este fin de semana respeten el toque de queda hoy y mañana pasado y a partir de las 12 am de el sabado y el domingo a partir de las 9 pm no salgan.

-No… si ya mucho que se calmó -dice Rosaura, un ojo al juego y otro al teléfono de su marido- lo peor, lo peor fue hace dos años, tres (2009 y 2010).

Rosaura y su esposo me enlistan entonces: los toques de queda en ciudad Victoria, la capital del estado. Las balaceras en Mier. Las plazas vacías en San Fernando. Los comercios cerrados en Reynosa. Las playas desiertas. Secuestros y emboscadas en la carretera que atraviesa Tamaulipas para llegar a la frontera con Estados Unidos. Lo intransitable que es cualquier camino despoblado cuando se asoma la noche. Las muchachas que son enviadas a los reclusorios de Matamoros, para servir de diversión sexual a los narcotraficantes internos. Y ese algo que es muy parecido al estremecimiento, que “comienza aquí, en la mera boca del estómago y se sube”, vertiginoso, infame, hasta la base de la quijada. La entume. La congela. La paraliza completa, antes de que se pueda escapar un grito en plena balacera y eso signifique ser blanco de las balas. La muerte.

Es algo que he visto relatar en otro lado. ¿Dónde? No lo voy a recordar en ese momento preciso sino hasta después: en la cuenta de Twitter @ValorPorTamaulipas, una suerte de alerta ciudadana, sin identidad precisa pero con veracidad irreprochable y valentía sin reservas, que desde hace un par de años da cuenta de todos los sucesos que nadie más se atreve a difundir: Tamaulipas es un hervidero de sangre, balas y miedo, en donde las autoridades, cualesquiera que sea su identidad, poco terreno le han podido arrebatar a quienes en verdad gobiernan.

-No… si eso no es nada- tercia David, un muchacho de acaso 19 años. Novio de una de las chamacas. Moreno. Muy delgado. La nariz un cacahuate rosado. Estudiante.

Mientras las mesas se alebrestan porque ha ganado quién sabe quién la segunda corrida, ¿o ya la tercera, la cuarta?, en los ojos de David destella un brillo tupido, indescriptible, cuando me suelta una pregunta:

-¿Quieres ver cómo hacen el chicharrón?

“Una sopa mugrosa…”

No bien alguien empieza a barajar el mazo, David me acerca su teléfono celular. Es un video. Pa’ k se te quite l’ambre dice el asunto del mensaje.

Es Tamaulipas, de eso no hay duda. Algún lugar cercano a Camargo, un municipio próximo a Nuevo León, contiguo a San Fernando, aquella necrópolis improvisada donde fueron acribillados 172 migrantes, cuyas muertes causaron conmoción mundial.

Armados con hachas, machetes, metralletas, un grupo de nueve hombres, quizá algunos más, interrogan, uno tras de otro, a cuatro hombres y tres mujeres, todos arrodillados. Semidesnudos. Nombre completo y apodo. ¿A qué organización perteneces? ¿A qué te mandaron? ¿Dónde te detuvieron?

Cuando el interrogatorio termina y ellos han señalado a qué comandantes de zona, policías, diputados, funcionarios estatales responden o de quienes reciben cobijo y protección, el líder de los hombres armados, sin rostro, lanza una advertencia a la cámara:

-Esto va pa’ todos los mugrosos… de parte del Cártel del Golfo… sigan mandando pendejos y van a mamar…-

Es el arranque de una carnicería. Uno a uno, los arrodillados son decapitados de todas las formas imaginables. Un golpe certero de hacha. Un cuchillo en la yugular. Un corte de machete. Cinco, diez segundos, a lo mucho. Muñecos que caen. Jirones de seres humanos bien bañados en sangre. Pedazos. Sólo pedazos.

En el patio se escucha el eco de fichas manipuladas. Algunas risas. Alguien que ya amarró tirada.

-El paraguas…-

David pregunta: “¿Parece una película… ve’a?”. No puedo responderle. Tengo miedo.  El miedo que nace de atestiguar la animalidad más absoluta en que México entero ha caído. El juego que sigue su curso se confunde en mi mente: el diablito… el sicario… la rosa... el decapitado… el soldado... la muerte.

-¡Buena!- grita alguien. Y el murmullo jubiloso. Sonia que grita: ¡Pocito… pocito!

Ahí están las imágenes, personas que han sido sacrificadas exactamente del mismo modo en que la Biblia describe que Dios ordenó a Moisés ofrendar a su hijo.

-Así los desaparecen-dice David. No deja de mirar el teléfono. No dejo de mirarlo a él.

-¿Cómo pueden acostumbrarse a vivir con esto?

-¿Y a dónde se va uno?- me dice.

La noche de la suerte empieza a cambiar. La mujer que está en mi mesa ha ganado gana la partida y con pocito: las cuatro figuras que están justo en el centro de la tabla. Hay gritos. Muchos gritos. Algarabía. Después de varias jugadas, no se cuántas, el pocito ya acumula más de 150 pesos. La lotería mexicana. Esa típica diversión ingenua y colectiva que se conforma con 54 figuras mezcladas en tablas de 16 cuadritos, que se van señalando con frijolitos, con piedras, corcholatas, conforme la gritona canta las cartas del mazo. La típica de todo un país, con sus dibujos firmados por Don Clemente y la Gran Fábrica de Naipes Gallo, la de origen decimonónico, aparecida allá por 1887, cuando México aún no era una carnicería.

Entonces lo entiendo: por eso están reunidos.

Antes que quedar atrapados por el miedo a las balaceras, a los secuestros, a las extorsiones, a las persecuciones, las amenazas, la muerte, sucesos cotidianos en el estado más violento del Golfo de México, parientes, vecinos, amigos de una buena parte del territorio tamaulipeco han vuelto a reunirse al refugio del fresco de los patios, como hacían los abuelos, para pasar la noche en inocentes juegos de lotería y pláticas.

Juegan noche tras noche, como  un acto supremo de resistencia ante el terror. ¿Qué más desafiante que reír en medio de la muerte? ¿Qué más osado que no negarse las sonrisas cuando te apuntan a la sien con un cuerno de chivo?

-Ya no le cuenten. Lo están asustando- dice alguien, pletórico de ironía.

-Mejor cántanos las cartas- me piden. Las manos no dejan de temblarme.

Miro a las mujeres, esas lindas porteñas prometidas por el poeta José Sierra, hacia las que puede navegarse en busca de amor, diluirse ahora en el llanto de sus miedos. A los hombres, buenos en esencia, que guardan en sus teléfonos los números de ambulancias, patrullas, auxilios inmediatos y cuentan que allá, en algunos pueblos y comunidades, la gente ha comenzado a armarse de valor y crear brigadas de autodefensa. Al abuelo, que no se cansa de decir que todo va para peor y maldice al gobierno. A las abuelas, que al despedirse de sus hijos se quedan petrificadas ante las puertas y lanzan suspiros interminables.

Los miro a todos, a los niños que ríen y cuentan chistes sentados en esas mesas colocadas en U en el patio trasero de esa casa, en una ciudad cualquiera de Tamaulipas que deliberadamente tergiverso y no identifico con claridad, para que a los culeros les cueste más trabajo acecharlos.

Pienso en ese acto supremo de rebeldía que no da señas de existencia detrás de esos muros cada vez más altos, de esa puerta presidida por Nuestra Reina Morenita:

Guarecidos bajo el fresco de la noche, mujeres, hombres, chamacos, protegidos de todo cuanto pueda pasar afueran, en aquellos laberintos, fraguan una resistencia que se alimenta con petardos de gritos, de carcajadas que duran horas, en un espacio que nada ni nadie, absolutamente nadie, podrá jamás arrebatarles.

- Cántanos las cartas- insisten.

No, ni madres. No puedo.♠

Publicado en la revista Emeequis


...Y retiemble en sus centros Manhattan

NUEVA YORK.- Es la noche del 8 de diciembre del año 2004. En la isla hay un frío que  parece anteceder a las nevadas. En la esquina de la Segunda Avenida y la calle 117, en el Harlem Este, dentro de un viejo edificio de apartamentos se atrinchera un grupo de 16 familias, casi todos personas de origen mexicano, como más de 500 mil queviven y trabajan en la zona metropolitana de Nueva York.

Son personas que durante 10, 15 años han sido habitantes del edificio que está a punto de ser desalojado por su propietario, Steven Kessner. Estos boricuas, ecuatorianos y mexicanos pagan alquileres de entre 600 y mil dólares por apartamentos de una o dos habitaciones, sala-comedor, cocina y baño, en la plena isla de Manhattan. Un precio irrisorio para los estándares neoyorquinos de estos tiempos.

Feligreses de la iglesia de Santa Cecilia, que ocupa un predio cercano en la calle 106, piden apoyo a los responsables de la parroquia, que de inmediato los ponen en contacto con Juan Haro, un activista a favor de los derechos del migrante. En el recibidor del edificio, hechos llanto y gritos, comienzan a discutir la forma dedefenderse del desalojo. Ya sin agua caliente, sin calefacción, sin luz, que el propietario del inmueble ha cortado desde meses atrás para obligarles a salir, las familias se niegan a emprender el éxodo masivo, a buscar acomodo en algún otro sitio.

—Si nos vamos a otra parte de la ciudad, va a pasar lo mismo. Los métodos son los mismos —me dice uno de los latinos. Apoyados por Juan Haro, revisan la legislación local y se dan cuenta de una cláusula, que se erige como as bajo la manga: un inquilino, sea de inmueble privado o público, no puede ser lanzado a la calle de un día para otro.

Llevan el caso ante la Corte, aunque hay poco margen para el optimismo. En Nueva York, como en otras grandes urbes del mundo, avanza un fenómeno social incipiente en esos días: la gentrificación.

¿De qué se trata? Es fácil explicarlo: “desplazamiento de pobres por ricos”, me cuenta Óscar Domínguez, un muchacho veinteañero bajito, de manos como gorriones, pequeñas grietas a modo de ojos, una nuez en la nariz, el cabello mestizo y rebelde, la voz serena, mansa, mezcolanza de raíz indígena y un espanglish que deja escapar tanto los gentrification y dispossession que denotan un inglés con raigambre e intenciones, como los haiga y tráibanosheredados de su natal San Luis Chalma, en el serrano Tlapanalá del estado de Puebla.

Los viejos vecindarios de comienzos del siglo XX, que se erigen hacia las orillas de las ciudades para ser habitados por los obreros y las clases más bajas, al pasar el siglo  quedan atrapados en los centros de las metrópolis, por efecto del crecimiento de la mancha urbana.

Perfectamente conectados, con edificios sólidos, algunos hasta bellos, o con terrenos dispuestos para todos los servicios, el transporte y el equipamiento urbano, en el principio del siglo XXI se convierten en el objeto de codicia de los propietarios, las inmobiliarias y las urbanizadoras que, tras remodelaciones, edificaciones o aumento de costos en los alquileres, empiezan procesos de aburguesamiento y recategorización social, con los que desplazan a los habitantes más pobres por jóvenes parejas de clases medias altas y altas.

El Harlem hispano no es la excepción: una gran cuadrícula de edificios de entre dos y siete pisos, muchos de éstos apenas separados por unas cuantas calles de la entrada norte de Central Park, donde un lago diminuto corona la falda de una peñasco colmado de abetos, pinos y maples, con hojas marrón, rojo cenizo, verde despintado según se las vea en invierno o primavera.

Con un supermercado en la avenida Madison, una gran biblioteca pública, la calle Tito Puente y otras pletóricas de comercios, una estación del Metro, el tren suburbano, el Downtown a 15 minutos, el Yankee Stadium a 10. Una zona, en fin, que a partir de los años 50 comienza a ser conocida como El Barrio, porque se puebla de puertorriqueños, dominicanos, jamaicanos y mexicanos.

—Dicen que hay secciones de vivienda accesible, pero el mínimo es two thousand dollar. Son estudios… otro estilo de vida, más proyectado a la gente joven, de dinero, solteros. No quieren niños. Son apartamentos para gente blanca, con perro —me cuenta Óscar.

Asesorados por Juan Haro, algunos libros de derecho y diccionarios inglés-español, los habitantes del edificio de la calle 117 promueven un juicio civil y comercial contra Kessner, un acaudalado economista y constructor, propietario de casi 60 edificios multifamiliares y comerciales en Manhattan, según su propia página web, a quien acusan de no dar mantenimiento a los inmuebles, imponer condiciones de habitación inferiores a las permitidas por la ley y de oponerse al derecho a la vivienda digna.

La Corte local da entrada a la querella y el asunto se discute por meses, mientras los ocupantes del 117 permanecen en sus viviendas, suman a su queja a inquilinos de otros edificios y salen a la calle a realizar protestas en las oficinas del economista, en las calles de El Barrio, en las escalinatas de la Corte y aun en la sede de la alcaldía.

Con pancartas, lonas, cartulinas escritas en un espanglish tallado a mano, en grupos de 10, 15 personas, se apostan en los accesos de tal o cual edificio y tejen una retahíla de consignas gestadas a su modo: “No nos vamos”, “We have rigths”, “No nos moverán”, “And justice for all, cabrones”. Empiezan a obtener miradas y adhesiones.

Un diario local, The Village Voice, les da espacio e identifica a Kessner como un Lord del negocio inmobiliario neoyorquino. Lo ubica entre los 10 peores propietarios de la isla. Documenta lo que llama “miles de violaciones a los reglamentos de mantenimiento y reparación detectadas en sus edificios” y compara la mansión de más de un millón y medio de dólares que habita el magnate en Florida, con “las pocilgas que arrenda a precios cada vez más altos”.

El diario también publica fotografías de las viviendas y las primeras denuncias: “Harlem Este está sufriendo una ola de hostigamiento, abuso e intimidación, con los intentos de los codiciosos por expulsarnos de nuestros hogares, para subir las rentas y aumentar las ganancias”, dice Juan Haro, ya convertido en vocero del incipiente movimiento.

Como respuesta, Kessner paga su propia campaña mediática para responder a las acusaciones y denuncia a The Village Voice por “tergiversar la realidad y tomar un caso insignificante para hacerlo ver como un deterioro generalizado” en todos sus edificios. Al mismo tiempo, denuncia que inmigrantes ilegales, algunos de ellos narcotraficantes, utilizan sus inmuebles como escondites para evadir a las autoridades.

“Un edificio de la calle 117 Oeste cuenta con todo nuevo, incluso las ventanas y las tuberías de gas nuevas. Pero en ese edificio hay unos 10 apartamentos superpoblados con hasta 15 o 20 personas”, publica el empresario.

“Esto incluye a pandilleros y traficantes de drogas. Día tras día, ellos destruyen el edificio. Hay que ver sus cocinas, cubiertas de grasa, las paredes de los pasillos grafiteadas, los baños, los patios llenos de basura. Se podría pensar que el dueño es malo, pero si se espera un poco, se averiguará la verdad”, dice en su página web, http://www.stevenkessner.org.

Abatidos, sin posibilidad de hacer frente al poder económico de su contrincante, a la lucha legal que cada vez los aplasta más porque carecen de dinero, y los atrapa incluso en redadas de las que comienzan a ser víctimas, mientras buscan en revistas, libros y videos algún método para mantenerse unidos, los migrantes se topan, en junio de 2005, con la Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

Desde algún lugar de Chiapas, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) anuncia que deja la lucha armada, para comenzar un movimiento que lo una a organizaciones políticas y sociales de izquierda en el mundo a través de La Otra Campaña.

“El capitalismo de la globalización —dice el EZLN en su declaratoria—, se basa en la explotación, el despojo, el desprecio y la represión a los que no se dejan”. El capitalismo “hace su riqueza con despojo, o sea con robo, porque les quita a otros lo que ambiciona, por ejemplo tierras y riquezas naturales. O sea es un sistema donde los robadores están libres y son admirados y puestos como ejemplo”.

El llamado del EZLN, “vamos a seguir luchando por los pueblos indios de México, pero ya no sólo por ellos, sino por todos los explotados y desposeídos de México, con todos ellos y en todo el país. Y cuando decimos que todos los explotados de México, también estamos hablando  de los hermanos y hermanas que se han tenido que ir a Estados Unidos a buscar trabajo para poder sobrevivir”, rebota en los  edificios de El Barrio y se mete en la conciencia de los migrantes, como un resorte, y ellos, muy pronto,  aprenderán a utilizar: “No estamos solos”.

Un desafío idealista

Brazo de Latinoamérica, una región del mundo que aprendió a convivir con el caos, El Barrio es suma y síntesis: hacinamiento, bajo nivel de instrucción, desigualdad social, altos índices de inseguridad, muchos problemas sociales.

De acuerdo con estimaciones de la Asociación Tepeyac, una organización local de apoyo a migrantes, de los más de 100 mil habitantes con que cuenta El Barrio, la mitad son latinos y casi el 40 por ciento del total debe vivir por debajo del umbral de la pobreza, con ingresos que no superan los 23 mil dólares por año. Menos de la mitad del ingreso mensual promedio en la isla.

El Barrio es lugar de gente que trabaja en restaurantes, bodegas, servicios de limpieza doméstica, como meseros o nanas de los niños neoyorquinos, hay poco margen de acción para organizarse en otra actividad que no sea buscar el sustento diario.

La tarde en que nos vemos, el 27 de enero de 2012, Óscar Domínguez me cita en la esquina de Lexington y la 116, una zona llena de tiendas y vendedores callejeros. No lo conozco ni me conoce, por lo que el encuentro debe darse por tanteo.

Cuando por fin nos identificamos, me lleva de inmediato a Las delicias mexicanas, un restaurante de antojitos. Aunque ha cumplido una jornada de diez horas consecutivas de limpiar mesas, sacar basura, trapear y lavar la loza sucia, trabajo que realiza en un Deli ubicado a 20 minutos en Metro de El Barrio, en el Midtown neoyorkino, Óscar se esmera en el relato de su historia. De sus historias. Porque ellos suman cientos.

—Esto nace de ver lo que nos estaba pasando acá, y’nou. El migrante no tiene salida. Vienes de allá, donde te quitan todo, y llegas acá donde todo el tiempo te dicen que nada es tuyo. ¿Para dónde vamos ahora? ¿Qué sigue? —me dice.

Come una chalupa de salsa roja que no pica nada, bebe de un tarro de café negro con bastante azúcar y lucha contra los sonidos de pláticas ajenas, contra Chayanne, el cantante, quien desde las bocinas de Las delicias mexicanas, en la Tercera Avenida casi esquina con la 115, se pregunta apesadumbrado dónde quedan las palabras, el amor que le juraban.

—Es como cuando nos encierran en un callejón… no tienes de otra: vamos a luchar ¿No? Vamos a luchar o dejarnos morir. Luchar o dejarse morir —me dice.

El migrante nacido en Puebla ha visto cómo se ha gestado, cómo ha nacido y ha ido creciendo el movimiento del cual es parte, que ha importado desde Chiapas los ideales zapatistas de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, los ha llevado hasta las puertas mismas de la Alcaldía de Nueva York, se ha diseminado por el Harlem hispano, donde hay centenares de mexicanos sin inglés ni papeles, y ha emergido, como grito de guerra “¡El Barrio no se vende, El Barrio se defiende!”, hasta conseguir, en ocho años, que retiemble en sus centros Manhattan.

—Al llegar acá no tráibamos este análisis político, social, económico de ahora, que fue dándose conforme fuimos creciendo, al ir a reuniones, al crecer como organización ¿no? No teníamos tiempo de estudiar. Nadie. Leímos. Yo tengo mi familia. Trabajo de nueve a 12 horas, o hasta 14, cinco días, y descanso entre semana. En promedio 55 horas a la semana que trabajo. No hay tiempo de estudiar —me confiesa Óscar.

—¿Cómo lo hicieron, entonces? —le pregunto.

—Vencimos los miedos de estar organizados y de ser migrantes en otra cultura, el racismo, la desigualdad en sueldos, la desventaja de que nuestros hijos no vayan a la escuela, no tener ID (identificación oficial) que nos impide ir a un hospital.

—¿Estaban preparados?

—Conocer la Sexta Declaración fue un boom para nosotros. Ver cómo a ellos los despojan los ricos y a nosotros también, fue asombroso… y’nou… su pobre nivel de educación y alcanzar a tener ese análisis fue… nosotros teníamos que hacerlo también.

—¿En la cuna del capitalismo…

—Nos dijimos: vamos a tratar, a ver qué sale. ¿A dónde nos vamos a ir? ¿Si nos venimos de nuestro país de origen porque las cosas están mal y llegamos aquí y aquí tampoco nos quieren… a dónde nos vamos a ir? —me dice sin siquiera titubear. Óscar no deja de sostener la mirada frente a la mía, abrillantada, llana, como la que se dibuja en los ojos de un niño justo después de que ha dejado de llorar.

Cuando recrudecen los ataques de Steven Kessner y conectan su inquietud con las de los zapatistas, entre julio y agosto de 2005, los habitantes de unos 40 edificios deciden organizar un grupo formal. Lo denominan Movement for Justice in El Barrio (Movimiento por la Justicia de El Barrio).

Realizan foros públicos, reuniones, buscan la forma de sumarse a La Otra Campaña, que de inmediato los pone en comunicación con más de 20 redes sociales del resto de Estados Unidos, principalmente de New Jersey, Rhode Island, Pennsylvania y Connecticut. Además de otras tantas en México y Europa.

“A través de nuestra Consulta de El Barrio, inspirados por los zapatistas, implementamos nuestra propia democracia participativa y popular. Con este proceso, 1,500 pobladores de la comunidad decidieron cuál era nuestro siguiente paso”, anuncian en uno de sus primeros comunicados,  en 2005.

Adoptan como segundo nombre la denominación La Otra Campaña Nueva York y realizan encuentros por la Dignidad y Contra el Desalojo Neoliberal: una fiesta popular para compartir experiencias donde al final los niños rompen una piñata, “la piñata neoliberal”.

—Como migrantes, sucede que nos organizamos mejor porque todos estábamos en vivienda privada, porque la mayoría no piden documentos legales para vivir ahí. En la vivienda pública sí es necesario tener documentos —me dice.

Vistas desde México, donde recurrentemente miles suelen echar mano de las calles, de los bloqueos y las protestas para apurar a las autoridades, las imágenes de las primeras manifestaciones del Movimiento pueden parecer insignificantes: apenas unos 50, 100 hombres y mujeres, niños muchos de ellos, morenos casi todos, muy pocos más altos que el metro y 70, la ropa sencilla, de mala calidad, los rostros de un país que está muy lejos, de un pueblo que ya no miran amanecer, de la gente que ya no tocan.

Pero se trata del primer movimiento de resistencia de migrantes latinos en la ciudad de Nueva York y ese sólo hecho los hace crecer, ganar notoriedad.

El milagro

El 26 de marzo de 2007, aparece un comentario en el diario inglés The Times: el gigante inmobiliario Dawnay Day Group, asentado en Londres, ha adquirido por 250 millones de dólares, poco menos de 127 millones de libras, un conglomerado de edificios en Harlem Este, como paso inicial de un proyecto que busca alcanzar un valor de mercado de poco más de 5 mil millones de libras en cinco años.

La inversión, anota The Times, “representa un negocio enorme en la rápida gentrificación de la zona norte de Manhattan, que por más de un siglo ha servido de gueto para las comunidades inmigrantes más pobres, y que hasta hace poco era una zona a la que las clases medias y altas, en gran parte blancas del bajo Manhattan, no se acercaban”.

En la transacción juegan la caída del mercado americano, la debilidad del dólar frente a la libra y sobre todo la oferta de “un vendedor privado americano”, Kessner, quien se desprende de 47 edificios, con un total de mil 137 apartamentos de una y dos recámaras, así como 55 espacios comerciales, ubicados en el ala norte de Central Park, entre las calles 100 Este y 120 Este: El Barrio.

La inmobiliaria recrudece el acoso contra el Movimiento y acelera las negociaciones para un desalojo paulatino. Para el Movimiento, esas palabras, pero sobre todo sus implicaciones, avivan una guerra que amenaza con cruzar el Atlántico.

Cada mes, los nuevos inquilinos de la trasnacional reciben avisos sobre inminentes cobros de miles de dólares por reparaciones inmobiliarias, uso de equipo de lavado y aire acondicionado, que al negarse a saldar, aumentan.

“Sobre el plan de desalojo de Dawnay Day Group, hemos iniciado un caso legal, para poner un alto a la práctica de tratar de cobrar falsos cargos a los inquilinos. Esto lo hacen como una forma de hostigamiento e intimidación”, dice Juan Haro en una carta electrónica que me envía en 2009, cuando me acerco por primera vez a conocer su historia.

“Sabemos que son tasas ilegales, y que son una forma de acoso, pero no vamos a caer en la trampa”, me dice, y anuncia una gira internacional de protestas que los llevará hasta las calles de Londres.

La idea es presentarse en las instalaciones de Dawnay Day Group para exigir un alto al acoso y al proceso de gentrificación del Harlem hispano, visitar Inglaterra, Gales, Escocia, Francia y España, para que organizaciones no gubernamentales de esos lugares se sumen a su lucha, la respalden, y entre todos combatan lo que ellos llaman “el neoliberalismo que intenta acabar con los seres humanos”.

Con algunas autoridades locales en contra, como la concejala del distrito, Melissa Mark Viverito, una puertorriqueña que desde su cargo público apoya los proyectos de la inmobiliaria inglesa, principalmente la creación de zonas comerciales, recreativas, edificios modernos y la revitalización económica de El Barrio, el Movimiento parece encaminarse a la derrota.

“Melissa hizo historia al convertirse en la primera mujer puertorriqueña elegida para servir en el Octavo Distrito”, dice el Movimiento de El Barrio en un correo del 2009, “pero se ha vendido a los intereses capitalistas al aprobar un plan de rezonificación que traerá condominios y rascacielos de 21 pisos a la histórica calle de Harlem 125”.

Pero, en un hecho que hasta los mismos migrantes califican de justicia divina, una mañana de octubre de 2009 los integrantes del Movimiento reciben una notificación de la Corte: víctima del crack financiero e inmobiliario que azota a Europa y Estados Unidos, Dawnay Day Group se declara en bancarrota, incumple los pagos correspondientes a la propiedad de los 47 edificios de El Barrio y causa ejecución hipotecaria por parte del gobierno de Estados Unidos.

En un ejercicio de exceso de confianza, el gigante inmobiliario inglés había adquirido los 47 edificios de El Barrio, su primera incursión en el mercado estadounidense, con un exceso de apalancamiento financiero, a través de una deuda, que en octubre de 2009 se sumó a la caída de sus inversiones por más de 10 mil millones de dólares en activos de bienes raíces por todo el mundo, lo que la convirtió en una de las principales víctimas de la crisis internacional.

—Es un día glorioso, un triunfo de las proporciones de David contra Goliat —dice uno de los integrantes del Movimiento, mientras marcha en las calles de El Barrio; el colectivo deja ver pancartas, lágrimas: están celebrando su inesperada victoria.

—¡No nos moverán! —gritan.

La lucha sigue

Óscar termina de comer su sope que no pica. Me habla de su hijo, de su esposa, me cuenta de San Luis Chalma y de que un día, quién sabe cuándo, habrá de regresar a su pueblo saqueado, devastado por la globalización.

Después de ocho años, desde aquella noche fría de diciembre de 2004, el Movimiento por la Justicia de El Barrio es una organización fuerte, consolidada, que tiene reconocimiento social pero también jurídico y se ha convertido en una referencia para movimientos de migrantes en Estados Unidos.

—¿Cómo visualizas tu mundo perfecto? —le pregunto.

—Creo que no lo hay. El mundo perfecto no lo conocemos. Creo que el entendimiento del ser humano se ha extraviado. No sé, valores que hemos perdido.

—¿Entonces a qué aspiras, qué motores te mueven?

—No queremos ser ricos, no. Ni queremos carros, ni la ropa que ellos visten, ni nada de eso. Si me preguntas qué quiero… quiero volver a nuestras tierras y practicar nuestra cultura… si tú vas a mi pueblo, es triste lo que vas a ver, yo lo recuerdo muy bien: se fue mucha gente, nuestras tierras se las vendieron a empresas de España, que hacen invernaderos de tomate, y el pueblo ahora va a trabajar a las tierras que antes eran de ellos, pero están más pobres, más necesitados y sin una vida

—Así es el mundo…

—No, así lo hicieron los políticos y los capitalistas para beneficio de ellos, es como… es la conexión entre capitalismo y gobierno, quieren hacer más dinero sin ver a los demás…

—¿Es la raíz de su lucha?

—Nosotros les demostramos que hay otra ciudad, otra gente pobre, El Otro Nueva York.

Hay otros pobres que trabajan en los restaurantes, abajo. ¿Cómo exponerlo? Desde el corazón del capitalismo estamos en resistencia, aquí donde están las bases del capitalismo es posible organizarnos…

Me habla de los nuevos desafíos que tiene el Movimiento, porque la lucha por una vivienda digna no termina todavía: los proyectos de expansión de la Universidad de Columbia hacia la zona de Harlem Este, el de hacer un corredor comercial-turístico River to River, el de convertir a El Barrio en una zona habitacional para las clases medias altas y altas, siguen vivos. “Y Melissa Mark Viverito sigue en su puesto”, dice.

—Nos invitaron a sumarnos al movimiento de los Ocupas de Wall Street y esta noche hay una reunión, ¿quieres acompañarnos? —me cuenta.

Dejamos El Barrio, nos dirigimos al Metro. Harta gente, bullicio. Y la música: salsas, Vicente Fernández, corridos norteños. Avanzamos entre taquerías, garnacherías, tiendas de todo tipo. Como si compitieran en estruendo, las distintas épocas de la cultura latina se manifiestan a decibeles: de las trompetas de una bachata uno salta a las rimas de un reggaetón, de los candores de un son caribeño nos vamos a Pitbull, de Calle 13 a La Lupe, con su voz que desgarra, aprieta: “Hoy me pides tú las estrellas y el sol, no soy un Dios. Así como soy, yo te ofrezco mi amor, no tengo más”.

Como pez de ciudad, Óscar me guía con mucha destreza por los laberintos del Metro de Nueva York, hasta la calle 23, en el barrio de Chelsea, donde es la reunión secreta del grupo de inconformes.

Muy en la onda de Los ejércitos de la noche, el icónico relato de Norman Mailer sobre el activismo estadounidense en los años 70, los activistas de hoy redefinen su estrategia de lucha, sus objetivos. En el lugar hay unas 40 personas, casi todos clasemedieros, gente sin tantos problemas económicos para sobrevivir en lo inmediato, quienes hablan de sumar a su lucha al Movimiento por la Justicia de El Barrio, a la gente como Óscar que debe trabajar hasta 14 horas diarias, cinco días por semana, para poder comer.

Quieren que el Movimiento se sume a sus mesas de trabajo, en las que estudiantes, académicos, activistas y líderes de organizaciones civiles discuten si las protestas de Wall Street deben transitar hacia la aceptación de ofrecimientos políticos o seguir peleando ajenas al sistema político tradicional; si deben incrementar su participación beligerante o diluirse avasallados ante los embates del neoliberalismo y el poder económico.

—Nuestra lucha es otra y es algo que está intacto —me dice Óscar convencido—, acercarnos a ellos nos permite seguir siendo visibles, y’nou... pero nosotros luchamos por El Barrio… nosotros no nos vamos a mover de El Barrio. Dificilmente podríamos sumarnos con ellos. Nosotros tenemos que trabajar durante  el día. Nuestra realidad es otra y no podemos dejar de trabajar para poder cambiarla.

Su voz, particularmente profunda, parece estallar desde dentro. Como si ese muchacho, su garganta alzada apenas a un metro y 65 del suelo, quisiera que cada palabra pudiera tener el efecto de una carga de dinamita, de una orden de paso redoblado en un pelotón de artillería.

El Movimiento por la Justicia de El Barrio ha logrado que cientos de familias no hayan sido desalojadas de sus viviendas en Manhattan. Un logro que no es poca cosa. Pero también se ha hecho visible, sólido, como un movimiento social y filo zapatista que nació marginal pero se ha robustecido, en el corazón mismo del capitalismo mundial.

Me queda claro cuando veo a Óscar dialogar con los otros activistas. Cómo lo miran seriamente, cómo lo escuchan silenciosos, con respeto, cómo escuchan sus experiencias contra el gigante inmobiliario, cómo habla de otros movimientos de migrantes que se les han acercado, a quienes han dado asesoría, cómo han compartido su experiencia con activistas de diversos países de América y Europa. Cómo han crecido.

Me recargo en una ventana y desde ahí miro hacia el destello de un anuncio. Es un restaurante ubicado sobre la calle 23, cuyo nombre me arranca una gran sonrisa: no hay nombre más idóneo para Óscar, para los integrantes del Movimiento, para tantos hombres y mujeres que, por encima de su miedo, han asumido el oficio de luchar contra gigantes. Ese restaurante se llama “El Quijote”.♠

Publicado en la revista DOMINGO de El Universal

 


¡Ya es hora de que gane el pueblo!

No sé si es el tumulto de tanta gente junta, la necesidad imperiosa de sacudirme una emoción que se me atraganta en el cuello o sólo es un dejarme llevar sereno, silencioso, inexplicable: justo en el momento que él grita “ya es hora de que gane el pueblo”, justo cuando veo a la mujer que está a mi lado, una mujer casi anciana, el cabello cano, hirsuto, la boca sin dientes, la banderita amarilla atenazada en la mano, los ojos vidriosos que miran sin parpadeos a la pantalla, como quien pide una esperanza, yo ya no hago mucho por detener el contagio, las lágrimas que me brotan como truenos.

Comienzo a llorar.

Así, a lo macho. Como se chilla de emoción cuando se gana algo. Como se lagrimea al recibir una buena noticia largamente esperada.

En medio de miles que estamos hacinados como frijoles refritos en la plancha del Palacio de Bellas Artes, el lugar más cercano al Zócalo que puedo encontrar, comienzo a llorar como un chamaco.

Y no tengo una manera objetiva de decir esto, porque no tengo memoria para describir lo que ven mis ojos.

Yo, que he debido vivir tumultos zocaleros centenares de veces, que me ha tocado reportear cientos de marchas, mítines, primeros de mayo, cierres de campaña, festejos futboleros, desafueros, protestas, no tengo memoria suficiente para dimensionar lo grueso del gentío.

En su cierre de campaña, el candidato presidencial de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, no ha llenado el Zócalo, ha desbordado el Centro Histórico de la ciudad de México, que dejó de gobernar hace siete años.

Porque no hay cientos, ni miles, ni decenas de miles. Somos centenares de miles, en miércoles por la tarde, que nos reunimos ahí, que marchamos, que gritamos, que bailamos, que festejamos desde el Ángel de la Independencia hasta el lugar al que podamos llegar, para compartir una idea, “ya es hora de que gane el pueblo”, y una emoción que estalla: "así como me quieren, así los quiero yo".

“Es un honor estar con Obrador”, gritan siete chamacos al unísono, armados con un largo pedazo de tela verde y una caja de cartón pintada con lo que pretende ser una efigie de Quetzalcóatl.

“El cambio ya va llegando, el cambio viene cantando”, twitean y retwitean otros, armando una red que entra por las pantallas de las computadoras, corre por los cables y llega hasta la calle que replica, a modo de fotocopias, las primeras imágenes de un Zócalo atiborrado.

Tangibles unos, virtuales los otros. Porque así es como funciona la nueva dimensión social. Una mitad tangible, gorda, avasallante, que se nutre de gritos y pancartas en medio de la calle, de olores, de texturas, de sabores, y otra mitad virtual, inasible, insospechada, que nace de los dedos de una mano acariciando un teléfono, una computadora, una pantalla, y conecta en un click individualidades distintas en los puntos más distantes.

Para crear juntas un nuevo todo, donde el aquí ya no sólo es sólo aquí sino aquí-ahí-allá, y donde la realidad se multiplica, se expande, se desborda. Nodos libres y unidos a la vez.

Por eso el Zócalo de López Obrador, oloroso a sudor, a elote, a salsa Valentina, a refrescos, pegajoso de tanta cercanía, ruidoso hasta el dolor de cabeza, es también un Zócalo virtual, repleto, que se replica en Monterrey, en Morelia, en Guadalajara, y hace de un time-laps de la empresa WebCams de México, subido quién sabe a qué horas por quién sabe quién en quién sabe dónde (http://www.webcamsdemexico.com/webcamtimelapse.php?a=f&c=9&f=2012-06-27) un trending topic en menos de una hora, y la forma en que paulatinamente se va colmando la plaza, el gentío, el paso del día a la noche, es visto por miles de ojos en cuadros de 1 foto por segundo, o 15, o 30.

Y aún cuando las pancartas, los gorros, las máscaras que se repiten por miles hablen de un temor, también hay escondida una esperanza.

Un temor, ante una nueva derrota, porque México tiene dueños y su poder inmenso no es cualquier baba: ahí están como prueba las mentes de miles de personas carcomidas por la televisión, convencidas de que “ese hombre es un loco”, aunque carezcan de argumentos para documentar el delirio; “es un Hugo Chávez”, aunque no sepan ni siquiera dónde está Venezuela; “nos va a quitar nuestro patrimonio”, aunque en realidad no posean nada porque todo se los han quitado cuando les enseñaron la mansedumbre.

Y una esperanza, robusta, plena, convencida esperanza, de que ahora sí es la buena. Que ahora sí va a ganar la gente, que por una vez las instituciones mexicanas serán instituciones y no una guarida de bandidos, que ahora sí los mexicanos pensarán también en el otro y no sólo en sí mismos, que por una vez tendremos una democracia verdadera, una libertad absoluta, que se acabó la corrupción, que se desmantelaron las redes de poder, que no existe Elba Esther Gordillo, la bruja del siglo XXI, que los mapaches son sólo unos mamíferos carnívoros de la familia de los prociónidos, que el carrusel es un juego de niños, que la operación tamal es una cruzada contra la hambruna diaria que padecen más de 15 millones de mexicanos, que la tinta es indeleble, que no hay anillos marcadores, que el fraude se castiga, que México es otra nación y no ha estado postrada por más de 85 años ni seguirá postrada otros tantos más.

“Se ve, se siente, tenemos presidente”, cantan unos en el Ángel, “si hay imposición, habrá revolución”, amenazan otros frente a la estatua de Cristóbal Colón. “Ingeniero, Ingeniero, yo voté por usted”, claman algunos más cuando llega Cuauhtémoc Cárdenas a apoyar un movimiento que hace seis años lo necesitó. "Presidente, presidente", chillan ante el candidato, "Obrador, Obrador", dice revueltos todos en una fila interminable de amarillos, blancos, rojos, que ocupa los carriles centrales del Paseo de la Reforma desde las tres y media de la tarde y que para las siete no ha acabado, no se ha diluido, ni se ha desperdigado. Dicen que van a votar por la izquierda, pues pese a todo el poderío mediático, aplastante, avasallante, no se logra destruir una candidatura que comenzó con burlas y acabó con ataques. Que empezó, según las cuentas de los que informan contra reembolso, 30 puntos abajo y acabó 4 puntos arriba.

Por eso no sé explicar lo que observo. Por eso me falta memoria para decir lo que veo.

¿Cómo se explican objetivamente todas esas calles bañadas de gritos, esa marea, ese coincidir de miles de mentes dispuestas? ¿De qué forma imparcial se relata que Madero está llena de gente, que Cinco de Mayo está llena, que 16 de septiembre está llena, que 20 de noviembre, Pino Suárez, Venustiano Carranza, Donceles, que la Avenida Juárez encausan un río de pancartas, banderas, cartulinas?

¿Cómo puedo decir lo que he visto?

¿Cómo puedo despojarme de mi propia emoción, de mi subjetividad, si veo a esa mujer desdentada, seguramente muy pobre, su ropa modesta, su banderita amarilla atenazada en la mano, su cabello hirsuto, justo en el momento que sus ojos, vidriosos de lágrimas, me hacen estremecerme al punto del llanto mientras escuchamos que Andrés, a través del eco de una bocina distante quién sabe cuántos metros, nos grita

"¡¡¡YA ES HORA DE QUE GANE EL PUEBLO!!!"... y todos creemos lo mismo, que sí, que ya es hora de que gane el pueblo?♠


¡Arrebatamos a los poderes fácticos el triunfo fácil!

zcalo-protestas-desafuero-andrs-manuel-lpez-obradorEstá cerrada. Completamente cerrada.

Un bombardeo mediático incesante, sin precedentes, nos aplastó en los cines, en los diarios, en la radio, la televisión, la internet, en llamadas telefónicas, por correo, en las calles, en los edificios, en los puentes, en los transportes, y aún así hoy la lucha por la presidencia está cerrada.

Las viejas estructuras de control y cooptación, en manzanas, colonias, barrios, municipios, estados, fueron tres décadas atrás para la entrega de despensas, pendejaditas, material de construcción, tortas, lonches, tarjetas con cupones de despensa, promesas, amenazas, golpes, acarreos, y aún así, al final del ciclo la competencia está cerrada.

¿No lo han visto así?

Por primera vez en la historia de México, la sociedad libre, democrática, viva, organizada como ha podido, a veces torpemente, hoy le disputa su futuro a los poderes fácticos, a los dueños de México. Y es una lucha al tú por tú.

Por cada maestro antipatriota que obedece ciego las ordenes de la nauseabunda Elba Esther Gordillo, hay un joven del movimiento #YoSoy132 que quiere custodiar la democracia. Por cada mapache, cada operador tamal, cada voto por billete, cada transa obviada por los ojos de la autoridad electoral a modo, hay un ANONYMUS dispuesto a ventilar los rostros de los traidores. Por cada "voto verde" comprado a la miseria, hay un voto libre convencido del YA BASTA y armado con celular, con cámara, con twitteo. Por cada columnista vendido, por cada titular arrebatado, por cada pluma acomodada, hay un espacio libre que se replica, una voz ansiosa de encontrar sus ecos, un post aguerrido, un blog incesante que se difunde en fotocopia.

Resistiendo a su poder inmenso, aguantando su furia, sorteando sus embates, una buena parte de la sociedad mexicana libre logró llegar al día de las elecciones con una competencia cerrada, indefinida hasta el punto de que cualquiera de los dos proyectos puede ganar.

¿AMLO o EPN?. Hoy ese es el dilema. Y llegar a éste es un triunfo en sí mismo: LE ARREBATAMOS A LOS PODERES FÁCTICOS LA CERTEZA DEL TRIUNFO SEGURO.

Y yo creo que eso es la confirmación de que, si nos decidimos, sí podemos cambiar nuestro futuro común.

Es la ratificación de que aquello que no pudo aniquilarnos nos ha hecho más fuertes.

Es la certeza, si quieren pequeña pero certeza al fin, de que si permanecemos juntos nos salvamos.♠


"La Joya", una favela a la mexicana

En su rostro de tono apiñonado, ojos de noche, una cicatriz breve en el labio inferior, no hay rastros de rubor. Sí de arrogancia. Como si el águila azteca que trae tatuada en el hombro derecho pudiera infundirle un arrojo distinto, de líder, a ese muchacho veinteañero, correoso, machín de “El Hoyo” y sus laberintos. Como si no estuviera ante un comerciante, sino ante el mero macizo de la favela más famosa de Iztapalapa, La Joya, por décadas enterrada como puñal en el corazón de una ciudad que creemos cosmopolita.

- La neta, no hay farderos may. Somos comerciantes muchos de por acá… pero hay que apoyar al barrio ¿no may… o qué, la vas’cer de pedo? – dice con ese tono característico de barrio defeño: tonada gruesa, cantadita, que acentúa todas las palabras graves con un énfasis profundo.

Le digo May, como él me nombra, por no decir su nombre. Los requisitos de la cautela. Oferta juguetes, aparatos eléctricos, baterías, bocinas. Artículos todos muy seguramente sustraídos de algún camión repartidor o tienda de autoservicio, y que ahora forman parte de los activos en la única tienda improvisada que hay en la única calle asfaltada de la colonia. Legendaria colonia, donde han convivido, por más de 40 años, la miseria, el crimen y el narcotráfico.

- Es por la banda May… todo derecho… 400 bolas el componente, las bocinas 500 – me dice para convencerme, mirándome inquisidor, como si pudiera escanearme, radiografiarme. No volverá a emitir palabras hasta que me despida.

Hay bullicio de tarde en la calle. El mismo alboroto que unos minutos antes apenas ha ahogado los silbidos que le avisaban de mi presencia. El mismo rumor que ha enmarcado el momento en que el May y otros cuatro chavos me rodearon, apenas adentrarme un par de metros más allá de la pequeña capilla erigida en honor de sus muertos y el señor de Chalma. El mismo ruidero que ha hecho, por puro susto, que todas sus preguntas me sonaran lejanas: “¿Tú qué pedo… a quién buscas… a quién vas a ver… cómo llegaste?”

El mismo vaivén de niños, mujeres, hombres, perros, que no delató mi mentira y serenó su  impaciencia: “a huevo… sí, te vi con la Dione y la diputada (Karen Quiroga) el otro día ¿verdá May? Eres el del periódico que vino a ’cerle preguntas a las jefas. Venías con una camisa negra”.

El mismo ruidero obeso,como si fuera permanente, que desde el terregal desprendido de lo alto del peñón avisa que La Joya, ese asiento irregular con más de 560 familias en condiciones de muy bajo desarrollo social (como el 86 por ciento de los habitantes de Iztapalapa), ese sitio que registra el más alto índice de presos por colonia en toda la ciudad, con más de 250 en los últimos 10 años, el de constantes intromisiones policiacas, el de la venta de drogas, sigue siendo algo muy parecido a la leyenda que ha tejido su temible nombre.

Dos miradas

Tiene dos rostros. “El hoyo”, ese asentamiento que comenzó siendo una hilera de casuchas improvisadas en los años 60 y poco a poco fue creciendo.

El rostro desolado, casi desierto, de la mañana en que una joven activista de la zona, Erika, y el grupo de mujeres que dirige la agrupación vecinal, me llevan a conocer a su gente, entrar en sus casas, oler su humedad, palpar sus necesidades, escuchar la angustia de padres y madres que se niegan a que la escuela más cercana, XXXX, cierre su turno vespertino.

Ese en el cual casi no se ven niños, no hay problema para entrar ni salir, en el que las puertas de las casas casi se abren solas.

Y el bullicioso. El del fin de semana, el de la tarde y la noche con gente en la calle, ruido, risas, música, vida. El de los silbidos ante el desconocido. El de los rostros oscos. El de las no respuestas ante las preguntas, la desconfianza producto de tanta confrontación con la ley, como es el día que me aventuro en solitario a comprobar la veracidad de que, pese a su mala fama, la colonia ha cambiado mucho, en todos los sentidos.

No hay programa que sea mágico

-Los esfuerzos que se han hecho para contrarrestar el deterioro social son muchos, pero todavía insuficientes para la cantidad de carencias que hay – dice Karen Quiroga, diputada local y activista en la zona – todavía hay drogas, hay delitos, farderos hay mucho todavía, drogas, aunque se han ido reduciendo… sí hay marginación, hacinamiento… no hay programa que sea mágico.

Recorre conmigo los laberintos de El Hoyo. Pequeños andadores que van descubriendo casas entre pasadizos claustrofóbicos, con puertitas que dan a más pasillos, ventanas sin vista a la calle, pequeños cuartitos de techos endebles, donde se hacinan, en promedio, entre 7 y 9 personas por vivienda. A veces muchas más y casi nunca menos.

La gente se acerca a la legisladora para hablar de la humedad permanente en sus paredes sin cimientos ni castillos, de la falta de apoyo con programas sociales, de la delincuencia, de la disputa por los terrenos de un centro comunitario que pronto será comedor para todos, del peñón que a veces lanza sus rocas al viento, a los techos de láminas y desechos, de la batalla política contra los priistas, adversarios naturales en la zona, porque la miseria también es botín.

-El principal problema sigue siendo la propiedad de los terrenos – dice – eso impide la entrada formal de muchos apoyos. Mientras no haya regularización de terrenos, esto seguirá siendo un desorden, porque no pueden entrar programas de apoyo para reconstrucción de vivienda ni ninguno otro.

-¿Y la violencia? – le pregunto.

- Se ha reducido. Casi todos los jóvenes en edad escolar tienen becas, secundaria, primaria y prepa. No digo que no haya, pero sí tienen condiciones distintas – dice, aunque la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal tiene datos distintos de ese polígono crítico que forman La Joya, y las colonias Ejército de Oriente y El Paraíso, que en conjunto presentan índices delincuenciales tan altos y consistentes como toda una delegación Magdalena Contreras: 2 mil 769 denuncias por delitos en los últimos 120 días.

- Sobre todo, debes tomar en cuenta que este lugar estuvo abandonado por décadas. Los priistas trajeron a la gente y la botaron aquí – dice Karen, para sintetizar el destino original de tantos campamentos enquistados en las faldas de los cerros, durante décadas de gobiernos indolentes.

Porque así nació La joya, terreno ubicado en el fondo de una cañada que es fondo y falda de una vieja cantera de piedra tezontle, yerba y desechos, a la que el drenaje, el alumbrado, la pavimentación mínima llegaron apenas hace una década, casi 20 años después que los moradores.

Como dice Carmen, una mujer de grandes y profundos lentes, el cabello cano, la trenza perfecta y el delantal a cuadros, cuando entramos a su casa: “aquí cada uno construyó su casita como pudo, como tuvo, ¿no? Y fue creciendo porque en cada censo los priistas traían a más gente, a más gente, hasta que ya no cupimos y empezamos a trepar los cerros”.

-Yo pagué 600 pesos por mi terrenito – dice la mujer -  es chiquito, dos cuartitos. Se lo pagué a un señor que no me acuerdo su nombre. Íbamos a tener nuestros títulos, pero no. Aquí vivieron mis 14 hijos, ocho ya se me murieron, nomás me viven 6.

Carmen aún recuerda los caminos de tierra, la herradura que hoy funge como calle principal, plagada algún tiempo de asesinos, drogadictos, desvalijadores de autos, rateros, violadores.

Se acuerda perfecto cómo se inundaban las casas con los aguaceros. Cómo se escondían por las balaceras en las noches y lloraban a sus muertos en el día. Porque La Joya ha sido zona brava desde siempre.

Su vivienda, sus dos cuartos, ni siquiera alcanzarán los 12 metros cuadrados. Los ladrillos pelones. El techo endeble. Una mesita, las sillas, los rudimentos de quien vive humildemente.

- Si un sueño tengo – dice – es que un día nos den nuestros papeles. Para dejarles a los hijos un pedacito de tierra.

-¿Aunque haya violencia, drogas?

- No le aunque. Pos eso siempre ha habido… y siempre va a haber, aquí y en todos lados.

Doña Ana y el divisadero

 

No articula muy bien el español. Se le confunden las palabras con el mixteco que aprendió de niña en su pueblo oaxaqueño, cuando intenta explicar que la pobreza en que vive su familia no es, por mucho, el infierno que sería si aún viviera en su terruño.

-A vece, poco, pero lo hay para comer aquí’n… que no allá- dice Doña Ana y empieza a contar la historia de la familia más pobre de cuantas habitan en “El Hoyo”.

Un compadre suyo, Aurelio, les vendió el terreno en la parte más alta del promontorio, justo donde abre el peñón como si fuera el borde de un caldero. Su casita de madera, sus pisos de tierra, las rejas de alambres varios, la escalera de piedras parecen una prolongación interminable del terregal, del siglo XIX.

- Yo lo soy nda’vi. Vendo mi tamales. Mi hija y mi nieto lo están vendiendo en la Central Abasto– dice de su pobreza – mi esposo albañil… no tuvimo estudios. Ahí la vamo pasando – dice. Tiene las manos callosas, apenas un par de dientes. En su vestido hay agujeros como adornos, en su mirada serenidad.

-¿Se puede ser feliz?

-Si vendo lo mis tamalitos, somos contento – dice.

Me quedo con las ganas de probarlos. Se escuchan dos ladridos en la cañada. Unas risas de niños sin dientes que revolotean, como si fueran palomas, entre centenares de olotes y hojas de maíz desperdigadas sobre el patio, tierra, piedras, madera, mugre. Y al fondo, como alfombra, los techos de “El Hoyo”, con sus llantas viejas, sus triciclos herrumbrados, los nopales del peñón, las láminas de asbesto o metal que brilla con el solazo y desata la pregunta:¿Cómo diablos puede prevalecer una pobreza así en una ciudad que gasta miles de pesos en adornos, en comidas, en gobernantes indolentes, en el lujo para su casta política?

Doña Carmen, una de las primeras pobladoras de “El hoyo”, me da la respuesta más cercana:

- Nosotros nos organizamos pa’ pedir, siempre. Ibanos al gobierno a pedir nuestro drenaje, nuestra luz. Siempre venían a prometer que esto, que aquello, y las mejorías nomás que no llegaban. Y uno les cree, ¿verdad? pues uno qué va a saber… el pobre es ignorante.

-¿Y eso ha cambiado?

- Ha cambiado, sí. Mucho. Porque ‘ora exigimos. ¿No? Y entonces, pus ahí vamos saliendo ¿verdá? Ya mis nietos tienen estudios, no como uno. Y tenemos el apoyo ¿verdá?...ora sí que ya nomás nos faltan nuestros papelitos… para que ora sí esta tierra que tanto peleamos, ahí como la ve, sea de nosotros.♠

Publicado en EL UNIVERSAL


Sir Paul toca el corazón de la antigua Tenochtitlán

El Universal

Cuando faltan sólo 39 días para que cumpla setenta años, Sir Paul McCartney, el hombre blanco, alto, de ojos muy grandes, alguna vez barbado, toca por fin el corazón de la vieja Tenochtitlán.

Ha venido de allá del mar, hacia el oriente, según lo predijo la leyenda, para mostrar su vigor ante más de 100 mil descendientes de los antiguos nahuas, quienes lo han esperado incluso en horas de la lluvia, del frío y de la noche, para rendirse ante su prodigio de deidad viviente: “Pool, güi loooob yuuuu…”

Amo y señor de los sonidos y los silencios, el arte de la música, a Sir Paul le basta un simple “buenas noches, Méjicou… estamos muy contentos de estar aquí, en el día de las madres”, para que las miles de gargantas congregadas en el Zócalo le veneren desbordadas como lo que es: una divinidad de chaqueta rojo encendido, cabellos largos y chimallisesentero original, de cuerdas y clavijero dorado que, al rasgar con la mano izquierda, destella como su sonrisa septuagenariamente juvenil.

Sir Paul McCartney, el genio de los 100 millones de sencillos vendidos, el del inmortalYesterday, el artista quien, de espaldas a lo que un día fue la esplendorosa explanada del Templo Mayor de los aztecas, canta “Hello, Goodbye”, “All my loving” y “Baby you can drive my car” como si el tiempo fuera sólo suyo, como si no se tratara del año 2012 sino de 1965 y a él lo bañaran la luz de la luna y su cielo y no las miles de pantallas luminiscentes de teléfono celular que lo retratan, lo repiten, lo reproducen hasta el infinito, como sólo es posibilidad de quienes son dioses.

El hombre que junto con John LennonRingo Starr y George Harrison es indiscutiblemente el antes y después en la cultura popular del planeta Tierra, el hombre blanco que por el mundo va defendiendo a los animales y repartiendo canciones, viene a compartir a tierra azteca su arte de orfebre en los instrumentos musicales, y recibe aplausos, besos y gritos, como tributo, como obsidiana moderna, flores, canto.

Le llueven de todos los puntos cardinales. De las avenidas desbordadas desde muy temprano por la mañana, de las “mamacitas” que le gritan estridentes “Pooool”, de los más de 4 mil 500 guardias que susurran “ai lob heeer” con algarabía, de las palmas multiplicadas de tantos niños, del “buuu” que antes apagó una pobre pancarta priísta y encendió una oportunista banderola perredista. Pero también nace del “oe, oe oe, oé, Sir Poool, Sir Poool” que lo eleva al cielo sin necesidad de plumas, de las lágrimas de miles de hombres y mujeres que se mueven como marea al son de su guitarra, de los recuerdos que estallan en la noche, de la memoria recobrada, de la cita que un día se postergó y por fin ha sido cumplida: "tres conejos en un árbol, que sí, que no, que sí lo he visto yo".

A las nueve horas, de la noche en que ha llegado, huele a incienso el Zócalo. O a algo que se le parece. Huele a gente junta (200 mil, estimaría la jefatura de Gobierno) y también a festejo de cuatro generaciones mezcladas, hacinadas en una plancha de piedra e historia, de cantos y empujones.

A esa hora huele a bebida de cola que corre por todos los rincones de la plaza, como corren los rumores de sudor y cabello mojado, de algo de alcohol y aroma de yerba, que se extienden más allá de su perímetro. Se escucha el estruendo de voces reunidas, de mota y de desmadre: "ese Pooool, un saludo a la bandaaaa de Tulyehualcoooo", que parece recibir como respuesta el "viva México, cabrones" que enciende la plaza aún más que la noche.

¿Es Él que ha vuelto? Dice la leyenda, que ha de venir el sabio hombre-Dios, protector de las artes y la conciencia de los hombres, para hablar a su pueblo. O quizá para cantarle, que es lo mismo, y decirle que el amor es la única respuesta posible.

Todo se potencia en esa plaza. Todo estalla. Se destruye un “nunca” y se construye un “ya” y en el momento en que los músicos del Mariachi Gama Mil salen al escenario, "obladí, obladá life goes on brah, lala how the life goes on", miles de gargantas cantan con ellos, miles de manos se elevan a la noche, miles de pupilas destellan euforia y esa deidad de cabellos claros se queda mirando fijamente a la multitud que lo venera.

Todos han llegado a tiempo. Lo mismo la familia de Heriberto González, de Nezahualcóyotl, que se ha formado desde temprano para colarse al primer cuadro del concierto aunque no sepan pronunciar bien eso de “On the Run”, que los grupos de la Prepa 9 que llegaron en camiones alquilados. Los vendedores de cigarros, de galletas, de refrescos sobre 20 de noviembre, o los que surten camisetas a 100 pesos en la entrada de Madero y cazan a los despistados que a las seis de la tarde quieren pasar todavía, cuando la plancha está a reventar. Los de los banderines y binoculares "a 30 la pieza", o el CD pirata -a diez, a diez, a diez-, en una romería incontenible, plena, tal como debió ser cuando la ciudad era un lago, los autos piraguas, el cielo esplendor y la vida otra.

En la noche de su llegada, el ídolo de carne y huesos canta, estruja y los herederos del pueblo guerrero se le entregan dócilmente. Van a escucharlo. Van a creerle: “Let it be”.

Quizá los antiguos presagios no han mentido, y lo ocurrido la noche del 10 de mayo de 2012 ha sido el anunciado regreso del hombre-dios que narran aquellas historias de los antiguos moradores de la Gran Tenochtitlán.

Después de la lluvia de fuego, de los ríos de sangre, de las hermosas ciudades destruidas en los años recientes en estas tierras, quizá es Él, que ha vuelto para hacer oír su voz que canta al cambio verdadero, al nuevo tiempo que es posible, cierto, inmenso, y se revela en dos estrofas:

“Hey, Jude, no lo hagas mal,

toma una canción triste y mejórala.

Recuerda dejarla dentro de tu corazón

y entonces podrás empezar a mejorarla.

Hey, Jude, no tengas miedo:

tú fuiste creado para salir y hacerla tuya,

en el momento que la sientas correr bajo tu piel,

entonces comienzas a mejorarla".

 Versión extendida de la crónica publicada en EL UNIVERSAL 


El hombre que encuentra paz en el drenaje profundo

Tal vez será un cadáver. Tal vez las partes reblandecidas de un cuerpo mutilado, el feto de un bebé que nadie quiso, la mascota perdida, los restos de un hogar que se derrumbó, un sillón desvencijado, los pedazos de algún automóvil, chatarra. Lo que sea que Julio encuentre a su paso bajo el agua, será bueno: ya estar ahí, en la serenidad de lo profundo, es su única forma de encontrar sosiego. Tranquilidad. Paz.

Por eso ha de ser que su expresión cambia cuando habla de sumergirse. Por eso ha de ser que su rostro de nariz ancha, de labio inferior grueso y carnoso, de dientes grandes, afilados, de pelo cano, de ojos como rendijas por donde apenas pasa la luz, recuerdan mucho a ciertos peces abisales: Julio César Cú también es como un pez, y nada en las profundidades acuáticas de la ciudad de México.

- Cuando estoy aquí arriba ando como nervioso – dice- cuando paso mucho tiempo sin inmersión, hasta mi esposa me dice que ya me hace falta el agua. No sé, a lo mejor no me lo van a creer ¿no?... nada más toco el agua y ya me tranquilizo.

- ¿Qué siente?

- Siento mucha tranquilidad. Me entra mucha paz. Estas tú solo. No hay nadie alrededor. No ves nada. Nada más estas contigo. Cuando estoy a punto de entrar, siempre me pongo nervioso, me entran nervios, pero nada más toco el agua se me quita. Tocar el agua me da mucha paz.

- ¿Pero… y la suciedad? ¿No le da asco nadar entre la mierda?

- No ves nada. No hueles nada. Allá abajo, hay veces que pones tu mano enfrente de ti y no la ves. Generalmente el agua es tan turbia que no alcanzas a ver nada – dice.

Julio es hoy el único buzo especializado en imersión dentro del drenaje profundo del Sistema de Aguas de la Ciudad de México y, según nuestros cálculos, ha realizado una cifra muy cercana a las 500 inmersiones a las entrañas oscuras del desagüe subterráneo capitalino, con todo lo que lleva en su torrente.

Para quienes gustan de la numeralia, el trabajo de Julio podría resumirse así: a la razón de unas cuatro horas en promedio, multiplicadas por alrededor de 15 inmersiones anuales, durante 28 años de trabajo, Julio ha buceado entre las aguas que ennnegrecemos todos juntos por lo menos mil 600 horas de su vida. Toda una vida.

Adiós a los nervios

El plástico del traje de buzo, o el material del cual esté confeccionado, cuando se pega a los pantalones crea una sensación de caricia, de envoltura protectora: cualquiera que sienta el abrazo de las cobijas antes de levantarse, sabrá lo que se siente portar el traje de Julio.

Hermético por completo, el traje es un escudo contra toda clase de enfermedades, infecciones, incluso peligros como la gangrena, la septisemia, inminentes para quien debe bucear en lo oscuro de las aguas de desecho de la segunda ciudad más grande del mundo, donde lo mismo navegan las heces de todos que los desechos industriales, hospitalarios, tóxicos.

No es raro que en la inmersión el equipo pueda rasgarse. Que por sus movimientos alguna varilla, algun pedazo de madera, una piedra desgarren el equipo. Ha pasado antes y seguirá pasando: “es parte de los riesgos de este trabajo”, dice.

Y es muy pesado. Confeccionado en Europa por especialistas de Noruega y Dinamarca, donde se registran las temperaturas de inmersión más gélidas del mundo. Cuando Julio y su ayudante, Ricardo, rodeados de tanques de oxígeno, mangueras, cubetas, aspersores, escobas, me echan la mano para ponerme el casco, una especie de escafandra de un metal muy grueso, opresiva, asfixiante, en cuanto la ponen en mis hombros siento encima de mi cabeza el peso de un niño de 10 años. Y es un niño gordo.

Una vez puesto el casco, el aire disminuye. El calor se encierra. Si te toca ser neurótico, es muy probable que a la opresión que se siente al portar todo el equipo, se sume la de saber que vas a nadar entre la caca. A lo largo de sus 28 años de experiencia, por lo menos 10 hombres han pasado por el puesto de Julio sin permanecer. Es el único que ha aguantado.

- Es un trabajo que te tiene que gustar. Alguien que sea muy nervioso no puede bucear – dice. A mi luego luego me entra la angustia del encierro, casi de inmediato le pido que me quite el chingado casco- te tiene que gustar la sensación del traje, del agua, porque allá abajo estás solo, nadie va a poder ayudarte.

Julio, cuando está abajo, sólo tiene el tubo de vida, un cable de entre 15 y 20 metros de longitud que lo conecta con el equipo de comunicación que está arriba, en lo seco. Pero todas las maniobras y riesgos los asume él, en la soledad de lo profundo.

- Abajo no nadas, sólo caminas. Vas caminando con los pies arrastrados, porque es un terreno fangoso. Tienes conocimiento de lo que te van diciendo arriba, pero debes confiar en tus sentidos, debes confiar en lo que tu gente te dice.

Julio baja conectado al umbilical, como también le llaman al tubo de vida, a veces montado en una canastilla de acero y a veces en escalera. En cuanto se sumerge por completo empieza el reto: sólo dispone de su intuición, del conocimiento de su trabajo y de la suerte, que a algunos compañeros les ha dado la espalda.

Morir drenaje adentro

Una ciudad como México, que puede desalojar entre 30 y 220 metros cúbicos de agua por segundo, de acuerdo a las temporadas de estiaje o lluvias, siempre está en riesgo de un colapso por su sistema de drenaje, por las inminentes inundaciones que deben ser resueltas. Al fin ciudad que nació siendo lago.

“Hemos tenido que retirar incluso salas completas, muebles de todo tipo, hasta motores y carrocerías de automóviles que la gente o las industrias tiran al drenaje o a los ríos que desalojan aguas industriales”, dice Julio.

Es justo el mismo problema que en 1980 delinearon los responsables de la operación hidráulica de lo que entonces se llamaba Departamento del Distrito Federal. Julio, entonces un muchacho veinteañero aficionado al buceo, fue invitado a un trabajo muy específico: ahorrar, con su inmersión, un trabajo técnico que podría retrasar las soluciones indefinidamente y con ello afectar no a miles sino a millones de personas. A su modo, Julio es nuestro héroe.

-¿Y cuál es el momento que más recuerda?

- Me siento muy satisfecho de los cuerpos que he recuperado. Que se acerquen los familiares y te digan gracias, por ayudarles a recuperar un cuerpo para llorarlo en paz. Es algo que no pagas con nada. Mucha gente puede no ser rescatada. Pienso mucho en eso.

- ¿Alguna vez piensa en la muerte?

- No. Algunos amigos me han comentado que abajo, cuando estan solos, platican con ella, que la sienten y le hablan. Yo no la he sentido. Quizá porque, gracias a Dios, nunca me ha pasado nada. Yo me pongo a cantar. Cuando estoy muy concentrado, empiezo a cantar.

- ¿Y qué canta?

- Cualquier cosa. Me gusta de todo tipo de música. A veces reflexiono, pienso en muchas cosas. Es fácil cuando estás allá abajo.

- ¿Y cuando no trabaja?

- Ya estoy en tiempo del retiro. Pero no quiero pensar en eso. Lo estoy retrasando. Me gusta mucho mi trabajo. – Julio enciende su rostro. Está rodeado de figuritas de buzos, de fotografías de sus inmersiones, de caricaturas. Su oficina, en terreno seco, está inundada de sus cosas de buceo. De su emoción.

Por eso, cuando le pregunto por aquello que más le gusta de su chamba, esa que pocos podríamos apostar que le despierte tanta emotividad, el buzo abre sus ojos como de pez abisal para decir “todo. La verdad. De mi trabajo me gusta todo. Cuando estoy allá adentro, buceando, soy un hombre feliz”.

Ha de ser cierto, pienso: ¿cuántos de nosotros podemos encontrar la paz, la serenidad verdadera, la felicidad, desempeñando religiosamente el oficio que elegimos para vivir?♠

Publicado en EL UNIVERSAL


Una ciudad entumecida

06:16 horas. El Ángel de la Independencia a oscuras. Sobre Paseo de la Reforma sólo vamos seis automóviles. Tres de ida, con sus correspondientes abufandados, dos de regreso y uno que se estaciona frente a una palma con penacho iluminado de violeta. Los autobuses vacíos, la ciclopista libre. Esta ciudad, que ha de regresar a su normalidad el martes 3 de enero, todavía está en la cama. Adormecida.

Unos cuantos focos de luz apachurrada iluminan el campamento de ocupas que lleva semanas demandando un mundo mejor afuera de la Bolsa Mexicana de Valores. Ni un ánima a la vista, ni una policía, ni un reclamo callejero o sonido ajeno a los pocos ruidos de motor.

Algunas pancartas de mueven con el viento, pocos edificios encienden sus ventanas, y cuando pequeñas hojas viejas se desprenden de los matorrales que se secan frente a la indignante nueva sede del Senado, es fácil evocar a Tomas Tranströmer, el poeta del invierno vivo: “parecen páginas arrancadas del directorio telefónico. Nombres engullidos por el frío”.

06:50 horas. Ya clareó por completo y resulta un día nublado. Sobre Iturbide un hombre cargado con bufanda y guantes recoge, selecciona y empaqueta diarios y revistas de papel. “Cada vez se vende menos”, dice. Su oficio también parece vivir el invierno. Sobre Morelos van unos cuántos. ¿De veras hoy regresa el caos?

No es el frío peor, ni siquiera llega a los cero grados en la zona Centro, pero como la bruma matutina nos saca de la comodidad, nos obliga a la chamarra, a la bufanda, al chal que imita la lana con tejidos sintéticos, al atole de chocolate, al champurrado, decidimos gruñir a coro nuestra desventura: “¡Uy, qué pinche frío!”

07:00 horas. La gente empieza a aparecer. En la esquina de Bucareli y Turín un camión de la basura toca una campana. Se acercan tres personas. Los automóviles se multiplican, pero no por mucho.

Justo a las 7:01 ha de sonar la primera bocina. Mentada mañanera. La esquina de Bucareli, Cuauhtémoc, Río de la Loza y Arcos de Belén presagia caos. Qué otra cosa, si covergen automóviles, motocicletas, patrullas, grúas, metrobúses, bicicletas, peatones, comercios, acelere. Nadie se detiene a mirar.

La estación Cuauhtémoc libera friolentos. La vendedora de tamales, bizcochos y sángüiches que acapara la salida del Metro que da al Mercado Juárez se apresta a recuperarse: medio diciembre bajaron sus ventas. La última semana ni se puso. “Primeramente Dios”, dice convencida, “pero a ver si no hacen puente hasta el lunes 9”. Dos hombres disputan un taxi.

Una mujer embarazada gritonea a un bolero. ¿El piar de las aves puede escucharse en una avenida como Chapultepec?

Los oficiales de tránsito esperan un día pesado. El primer estorboso aparece a las 7:35 y con su pipa de gas que se queda en medio del cruce, sin dejar pasar a nadie. Merecida silbatina, la primera del año. El sonido de mentadas cosecha 2012.

Sobre taxis, desde el Metro, caminando el puente, los primeros niños llegan a la Primaria Horacio Mann. Si la entrada es a las 8, seguro van a faltar bastantes. A menos que lleguen en bola.

08:05 horas. “Se levanta en el mástil mi bandera, como un sol entre céfiros y trinos”, cantan los entumecidos niños de la primaria. Un integrante de la escolta se rehúsa a quitarse el chaleco rompevientos.

27 millones de estudiantes de todo el país deben volver a las aulas. En la ciudad de México hace frío. Debe haber menos de la mitad de alumnos, dicen las mamás. “Muchos maestros adelantaron clases para que vinieran hasta el 9”, comentan. “Qué inconciencia hacerlos venir con este frío”. Los niños esconden las manos en las chamarras, en los bolsillos. Es una escuela de manos con frío.

08:45 horas. “No es normal”, dice el policía. “Ha de ser el frío”. El Ángel, iluminado de nubes, no preside un caos vial. Lo que debía ser un atorón de autos, es un flujo constante, mesurado. La fuente de la Diana Cazadora se niega a ser un nudo de motores. Desde Mississipi hasta Sevilla, desde Bucareli hasta Las Lomas, la avenida es un trajinar sin interrupciones.

“La gente se quedó dormida”, dice el patrullero. Aparecen vendedores de orejeras, de bufandas, de gorritos. A 100 pesos la pieza, dice el muchacho.

¿Y el caos? La ciudad, friolenta, ha decidido quedarse en la cama.

09:40 horas. Un hombre muere dentro de una sucursal de Bancomer, dicen las noticias. La fila de usuarios lo mira morir sin inmutarse y el gerente del banco decide que la rutina continúe aún con el cuerpo tendido a cuatro pasos.

“¿Qué pesa más, la nieve o todo el frío?”, pregunta Alejandro Filio en un puesto de discos piratas.

Mañana de viento. Mañana de indiferencia. Aunque no salga a la calle, aunque se refugie en chamarras, bufandas y abrigos, la gente de esta ciudad ha regresado a su normalidad el martes 3 de enero. No es frío: es entumecimiento.♠

Publicado en El Universal


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