Crónica

La ciudad de nadie...

Esta ciudad sólo pertenece a sus seis rinocerontes, a las quince ardillas que han sido vistas merodeando en el Parque México vacío de paseantes, a los cientos de patos y conejos, miles de peces, más de 6 millones de gatos y perros domésticos que ya estarán levantados a las ocho. Esta ciudad, la primera mañana del año 2012, solamente es de sus millones de ratones, de billones de cucarachas, moscas, gusanos, cochinillas y caracoles panteoneros que ocupan sus espacios: en las calles no hay gente. Y si hay, son unos cuantos.

Ha de ser el mismo efecto todos los años. Al bullicio de la víspera, al caos en los centros comerciales, el gentío en las plazas y mercados, los gritos en las calles, los claxonazos en las avenidas, la histeria en los embotellamientos, la neurosis del fin de año, se sucede siempre, como hecho irremediable, una mañana de paz inusitada, de serenidad pasmosa con edificios vacíos, sonido de hojas, trinos, calles tapizadas con restos de cuetes, botellas de cerveza, confeti, serpentinas, corcholatas, la fiesta terminada.

No ocurre igual, jamás, en algún otro día. La vida se detiene, literalmente se detiene, con las primeras horas del año que comienza. Los seres humanos, que confirmamos requerir de rituales para seguir viviendo.

Y cada fotografía, cada toma de televisión, cada crónica de radio e internet lo reconfirman: la mañana de año nuevo, la gente parece estar metida en algún lado. Como cargando la pila para volver a salir al mundo caótico y demencial que construimos juntos para todos nosotros.

Evaristo García, Don Evas, empleado de limpia de la zona centro del Paseo de la Reforma, trabaja ese día desde hace 18 años. Quizá sea el único hombre levantado a esas horas en ese lugar. Con su uniforme anaranjado, su gorra de los Cardenales de San Luis y sus guantes de cuero. Y empieza después de las 8 y media.

El 31 de diciembre por la tarde, cuando me lo encuentro casi frente a la embajada de Inglaterra, ya sabe lo que le va a tocar al día siguiente:

-Es un día bien tranquilo, por eso ni me apuro. A nosotros nos toca barrer en este sector de la colonia (las calles entre la embajada de Estados Unidos y la glorieta de la palma) y a los privados (a Sínder) les toca Reforma. Ni gente se ve. Ni ruido. Ya como a las 11 se empieza a ver más movimiento. Pero está muerto generalmente.

-¿Y no siente gacho ser el único que está levantado a esas horas el día primero?

- Pus nomás porque no hay dónde echar taco… no se pone la señora de los tamales de Lerma, ni los tacos de Tíber o Guadalquivir, ni las carnitas de Nilo… pero siempre están los ocsos. Y siempre te toca tu premio, (que un billete, que una cartera, que un relojito, una medalla, unas monedas)-

dice Don Evas, mientras hace un recuento esperanzado de lo que puede encontrarse, con un poco de suerte, al barrer las calles después del fin de fiesta.

-¿Y es el único día así?

-Los 25 son también tranquilos, pero el que más es el primero. Ahí sí se muere todo. Ni ratas de dos patas hay temprano. Ya luego llegan, tardecito porque hasta eso, se levantan tarde las huevonas.

Y tiene mucho de razón: la primera mañana del año la ciudad es insólita: los parques de la ciudad son para unos cuántos. El Periférico no es un estacionamiento. En el Metro alcanzas un asiento. En los cajeros automáticos difícilmente encuentras efectivo. No tienes que ser un gorila para conducir el automóvil, no se sabe de algún caso de persona que haya sido asaltada a las 9 de la mañana de un primero de enero.

Donde sí hay gente, y en todo caso pasado el mediodía, es en los caldos de gallina de la delegación Cuauhtémoc. Y en la birria de la colonia San Rafael. Y en los pozoles, garnachas y pancitas diseminados por toda la ciudad: es día para “curar la cruda” y los comederos son la parroquia habitual del feligrés del festejo.

En una ciudad de casi 9 millones de habitantes, con una población flotante de casi 20 millones, una mañana con sol y sin gentío es casi un milagro. Un prodigio que significa empezar de nuevo. Aunque sea un ratito, aunque sea momentáneo el fenómeno, la magia, magistralmente descrita por Don Evas:

“Como no hay gente, ni nada, como que las calles ventean más fuerte y no calienta tanto el sol. Está uno chambeando de a soledad… no, si hasta se extraña a los demás cabrones”.♠

Publicada en El Universal


Cada quien su Juárez

Aquí cada cual tiene su Juárez. Lo mismo la vendedora de maletines y peluches, que se erige en primera ambulante de las banquetas recién remodeladas, que los teporochos pedigüeños, las estatuas vivientes, la prostituta que se aposta en la esquina del Hotel Hilton, los compradores compulsivos de baratijas y piratería o las niñas ricas, recién desempacadas de Madrid, que quieren redescubrir el kitch que otros países admiran del mexicano, con una foto fantástica de los Reyes Magos.

Acaban de encender algunas de las nuevas farolas que iluminarán la avenida Juárez (quién sabe por qué sólo prendieron el tramo que va de Reforma a Humboldt) pero para la gente es suficiente: cientos, si no es que miles de capitalinos estrenan las bancas, utilizan las luminarias como flashes para sus fotos, pasean de un lado al otro de la avenida de tránsito detenido, corren, patinan, se besan, husmean, compran. Sobre todo compran.

Es un estallido de colores, de figuras, de ánimos, y ese bullicio de miércoles convierte la noche en cualquier mediodía dominical en plena Alameda: a 25 pesos los chicharrones de harina, dos blusas por 100 pesos, un sombrero por 75, los globos, “los peluches pa’l niño, la niña”, “la última aventura de Tom Cruz”, “estrenos del cine, las aventuras de Tintín”.

“No se han reportado contratiempos”, dice el oficial que custodia la romería al pie del monumento a Benito Juárez, “se detuvo a una persona que intentó robar el bolso de una ciudadana”. Mala suerte para él: a otros tantos raterillos jamás los agarraron.

Detrás de las nuevas palmeras, que insólitamente (por no decir estúpidamente) alguien decidió que eran la mejor opción para el entorno urbano, dos niños juegan con una pelota que tiene la figura del Gato con Botas, ajenos al jaloneo que una pareja protagoniza en la esquina de Iturbide, que llega a los gritos, a las amenazas, y es acallada por un policía, quien se acerca a preguntarle a la mujer por qué es que llora.

Anda la gente, en plena noche, tomando para sí sus respectivos Juárez. El de la feria y los Reyes, que es una algarabía interminable de luces, gritos, risas, esquites, fotos. El del comercio de cuanta cosa, con sus transacciones inagotables, sus monedas abaratadas y sus billetes siempre devaluados.

El del enamoramiento, con sus bancas que guardan secretos, promesas, insistencias. El de la arenga, con sus panfletos contra nuestros siempre corruptos y voraces políticos de todos los partidos. El del ligue, con sus quicios oscuros, sus rincones en penumbras, sus miradas furtivas y sus sí con los ojos. El de la pista, con sus conos y sus patines de hilera, con sus piruetas y sus aplausos. El de la cultura, con sus libros y sus películas de arte. El de la memoria, con su plaza que recuerda un terrible terremoto.

Anda la gente, en el último miércoles del año 2011, con sus hijos, parejas, acompañantes, sombras, fantasmas, con la parsimonia de quien vacaciona, mientras más de un centenar de policías se entrecruzan entre el gentío, más de un millar de reyes magos se disputan la esperanza, miles de ojos se cuelgan de las luces.

Anda la gente, camina, se acumula, se amontona en esa avenida de presencias y olvidos, con sus manos levantadas para recibir la limosna y sus bolsas arrastradas de tanto vagar, igual que anda con sus monedas vertidas, sus paquetes repletos y sus arrebatos. Sus pelucas y sus cuernos de reno, sus antenitas y sus gorros de Santa.

Anda la gente, en fin, en su avenida Juárez con banquetas nuevas, con luminarias nuevas, con nuevas señales, y torea como los autos que la embisten, torea al Metrobús, incluso a las bicicletas en ese paso de la muerte llamado la esquina de Balderas y Juárez, porque un torpe, torpísimo gobernante, olvidó que la gente, para andar, requiere la certeza de que ningún cafre le gritará, en medio de la noche, “apurate, pendejo, la pinche calle no es pa’ pasear”.♠

Publicado en El Universal


El diablo anda suelto...

El chavo entró deprisa a la tienda de macetas, como si hubiera llevado el alma atravesada por un apuro, como si la noticia, terrible noticia a juzgar por su gritoneo, le estuviera quemando las piernas, llagando la lengua: “Rosita, Rosa… córrele… el niño”.

Y la tal Rosita, vendedora de macetas y macetones de barro y cerámica en el mercado flores de Nativitas, en Xochimilco, una mujer regordeta y bonita, blanca, de labios gruesos, de caderas y muslos carnosos que un minuto antes sonreía de oreja a oreja, ni siquiera esperó a que los clientes le abrieran paso desde el fondo del local: escuchar “niño” y salir disparada, acompañada de todos sus santos, fue todo uno.

Los estantes llenos de macetones con formas de ranas, de hongos, duendes, figuras como Superman, el Chavo del 8, Don Gato, parecieron hacerse a un lado para que corriera la muchacha. Los diez, quizá doce metros desde el fondo del lugar se hicieron centímetros con su carrera.

-¡Virgen Santísima!- se le escapó, angustiada, mientras se oía un “córrele” más al heraldo de la mala noticia, un chamaco de unos 20 años igual que ella, delgado, con dientes prominentes, moreno, de manos llenas de tierra, quien al verla salir como loca dejó escapar una sonrisa casi maligna, una mueca socarrrona como aquellas que dibujan los artistas en las brujas de los cuentos de hadas que todos conocemos. Como quien tiene la certeza de que el diablo anda suelto.

-¿Mi hijo, dónde… dónde está?- todavía alcanzo a decir la dolorosa, como si la hubieran adiestrado Sara García y sus once mil lamentos, un segundo antes de que una ola de agua, un grueso chorro helado según dijo después, le bañara la cara, el pecho, la panza.

“Scuaaaaashhhh”, se oyó dentro del local. Fue una cubetada de agua limpia, brillante, aturdidora, que cayó de la calle Madreselva, casi esquina con Galeana, contra la indefensa Rosita, quien irónicamente se paró en seco, al chorro del agua y el tronido de una risotada groserota, gruesa, que se multiplicó por cuatro cuando se acercaron los otros tres cómplices:

“Inocente palomita que te dejaste engañar…”, dijo el de la cubeta, todavía con el arma de la broma en la mano, mientras la pobre Rosita, echa caldo de muchacha, se tallaba los ojos y salía de su aturdimiento con un sonoro “hijoooos de la chingadaaaa”.

Los que estábamos adentro del local, unas seis personas ese 28 de diciembre a mediodía, todavía alcanzamos a ver cómo Rosita perdía la compostura.

Toda mojada, empezaba a vociferar unas palabrotas mucho más gruesas y contundentes que sus caderas, mientras pepenaba de los pelos al muchacho de la cubeta, su hermano según dijo después, a quien le propinaba una zarandeada nada bromista que mínimo, según cálculos extraoficiales, le arrancó una treintena de greñas bien aferradas a la cabeza del chamaco.

-Eso no se hace – decía Rosita, pepenada de los pelos del muchacho, quien no se supo si reía con la broma que le jugaron a su hermana o lloraba con los jalones que le propinaba.

Rosita, roja de la cara, húmeda de medio cuerpo, tampoco se supo si lloraba o nomás goteaba el agua de la bañada. Sólo se limpiaba la cara con las manos, aireaba el delantal azul, se recogía el cabello que escurría y luego entraba otra vez al local, ya con una risa franca ante las burlas de sus hermanos.

Justo cuando soltó a su hermano de los cabellos, apareció un niño diminuto, de 4 años, con una camisita de las Chivas, unos tenis que parecerían de un muñeco, unos cachetes redondos, cuarteados de sol y unos ojos que miraron de frente a Rosita.

“Te mojaron, mami… te mojaron”, dijo el niño, Kevin, antes de abrazarse jubiloso a la muchacha que con ese gesto, supongo, quedaba desarmada. “Sí, mi vida…”, dijo ella, “es el día de los inocentes”.

Rosita entró al local, se acercó a un espejo que tenía en el fondo del lugar y mirándome divertida, como quien sabe que le tocó ser agarrado de bajada, nomás dijo quedito: “bola de cabrones”.♠

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El rebanador de fuentes

Se llama Óscar. Dicen que ha cumplido los 59, pero detrás de las placas de mugre que le cubren la piel es difícil confirmarlo o estimarlo siquiera.De día y de noche camina por el Paseo de la Reforma, con un saco de tela que una vez fue gris Oxford y un costalito enmugrecido que lleva en las espaldas. Pero no se vaya a pensar que Óscar es un vagabundo sin oficio ni beneficio, como dirían nuestros abuelos: él tiene bien claro su trabajo. Es rebanador de fuentes.

Los vecinos de la colonia Cuauhtémoc no saben bien cuándo llegó hasta ahí. Algunos creen que era habitante de la zona desde los años 80, cuando Óscar, no se sabe bien cuáles son sus apellidos, era un cumplido oficinista de la Comisión Federal de Electricidad, empleo del cual fue despedido por sus constantes problemas con el alcohol.

Otros aseguran que perdió a uno de sus hijos entre los escombros de un Conalep que se vino abajo en los terremotos de 1985, y que desde entonces, como suele pasar a veces cuando la vida pierde su centro, comenzó su caída.

No se precisa con certeza, incluso, si es verdad eso de que sea el único “loco de la colonia”, como dice doña Clara Francisco, comerciante en el mercado de la Cuauhtémoc, con esa voz de autoridad de quien domina la psiquiatría.

—Viene aquí todos los días, pobrecito. Le damos que su taco, que su gordita, que su quesadilla, no se crea. Lo ayudamos, pero sí está loquito, habla sólito, dice cosas que no, ¿quién no puede tener caridá?

—¿Y no se pone agresivo?

—No. Para nada. Se la pasa buscando en la basura, ahí en la avenida lo va a ver todo el tiempo. En todos los botes. Yo le digo a mis hijos que lo ayuden. Ora por él, mañana por nosotros.

En lo que muchos coinciden, es en que Óscar se arraigó en las bancas del Paseo de la Reforma, cuando el boom inmobiliario de la avenida convirtió a sus traspatios, la Cuauhtémoc y la Juárez, en colonias-restaurantes, colonias-garnacherías y colonias-bares.

Ahí encontró comida, igual que la encontraron otros seis u ocho hombres y mujeres, todos pasados de la treintena de años, que intermitentemente recorren las dos colonias con sus cargamentos de basura, comida o latas de refresco, se sientan en las bancas o en las jardineras y se ensimisman mucho rato, a veces en diálogos consigo mismos, en medio de un bullicio que no termina nunca.

Cuando me encuentro a Óscar, martes al mediodía, está tarareando una canción que nomás no reconozco. Está absorto en el contenido del bote de basura colocado en la esquina de Reforma y Río Nilo, justo enfrente del acceso principal de la embajada de Japón.

Tiene los ojos oscuros, muy grandes, como dos ciruelas, exactamente como si alguien se los hubiera quitado a un muñeco de trapo más grande y se los hubiera puesto a él para que mirara la ciudad.

Es muy delgado y también es alto. Debe medir más de un metro 70, porque cuando se yergue casi toca la placa de la nomenclatura con el cabello, un nido de paja hirsuto, áspero y disperso como explica el diccionario.

Lo saludo. Huele intensamente a orines, pero también a tierra humedecida. Me mira de arriba abajo como si intentara reconocerme y me pregunta si el bote de basura es mío.

Yo le pregunto por su nombre, y cuando repite insistentemente Óscar su mano derecha empieza a agitarse, de la cintura al pecho, en movimientos incesantes. Toma su bolsa y camina hacia las jardineras. Quizás esquizofrenia.

—¿Vive por acá?

—Yo aquí, aquí trabajo, aquí trabajo. Aquí— dice con voz bajita.

—¿En qué trabaja?

—Yo rebano las fuentes. Ésta, aquella, aquella— mira hacia La Diana Cazadora, se voltea rápido y observa hacia el Ángel de la Independencia.

—¿Y cómo las rebana?

—Con mi mano. Así— dice. Da una brazada, como si nadara en el aire.

—¿Y para qué las rebana?

—Para que se oiga l’agua. L’agua nos habla. Está enojada, somos malos con el agua. Se rebana el agua pa’que escuchemos— dice más o menos. Sus frases se entrecortan, se superponen, se disparan. Siento miedo. Me alejo de él pero lo miro por mucho rato. Un par de horas.

Deteniéndose en cada bote de basura, llega hasta la fuente de los cocodrilos, el regalo de Leonora Carrington que la ciudad de México mantiene seco, desvencijado como tantos otros regalos.

Entonces, al ver a Óscar, caigo en la cuenta de cuál es su trabajo: rebana las fuentes que encuentra a su paso, las peina, las espulga, para que no las desborde el cúmulo de mierda que todos los cuerdos dejamos a nuestro paso.♠

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Clases de filosofía con Patricia, la limpiaparabrisas

Patricia, “La Pato”, sentada sobre un sofá color cajeta que nadie sabe cómo llegó hasta el camellón, apenas ha cumplido los 15 años pero ya tiene certeza de lo que espera de la vida: nada.

En la mano derecha, pequeña, costrada de tierra, jabón y agua revueltos, tiene una botella que dirige, cada tres minutos, hacia los parabrisas de los coches detenidos en el semáforo de Marina Nacional y Laguna de Mayrán. En la mano izquierda, que sólo cuenta dos dedos y medio, blande un pedazo de hule negro con el que recoge el agua que algunos vidrios convierten en monedas. Desde los doce años es dueña de todas las calles de una ciudad que la ignora.

-Me vo’a morir pronto. Y así ‘tá chido, valedor. Si me van a matar o m’voy a morir, ‘tá chido, valedor. ¿Qué? ¿Me das veinte varos, p’un taco?

-¿Por qué te vas a morir?

-Nomás. Porque todos se mueren ¿sí ves? Se murió la Rosita. El Bola. Lucero. Chicarcas. Manitas. Se murió el Aurelio. Todos nos morimos. ¿Sí t’vas a mochar con los veinte varos?

Junto con otros nueve jóvenes y niños que intermitentemente hacen de ese crucero de la colonia Anáhuac su centro del mundo, La Pato, el rostro de tres cicatrices, pequeña y enjuta como la niña que no ha dejado de ser, la descascarada mirada de quien monea, acondiciona como refugio el bullicio cercano de la Torre de Pemex. Los muchos pasos cercanos. El humo, el ruido, el viene y va de gente que no mira.

El sofá, dos hacales, un costal y seis cobijas verdes y azules de rumores amargos, rancios, son la principal decoración de la casucha temporal donde duerme, donde duermen todos ellos: tres paredes de lona azul, plástico que fue inservible propaganda política, amarradas con mecate a la barda de lo que un día sirvió de pozo de suministro y hoy pertenece al olvido y al Sistema de Aguas de la ciudad.

Para sobrevivir, La Pato hace rondas de limpiaparabrisas que empiezan a las 9, cuando los miles de automovilistas que bajan del norte de la ciudad quieren llegar al Circuito Interior y al Centro; se interrumpe hacia la una de la tarde, cuando ya ha juntado más de 70 monedas diferentes que le sirven para una guajolota, un refresco de cola, los cigarros y la mona, y sólo concluye pasadas las nueve de la noche, porque los tarjeteros y las reclutadoras falsamente rubias del teibol vecino ocupan el camellón para llamar la atención de los ansiosos.

La tarde en que le hablo, viernes de tránsito e infierno, La Pato está desbordada: además de sus 227 pesos de ganancia, se ha hecho novia de un joven callejero que ronda la misma avenida, pero en sentido contrario. El Joel. Un chavo flaco, mucho más alto y moreno que ella, de cabello acelerado, la nariz con aros, un tatuaje oscuro en el hombro derecho, un rostro armónico.

Juntos, como si fueran una de esas parejas de aves cenizas que usan el cableado para piar su romance, el Joel y la Pato ocupan el sillón durante seis minutos. Se abrazan un rato, se besan, se restriegan uno al otro la piel debajo de la ropa y dejan que tantos ojos, tanta gente, observen o ignoren según le apetezca. Luego se van y es cierto: son pájaros cenizos.

-¿Para ti que es la vida, Pato?

-Una jalada.

-¿Y el amor?

-Nada.

-¿Entonces por qué andas de novia?

-Todo s’un rato, valedor. Mientras me muero o mientras me matan.

Toma los cincuenta pesos que le doy y me cuenta, sin que se lo pregunte, cómo perdió los dedos de la mano: “mira, valedor, me los quitaron. Se m’pudrieron por la ‘tropellada y me los chingaron, nomás. Luego siento que los tengo”.

La miro detenidamente: La Pato tiene un par de ojos oscuros, más que negros, con pupilas que tiemblan como lunas en agua, una mano casi cercenada por esas calles que no saben de apapachos y una piel rugosa, como de lija gruesa, que de cerca despide un tufo a solvente. Ella no sonríe.

Antes de irme, ya casi tengo ganas de decirle que está equivocada. Que a veces cualquier caricia es suficiente cosa buena que esperar de esta vida, pero entiendo mi ridículo: cuando ella se avalanza sobre los distintos parabrisas, cuando acciona su botellita que chorrea agua y logra recibir varias monedas pero ninguna mirada, entiendo que tanta indiferencia junta sí aniquila, sí destruye. Mata.♠

Publicada en EL UNIVERSAL


La ropa se le llenó de sangre y vio la vida

Ya tienes harta hambre. Y estás muy cansada, Zulhey. Es más, como ya llevas vigilando nueve horas y estás a punto de salir a comer cualquier cosa no muy cara, coordinas los tiempos con tu oficial, para que la estación no se quede sin policía: no imaginas, cómo podrías imaginarlo, que estás a unos minutos, a un grito, de llenarte la ropa de sangre.

Son justo a las 14:25 horas del 15 de abril de 2011. “Un día que no se me va a olvidar, de veras”, dices. Policía Auxiliar adscrita a la Terminal Pantitlán de la Línea 1 del Metro, desde hace dos años estás acostumbrada a los sobresaltos, “es parte de mi trabajo”, te resignas. Éste, sin embargo, no tiene parecido, ni estás preparada: es el momento de tener en tus manos una nueva vida.

“Camino por el andén, para salir, ¿no? Y de repente me dice mi oficial: ven, acompáñame, vamos a un apoyo”. Lo recuerdas sin duda. “Yo hasta pensé que me estaba bromeando, porque me dice: una mujer está en labor de parto”.

Como quien cree que es otra broma de compañeros, de esas que hacen menos pesada la chinga de vigilar 12 horas continuas una de las estaciones más peligrosas y conflictivas del sistema Metro de la ciudad de México, con más pereza que prisa te acercas al Centro de Monitoreo. Una mujer gime.

En esa pecera de vidrio y paneles huecos, a la vista de todos, Arcelia Vargas Pérez, 37 años, un rostro lleno de miedo, un dolor intenso bajo el vientre abultado, ya no puede esperar por los paramédicos, muchos menos llegar al hospital de Perinatología, a donde iba cuando le empezaron las contracciones. “Es que ya no aguanto, por favor”, dice. Te asomas, con más miedo que determinación, y ves que una cabecita ya está perfilada entre las piernas.

“¿Sabe qué, compañero? La señora ya no va a aguantar”, dices decidida mientras te quitas el chaleco y untas tus manos con alcohol. Comienzas a rezar.

-Luego luego trajeron una camilla y la pasamos a un cubículo, pero fue cuestión de nada. Ya na’mas fue en el momento que nosotros dimos la vuelta, pues, yo me acomodé y ya tomé la posición y la señora expulsó, entonces ya tomé yo al bebé de la cabecita, no dejé que tocara piso ni nada, para que no se contaminara”.

-¿Pero cómo lo recibió, en las manos?

-Pues sí, la verdad. En las puras manos. Totalmente llena de líquido amniótico, residuos de placenta. Curiosamente, para el uniforme tengo unas ligas y las tenía en las muñecas. Con eso hice el amarre y con una navaja que me prestaron los compañeros, del botiquín, corté.

-¿El cordón umbilical?

-Sí, el cordón. Tomamos al bebé, lo envolvimos en una playera que se quitó un externo, personal del sistema, que nos la prestó. En ese momento, yo lo tengo en mis brazos al bebé, pero… me le quedo viendo y, siento, no sé, como si alguien, Dios, me guiara: que lo agarro de los pies, que le doy una nalgada y en ese momento que empieza a llorar... eso fue toda algabaría, ya ahí todos gritamos... “no, felicidades comandante, bien hecho”.

-¿Qué sintió usted?

-En el momento en que el bebé yo lo tomo, le doy la nalgada y llora, dije: ya es de vida. La tensión que tenía en el parto se me liberó. Como una descarga… yo veía al bebé en mis brazos, que no se movía, y me dije: Dios mío ¿ahora qué hago? Por eso me sentí feliz cuando lloró. El niño respiraba.

Tendrías que ver cómo se te ilumina el rostro cuando cuentas ese instante, Zulhey. Tu cara, de por sí redonda, despliega una sonrisa de dientes tan blancos como granos de cacahuazintle. Tus ojos, oscuros, de pestañas chirris, se esconden discretos. En los pómulos te nace un sol.

La importancia y el temor, dices, son la señora, pero sobre todo el bebé. Sin equipo adecuado, sin aparatos dispuestos para un parto, sin succionador de flemas, nada, la vida del niño está sólo en tus manos: que no se contamine, que no se caiga, que no se golpee, que no se lastime y con ello surjan consecuencias irremediables para él. Y para ti.

La mujer a quien ayudaste, a manera de agradecimiento, te comenta que siempre había pensado que ustedes los de la policía capitalina, ese ente sin rostro al que uno siempre define como muy corrupto (sobran razones), no estaba capacitada. Que nada más se dedicaban a la extorsión.

Por ello, ahora que recuerdas ese pequeño bulto, blanquito, delgadito, larguito, lleno de sangre, que pesó como dos kilos y dejó el cubículo y a ti misma cubiertos de sangre, olorosos a fluidos, dices convencida:

“Los sacrificios valen la pena. Las mentadas de madre, los desprecios, el sueldo tan bajo, todo vale la pena. La vida tiene su equilibrio, es perfecto, te da lo que te mereces, tarde que temprano, siempre. Si tú quitas, se te quita; si tú das, te da”.

Así te vas a la calle. Otra vez a la estación Pantitlán, donde éste año han nacido tres de los cinco bebés que registra el sistema en 2001. Donde eres la vigilante. Donde nadie sabe que tu nombre, policía Zulhey, designa el movimiento que tienen las olas cuando chocan contra las rocas.♠

Publicado en El Universal


Los futbolistas más pobres del continente

SAN MARCOS DE SIERRA, HON.- El balón, cuando se estrella en el travesaño de la portería, surca el cielo serrano y cae hasta hundirse en un ramaje sin verdes, desata una silbatina, una gritadera que cualquiera compararía con la que sueltan las barras desafiantes del Azteca en un Pumas-Águilas, aunque ésta tenga algo de distinta: nace en el pueblo más pobre de la América Central.

El fragor se escucha desde lo alto del camino, cuando uno llega, sin aire, al borde de esta especie de cazuela, honda y abrasante, que se extiende sobre un valle que no termina nunca. La cancha, detrás de la oficina municipal, es fuente de la vida, centro del universo: en el principio, fue el balón.

Se lo disputan a muerte. Justo en el 2 a 1 del minuto 86,Wilmer, portero del San Marcos Futbol Club, se convierte en un jaguar cuando se abalanza sobre el balón, esquivando trancazos y garras. Este felino es el mismo hombre silencioso que se alza de la tierra no más de 160 centímetros y que, fuera de la cancha, baja la vista cuando escucha una pregunta. Indio lenca de ojos poderosos, manos como tenazas, piel de arcilla, se abraza a la pelota... y la detona con su metralleta de Adidas postizos, mientras estudia, apretando los dientes, cómo los otros 21 gladiadores indígenas reparten puntapiés, zancadillas, chingadazos, jalones, gritos, fintas. Estos hombres miran al balón como se mira un sueño posible.

Si gana, el San Marcos F.C. estará en la final y podrá medirse de nuevo con su archirrival, el Mílan (así, con uniforme preciso y acento imposible), que es como el Manchester United del empobrecido pueblo de Intibucá. La bolsa para el equipo campeón es de 200 lempiras, poco más de 120 pesos mexicanos, o 180, según la devaluación. Dinero en efectivo, por cabeza. El campeón goleador y el portero menos goleado, además, se juegan un premio extra de 200 lempiras. El premio bien vale partirse la madre en esta cancha de tierra, sobre todo si pensamos que estos muchachos ganan unos 12 pesos al día.

Trofeos, pero también comida

Wilmer reconoce que piensa en goles y en trofeos pero también en maíz, en frijoles humeantes, en café recién hecho, en tortillas.

En el municipio donde el gobierno hondureño y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ubican la última escala de la marginalidad centroamericana, donde murieron por hambre, desnutrición, diarrea o Mal de Chagas más de 450 personas el año anterior, donde los muertos son enterrados desnudos en fosas comunitarias, donde los campeones intercambian sus premios por docenas de huevos, libras de maíz, polluelos para la cría, el campeonato de futbol, su algarabía, sus goles, representa algo más preciado que una legendaria copa Jules Rimet, más cierto que un triunfo en tiempo de derrotas: simple y llanamente, la posibilidad de comer un poco mejor.

El trayecto de La Esperanza, cabecera municipal de Intibucá, a San Marcos dura media hora. O al menos eso dicen, cada 30 minutos, quienes caminan la empinada vereda, cargados de leña, bolsas, yerbas. Su tiempo es otro.

Por esta terracería transita sólo un vehículo a la vez o una mula o un caballo. Los acantilados, los pinos secos y las fosas sin fondo no impiden mirar las casas de adobe o bahareque, como llaman al entretejido de barro con palos, cañas o varas, que aguanta vientos y tormentas. Una serranía que no pide, exige, el adjetivo de hermosa. Prófuga de la mano de Velasco y sus pinceles.

En el domingo que llegamos hay pasarela de regiones, vestimentas occidentalizadas y pobreza capitalista sin matices: muchas de las aldeas con la más cruda miseria del país están en Intibucá, pero San Marcos, fundada el 16 de marzo de 1901, les gana a todas: sus cuatro comunidades en extrema pobreza, más de 90% de su población adulta mal nutrida, más del 70% de sus niños con hambre aguda y otros severos subdesarrollos. San Marcos es, en suma, la verdad de las mentiras.

Secuestran gallinas

Gente que vive de la agricultura, del alquiler de su abaratada mano de obra, pero sobre todo del milagro, que sobre caballos, motores, mulas, burros, se deja venir a San Marcos, a la única cancha del municipio, para ver los partidos. Hay semifinales.

“El campeonato nos ayuda a olvidarnos de los problemas, pero también a organizarnos”, dirá Francisco López, vicealcalde de San Marcos, cuando termine de jugar el partido que Wilmer domina con sus guantes de oro. Los uniformes de los futbolistas, cuenta, fueron un donativo del gobierno “con la intención de fomentar el deporte y la unión”. Son copias fieles de aquellos que portan los equipos mundiales, el Milán, el Manchester, el Barcelona. Y también el Real España hondureño, que es como una conjunción de aquellos, pero mejor, porque es de ellos.

Además de la pasión que desata, el futbol ha logrado que las comunidades discutan los asuntos trascendentales de su vida diaria: en este campo se supo de la llegada de ayuda humanitaria española, a través de la Junta de Andalucía, que entregó recursos, granos y alimentos, para sobrellevar la pérdida de cosechas en todo el país, en 2009.

En el área del tiro de esquina se acaba de pedir la organización de todos para seguir luchando, ante el poco éxito, contra el hambre. En la portería local se habló de la llegada de ayuda en especie, de verdaderos misioneros de la Cruz Roja Internacional, que suministraron sueros orales y raciones alimentarias de emergencia para una población en la que, según los censos de Honduras, 65% es extremadamente pobre; 38% es analfabeta y casi 15% es indígena y olvidada de programas oficiales. En la portería visitante se cuchicheó el extraño caso del secuestro de gallinas.

—¿Aquí secuestran gallinas? —pregunto a una sanmarqueña.

—Se las llevan una semana o dos, y les sacan todos los huevos que puedan. Luego las regresan, en las noches.

Luis Edgardo López, sobrino del vicealcalde, hijo del ex alcalde, ahijado del alcalde en turno, cuenta que los jugadores ven al futbol como algo serio, eje de su vida en la montaña. Llegan desde el día anterior a San Marcos para practicar en el terreno. Se esmeran en la competencia, asean su calzado, sus shorts, su casaca, incluso meditan: el ritual completo del juego-religión.

Como provienen de todas las regiones, es fácil que los hombres ocupen su tiempo en discutir sus problemas, alcanzar acuerdos, informar de empleos, intercambiar productos, convivir o hasta enamorarse. Porque después del campeonato de goleo, el de noviazgos por cabeza es el más popular: un ganador ha obtenido hasta ocho trofeos, coquetos y sonrientes, en un solo torneo.

Comen agua con sal

Luis Edgardo lleva más de siete medias horas caminando, desde La Esperanza, porque no tuvo dinero para el camión. El juego aquí es una tradición, dice. Por eso la cancha tiene un graderío de cemento, como templo, en un terreno que nadie profana y que, al ganar, significa el trono de un respeto absoluto, que nadie cuestiona.

—¿Qué pasa con los equipos perdedores? —le pregunto.

—No, señor. Algunos van a llorar como cipotes (como niños), otros van a pelear. No se da mucho que se den peleas, pues, pero es día de tristeza y de llorar. Muchos van a regresar a sus comunidades, pues, a ser pobres como siempre, a buscar comida. Muchos sólo van a tener agua con sal.

Y entonces, con un golpe seco, como suele aparecer el gol de súbito ante un portero torpe e improvisado, Luis Edgardo explica por qué eso de “agua con sal” no es, ni de lejos, una metáfora.

Si uno cierra los ojos, si se esfuerza por saborear ese caldo de nada, el agua con sal tiene un sabor como a té negro, como a infusión de yerbas sancochadas en agua. No se queda en la lengua. Resbala serenamente.

Cuando no se ha comido en todo un día, la bebida calma, con su tibieza, los retorcijones de la panza quejumbrosa. Rosa Ferrara dijo al diario La Tribuna del 6 de agosto: “Cuando no conseguimos dinero y veo que no tendremos comida, lo que hago es calentarles agua, echarle un puntito de sal para entonarles el estómago y que no se me enfermen los niños”. Un alivio es un alivio, aunque sea una mentira.

En los casi 290 kilómetros cuadrados de territorio que tiene San Marcos, ese alimento es lo común. Y a veces lo único. Juana y Rosalba, madre e hija que juntas rebasan los 150 años de vida, lo saborean seguido. Completamente solas, últimas de una estirpe que jamás salió de San Marcos, viven a unos 80 pasos de la cancha de futbol, en una choza de adobe y de palmas hasta donde se cuelan los chiflidos.

En su fogón, ese domingo, tienen una ollita con no más de 50 granos de frijol humeando, una masita de maíz del tamaño de un puño de niño y agua con sal. Bastante agua con sal, en un pocillo tiznado por la leña.

El vicealcalde, todavía uniformado y sudoroso, nos lleva hasta ellas. “Son las más pobres de los que están aquí cerca”, dice. Otros, todavía más pobres, viven en medio de la sierra, pero llegar allá tarda otras seis horas. Y sólo se puede subir con caballo.

Como ellas se interesan de inmediato, la plática gira en torno al resultado del partido. “Que gane San Marcos, quiera Dios, que jueguen bien la pelota”, dice Juana. No tiene más de tres dientes en la boca. Un plano de líneas hondas le cruza la piel. Sus trenzas grises. Ojos oscuros. Una mariposa negra y amarilla vuela por su jacal. En el aire está el sabor de los frijoles. Dos gallinas pardas hacen hoyos en la tierra. Ronda García Lorca: las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora.

Un dato: el pasado 23 de febrero, a través de la RNH, radio hondureña de alcance nacional, el gobernador de Intibucá, Juan José Velázquez, lanzó un llamado de emergencia para que fluyera la ayuda a la región. “Se están agotando las reservas de alimento”, dijo, “porque la cosecha del año pasado fue mala, pérdidas de maíz, en frijol, en papa, y realmente es preocupante la situación”.

La ayuda de afuera fluye poco y la de adentro, menos: el gobierno de Honduras destinó, en 2011, 9.5 millones de dólares al Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia, brazo operativo contra la pobreza y el hambre en la nación, pero 235 millones de dólares a la Policía Nacional. El poder de las prioridades.

El propio Luis Edgardo López, quien integra una de las familias menos cercanas a la necesidad en toda la zona, trabajó durante 2010 con las organizaciones internacionales que llevaron hasta San Marcos la comida de emergencia y los suministros que evitaron una masiva y silenciosa muerte en las montañas. La hambruna no es sólo como África la pinta.

“Se alteró el ecosistema con los fenómenos globales, y ahora tenemos sequías e inundaciones. Se pudren las cosechas, se mueren los animales. No aguanta el maíz. No hay forma de traer agua hasta las zonas más altas, hasta las comunidades, que son las que más están sufriendo. Por eso tenemos al futbol”, dice Luis Edgardo.

Juana, atenta a los visitantes, pregunta tímidamente al vicealcalde cuándo llegará el apoyo del gobierno, una suerte de pensión alimentaria que no es regular, pero cae a veces. Como el hombre se encoge de hombros, los ojos de ella vuelven a la tierra hasta que suena un griterío a 80 pasos: ha caído un gol en “el estadio”. El Mílan se encamina a la final.

“¡Bi-cam-peón!”

Decía el periodista Ryszard Kapuscinski que para el hondureño no hay pasión más intensa que la emanada del futbol. Que es fuego, necesidad, coraje. Origen de guerras, de disputas casi eternas, de poderíos y derrocamientos por igual, el futbol resume, en su balón de cuero, la forma precisa en que los hombres decidieron hacer rodar al mundo.

En el país montañoso, cuyo promedio de hacinamiento es de 4.6 personas por habitación, cuya tasa de desempleo alcanza al 70% de la gente y la migración es permanente y masiva, ver a hombres y mujeres desgarrarse por el rumbo que toma un balón puede parecer absurdo.

Pero no lo es. Hay que verlo: cuando el Mílan anota su segundo gol de la semifinal y el balón cruza la línea de meta, rompe la remachada red, salta a los matorrales resecos y se pierde entre ellos. Los sanmarqueños se vuelcan: “¡Bi-cam-peón! ¡Bi-cam-peón!”

El Mílan ganará otra vez el torneo, la semana siguiente, y Wilmer, el portero-jaguar, habrá de volver a su casa sin trofeo, sin 200 lempiras para las raciones extra de frijol, maíz y café, pero seguramente con la misma esperanza que lo ha mantenido durante tantos años de pie: ser campeón del certamen de futbol más aguerrido del planeta. Entonces los hombres y mujeres del pueblo más pobre de la América Central volverán a exclamar “¡Gooooool!”, como quienes gritan, a todo pulmón, “¡Estamos vivos!”.♠

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Marcelo Ebrard y la fórmula para ganar perdiendo

Echó su resto. En su despedida, o su primer día como aspirante, sacó a lucir el poder movilizador de una aceitada estructura, sus números de gobernante eficaz en un país ensangrentado, la expectativa de ser el único capaz de disputar una candidatura de izquierdas casi definida, y con su astucia, su mucha astucia política, Marcelo Ebrard se lanzó en pos de Los Pinos como si trajera un cálculo en la bolsa: aún perdiendo, saldrá ganando en el intento.

“Siempre he dicho que aspiro”, dijo desde el templete sembrado con inmensos girasoles amarillos, “voy a participar decididamente en el proceso de selección del candidato de la izquierda mexicana. Ahí voy a estar”.

Le llovió ovación. En el Auditorio Nacional, alquilado en casi 870 mil pesos, al perredista le llovió ovación: de empresarios, encabezados por el archimillonario Patricio Slim Domit y el prominente Miguel Alemán Magnani; de embajadores, con el estadounidense Earl Anthony Wayne a la cabeza; de los sectores de la izquierda (liderados por su presidente, Jesús Zambrano) que no se llevan de a cuartos con Andrés Manuel López Obrador; de líderes de los medios, entre quienes abundaron los críticos acérrimos del tabasqueño; de jerarcas religiosos, sociales, civiles, ex priístas, ex panistas, ex secretarios de estado.

Y todo su aparato. Ese que respondió con griteríos sectorizados que ya controla Ebrard. Llevados hasta ahí en camiones de la RTP, como los chavos del CECYT 5 “Gertrudis Bocanegra”, a quienes les exigieron, un día antes, llegar al Auditorio con su “código de barras” del Prepa Sí. Movidos como los viejitos, “trátenmelos bien, por favor”, las madres solteras, “pero gritan como si trajeran ganas”, los Niños Talento, “pónganse las chamarras  aunque haga calor”, las embarazadas, los invidentes, los chavos banda, los saltimbanquis de Iztapalapa que divirtieron en la explanada.

En la despedida, o su primer día como aspirante, Ebrard sacó a lucir sus números estrella de administrador eficaz, pero también los vicios de 14 años de gobiernos sin contrapesos: cobertura universal de salud pero clientelismo sin medida. Seguridad pública, espacios públicos resguardados pero corrupción y grupos enquistados. El mayor programa de adultos mayores, apoyo a discapacitados pero cuatachismo en todos los niveles. Prepa sí, niños talento, becas y útiles escolares, pero vengan a gritar, traigan su credencial, pasen lista, hagan bola a cambio de una torta. Una ciudad de libertades ganadas, moderna, de avanzada, pero vestida con el mismo viejo traje sucio.

“No son acarreados, uno les avisa y ellos se organizan solos”, miente una funcionaria capitalina sobre los más de 120 autobuses que sueltan asistentes, sobre aquella calle Gandhi que está repleta de granaderos, sobre Chivatito que está impregnado de vecinos de Iztapalapa, sobre el Paseo de la Reforma donde se despliegan policías a destajo. “Ellos llegan solos”, dice, pero se acercan hasta ella los jefes de los grupos: “trajimos 500”, “vinieron 180, jefa, ¿traigo más?”.

Es el último acto de Ebrard, o su primer día como aspirante, según se lo quiera ver, y el tema en la grilla, el momio que comentan políticos y pueblo es una hipotética negociación: Andrés será candidato por segunda vez y Marcelo se quedará con la ciudad y el liderazgo izquierdista del próximo Senado.

¿Un hecho consumado? Los perredistas no atinan a decirlo todavía con su nombre y apellido. Zambrano hace mutis. El gabinete capitalino también. La gente de López Obrador no ha llegado al evento para ser cuestionada. La de René Bejarano tampoco.

En su primer acto como aspirante, o su último informe como el Jefe de una ciudad pacificada en medio de un país de muerte, Marcelo Ebrard echa su resto, quizá con un cálculo en la bolsa: aún perdiendo, joven todavía, astuto, él ya ganó con el intento.

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La vida después de San Fernando (Parte Dos) *

* MENCIÓN HONORÍFICA DEL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO CULTURAL "FERNANDO BENÍTEZ" 2011

OMOA, DEPARTAMENTO DE CORTÉS, Honduras.— De su hijo, Ángela no tiene una acta de defunción, ni el último adiós que le permita resignarse. De su muchacho, que una tarde se fue a buscar la fortuna en Estados Unidos, sólo tiene una mentira y la repetirá las veces que crea necesario, porque es una esperanza.

–Yo sé que está vivo. A lo mejor todavía lo tienen secuestrado, por eso ya no me llama. Es algo que siento. Nos entregaron una caja, pero ya no nos dejaron abrirla porque iban a haber muchas enfermedades. Yo no sé si lo que hay en esa tumba sea mi hijo.

Habla de Misael, uno de los 72 migrantes asesinados en Tamaulipas. El hijo que Ángela Bardales tuvo con Roldán Castro hace 28 años y quien la noche del 14 de agosto de 2010 le llamó, “se le oía miedo”, para decir que Los Zetas lo tenían secuestrado en México y necesitaba dinero, 2 mil dólares, para pagar el rescate.

–No volvimos a saber nada. Hasta que nos entregaron la caja. Pero no me dejaron abrirla, señor. Dicen que no pesaba nada. Por ahí dicen que las cajas venían vacías. ¿Cómo voy a saber si ese era mi hijo? Yo le pido mucho a Dios. Sé que Dios me va a ayudar a que regrese mi hijo. Soy creyente. Él, que todo lo puede, me va a ayudar.

Va de un lugar a otro con los ojos. El sudor le ha formado piletas en cada poro del rostro. Ángela sostiene un retrato. Desde ahí, Misael espera. Así espera todo el mundo en ciertos momentos captados por una cámara, cuando uno se cree cerca de ese algo que podría ser la felicidad. “Mi hijo está vivo. Como madre, lo siento”

Miriam Castro Bardales ha escuchado la conversación de su madre. Calla. Ella sabe la verdad. Va a contarla.

Cuerpos cambiados

Misael, junto con otros cinco migrantes, llegó a Honduras con el nombre cambiado. Durante días, fue identificado con el nombre de otra persona, y fue hasta que la insistencia de los familiares obligó a las autoridades hondureñas a hacer nuevas pruebas de identidad, que se detectó que era Misael.

“No sabíamos que esto había pasado”, cuenta Miriam. Como Misael se había comunicado días antes, pensaron que él seguramente no estaba entre los asesinados de Tamaulipas. Por ello no se acercaron a preguntar.

El shock de la noticia, dicen, acabó por mermar la de por sí precaria salud de su madre, diabética, hipertensa, quien desde entonces no ha dejado de llorar, noche tras noche.

“No nos han entregado el acta de defunción. Hemos pedido sus papeles muchas veces. Y siempre nos dicen que ya nos los van a entregar. Pero nada”, dice la hermana del migrante.

“Nos dijeron que México no había extendido los papeles de la defunción, por eso no podemos tramitar una pensión para el niño de Misael. Su mujer está en Estados Unidos, pero el niño lo tiene mi mamá. Eso la ayuda a seguir viviendo, su nieto”, asegura.

Se abanica los moscos con un trapito. Mira de frente hacia la casa de colores contigua, sobre la carretera que lleva a un fraccionamiento, el barrio La Isleta, rodeado de hierba y muros altos. Un verdadero sitio de veraneo que las clases medias y altas de Cortés y todo el norte de Honduras utilizan para hacer regatas, fiestas de playa, paseos en yate, viajes en lanchas y motoesquí.

Pero no se vaya a creer que Misael vivía de esa forma. Él y su familia son convidados inusuales: recién divorciado, Misael se fue a Estados Unidos para comprar el terreno que la familia cuida desde hace ya varios años, luego que los dueños lo pusieran a la venta.

Un solar inmenso, lleno de vegetación, con una casita de madera, casi cincuentenaria, en donde habitan más de 15 personas que cortan, al calor de la tarde, algunos mangos gordos, carnosos, para llevarlos a vender. Aunque a veces no hay quién compre.

Donde Ángela tapiza las paredes de madera, los techos de lámina, de imágenes religiosas, de fotos de su hijo, de sus recuerdos. De la mentira que la ayuda a seguir viva.

–¿Confirmaron que era el cuerpo de Misael? –se le preguntó a Miriam.

–Sí. Se hicieron las pruebas –dice–. Pero mi mamá aún tiene una esperanza. No se la vamos a quitar.

Promesas incumplidas

La carretera que conecta el valle de Sula con Omoa, el islote ribereño donde vivía Misael, está llena de verdores fallidos y desgajamientos, baches, pobreza, que remiten a promesas gubernamentales jamás concretadas.

En una ceremonia pública, que pretendía manifestar la solidaridad del gobierno hondureño con la familia de Misael, el propio canciller del presidente Porfirio Lobo, Mario Canahuati, dijo que se impulsarían proyectos y condiciones para generar empleos que permitieran a los hondureños no migrar hacia “la zona de la muerte”, México.

A las víctimas de la barbarie en San Fernando, ofreció, les otorgarían apoyo mediante programas sociales: el “bono 10 mil”, para los huérfanos y viudas; el “bono tecnológico” y el “bono del adulto mayor”, además de 20 mil lempiras, algo así como mil 100 dólares, que les permitieran sepultar dignamente a sus familiares.

Nada llegó. EL UNIVERSAL visitó a familiares de 10 migrantes hondureños asesinados en Tamaulipas, y ellos mismos confirmaron que en ningún caso el gobierno de Tegucigalpa entregó recursos específicos tras de la tragedia. México mucho menos, por supuesto.

En aquella ceremonia en que se entregó el cuerpo de Misael, la esposa del presidente Lobo, Rosa Elena Bonilla, ofreció que el gobierno buscaría mecanismos de asistencia, pero quizá hasta hoy no los ha encontrado.

Honduras es un país siempre en problemas. Después de la turbulencia política que derivó en el cambio de gobierno (el golpe de Estado contra el ex presidente Manuel Zelaya y las subsecuentes crisis políticas e institucionales) el país, dicen los analistas, económicamente está en un bache: desempleo superior a 40%, marginación o pobreza de más de 48% de su población, evasión fiscal, corrupción, una casta gobernante distante en condiciones de los gobernados.

Cuando le pregunto a Luisa Barahona, hija de Cantalicio Barahona y prima de Manuel Escobar Pineda, dos de los migrantes asesinados, por qué los mismos deudos de esa masacre no se han reunido con otras organizaciones para impulsar un cambio que les beneficie, que ayude a paliar su situación precaria, ella dice con claridad: “Así somos los hondureños”.

De los migrantes desaparecidos que son buscados por sus familiares, más de 40% son hondureños. En ningún caso hay indagatorias específicas para esclarecer homicidios, secuestros o cualquiera otro crimen contra migrantes en la región.

Además de Misael, otros por lo menos 2 mil hondureños que han sido dados por muertos, no cuentan con un acta de defunción que les permita a sus deudos tramitar una pensión, algún seguro. Nada.

Entonces las imágenes de Honduras se acomodan tal como deben: un conductor de automóvil entrega sigilosamente un billete al oficial de aduanas. Una mujer, con dos bolsas en los brazos, toma sin pagar una penca de plátanos del tianguis de San Pedro Sula. Hombres y niños se avientan al paso de los automóviles para vender bananas fritas, cocos, pan, galletas. Nadie cede el paso a un anciano que casi cae del esfuerzo por alcanzar la otra orilla. En la estación de autobuses, un par de muchachos roba una maleta olvidada a su lado. Hay crímenes y abusos cantados en la radio. En todas las carreteras de Honduras, nadie halla un solo poblado donde algún niño no esté trabajando, cargando leña, arando, vendiendo, llorando, pidiendo para comer.

La última salida

Luisa, la hija de Cantalicio Barahona y prima de Víctor Manuel Escobar Pineda, mira detenidamente la colina que se divisa perfecta desde la terraza de su casa y dice con enojo, que su Choloma, un suburbio de San Pedro Sula, es un hervidero de drogas, prostitución, asesinatos, violencia desmedida, muerte. Y su colonia, la López Arellano, una de las más violentas.

–Seguido hay balaceras. Todos sabemos quiénes son los que venden la droga. Todos sabemos quiénes son los que se dedican al asesinato. Es un lugar peligroso para el que no vive aquí. Para nosotros no. A mi papá todos lo respetaban –dice.

Recuerda que fueron muchos años los que su papá trabajó en Estados Unidos, hasta heredarles una vida mejor en Choloma. Trabajando construyó su casa, le dio recursos a su madre octogenaria, les dio futuro a todos sus hijos y regresó a vivir tranquilo su segunda parte de los 50.

Ahí seguiría, dice Luisa, una mujer robusta, morena, con un rostro que la gente considera lindo. Pero Víctor Manuel, su primo, fue deportado. Su familia en Estados Unidos, él en Honduras; Cantalicio se ofreció a acompañarlo de regreso. Como ilegal. “Era más para ayudarlo. Él conocía bien la ruta. Nunca le había pasado nada”, dice Luisa.

Muestra las fotos de su padre, cómo la acompañó el día de su boda, ahí mismo en “la Lopez”; cómo bailó con su muñeca morena de vestido vaporoso; cómo erguía el torso igual que esas aves que se cruzan por la carretera cuando uno va a San Pedro Sula.

Apenas termina de mirar las fotos, le vuelve el gesto duro, agrio. Relata los días subsecuentes, el reconocimiento del cuerpo y la rabia contenida. Le estalla en los ojos una bomba de rojos encendidos: “A veces es difícil aceptar que ya no está”. Aprieta los dientes. “Ver que todo se acabó de repente es difícil. Pero es así”.

Le pregunto por sus problemas, pero son muy distintos: una buena parte de su familia sigue en Estados Unidos, naturalizados o ya ciudadanos con derechos, y eso les permite a todos una vida más tranquila, en cuanto a ingresos, de la que se consigue el promedio hondureño.

"Si acaso, algún día saber por qué así”, dice, “por qué murió así. Pero a lo mejor no hay respuesta. Mi abuela es la que más extraña a mi papá. Yo a veces le hablo. Está aquí todavía. Creer eso es mejor”, dice.

Nos conduce a la salida. Desde ahí se aprecia una gran parte de los cerros de Choloma que desprenden un humor como a ciudad en llamas: de los laberintos de casas saltan mariguanos que exigen “un lempira”. De las calles salen niños y animales vestidos de mugre. La calle principal es un bullicio interminable. “Aquí, si no te metes a la brava, no pasas”, dice Luisa.

Con poco más de 300 mil habitantes, 85 barrios y colonias, sólo dispone de cuatro patrullas.

La Tribuna del domingo 7 de agosto es contundente: uno de siete hombres ensangrentados, ejecutados en Choloma mientras Luisa miraba hacia la loma; llevaba consigo una playera que decía: “Yo vivo en Estados Unidos”. Seguro se metieron “a la brava”. Pero no pasaron.

Recuerdos bordados

“Mi primer recuerdo

parte de un farol a oscuras y se detiene

frente a un grifo público goteando hacia el interior

de una calleja muerta.

Mi segundo recuerdo

lo desborda un muerto

una procesión de muertos violentamente muertos.

Cuando Ángela termina su historia, cuando abraza al retrato como si fuera su hijo Misael, es inevitable pensar en ese poema de Roberto Sosa, un poeta hondureño, de Yoro, recientemente fallecido. Son palabras que se pueden pensar, cuando a Honduras le llega la noche.

Son las imágenes de María Basilio, de María Mejía Espinoza, Luisa Barahona, Miriam Castro o Belkis Zelaya. Son las 72 familias de Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Brasil, Ecuador.

¿Cómo han sobrevivido a su pesadilla? Ángela, en medio de la mentira que se ha inventado, parece esbozar una respuesta: “Yo vivo con mi esperanza: voy a ver a mi hijo aquí o allá, donde el Señor me lo permita”. Cierra los ojos. Se despide.♠

Publicado en EL UNIVERSAL


México, una ciudad de cosas inadvertidas

1176170613982México es una ciudad de cosas inadvertidas. Una ciudad de palacios y parques por donde pasea el olvido, que es la forma más concreta con que los mexicanos demostramos nuestra indiferencia. Una ciudad de perros vagabundos, hormigas, estatuas carcomidas y teporochos solitarios, como el que se encarga de limpiar el jardín de Loreto, donde otros, supuestamente en su juicio, llegan día tras día para tirar su mierda.

A veces, ese hombre está rodeado por una decena de los casi un millón 200 mil perros callejeros que deambulan libremente por las calles. A veces está solo, ahogado por alcohol, solvente o lo que haya habido a mano. Nadie sabe cómo llegó hasta ahí, pero es común verlo: si no está de cruda, camina el jardín de Loreto, se sienta en la fuente diseñada por Manuel Tolsá y recoge latas de refresco, colillas, envoltorios de Gansito, plástico, clavos retorcidos, restos de torta, todo aquello que arrojan cuantos pasan por ahí.

Llena un costalito con sus hallazgos, se queda esperando mucho rato a que todos se hayan ido y se echa de panza al cielo frente al templo de Loreto, una joya inclinada de 200 años que medio se yergue, a punto de venirse abajo sin que alguien lo lamente, en la esquina de San Ildefonso y Rodríguez Puebla, tapizada de huecos de humedad, millares de hormigas negras, la polilla de los portones, publicidad furtiva, basura acumulada y las yerbas que le crecen a la piedra.

Es el símbolo de una historia cotidiana en los sitios públicos de la ciudad. Plazas, parques, jardines, andadores, alamedas, rotondas, monumentos, explanadas, estatuas, que parecen ser de nadie. Jamás de todos: de nadie.

Es la historia de una ciudad de datos curiosos: un 48.55 por ciento de sus habitantes la considera mucho muy atractiva para mostrarla a los visitantes. Pero no la cuida.

Dice la Encuesta Nacional de Hábitos y Consumos Culturales 2010: en el último año ¿Cuántas veces asistió a un monumento histórico, como catedrales, ex conventos, estatuas? El 66.14 por ciento, seis de cada 10 capitalinos, respondió: ninguna.

Sólo un conductor de automóvil, de diez que lleguen a la esquina de Paseo de la Reforma y Bucareli, utilizará su luz direccional para anunciar la vuelta a la derecha y sólo dos dejarán pasar primero a un ciclista o a un peatón. Nadie, en 25 minutos, llevará hasta un bote de basura la envoltura de una cajita feliz abandonada frente al McDonalds de Génova. Veintitrés personas leerán, a lo largo de media hora, el cartel que prohíbe tirar basura frente al Vivero en Coyoacán, pero ninguna hará caso.

Porque México es una ciudad de gente contradictoria: 69.02 por ciento de los capitalinos dicen nunca o casi nunca tener tiempo libre. Y si lo tienen, la mayoría decide ocuparlo principalmente viendo televisión o escuchando música. Sólo 0.14 por ciento va a una biblioteca.

Dice la Encuesta de Conaculta: los capitalinos confiesan, en un 43 por ciento, pasar más de dos horas diarias frente al televisor y desean, si es que tuvieran más tiempo libre, mayoritariamente hacer nada.

Amar a una ciudad

-¿Una ciudad se ama? -le pregunto por teléfono a Guillermo Tovar y de Teresa, responsable de la Crónica de la Ciudad de México.

-Hay mucha gente que ama a su ciudad, claro que sí, y está involucrada. Pero también hay mucha gente que la odia, mucha gente que detesta a su ciudad igual que odiaría a su madrastra o al mundo entero.

Woody Allen, el genio cineasta, ha creado verdaderas joyas cinematográficas sólo para adorar a la ciudad de Nueva York. Jorge Luis Borges se ha fundido para siempre con Buenos Aires y ha escrito textos eternos alabándola. En París, organizaciones de ciudadanos de todas las clases sociales han adoptado estatuas, puentes, calles, monumentos, para vigilar y exigir que las autoridades cumplan su cometido de restauración, conservación y salvaguarda de aquello que es de todos.

Durham, una pequeña ciudad en Carolina del Norte, Estados Unidos, vio nacer un movimiento social que ya se ha extendido a muchos otros condados de la costa atlántica: “Cásate con Durham” (Marry Durham). Con ese compromiso, los ciudadanos asumen públicamente su amor por la ciudad donde viven, con certificado nupcial y todo, y con ello afianzan su compromiso de mantener calles limpias, monumentos en buen estado, preservación de zonas comunes, rehabilitación de espacios deteriorados, elegir autoridades responsables, impedir el saqueo y la devastación.

En 2007, un grupo de empresarios propuso un programa para “adoptar” parques, jardines y áreas verdes de la ciudad, que nunca se concretó. El deterioro sí.

-También hay muchos grupos que están trabajando por la ciudad de México, gente positiva. El problema es que hay mucha más gente peligrosa, que pinta con spray indeleble los monumentos, que daña sitios públicos. Y también están las autoridades arbitrarias, que no hacen nada por apoyar a quienes quieren mantener la belleza de la ciudad – dice Tovar y de Teresa.

Porque el amor por una ciudad se demuestra con actos, dice, “pero la autoridad capitalina no incentiva a quienes pretenden conservar la belleza de sus inmuebles artísticos o históricos: uno arregla su casa, que tiene valor histórico, y de inmediato te aumentan el predial 30 veces, eso es un atraco, eso favorece a los propietarios que abandonan sus inmuebles y los dejan destruirse, eso penaliza a quienes restauran, es un absurdo”.

Si bien la ley local favorece la conservación de monumentos declarados por el INAH o el INBA como patrimonio artístico o histórico de la ciudad, esos beneficios no alcanzan a los miles de propietarios de inmuebles catalogados con valor arquitectónico, a quienes les significan muchos más problemas las remodelaciones o conservaciones que el abandono de los inmuebles.

Con los sitios públicos de la ciudad, en su mayoría, sucede algo parecido. Pero peor. Es cosa de andar la ciudad y comprobarlo.

“¿Y a mi qué?”

De lunes a viernes está llena de estudiantes. En sus bancas, maltrechas, deterioradas en serio, los más de 7 mil jóvenes de las vocacionales, preparatorias y secundarias cercanas se reúnen en parejas o en grupos durante horas. Eso la mantiene viva.

La Plaza de la Ciudadela. Está dividida en dos grandes bloques por la calle Enrico Martínez, uno poco arbolado donde se reúnen ardillas y parvadas de pájaros silvestres junto con decenas de ancianos que bailan danzón. El otro, más arbolado, preside la entrada principal de la Biblioteca México “José Vasconcelos”, la más concurrida de la ciudad, con casi 2 millones y medio de visitantes al año y más de 250 mil volúmenes en su acervo.

Lugar de reunión de jugadores de ajedrez, de vendedores de droga y comerciantes de cuanta cosa, la plaza guarda dos impresionantes esculturas de bronce que están por cumplir los 100 años de vida. Nadie sabe cómo llegaron hasta ahí, aunque la versión más arraigada es que fueron colocadas por órdenes de Victoriano Huerta, tras los sucesos de la Decena Trágica protagonizados por el usurpador.

Maltrechas, rotas, ambas estatuas presidieron alguna vez sendas fuentes que hoy están sin agua. Una de estas, representando a una mujer alada con el torso desnudo, sostiene en el brazo una hélice de Anáhuac. La otra sostenía en su brazo algo como una antorcha que ya desapareció. El conjunto, huelga anotar, está casi destruido, plagado de ratas, de cucarachas que hacen un camino directo, rectilíneo, hacia la zona de vendimia de papas fritas, refrescos y tortas de la avenida Balderas.

Cuando no hay patrullas, que suele ocurrir a menudo, los chavos organizan cáscaras que tienen el monumento a Morelos como centro de cancha. Los balones rebotan, reiteradamente, en la cerca del monumento, en los adoquines rotos, incluso en los charcos que son casi lagunas cuando llueve. El parque es suyo para usarlo, para dejar mochilas, refrescos, revistas, periódicos viejos. Terminado el encuentro los chavos se dispersan, la basura que dejan no. El parque es suyo sólo para usarlo: los 5 chavos y chavas que abordé dijeron pasar por ahí a diario pero no saber qué personaje estaba representado en el deteriorado monumento.

-¿Si ustedes ocupan la calle todos los días, por qué no le dan una barrida a todo el jardín? –le pregunto a uno de los vendedores de Balderas, un hombre de acaso 50 años, canoso, sin dientes en la mandíbula superior, que oferta películas originales baratas, “de a 50 varos” por artículo.

“Es que no da tiempo”, dice, “nosotros sí dejamos limpio nuestro lugar, pero no da tiempo de barrer todo. Para eso está el Departamento de Limpia ¿no?”.

-¿Y el cucaracherío? – le insisto. A sus pies anda un animalejo, café, gordo, bien brilloso como si acabara de escapar de la olla de aceite. Ambos lo vemos, porque el comerciante la pisa antes de que yo termine la pregunta.

“¿A mí qué?”, me dice, “yo no vendo comida”. Otro de los comerciantes se acerca. Me dejan hablando solo.

“¿Y tú, amas a tu ciudad?”

La chica pasea a su perro, un enorme animal de pelo color miel, por las jardineras que circundan el Kiosco Morisco, en Santa María La Ribera. Lento, el paseo es más un divertimento para el perro que para ella. Encadenado al cuello, el perro olisquea el pasto humedecido de tanta lluvia, hasta que encuentra el lugar exacto para defecar.

Por un minuto observo a la chica, pantalón deportivo, una gran marca en la sudadera, cabello recogido, no más de 23 años. Un hombre, sentado en una banca cercana, tras la cual hay montones de basura, yerba, hojas y desperdicios botados, también la mira. Apenas termina, el perro emprende el andar sin que la chica se preocupe por recoger las heces. Me le acerco de inmediato.

-¿Tú amas a tu ciudad? Le pregunto a bocajarro.

-Sí, sí la amo.

-¿Y cómo lo demuestras?

-Pues, no tirando basura, limpiando el frente de mi casa. No sé, siendo buena ciudadana – dice. Su voz tiene ese tono de inocencia, acaso infantilización, de moda en ciertos grupos sociales.

-¿Y por qué no recoges la caca de tu perro? Le insisto. Deja pasar unos segundos. Eleva los ojos momentáneamente. El micrófono y la cámara de EL UNIVERSAL la destantean.

-Porque sirve como abono para las plantas ¿no? Yo sabía que sirve de abono.

Cuando le digo que no, que esa materia fecal contamina, asegura que no lo sabía. Luego se va. En ese parque, esa mañana, hay en total 23 montones distintos de caca de perro.

El hombre sentado en la banca, molesto por las preguntas, defiende “el gran trabajo” de la delegación Cuauhtémoc para conservar el parque. Otra vecina lo increpa: el hombre miente, según se ve. Cuanto le pregunto por los montones de basura que se acumulan incluso al pie del kiosco, atina a decir: “ya luego viene el camión”.

En el número más reciente de la revista de la Universidad Iberoamericana, sociólogos y urbanistas plantearon la urgencia de recuperar los espacios públicos para la convivencia social y las relaciones humanas armónicas. Como un imperativo ante la fragmentación y la polarización social.

“Hay que recuperar la ciudad, y los derechos de ciudadanía. Hay que recuperar la convivencia y las experiencias del compartir. Hay que evitar que las identidades se separen, ya que al separarse se rearman unas en contra de las otras”, escribió el investigador Julio Mercader.

La coordinadora de la Maestría en Desarrollo Urbano, Gabriela Lee, anotó que los elementos del espacio público, los monumentos, los sitios públicos, los parques, son referencias importantes para la vida en comunidad, porque permiten a la gente reforzar los vínculos comunitarios, el arraigo y la identidad local.

Falta para eso. El Conaculta, que anunció recientemente un ambicioso proyecto de remodelación de la Biblioteca México “José Vasconcelos”, no contempla en éste meter mano alguna en el jardín de la Ciudadela, en las fuentes secas, en los monumentos desvencijados.

La autoridad capitalina, en los distintos procesos de remodelación de la Alameda Central y su periferia, no pasó, ni por asomo, por las fuentes interiores, todas rotas, quebradas, secas.

La delegación Azcapotzalco construyó fuentes en camellones y plazas que hoy son monumento a la destrucción.

El Monumento a Obregón, en lo que fue el majestuoso parque La Bombilla, es un muestrario de grafitis, mugre, devastación.

La delegación Miguel Hidalgo deja morir irremediablemente a la antiquísima Tacuba, a merced de ambulantes y rateros.

Las estatuas del Paseo de la Reforma no conocieron limpieza o cuidado alguno en las distintas remodelaciones.

El jardín que ocupa el costado del Museo de las Intervenciones, es un tiradero de basura.

Es la historia común de los sitios públicos de la ciudad de México: una ciudad de cosas inadvertidas.♠


La marcha de los putos

Son miles de miedos juntos que se reúnen en un Paseo de la Reforma convertido, por una tarde, en la pista de baile más grande del país, en la explanada de la libertad donde ellos, los “raritos”, los “degenerados”, las “tortis”, se agrupan para conjurar el odio que todavía les tienen, el asco, la intolerancia, con una canción: “de noche y de día… ¡Que viva la jotería!”

Cuando pasa brincoteando al ritmo de la música de Gloria Trevi, confundido entre más de 60 mil que, según el gobierno capitalino, convergen en la 33 Marcha del Orgullo Gay, la más concurrida en la historia del país, David se detiene para responder: “Sí te da miedo. Yo no quería decírselo a mi papá. Pensaba que me iba a correr de la casa, que me iba a golpear, te sientes el único en el mundo, y hasta crees eso de que te vas a ir al infierno, y yo no quería eso”, dice.

Lleva un arcoíris dibujado en el pecho, un tocado de princesa cubriéndole la cabeza, una capa azul con chaquira y lentejuelas, los ojos verdes, artificiales por supuesto, que le resaltan en el rostro moreno de no más de 25 años. “Yo creo que a todas nos da mucho miedo, a todos ¿no? Por eso hay tanta closetera”. Y ríe. Cualquiera lo hace si supera el temor de vivir su única vida como le venga en gana.

Y como él hay muchos. Miles. Quien aguantó la burla de sus amigos, quien fue despedido del trabajo, el amenazado, el golpeado, quien se casó para aparentar, el “jotito de la colonia”, que un día tuvieron temor pero hoy salen a la calle con sus disfraces de carnaval, sus banderitas, listones, pancartas, antifaces, para regodearse con su determinación. Para besarse, bigote con bigote. Para tocarse, en conjunción de senos. A ligar, enamorarse, divertirse.

Ya son orgullosos gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, transgénero, que por miles exigen derechos civiles, económicos, políticos y también reclaman, fuertes todos juntos, que a la sociedad le quede claro: “detrás del silicón, está mi corazón”.

Por ello, cuando no aparece el jefe de gobierno, Marcelo Ebrard, para dar el banderazo de salida, a silbidos y mentadas le recuerdan que el “gay power” representa 10% del electorado, si no es que más, y su músculo social cuenta, decide, compra, y, vota. Lo sabe el secretario de Turismo, Alejandro Rojas, cuando se compromete a apoyar la consolidación del primer Centro de Apoyo para la comunidad gay, y asegura que el GDF estará siempre atento a sus demandas.

Lo saben refresqueras, cerveceras, editoriales, empresas de espectáculos, de ropa, de perfumes, de automóviles, de servicios bancarios, de viajes, de zapatos, de equipos electrónicos, que financian su fiesta.

 Lo saben los partidos que coquetean con ellos, lo saben los gobernantes, incluso aquellos que se asquean en público de aquello que disfrutan en privado: miles de temores juntos construyen un inmenso valor.

 Le pregunto a David, en medio del jolgorio, cuándo fue que perdió el miedo. La respuesta que suelta, antes de perderse en la multitud, es suficiente para entender esta realidad social: “cuando mi papá me abrazó y me dijo que me iba a querer siempre”, dice, “y cuando empecé a encontrar muchos amigos como yo”.♠

Publicado en EL UNIVERSAL


Pequeña reflexión sobre el poder

"Veinticinco años después... ya no le dan flores"

Casi 25 años después, ese poderoso hombre hombre que saluda desde la ventanilla del autubús, como un inalcanzable superhéroe para las manos de centenas de niños y adultos de Azcapotzalco, está tendido en una capilla sombría, sin flores ni velas, sin las manos multiplicadas por cientos. Muerto.

Ese, a quien un niño chintololo observa sonreír, caminar apenas en medio de una lluvia de confeti y el tumulto de hombres y mujeres que se extasían quién sabe por qué cuando les tiende la mano, está metido en un féretro de madera fina, en un cuarto por demás desolador.

"Se llama José López Portillo", le dicen al niño de entonces, le dicen que es presidente de México y que ese mediodía de 1980, quizá 81, va a inaugurar una escuela primaria, la "niño agrarista", y un jardín de niños para las colonias populares aledañas al recién fundado fraccionamiento para trabajadores petroleros de la colonia Ampliación Petrolera.

Ahora ese hombre ya no existe, y sus restos son custodiados por no más de trescientas personas, entre ex colaboradores, ex colegas, parientes, amigos, sucesores, antecesor, que van y vienen de la capilla y muchos ni siquiera llevan flores para el muerto.

Pero la imagen es clarita: ese que dicen que se llama José López Portillo se baja del autobús y una lluvia de papelitos de colores le cae encima. Lleva una chamarra de piel y camina unos pasos por la avenida Campo Cantemoc, hasta la esquina con Campo Moluco, y se pierde de la vista del niño que no sabe por qué lo ovacionan, pero escucha que le gritan algo como "gracias, señor presidente" y "los petroleros estamos con usted".

Y las pancartas y mantas que cargan también agradecen algo que la memoria ya desechó. Y las vallas humanas se extienden casi desde la esquina de aquellas dos calles hasta la avenida Tezozomoc, profusas de aplausos, vítores y loas, mientras el niño de la colonia Plenitud, que solamente anda de curioso, nomás mira y no entiende, peo ve al superhéroe de cabello entrecano, con la mano derecha levantada para el saludo, como el Superman de la televisión. Pero en colores.

Ahora no hay gritos de júbilo. Las decenas de fotógrafos, camarógrafos y reporteros sustituyen a los colonos de San Miguel Amantla, Amplación Petrolera, San Pedro Xalpa.

La muchacha de cabello rubio, Paulina, quien cantaba "aquella jacaranda, aquel olor tuyo, sólo tuyo... tus miradas, tus palabras que a veces me consolaban..." en un disco producido por Bebu Silvetti y dedicado a su "Papachi", ahora llora ante el cajón de madera, vestida de blanco, con un turbante en la cabeza.

Y la hermana mayor, Carmen Beatriz, se abraza a Nabila, la hermana menor, y le dice que "todo va a estar bien, ya todo va a estar bien, no te preocupes más".

Y "el orgullo de mi nepotismo", José Ramón, atiende a cuanta persona llega al lugar, sereno, como ausente, como sin saber a dónde o por qué.

Las pancartas, las mantas del pueblo no son sustituídas con nada, porque el pueblo no está en el cuarto sombrío, ni en la explanada del lugar, ni en la calle aledaña, ni en las avenidas. Ni siquiera en las flores, pocas, o en las coronas, pinchurrientas.

El superhéroe a colores que saluda desde Campo Cantemos ha devenido "el perro de la colina". Y el Mesías que recibe cartas de los clasemedieros de la Petrolera yace sin honra en un funeral sin brillos.

El superhombre es una historia que todos quieren olvidar, el que no merece siquiera que su partido, el Revolucionario Institucional, le rinda un homenaje especial porque "la historia y el pueblo de México lo juzgarán".

El hombre con chamarra, rodeado de hombres con gafas negras y chamarras de piel, que saluda a la multitud, ya no está para ver que no era un superhéroe, ni para notar que la gente de Azcapotzalco que le agradecía los "favores recibidos" frente a la escuela "Niño agrarista" hoy no está en su funeral.

"Se llama José López Portillo", dice alguien. Y entonces, caen de pronto casi 25 años. Y casi nada.♠

Publicado en EL INDEPENDIENTE el 18 de febrero de 2004


Óscar de la Renta de juerga en Garibaldi

 

 

 

 

Con un caballito de tequila Grillos en la mano derecha, Óscar de la Renta mira la noche, que tiene Luna de uña sobre Garibaldi. La primera voz del Mariachi Imperial Azteca, José Aguilar, da paso al coro y el diseñador comienza a cantar, primero quedo, como si rezara, y luego a voz de chorro: "que digan que estoy dormido y que me traigan aquí... México lindo y querido..." El ícono mundial de la moda en el siglo XX está de juerga.

Eliza Bolen, su hija, envuelta en un caramelo colorado de seda con pedrerías finas, zapatos alucinantes, aretes de bisutería de otro mundo, lo busca con el segundo tequila de la noche. Llega hasta la parte de la terraza donde su padre canta, y mira cómo se humedecen los ojos del mayor diseñador de modas que haya nacido hasta ahora en tierras Latinoamericanas. Observan la plaza juntos: centenares, allá abajo, chupan, ríen, cantan. Decenas, ahí arriba, chupan, ríen, cantan.

"Recuerdo mucho a mi amiga Dolores", dice el hombre cuando suena el "Cielito Lindo". Cosido a la vida, en los linderos de los 80 años, garboso como esas palmeras greñudas de Santo Domingo, su República Dominicana, sereno, tropical. Sorbe de su tequila blanco como si la medianoche en la cantina al aire libre más hermosa del mundo fuera el mediodía.

"Recuerdo su elegancia, su espíritu bello", dice Óscar, "extraño a mi amiga Dolores del Río". La primera Diva mexicana en el cine hollywoodense está en Garibaldi con Óscar de la Renta, en esta noche fresca de un siglo distinto. "Salud".

Óscar de la Renta llega a México, después de 31 años, para mostrar su colección más sofisticada en la Plaza México, para hacer de "este país que tanto amo" un centro mundial de la moda. Ha querido volver a Garibaldi, caminar por entre los borrachos, oler la chela derramada, sortear las botellas rotas, las mujeres de caricias imposibles, los hombres de bravura derretida, escuchar mil canciones revueltas, vivir el México genuino: "son tantos recuerdos. Está tan cambiado este hermoso país", dice antes de anunciar a sus amigos: "quiero El Rey".

La secretaría de Turismo de la ciudad de México le organiza el ágape. En punto de la media noche en la plaza repleta, para el genio dominicano todo está permitido y, junto con sus musas y muñecas, revive el Garibaldi de otros tiempos. "Quiero ir al Tenampa, pero me han dicho que está cerrado por un luto. Qué lástima", dice. José Aguilar, sus trompetas, sus guitarras, no han dejado de cantar: una piedra en el camino le enseñó que su destino era llorar y llorar.

"México es un país, al desnudo, maravilloso", dice Óscar. Mira a la gente que baila en el Tropicana, mira allá abajo a las prostitutas ir y venir sobre la plaza, a los teporochos que se sacuden los fantasmas, a los perros flacos, a Don Juan el viejo sin dientes que vende toques de a 40 watts, a Seferino el atolero, que ha dejado su carrito de donas y conchas justo en el lugar donde estacionan la camioneta de la cual descienden las modelos y el modisto. Observa. No parpadea Óscar de la Renta. Observa todo.

Desde el otro extremo de la terraza del Museo del Tequila y el Mezcal, una muñeca de ojos grises, azules, esmeraldas, se acerca al diseñador. La boca es un durazno carnoso, los pómulos son de una niña en verano, las piernas largas, inabarcables de un primer vistazo, la esbeltez que se le cobija en un bombón blanco con grabados negros que Óscar ha dibujado el verano pasado.

Pasa el maniquí perfecto por el borde de la zona reservada y 24 hombres, desde la zona de los simples mortales, la miran, la admiran: "es Candice Swanepoel", susurra una mujer. "No mames, qué chulada de vieja", dice uno de ellos. "Mamita sabrosa", replica el otro. La muñeca voltea. Sonríe. Las sirenas hipnotizan para hacerse inolvidables.

Lissete Trepaud, la directora de relaciones públicas de la telefónica que ha traído a México al diseñador, lo abraza entusiasmada. "¿Estás contento?", le pregunta. Candice lo abraza también. "Es hermoso todo esto", dice Óscar, y el mariachi le regala "La Bikina". "Este es un país que amo profundamente".

-¿Qué recuerdos le trae la moda de México?

- Recuerdos maravillosos. Es un país generoso, creativo, con mucho color, texturas maravillosas, con figuras que invitan a crear. Es sorprendente, me encantan los vestidos tradicionales de este país, son hermosos.

-¿Y lo nota muy cambiado?

-Todos hemos cambiado. Pero sigue estando hermoso, sus mujeres son hermosas, alegres, divertidas, bellas, dice. Voltea hacia la plaza, allá abajo y confiesa: "para las mujeres no hay mejor vestido que su cuerpo desnudo, son las más bellas desnudas", dice. Entonces decide bajar hacia la plaza.

"YO ‘STOY MAS BUENA, HIJA"

Quién sabe en qué está pensando el funcionario de Turismo que guía al diseñador. El grupo compacto que llega con ellos a la puerta, se dispersa apenas salir del Museo del Tequila. Una a una, las chicas, sus vestidos de formas imposibles, sus zapatos de dimensiones extraterrestres, sus rostros, su delgadez extrema, su olor a frutos a punto de reventar de azúcar, se mezclan con el gentío que desparrama alcoholes por los poros, fiesta, gritos, aullidos: "como quien pierde una estrella, ay".

Siguiendo a quién sabe quién, Óscar camina rumbo al Tenampa. No se arruga un átomo de su saco, no se mueve un centímetro de su pañuelo de seda en la solapa. Parece que no le pesan 79 años cumplidos. Sortea como puede los botellazos, los vidrios abandonados, los briagos sin dientes, gente que, en medio de su festejo, quién sabe cómo se percata del paso de esa gente distinta: no es sólo la ropa, es el barullo, los tequilas en manos de doncellas de revista, los peinados, los bolsos. "Saludos a Perú", dicen unas borrachitas y Óscar les saluda. Quién sabe con quién lo confundieron.

"Yo estoy más buena que esas viejas, hija", grita una mujer, un vaso de medio litro de cerveza en su mano derecha, el cabello atrapado en una dona de tela, los labios entre juguetones y envidiosos. "Y no estoy chaparra". Ríe. Una de las modelos, Marilya, la mira encantada, le sonríe, no entiende lo que dice la mujer y quienes la acompañan: "ira, sabrosaaa", se escucha, y también un clásico "grandotas, aunque me peguen".

Pasos adelante del tropel, temerosa, verdaderamente angustiada por el gentío que se les abalanza, Lissete Trepaud avanza dudosa, busca disimulada la mano del dominicano, los ojos de las otras modelos del séquito. "Todo está seguro", le digo, "sólo están divirtiéndose. "No se ven mucho por aquí este tipo de... rostros". Entonces su semblante recupera la confianza. Sonríe.

Óscar clava los ojos en la multitud hasta que encuentra un vendedor de zarapes moreno, mulato, alto y canoso. "Mira, ese hombre es igual a André Leon (editor de la revista Vogue)", dice y Alex Bolen, su yerno, estalla en carcajadas.

A unos pasos del "Guadalajara de Noche" un tropel de borrachos rinde homenaje a Pedro Infante y Óscar, jubiloso, pide también tomarse foto junto al ídolo. Ahí se suman sus chicas, Lissete, su hija, su yerno, el funcionario capitalino Alejandro Rojas Díaz Durán. "Viva el mariachi", dice el diseñador.

Sonríe. Entra unos minutos al salón de baile, bebe otro sorbo de tequila, baila unos cuantos compases de una salsa guapachosa y, sin rostro de cansancio en la mirada, le guiña nuevamente uno ojo a la noche con Luna de uña que lo acompaña en su regreso a Garibaldi.♠

Publicado en EL UNIVERSAL


El talabartero que le ganó a los chinos

Es el último talabartero del Abelardo L. Rodríguez, e incluso de todo el rumbo. Ha visto sucumbir puestos y oficios como el del jicarero, el tablajero de vísceras, el vendedor de semillas, el tlachiquero, la petatera, pero don Cesáreo Barona, 73 años cumplidos, rechaza que su mercado esté en peligro de muerte: “aquí han venido los señores chinos a quererme comprar el negocio, pero yo siempre les gano, ¿sabe por qué? porque me gusta hacer bien mi trabajo”.

Su pequeño local, “Norma” como distinción para su esposa, está justo en medio de una invasión de negocios con petacas, baratijas, mochilas y bolsas de manufactura china, sobre una calle que, si honrara lo que vende, debería llamarse Imperio Asiático y no República de Venezuela. Desde ahí, en su pequeño negocio que es la resistencia de lo nacional, Barona reta a sus competidores:

“Usted me trae cualquier diseño, cualquier modelo, cualquier necesidad, y yo se lo hago, lo que sea, sea bolsa, petaca, mochila, maleta, hasta las cosas modernas con ruedas… usted pida y le hago lo que sea, copias no, porque hay que pagar derechos, cosas nuestras” dice ufano, porque así es como se defienden los mercados.

En un entorno donde una veintena de locatarios del Abelardo L. Rodríguez han dejado de trabajar por quiebra, y muchos otros cambiaron o están intentando cambiar de giro para hacerse con locales de comida, el talabartero más antiguo del mercado recuerda cómo le sacó fortuna a los huaraches.

—Trabajaba para doña Virginia, la dueña de la huarachería, hacíamos todo tipo de artesanías, peletería, bolsas de mujer, todo cincelado a mano, como me enseñó mi papá. Un día la señora me dijo “tú quédate con el negocio. Me das dos mil pesos, como puedas y yo que digo ¿y de dónde los saco?”.

—¿Y qué hizo?

— Me puse a trabajar muy duro. Me dijo que le pagara con trabajos. Le fui pagando con bolsas, con maletas, unas billeteras, con unas petacas bonitas que hacíamos y vendíamos de a 10 pesos. Hasta que un día se quita el mandil y que me dice, “es tuyo”.

De ahí sacó para educar a sus seis hijos, dos de ellos seguidores de su oficio y una enfermera, una maestra, una trabajadora social y una psicóloga. “Con eso me compré mi casa”, dice, “la casa de mis hijos, ¿cómo no voy a trabajar muy duro para defender este trabajo, que es mi vida”.

Por eso aprendió a modernizar sus diseños, a abandonar los belices y morrales viejos para sustituirlos por maletas modernas, bolsas con dibujos de Toy Story, mochilas juveniles de WrestleMania. Por eso niega que el Abelardo L. Rodríguez, como otros 317 mercados públicos de la ciudad de México, vaya a morir, mientras haya manos que lo custodien.

“Yo voy a seguir aquí hasta que Dios me preste vida, no me imagino haciendo otra cosa”, dice el hombre, fino de trato, con ojos grandes.

Todo ha cambiado

En las calles del Carmen, a donde Barona llegó chamaco, quedan pocos locatarios de aquellos años, los que recuerden cuando el Abelardo L. Rodríguez era un moderno conglomerado social para la gente pobre y los relieves de Isamu Noguchi, los murales de Pablo O’Higgins, Antonio Pujol, Ramón Alva y Marion y Grace Greenwood que los rodean todavía esperaban despertar la conciencia de clase de un pueblo amodorrado.

Ahí está Doña Aquilina Mendoza, hace muchos años vendedora de huevo y gallinas en las calles de Circunvalación, y hoy comerciante de misceláneos que todavía recuerda los olores de los yerberos, el tizne de las tortilleras, el rigor de la madera que soportaba los primeros puestos de su mercado.

“Empezamos en un zaguán, en la esquina de la Morelos con una caja de huevo, y de ahí fuimos progresando, compramos un puesto de madera, aquí afuera, y ahorrando pesetitas, porque teníamos muchísimas ventas, compramos, creo que en mil pesos”, dice la mujer, quien también vende mole de olla, un pollo con acelgas que parece estar bueno.

“Nuestro mercado se empezó a ir para abajo porque mucha gente de alrededor vendieron a los fayuqueros, nos quedamos pocos”, dice la mujer.

Según las autoridades locales, los mercados públicos agonizan porque la gente ha preferido recurrir a los supermercados y a las tiendas de conveniencia, esas que abren 24 horas y cambian tanto de empleados que uno no reconoce lo que una vez fuera la tiendita de la esquina.

“Las cadenas de autoservicios nos están matando, junto con las autoridades, literalmente, porque ellos venden mucho más barato, no podemos competir con ellos, en horarios, en precios, en libertad”, dice Leticia Ramírez, líder de los comerciantes del Abelardo L. Rodríguez.

—¿Qué necesitan?

—Ampliar horarios, dinamizar el cobro, tener margen para ofertas, facilidades para introducir giros como cafés, negocios de internet que están de moda, dice.

Tras años de abandono, de olvido sin políticas públicas, ahora parece haber conciencia de lo que implica la pérdida de los mercados públicos como parte de la cultura nacional.

Algo ha de tener de cierto todo eso: alrededor de la vieja talabartería de Barona, de la cocina económica de doña Aquilina, sustituyendo los oficios que sucumbieron con el tiempo ya merodean los vendedores de baratijas chinas, quellos que ofrecen las USB a 100 pesos, la bisutería de plástico de Taiwán, los plásticos manufacturados en la India y hasta los puestos con carteles, DVD piratas o pósters que muestran al actor cubano William Levy mostrando su trasero a quien lo mire.♠

Publicado en EL UNIVERSAL


El monje que vino a parar la guerra

El Valle de México, un día inusual

Quien lo viera ahí sentado, con su aparente fragilidad, el rostro sereno, la sonrisa que desdibuja sus ojillos rasgados, nunca atinaría a explicar cómo ese hombre, apenas más alto que un niño de 13 años, pudiera ser capaz de detener el chorreadero de sangre que baña a México.

Su propuesta es simple, aunque quizá inalcanzable, pero antes de exponerla, el Venerable Maestro Miao Tsan, budista Zen, pide un poco de sosiego a quienes lo escuchan, no más de 120 personas reunidas al pie del monumento que el exilio español erigió a Lázaro Cárdenas, un gobernante colosal como ya no hay en estas tierras.

“Al comprender y reconocer que nuestra situación presente es el resultado de nuestras acciones pasadas”, anota, “de manera snatural dejaremos de culpar a los demás por el sufrimiento que experimentamos”.

Junta entonces las palmas de sus manos frente al pecho, a la altura de su corazón, y dirigiéndose a los asistentes en un inglés que el representante del Monasterio Zen Vairocana México traduce por el micrófono, pide primero hurgar en la imaginación, en ese espacio interior donde convergen cuerpo y espíritu, acosados, asustados por la violencia: “haz que en tu mente siempre haya un sentimiento de armonía”.

“Contacta con tu entorno”, dice. El parque España de la colonia Condesa, a las 9 de la mañana, es un remanso de silencio.

“Las mentes flexibles son más aptas para absorber y digerir nuevos conceptos”, escribe el maestro budista, “independientemente de que su impacto sea positivo o negativo. En cambio, en una mente repleta de conceptos y creencias, las tendencias habituales intentarán filtrar y rechazar cualquier nueva idea y producirán diversas reacciones, al mismo tiempo que la mente intenta salvar la distancia entre lo viejo y lo nuevo”.

Es una de sus últimas paradas en la cuarta visita a México, que le ha llevado a los auditorios de la UNAM, el ITAM, el TEC, donde el Venerable Maestro ha recibido una pregunta reiterada que hasta éste sábado, cuando guía la meditación pública “Unamos nuestra mente por México”, parece tener respuesta: ¿Cómo se hace para cambiar ésta realidad de violencia y degradación sin sentido?

Sólo usa esta mente

Apenas se escucha su vocecilla. Suave, como si silbara, el tono de su voz se corresponde con la delgadez de sus labios, con la breve línea horizontal que le marca la frente, con los dedos de sus manos suaves, pequeñas, que tienen ese tono moreno bajito, asiático, de los nacidos en Filipinas.

Durante muchos minutos permanece en silencio, los ojos cerrados, las piernas y las manos en “flor de loto”, los hombros firmes, la cabeza erguida pero sin tensión. La meditación exige concentración completa, la desconexión de los pensamientos, el contacto con el Ser. El maestro Zen es una estatua que respira.

Mujeres jóvenes de pants lujosos, hombres de cabello largo, chavas indies con piercings al ombligo, rastas, tatuajes, caracoles, fauna condechi bien identificable, se unen en la ceremonia silenciosos, esperanzados con una religión que en México tiene casi 25 grupos conformados, con aproximadamente 15 mil seguidores, en los estados de Morelos, Puebla, Veracruz y Jalisco, además del Distrito Federal, principalmente.

“Los seres humanos crearon el mundo material sobre la base de la espiritualidad y lo espiritual se completa a través del mundo material”, dice la teoría de Miao Tsan, que le ha valido el reconocimiento internacional: “la verdadera satisfacción espiritual se encuentra en el mismo camino por el que encontramos la satisfacción material. El excesivo énfasis en el desarrollo de la tecnología, el materialismo de nuestros días, hacen que el hombre pierda el centro de su vida”.

Después de casi una hora, el Venerable Maestro abre los ojos. “Somos unas antorchas”, dice, “antorchas de amor, antorchas de paz, de compasión”. Pide a la gente frotar sus manos, pasarlas por los hombros, sentirlas, y agradecer después el momento de amor que todos han vivido.

“Cuando aprendemos a utilizar la mente de acuerdo con el principio universal que gobierna la manifestación de la realidad, podemos romper con los viejos patrones de nuestra vida y despertar en paz, en cuerpo, en mente y en espíritu”, anota, y sus frases se repiten, con todos los matices, en medio de ese lugar que tras la meditación se ha tornado otro: el verde de pasto y hojas es más verde. La lluvia de la madrugada refleja con sus gotas un olor distinto de la tierra. Los árboles, amodorrados por el frío, todavía tienen los troncos humedecidos. Nadie barre a esas horas. Pocos pasos andan los jardines. No hay perros. Bueno, hay uno sólo, pero como si no estuviera.

En medio de todo, de todos, ahí está la energía que fluye hacia los miles de acribillados del norte del país, hacia la tierra que escupe cadáveres, hacia las balas por millares, hacia las víctimas colaterales, hacia la ineptitud, la impotencia, la arrogancia, la rabia, el miedo.

Una mujer, acaso unos 60 años, abre los ojos y lo observa, silenciosa, al tiempo que sus ojos bordean lágrimas que no van a caer.

El Maestro, vicario del monasterio de Los Ángeles, California, quien posee una visión profunda de la esencia del Zen y su objetivo es llevar a las personas la comprensión de la verdad universal, esa que trasciende razas, religiones, tiempo, ora por México y revela su propuesta para acabar con nuestra guerra:

“No busques la paz allá afuera, búscala en tu interior”. Somos, todos, la semilla de un mundo de paz, que se crea a partir de la sabiduría, a partir del volver a ser humanos y dejar de ser fieras, máquinas, objetos, manada, carne de cañón.

Sabiduría, dice el hombre sabio. Sabiduría. Quienes lo escuchan asienten en silencio, probablemente confirmando que justo eso es lo que falta en este pobre país que se mira agonizando.♠

Publicado en ANIMAL POLÍTICO


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