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El diablo anda suelto...
El chavo entró deprisa a la tienda de macetas, como si hubiera llevado el alma atravesada por un apuro, como si la noticia, terrible noticia a juzgar por su gritoneo, le estuviera quemando las piernas, llagando la lengua: “Rosita, Rosa… córrele… el niño”.
Y la tal Rosita, vendedora de macetas y macetones de barro y cerámica en el mercado flores de Nativitas, en Xochimilco, una mujer regordeta y bonita, blanca, de labios gruesos, de caderas y muslos carnosos que un minuto antes sonreía de oreja a oreja, ni siquiera esperó a que los clientes le abrieran paso desde el fondo del local: escuchar “niño” y salir disparada, acompañada de todos sus santos, fue todo uno.
Los estantes llenos de macetones con formas de ranas, de hongos, duendes, figuras como Superman, el Chavo del 8, Don Gato, parecieron hacerse a un lado para que corriera la muchacha. Los diez, quizá doce metros desde el fondo del lugar se hicieron centímetros con su carrera.
-¡Virgen Santísima!- se le escapó, angustiada, mientras se oía un “córrele” más al heraldo de la mala noticia, un chamaco de unos 20 años igual que ella, delgado, con dientes prominentes, moreno, de manos llenas de tierra, quien al verla salir como loca dejó escapar una sonrisa casi maligna, una mueca socarrrona como aquellas que dibujan los artistas en las brujas de los cuentos de hadas que todos conocemos. Como quien tiene la certeza de que el diablo anda suelto.
-¿Mi hijo, dónde… dónde está?- todavía alcanzo a decir la dolorosa, como si la hubieran adiestrado Sara García y sus once mil lamentos, un segundo antes de que una ola de agua, un grueso chorro helado según dijo después, le bañara la cara, el pecho, la panza.
“Scuaaaaashhhh”, se oyó dentro del local. Fue una cubetada de agua limpia, brillante, aturdidora, que cayó de la calle Madreselva, casi esquina con Galeana, contra la indefensa Rosita, quien irónicamente se paró en seco, al chorro del agua y el tronido de una risotada groserota, gruesa, que se multiplicó por cuatro cuando se acercaron los otros tres cómplices:
“Inocente palomita que te dejaste engañar…”, dijo el de la cubeta, todavía con el arma de la broma en la mano, mientras la pobre Rosita, echa caldo de muchacha, se tallaba los ojos y salía de su aturdimiento con un sonoro “hijoooos de la chingadaaaa”.
Los que estábamos adentro del local, unas seis personas ese 28 de diciembre a mediodía, todavía alcanzamos a ver cómo Rosita perdía la compostura.
Toda mojada, empezaba a vociferar unas palabrotas mucho más gruesas y contundentes que sus caderas, mientras pepenaba de los pelos al muchacho de la cubeta, su hermano según dijo después, a quien le propinaba una zarandeada nada bromista que mínimo, según cálculos extraoficiales, le arrancó una treintena de greñas bien aferradas a la cabeza del chamaco.
-Eso no se hace – decía Rosita, pepenada de los pelos del muchacho, quien no se supo si reía con la broma que le jugaron a su hermana o lloraba con los jalones que le propinaba.
Rosita, roja de la cara, húmeda de medio cuerpo, tampoco se supo si lloraba o nomás goteaba el agua de la bañada. Sólo se limpiaba la cara con las manos, aireaba el delantal azul, se recogía el cabello que escurría y luego entraba otra vez al local, ya con una risa franca ante las burlas de sus hermanos.
Justo cuando soltó a su hermano de los cabellos, apareció un niño diminuto, de 4 años, con una camisita de las Chivas, unos tenis que parecerían de un muñeco, unos cachetes redondos, cuarteados de sol y unos ojos que miraron de frente a Rosita.
“Te mojaron, mami… te mojaron”, dijo el niño, Kevin, antes de abrazarse jubiloso a la muchacha que con ese gesto, supongo, quedaba desarmada. “Sí, mi vida…”, dijo ella, “es el día de los inocentes”.
Rosita entró al local, se acercó a un espejo que tenía en el fondo del lugar y mirándome divertida, como quien sabe que le tocó ser agarrado de bajada, nomás dijo quedito: “bola de cabrones”.♠
Publicado en El Universal
El rebanador de fuentes
Se llama Óscar. Dicen que ha cumplido los 59, pero detrás de las placas de mugre que le cubren la piel es difícil confirmarlo o estimarlo siquiera.De día y de noche camina por el Paseo de la Reforma, con un saco de tela que una vez fue gris Oxford y un costalito enmugrecido que lleva en las espaldas. Pero no se vaya a pensar que Óscar es un vagabundo sin oficio ni beneficio, como dirían nuestros abuelos: él tiene bien claro su trabajo. Es rebanador de fuentes.
Los vecinos de la colonia Cuauhtémoc no saben bien cuándo llegó hasta ahí. Algunos creen que era habitante de la zona desde los años 80, cuando Óscar, no se sabe bien cuáles son sus apellidos, era un cumplido oficinista de la Comisión Federal de Electricidad, empleo del cual fue despedido por sus constantes problemas con el alcohol.
Otros aseguran que perdió a uno de sus hijos entre los escombros de un Conalep que se vino abajo en los terremotos de 1985, y que desde entonces, como suele pasar a veces cuando la vida pierde su centro, comenzó su caída.
No se precisa con certeza, incluso, si es verdad eso de que sea el único loco de la colonia, como dice doña Clara Francisco, comerciante en el mercado de la Cuauhtémoc, con esa voz de autoridad de quien domina la psiquiatría.
Viene aquí todos los días, pobrecito. Le damos que su taco, que su gordita, que su quesadilla, no se crea. Lo ayudamos, pero sí está loquito, habla sólito, dice cosas que no, ¿quién no puede tener caridá?
¿Y no se pone agresivo?
No. Para nada. Se la pasa buscando en la basura, ahí en la avenida lo va a ver todo el tiempo. En todos los botes. Yo le digo a mis hijos que lo ayuden. Ora por él, mañana por nosotros.
En lo que muchos coinciden, es en que Óscar se arraigó en las bancas del Paseo de la Reforma, cuando el boom inmobiliario de la avenida convirtió a sus traspatios, la Cuauhtémoc y la Juárez, en colonias-restaurantes, colonias-garnacherías y colonias-bares.
Ahí encontró comida, igual que la encontraron otros seis u ocho hombres y mujeres, todos pasados de la treintena de años, que intermitentemente recorren las dos colonias con sus cargamentos de basura, comida o latas de refresco, se sientan en las bancas o en las jardineras y se ensimisman mucho rato, a veces en diálogos consigo mismos, en medio de un bullicio que no termina nunca.
Cuando me encuentro a Óscar, martes al mediodía, está tarareando una canción que nomás no reconozco. Está absorto en el contenido del bote de basura colocado en la esquina de Reforma y Río Nilo, justo enfrente del acceso principal de la embajada de Japón.
Tiene los ojos oscuros, muy grandes, como dos ciruelas, exactamente como si alguien se los hubiera quitado a un muñeco de trapo más grande y se los hubiera puesto a él para que mirara la ciudad.
Es muy delgado y también es alto. Debe medir más de un metro 70, porque cuando se yergue casi toca la placa de la nomenclatura con el cabello, un nido de paja hirsuto, áspero y disperso como explica el diccionario.
Lo saludo. Huele intensamente a orines, pero también a tierra humedecida. Me mira de arriba abajo como si intentara reconocerme y me pregunta si el bote de basura es mío.
Yo le pregunto por su nombre, y cuando repite insistentemente Óscar su mano derecha empieza a agitarse, de la cintura al pecho, en movimientos incesantes. Toma su bolsa y camina hacia las jardineras. Quizás esquizofrenia.
¿Vive por acá?
Yo aquí, aquí trabajo, aquí trabajo. Aquí dice con voz bajita.
¿En qué trabaja?
Yo rebano las fuentes. Ésta, aquella, aquella mira hacia La Diana Cazadora, se voltea rápido y observa hacia el Ángel de la Independencia.
¿Y cómo las rebana?
Con mi mano. Así dice. Da una brazada, como si nadara en el aire.
¿Y para qué las rebana?
Para que se oiga lagua. Lagua nos habla. Está enojada, somos malos con el agua. Se rebana el agua paque escuchemos dice más o menos. Sus frases se entrecortan, se superponen, se disparan. Siento miedo. Me alejo de él pero lo miro por mucho rato. Un par de horas.
Deteniéndose en cada bote de basura, llega hasta la fuente de los cocodrilos, el regalo de Leonora Carrington que la ciudad de México mantiene seco, desvencijado como tantos otros regalos.
Entonces, al ver a Óscar, caigo en la cuenta de cuál es su trabajo: rebana las fuentes que encuentra a su paso, las peina, las espulga, para que no las desborde el cúmulo de mierda que todos los cuerdos dejamos a nuestro paso.♠
Publicado en El Universal
Clases de filosofía con Patricia, la limpiaparabrisas
Patricia, “La Pato”, sentada sobre un sofá color cajeta que nadie sabe cómo llegó hasta el camellón, apenas ha cumplido los 15 años pero ya tiene certeza de lo que espera de la vida: nada.
En la mano derecha, pequeña, costrada de tierra, jabón y agua revueltos, tiene una botella que dirige, cada tres minutos, hacia los parabrisas de los coches detenidos en el semáforo de Marina Nacional y Laguna de Mayrán. En la mano izquierda, que sólo cuenta dos dedos y medio, blande un pedazo de hule negro con el que recoge el agua que algunos vidrios convierten en monedas. Desde los doce años es dueña de todas las calles de una ciudad que la ignora.
-Me vo’a morir pronto. Y así ‘tá chido, valedor. Si me van a matar o m’voy a morir, ‘tá chido, valedor. ¿Qué? ¿Me das veinte varos, p’un taco?
-¿Por qué te vas a morir?
-Nomás. Porque todos se mueren ¿sí ves? Se murió la Rosita. El Bola. Lucero. Chicarcas. Manitas. Se murió el Aurelio. Todos nos morimos. ¿Sí t’vas a mochar con los veinte varos?
Junto con otros nueve jóvenes y niños que intermitentemente hacen de ese crucero de la colonia Anáhuac su centro del mundo, La Pato, el rostro de tres cicatrices, pequeña y enjuta como la niña que no ha dejado de ser, la descascarada mirada de quien monea, acondiciona como refugio el bullicio cercano de la Torre de Pemex. Los muchos pasos cercanos. El humo, el ruido, el viene y va de gente que no mira.
El sofá, dos hacales, un costal y seis cobijas verdes y azules de rumores amargos, rancios, son la principal decoración de la casucha temporal donde duerme, donde duermen todos ellos: tres paredes de lona azul, plástico que fue inservible propaganda política, amarradas con mecate a la barda de lo que un día sirvió de pozo de suministro y hoy pertenece al olvido y al Sistema de Aguas de la ciudad.
Para sobrevivir, La Pato hace rondas de limpiaparabrisas que empiezan a las 9, cuando los miles de automovilistas que bajan del norte de la ciudad quieren llegar al Circuito Interior y al Centro; se interrumpe hacia la una de la tarde, cuando ya ha juntado más de 70 monedas diferentes que le sirven para una guajolota, un refresco de cola, los cigarros y la mona, y sólo concluye pasadas las nueve de la noche, porque los tarjeteros y las reclutadoras falsamente rubias del teibol vecino ocupan el camellón para llamar la atención de los ansiosos.
La tarde en que le hablo, viernes de tránsito e infierno, La Pato está desbordada: además de sus 227 pesos de ganancia, se ha hecho novia de un joven callejero que ronda la misma avenida, pero en sentido contrario. El Joel. Un chavo flaco, mucho más alto y moreno que ella, de cabello acelerado, la nariz con aros, un tatuaje oscuro en el hombro derecho, un rostro armónico.
Juntos, como si fueran una de esas parejas de aves cenizas que usan el cableado para piar su romance, el Joel y la Pato ocupan el sillón durante seis minutos. Se abrazan un rato, se besan, se restriegan uno al otro la piel debajo de la ropa y dejan que tantos ojos, tanta gente, observen o ignoren según le apetezca. Luego se van y es cierto: son pájaros cenizos.
-¿Para ti que es la vida, Pato?
-Una jalada.
-¿Y el amor?
-Nada.
-¿Entonces por qué andas de novia?
-Todo s’un rato, valedor. Mientras me muero o mientras me matan.
Toma los cincuenta pesos que le doy y me cuenta, sin que se lo pregunte, cómo perdió los dedos de la mano: “mira, valedor, me los quitaron. Se m’pudrieron por la ‘tropellada y me los chingaron, nomás. Luego siento que los tengo”.
La miro detenidamente: La Pato tiene un par de ojos oscuros, más que negros, con pupilas que tiemblan como lunas en agua, una mano casi cercenada por esas calles que no saben de apapachos y una piel rugosa, como de lija gruesa, que de cerca despide un tufo a solvente. Ella no sonríe.
Antes de irme, ya casi tengo ganas de decirle que está equivocada. Que a veces cualquier caricia es suficiente cosa buena que esperar de esta vida, pero entiendo mi ridículo: cuando ella se avalanza sobre los distintos parabrisas, cuando acciona su botellita que chorrea agua y logra recibir varias monedas pero ninguna mirada, entiendo que tanta indiferencia junta sí aniquila, sí destruye. Mata.♠
Publicada en EL UNIVERSAL
La ropa se le llenó de sangre y vio la vida
Ya tienes harta hambre. Y estás muy cansada, Zulhey. Es más, como ya llevas vigilando nueve horas y estás a punto de salir a comer cualquier cosa no muy cara, coordinas los tiempos con tu oficial, para que la estación no se quede sin policía: no imaginas, cómo podrías imaginarlo, que estás a unos minutos, a un grito, de llenarte la ropa de sangre.
Son justo a las 14:25 horas del 15 de abril de 2011. “Un día que no se me va a olvidar, de veras”, dices. Policía Auxiliar adscrita a la Terminal Pantitlán de la Línea 1 del Metro, desde hace dos años estás acostumbrada a los sobresaltos, “es parte de mi trabajo”, te resignas. Éste, sin embargo, no tiene parecido, ni estás preparada: es el momento de tener en tus manos una nueva vida.
“Camino por el andén, para salir, ¿no? Y de repente me dice mi oficial: ven, acompáñame, vamos a un apoyo”. Lo recuerdas sin duda. “Yo hasta pensé que me estaba bromeando, porque me dice: una mujer está en labor de parto”.
Como quien cree que es otra broma de compañeros, de esas que hacen menos pesada la chinga de vigilar 12 horas continuas una de las estaciones más peligrosas y conflictivas del sistema Metro de la ciudad de México, con más pereza que prisa te acercas al Centro de Monitoreo. Una mujer gime.
En esa pecera de vidrio y paneles huecos, a la vista de todos, Arcelia Vargas Pérez, 37 años, un rostro lleno de miedo, un dolor intenso bajo el vientre abultado, ya no puede esperar por los paramédicos, muchos menos llegar al hospital de Perinatología, a donde iba cuando le empezaron las contracciones. “Es que ya no aguanto, por favor”, dice. Te asomas, con más miedo que determinación, y ves que una cabecita ya está perfilada entre las piernas.
“¿Sabe qué, compañero? La señora ya no va a aguantar”, dices decidida mientras te quitas el chaleco y untas tus manos con alcohol. Comienzas a rezar.
-Luego luego trajeron una camilla y la pasamos a un cubículo, pero fue cuestión de nada. Ya na’mas fue en el momento que nosotros dimos la vuelta, pues, yo me acomodé y ya tomé la posición y la señora expulsó, entonces ya tomé yo al bebé de la cabecita, no dejé que tocara piso ni nada, para que no se contaminara”.
-¿Pero cómo lo recibió, en las manos?
-Pues sí, la verdad. En las puras manos. Totalmente llena de líquido amniótico, residuos de placenta. Curiosamente, para el uniforme tengo unas ligas y las tenía en las muñecas. Con eso hice el amarre y con una navaja que me prestaron los compañeros, del botiquín, corté.
-¿El cordón umbilical?
-Sí, el cordón. Tomamos al bebé, lo envolvimos en una playera que se quitó un externo, personal del sistema, que nos la prestó. En ese momento, yo lo tengo en mis brazos al bebé, pero… me le quedo viendo y, siento, no sé, como si alguien, Dios, me guiara: que lo agarro de los pies, que le doy una nalgada y en ese momento que empieza a llorar... eso fue toda algabaría, ya ahí todos gritamos... “no, felicidades comandante, bien hecho”.
-¿Qué sintió usted?
-En el momento en que el bebé yo lo tomo, le doy la nalgada y llora, dije: ya es de vida. La tensión que tenía en el parto se me liberó. Como una descarga… yo veía al bebé en mis brazos, que no se movía, y me dije: Dios mío ¿ahora qué hago? Por eso me sentí feliz cuando lloró. El niño respiraba.
Tendrías que ver cómo se te ilumina el rostro cuando cuentas ese instante, Zulhey. Tu cara, de por sí redonda, despliega una sonrisa de dientes tan blancos como granos de cacahuazintle. Tus ojos, oscuros, de pestañas chirris, se esconden discretos. En los pómulos te nace un sol.
La importancia y el temor, dices, son la señora, pero sobre todo el bebé. Sin equipo adecuado, sin aparatos dispuestos para un parto, sin succionador de flemas, nada, la vida del niño está sólo en tus manos: que no se contamine, que no se caiga, que no se golpee, que no se lastime y con ello surjan consecuencias irremediables para él. Y para ti.
La mujer a quien ayudaste, a manera de agradecimiento, te comenta que siempre había pensado que ustedes los de la policía capitalina, ese ente sin rostro al que uno siempre define como muy corrupto (sobran razones), no estaba capacitada. Que nada más se dedicaban a la extorsión.
Por ello, ahora que recuerdas ese pequeño bulto, blanquito, delgadito, larguito, lleno de sangre, que pesó como dos kilos y dejó el cubículo y a ti misma cubiertos de sangre, olorosos a fluidos, dices convencida:
“Los sacrificios valen la pena. Las mentadas de madre, los desprecios, el sueldo tan bajo, todo vale la pena. La vida tiene su equilibrio, es perfecto, te da lo que te mereces, tarde que temprano, siempre. Si tú quitas, se te quita; si tú das, te da”.
Así te vas a la calle. Otra vez a la estación Pantitlán, donde éste año han nacido tres de los cinco bebés que registra el sistema en 2001. Donde eres la vigilante. Donde nadie sabe que tu nombre, policía Zulhey, designa el movimiento que tienen las olas cuando chocan contra las rocas.♠
Publicado en El Universal
Los futbolistas más pobres del continente
SAN MARCOS DE SIERRA, HON.- El balón, cuando se estrella en el travesaño de la portería, surca el cielo serrano y cae hasta hundirse en un ramaje sin verdes, desata una silbatina, una gritadera que cualquiera compararía con la que sueltan las barras desafiantes del Azteca en un Pumas-Águilas, aunque ésta tenga algo de distinta: nace en el pueblo más pobre de la América Central.
El fragor se escucha desde lo alto del camino, cuando uno llega, sin aire, al borde de esta especie de cazuela, honda y abrasante, que se extiende sobre un valle que no termina nunca. La cancha, detrás de la oficina municipal, es fuente de la vida, centro del universo: en el principio, fue el balón.
Se lo disputan a muerte. Justo en el 2 a 1 del minuto 86,Wilmer, portero del San Marcos Futbol Club, se convierte en un jaguar cuando se abalanza sobre el balón, esquivando trancazos y garras. Este felino es el mismo hombre silencioso que se alza de la tierra no más de 160 centímetros y que, fuera de la cancha, baja la vista cuando escucha una pregunta. Indio lenca de ojos poderosos, manos como tenazas, piel de arcilla, se abraza a la pelota... y la detona con su metralleta de Adidas postizos, mientras estudia, apretando los dientes, cómo los otros 21 gladiadores indígenas reparten puntapiés, zancadillas, chingadazos, jalones, gritos, fintas. Estos hombres miran al balón como se mira un sueño posible.
Si gana, el San Marcos F.C. estará en la final y podrá medirse de nuevo con su archirrival, el Mílan (así, con uniforme preciso y acento imposible), que es como el Manchester United del empobrecido pueblo de Intibucá. La bolsa para el equipo campeón es de 200 lempiras, poco más de 120 pesos mexicanos, o 180, según la devaluación. Dinero en efectivo, por cabeza. El campeón goleador y el portero menos goleado, además, se juegan un premio extra de 200 lempiras. El premio bien vale partirse la madre en esta cancha de tierra, sobre todo si pensamos que estos muchachos ganan unos 12 pesos al día.
Trofeos, pero también comida
Wilmer reconoce que piensa en goles y en trofeos pero también en maíz, en frijoles humeantes, en café recién hecho, en tortillas.
En el municipio donde el gobierno hondureño y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ubican la última escala de la marginalidad centroamericana, donde murieron por hambre, desnutrición, diarrea o Mal de Chagas más de 450 personas el año anterior, donde los muertos son enterrados desnudos en fosas comunitarias, donde los campeones intercambian sus premios por docenas de huevos, libras de maíz, polluelos para la cría, el campeonato de futbol, su algarabía, sus goles, representa algo más preciado que una legendaria copa Jules Rimet, más cierto que un triunfo en tiempo de derrotas: simple y llanamente, la posibilidad de comer un poco mejor.
El trayecto de La Esperanza, cabecera municipal de Intibucá, a San Marcos dura media hora. O al menos eso dicen, cada 30 minutos, quienes caminan la empinada vereda, cargados de leña, bolsas, yerbas. Su tiempo es otro.
Por esta terracería transita sólo un vehículo a la vez o una mula o un caballo. Los acantilados, los pinos secos y las fosas sin fondo no impiden mirar las casas de adobe o bahareque, como llaman al entretejido de barro con palos, cañas o varas, que aguanta vientos y tormentas. Una serranía que no pide, exige, el adjetivo de hermosa. Prófuga de la mano de Velasco y sus pinceles.
En el domingo que llegamos hay pasarela de regiones, vestimentas occidentalizadas y pobreza capitalista sin matices: muchas de las aldeas con la más cruda miseria del país están en Intibucá, pero San Marcos, fundada el 16 de marzo de 1901, les gana a todas: sus cuatro comunidades en extrema pobreza, más de 90% de su población adulta mal nutrida, más del 70% de sus niños con hambre aguda y otros severos subdesarrollos. San Marcos es, en suma, la verdad de las mentiras.
Secuestran gallinas
Gente que vive de la agricultura, del alquiler de su abaratada mano de obra, pero sobre todo del milagro, que sobre caballos, motores, mulas, burros, se deja venir a San Marcos, a la única cancha del municipio, para ver los partidos. Hay semifinales.
“El campeonato nos ayuda a olvidarnos de los problemas, pero también a organizarnos”, dirá Francisco López, vicealcalde de San Marcos, cuando termine de jugar el partido que Wilmer domina con sus guantes de oro. Los uniformes de los futbolistas, cuenta, fueron un donativo del gobierno “con la intención de fomentar el deporte y la unión”. Son copias fieles de aquellos que portan los equipos mundiales, el Milán, el Manchester, el Barcelona. Y también el Real España hondureño, que es como una conjunción de aquellos, pero mejor, porque es de ellos.
Además de la pasión que desata, el futbol ha logrado que las comunidades discutan los asuntos trascendentales de su vida diaria: en este campo se supo de la llegada de ayuda humanitaria española, a través de la Junta de Andalucía, que entregó recursos, granos y alimentos, para sobrellevar la pérdida de cosechas en todo el país, en 2009.
En el área del tiro de esquina se acaba de pedir la organización de todos para seguir luchando, ante el poco éxito, contra el hambre. En la portería local se habló de la llegada de ayuda en especie, de verdaderos misioneros de la Cruz Roja Internacional, que suministraron sueros orales y raciones alimentarias de emergencia para una población en la que, según los censos de Honduras, 65% es extremadamente pobre; 38% es analfabeta y casi 15% es indígena y olvidada de programas oficiales. En la portería visitante se cuchicheó el extraño caso del secuestro de gallinas.
—¿Aquí secuestran gallinas? —pregunto a una sanmarqueña.
—Se las llevan una semana o dos, y les sacan todos los huevos que puedan. Luego las regresan, en las noches.
Luis Edgardo López, sobrino del vicealcalde, hijo del ex alcalde, ahijado del alcalde en turno, cuenta que los jugadores ven al futbol como algo serio, eje de su vida en la montaña. Llegan desde el día anterior a San Marcos para practicar en el terreno. Se esmeran en la competencia, asean su calzado, sus shorts, su casaca, incluso meditan: el ritual completo del juego-religión.
Como provienen de todas las regiones, es fácil que los hombres ocupen su tiempo en discutir sus problemas, alcanzar acuerdos, informar de empleos, intercambiar productos, convivir o hasta enamorarse. Porque después del campeonato de goleo, el de noviazgos por cabeza es el más popular: un ganador ha obtenido hasta ocho trofeos, coquetos y sonrientes, en un solo torneo.
Comen agua con sal
Luis Edgardo lleva más de siete medias horas caminando, desde La Esperanza, porque no tuvo dinero para el camión. El juego aquí es una tradición, dice. Por eso la cancha tiene un graderío de cemento, como templo, en un terreno que nadie profana y que, al ganar, significa el trono de un respeto absoluto, que nadie cuestiona.
—¿Qué pasa con los equipos perdedores? —le pregunto.
—No, señor. Algunos van a llorar como cipotes (como niños), otros van a pelear. No se da mucho que se den peleas, pues, pero es día de tristeza y de llorar. Muchos van a regresar a sus comunidades, pues, a ser pobres como siempre, a buscar comida. Muchos sólo van a tener agua con sal.
Y entonces, con un golpe seco, como suele aparecer el gol de súbito ante un portero torpe e improvisado, Luis Edgardo explica por qué eso de “agua con sal” no es, ni de lejos, una metáfora.
Si uno cierra los ojos, si se esfuerza por saborear ese caldo de nada, el agua con sal tiene un sabor como a té negro, como a infusión de yerbas sancochadas en agua. No se queda en la lengua. Resbala serenamente.
Cuando no se ha comido en todo un día, la bebida calma, con su tibieza, los retorcijones de la panza quejumbrosa. Rosa Ferrara dijo al diario La Tribuna del 6 de agosto: “Cuando no conseguimos dinero y veo que no tendremos comida, lo que hago es calentarles agua, echarle un puntito de sal para entonarles el estómago y que no se me enfermen los niños”. Un alivio es un alivio, aunque sea una mentira.
En los casi 290 kilómetros cuadrados de territorio que tiene San Marcos, ese alimento es lo común. Y a veces lo único. Juana y Rosalba, madre e hija que juntas rebasan los 150 años de vida, lo saborean seguido. Completamente solas, últimas de una estirpe que jamás salió de San Marcos, viven a unos 80 pasos de la cancha de futbol, en una choza de adobe y de palmas hasta donde se cuelan los chiflidos.
En su fogón, ese domingo, tienen una ollita con no más de 50 granos de frijol humeando, una masita de maíz del tamaño de un puño de niño y agua con sal. Bastante agua con sal, en un pocillo tiznado por la leña.
El vicealcalde, todavía uniformado y sudoroso, nos lleva hasta ellas. “Son las más pobres de los que están aquí cerca”, dice. Otros, todavía más pobres, viven en medio de la sierra, pero llegar allá tarda otras seis horas. Y sólo se puede subir con caballo.
Como ellas se interesan de inmediato, la plática gira en torno al resultado del partido. “Que gane San Marcos, quiera Dios, que jueguen bien la pelota”, dice Juana. No tiene más de tres dientes en la boca. Un plano de líneas hondas le cruza la piel. Sus trenzas grises. Ojos oscuros. Una mariposa negra y amarilla vuela por su jacal. En el aire está el sabor de los frijoles. Dos gallinas pardas hacen hoyos en la tierra. Ronda García Lorca: las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora.
Un dato: el pasado 23 de febrero, a través de la RNH, radio hondureña de alcance nacional, el gobernador de Intibucá, Juan José Velázquez, lanzó un llamado de emergencia para que fluyera la ayuda a la región. “Se están agotando las reservas de alimento”, dijo, “porque la cosecha del año pasado fue mala, pérdidas de maíz, en frijol, en papa, y realmente es preocupante la situación”.
La ayuda de afuera fluye poco y la de adentro, menos: el gobierno de Honduras destinó, en 2011, 9.5 millones de dólares al Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia, brazo operativo contra la pobreza y el hambre en la nación, pero 235 millones de dólares a la Policía Nacional. El poder de las prioridades.
El propio Luis Edgardo López, quien integra una de las familias menos cercanas a la necesidad en toda la zona, trabajó durante 2010 con las organizaciones internacionales que llevaron hasta San Marcos la comida de emergencia y los suministros que evitaron una masiva y silenciosa muerte en las montañas. La hambruna no es sólo como África la pinta.
“Se alteró el ecosistema con los fenómenos globales, y ahora tenemos sequías e inundaciones. Se pudren las cosechas, se mueren los animales. No aguanta el maíz. No hay forma de traer agua hasta las zonas más altas, hasta las comunidades, que son las que más están sufriendo. Por eso tenemos al futbol”, dice Luis Edgardo.
Juana, atenta a los visitantes, pregunta tímidamente al vicealcalde cuándo llegará el apoyo del gobierno, una suerte de pensión alimentaria que no es regular, pero cae a veces. Como el hombre se encoge de hombros, los ojos de ella vuelven a la tierra hasta que suena un griterío a 80 pasos: ha caído un gol en “el estadio”. El Mílan se encamina a la final.
“¡Bi-cam-peón!”
Decía el periodista Ryszard Kapuscinski que para el hondureño no hay pasión más intensa que la emanada del futbol. Que es fuego, necesidad, coraje. Origen de guerras, de disputas casi eternas, de poderíos y derrocamientos por igual, el futbol resume, en su balón de cuero, la forma precisa en que los hombres decidieron hacer rodar al mundo.
En el país montañoso, cuyo promedio de hacinamiento es de 4.6 personas por habitación, cuya tasa de desempleo alcanza al 70% de la gente y la migración es permanente y masiva, ver a hombres y mujeres desgarrarse por el rumbo que toma un balón puede parecer absurdo.
Pero no lo es. Hay que verlo: cuando el Mílan anota su segundo gol de la semifinal y el balón cruza la línea de meta, rompe la remachada red, salta a los matorrales resecos y se pierde entre ellos. Los sanmarqueños se vuelcan: “¡Bi-cam-peón! ¡Bi-cam-peón!”
El Mílan ganará otra vez el torneo, la semana siguiente, y Wilmer, el portero-jaguar, habrá de volver a su casa sin trofeo, sin 200 lempiras para las raciones extra de frijol, maíz y café, pero seguramente con la misma esperanza que lo ha mantenido durante tantos años de pie: ser campeón del certamen de futbol más aguerrido del planeta. Entonces los hombres y mujeres del pueblo más pobre de la América Central volverán a exclamar “¡Gooooool!”, como quienes gritan, a todo pulmón, “¡Estamos vivos!”.♠
Publicado en El Universal
Marcelo Ebrard y la fórmula para ganar perdiendo
Echó su resto. En su despedida, o su primer día como aspirante, sacó a lucir el poder movilizador de una aceitada estructura, sus números de gobernante eficaz en un país ensangrentado, la expectativa de ser el único capaz de disputar una candidatura de izquierdas casi definida, y con su astucia, su mucha astucia política, Marcelo Ebrard se lanzó en pos de Los Pinos como si trajera un cálculo en la bolsa: aún perdiendo, saldrá ganando en el intento.
“Siempre he dicho que aspiro”, dijo desde el t
emplete sembrado con inmensos girasoles amarillos, “voy a participar decididamente en el proceso de selección del candidato de la izquierda mexicana. Ahí voy a estar”.
Le llovió ovación. En el Auditorio Nacional, alquilado en casi 870 mil pesos, al perredista le llovió ovación: de empresarios, encabezados por el archimillonario Patricio Slim Domit y el prominente Miguel Alemán Magnani; de embajadores, con el estadounidense Earl Anthony Wayne a la cabeza; de los sectores de la izquierda (liderados por su presidente, Jesús Zambrano) que no se llevan de a cuartos con Andrés Manuel López Obrador; de líderes de los medios, entre quienes abundaron los críticos acérrimos del tabasqueño; de jerarcas religiosos, sociales, civiles, ex priístas, ex panistas, ex secretarios de estado.
Y todo su aparato. Ese que respondió con griteríos sectorizados que ya controla Ebrard. Llevados hasta ahí en camiones de la RTP, como los chavos del CECYT 5 “Gertrudis Bocanegra”, a quienes les exigieron, un día antes, llegar al Auditorio con su “código de barras” del Prepa Sí. Movidos como los viejitos, “trátenmelos bien, por favor”, las madres solteras, “pero gritan como si trajeran ganas”, los Niños Talento, “pónganse las chamarras aunque haga calor”, las embarazadas, los invidentes, los chavos banda, los saltimbanquis de Iztapalapa que divirtieron en la explanada.
En la despedida, o su primer día como aspirante, Ebrard sacó a lucir sus números estrella de administrador eficaz, pero también los vicios de 14 años de gobiernos sin contrapesos: cobertura universal de salud pero clientelismo sin medida. Seguridad pública, espacios públicos resguardados pero corrupción y grupos enquistados. El mayor programa de adultos mayores, apoyo a discapacitados pero cuatachismo en todos los niveles. Prepa sí, niños talento, becas y útiles escolares, pero vengan a gritar, traigan su credencial, pasen lista, hagan bola a cambio de una torta. Una ciudad de libertades ganadas, moderna, de avanzada, pero vestida con el mismo viejo traje sucio.
“No son acarreados, uno les avisa y ellos se organizan solos”, miente una funcionaria capitalina sobre los más de 120 autobuses que sueltan asistentes, sobre aquella calle Gandhi que está repleta de granaderos, sobre Chivatito que está impregnado de vecinos de Iztapalapa, sobre el Paseo de la Reforma donde se despliegan policías a destajo. “Ellos llegan solos”, dice, pero se acercan hasta ella los jefes de los grupos: “trajimos 500”, “vinieron 180, jefa, ¿traigo más?”.
Es el último acto de Ebrard, o su primer día como aspirante, según se lo quiera ver, y el tema en la grilla, el momio que comentan políticos y pueblo es una hipotética negociación: Andrés será candidato por segunda vez y Marcelo se quedará con la ciudad y el liderazgo izquierdista del próximo Senado.
¿Un hecho consumado? Los perredistas no atinan a decirlo todavía con su nombre y apellido. Zambrano hace mutis. El gabinete capitalino también. La gente de López Obrador no ha llegado al evento para ser cuestionada. La de René Bejarano tampoco.
En su primer acto como aspirante, o su último informe como el Jefe de una ciudad pacificada en medio de un país de muerte, Marcelo Ebrard echa su resto, quizá con un cálculo en la bolsa: aún perdiendo, joven todavía, astuto, él ya ganó con el intento.
Publicado en El Universal
México, una ciudad de cosas inadvertidas
México es una ciudad de cosas inadvertidas. Una ciudad de palacios y parques por donde pasea el olvido, que es la forma más concreta con que los mexicanos demostramos nuestra indiferencia. Una ciudad de perros vagabundos, hormigas, estatuas carcomidas y teporochos solitarios, como el que se encarga de limpiar el jardín de Loreto, donde otros, supuestamente en su juicio, llegan día tras día para tirar su mierda.
A veces, ese hombre está rodeado por una decena de los casi un millón 200 mil perros callejeros que deambulan libremente por las calles. A veces está solo, ahogado por alcohol, solvente o lo que haya habido a mano. Nadie sabe cómo llegó hasta ahí, pero es común verlo: si no está de cruda, camina el jardín de Loreto, se sienta en la fuente diseñada por Manuel Tolsá y recoge latas de refresco, colillas, envoltorios de Gansito, plástico, clavos retorcidos, restos de torta, todo aquello que arrojan cuantos pasan por ahí.
Llena un costalito con sus hallazgos, se queda esperando mucho rato a que todos se hayan ido y se echa de panza al cielo frente al templo de Loreto, una joya inclinada de 200 años que medio se yergue, a punto de venirse abajo sin que alguien lo lamente, en la esquina de San Ildefonso y Rodríguez Puebla, tapizada de huecos de humedad, millares de hormigas negras, la polilla de los portones, publicidad furtiva, basura acumulada y las yerbas que le crecen a la piedra.
Es el símbolo de una historia cotidiana en los sitios públicos de la ciudad. Plazas, parques, jardines, andadores, alamedas, rotondas, monumentos, explanadas, estatuas, que parecen ser de nadie. Jamás de todos: de nadie.
Es la historia de una ciudad de datos curiosos: un 48.55 por ciento de sus habitantes la considera mucho muy atractiva para mostrarla a los visitantes. Pero no la cuida.
Dice la Encuesta Nacional de Hábitos y Consumos Culturales 2010: en el último año ¿Cuántas veces asistió a un monumento histórico, como catedrales, ex conventos, estatuas? El 66.14 por ciento, seis de cada 10 capitalinos, respondió: ninguna.
Sólo un conductor de automóvil, de diez que lleguen a la esquina de Paseo de la Reforma y Bucareli, utilizará su luz direccional para anunciar la vuelta a la derecha y sólo dos dejarán pasar primero a un ciclista o a un peatón. Nadie, en 25 minutos, llevará hasta un bote de basura la envoltura de una cajita feliz abandonada frente al McDonalds de Génova. Veintitrés personas leerán, a lo largo de media hora, el cartel que prohíbe tirar basura frente al Vivero en Coyoacán, pero ninguna hará caso.
Porque México es una ciudad de gente contradictoria: 69.02 por ciento de los capitalinos dicen nunca o casi nunca tener tiempo libre. Y si lo tienen, la mayoría decide ocuparlo principalmente viendo televisión o escuchando música. Sólo 0.14 por ciento va a una biblioteca.
Dice la Encuesta de Conaculta: los capitalinos confiesan, en un 43 por ciento, pasar más de dos horas diarias frente al televisor y desean, si es que tuvieran más tiempo libre, mayoritariamente hacer nada.
Amar a una ciudad
-¿Una ciudad se ama? -le pregunto por teléfono a Guillermo Tovar y de Teresa, responsable de la Crónica de la Ciudad de México.
-Hay mucha gente que ama a su ciudad, claro que sí, y está involucrada. Pero también hay mucha gente que la odia, mucha gente que detesta a su ciudad igual que odiaría a su madrastra o al mundo entero.
Woody Allen, el genio cineasta, ha creado verdaderas joyas cinematográficas sólo para adorar a la ciudad de Nueva York. Jorge Luis Borges se ha fundido para siempre con Buenos Aires y ha escrito textos eternos alabándola. En París, organizaciones de ciudadanos de todas las clases sociales han adoptado estatuas, puentes, calles, monumentos, para vigilar y exigir que las autoridades cumplan su cometido de restauración, conservación y salvaguarda de aquello que es de todos.
Durham, una pequeña ciudad en Carolina del Norte, Estados Unidos, vio nacer un movimiento social que ya se ha extendido a muchos otros condados de la costa atlántica: “Cásate con Durham” (Marry Durham). Con ese compromiso, los ciudadanos asumen públicamente su amor por la ciudad donde viven, con certificado nupcial y todo, y con ello afianzan su compromiso de mantener calles limpias, monumentos en buen estado, preservación de zonas comunes, rehabilitación de espacios deteriorados, elegir autoridades responsables, impedir el saqueo y la devastación.
En 2007, un grupo de empresarios propuso un programa para “adoptar” parques, jardines y áreas verdes de la ciudad, que nunca se concretó. El deterioro sí.
-También hay muchos grupos que están trabajando por la ciudad de México, gente positiva. El problema es que hay mucha más gente peligrosa, que pinta con spray indeleble los monumentos, que daña sitios públicos. Y también están las autoridades arbitrarias, que no hacen nada por apoyar a quienes quieren mantener la belleza de la ciudad – dice Tovar y de Teresa.
Porque el amor por una ciudad se demuestra con actos, dice, “pero la autoridad capitalina no incentiva a quienes pretenden conservar la belleza de sus inmuebles artísticos o históricos: uno arregla su casa, que tiene valor histórico, y de inmediato te aumentan el predial 30 veces, eso es un atraco, eso favorece a los propietarios que abandonan sus inmuebles y los dejan destruirse, eso penaliza a quienes restauran, es un absurdo”.
Si bien la ley local favorece la conservación de monumentos declarados por el INAH o el INBA como patrimonio artístico o histórico de la ciudad, esos beneficios no alcanzan a los miles de propietarios de inmuebles catalogados con valor arquitectónico, a quienes les significan muchos más problemas las remodelaciones o conservaciones que el abandono de los inmuebles.
Con los sitios públicos de la ciudad, en su mayoría, sucede algo parecido. Pero peor. Es cosa de andar la ciudad y comprobarlo.
“¿Y a mi qué?”
De lunes a viernes está llena de estudiantes. En sus bancas, maltrechas, deterioradas en serio, los más de 7 mil jóvenes de las vocacionales, preparatorias y secundarias cercanas se reúnen en parejas o en grupos durante horas. Eso la mantiene viva.
La Plaza de la Ciudadela. Está dividida en dos grandes bloques por la calle Enrico Martínez, uno poco arbolado donde se reúnen ardillas y parvadas de pájaros silvestres junto con decenas de ancianos que bailan danzón. El otro, más arbolado, preside la entrada principal de la Biblioteca México “José Vasconcelos”, la más concurrida de la ciudad, con casi 2 millones y medio de visitantes al año y más de 250 mil volúmenes en su acervo.
Lugar de reunión de jugadores de ajedrez, de vendedores de droga y comerciantes de cuanta cosa, la plaza guarda dos impresionantes esculturas de bronce que están por cumplir los 100 años de vida. Nadie sabe cómo llegaron hasta ahí, aunque la versión más arraigada es que fueron colocadas por órdenes de Victoriano Huerta, tras los sucesos de la Decena Trágica protagonizados por el usurpador.
Maltrechas, rotas, ambas estatuas presidieron alguna vez sendas fuentes que hoy están sin agua. Una de estas, representando a una mujer alada con el torso desnudo, sostiene en el brazo una hélice de Anáhuac. La otra sostenía en su brazo algo como una antorcha que ya desapareció. El conjunto, huelga anotar, está casi destruido, plagado de ratas, de cucarachas que hacen un camino directo, rectilíneo, hacia la zona de vendimia de papas fritas, refrescos y tortas de la avenida Balderas.
Cuando no hay patrullas, que suele ocurrir a menudo, los chavos organizan cáscaras que tienen el monumento a Morelos como centro de cancha. Los balones rebotan, reiteradamente, en la cerca del monumento, en los adoquines rotos, incluso en los charcos que son casi lagunas cuando llueve. El parque es suyo para usarlo, para dejar mochilas, refrescos, revistas, periódicos viejos. Terminado el encuentro los chavos se dispersan, la basura que dejan no. El parque es suyo sólo para usarlo: los 5 chavos y chavas que abordé dijeron pasar por ahí a diario pero no saber qué personaje estaba representado en el deteriorado monumento.
-¿Si ustedes ocupan la calle todos los días, por qué no le dan una barrida a todo el jardín? –le pregunto a uno de los vendedores de Balderas, un hombre de acaso 50 años, canoso, sin dientes en la mandíbula superior, que oferta películas originales baratas, “de a 50 varos” por artículo.
“Es que no da tiempo”, dice, “nosotros sí dejamos limpio nuestro lugar, pero no da tiempo de barrer todo. Para eso está el Departamento de Limpia ¿no?”.
-¿Y el cucaracherío? – le insisto. A sus pies anda un animalejo, café, gordo, bien brilloso como si acabara de escapar de la olla de aceite. Ambos lo vemos, porque el comerciante la pisa antes de que yo termine la pregunta.
“¿A mí qué?”, me dice, “yo no vendo comida”. Otro de los comerciantes se acerca. Me dejan hablando solo.
“¿Y tú, amas a tu ciudad?”
La chica pasea a su perro, un enorme animal de pelo color miel, por las jardineras que circundan el Kiosco Morisco, en Santa María La Ribera. Lento, el paseo es más un divertimento para el perro que para ella. Encadenado al cuello, el perro olisquea el pasto humedecido de tanta lluvia, hasta que encuentra el lugar exacto para defecar.
Por un minuto observo a la chica, pantalón deportivo, una gran marca en la sudadera, cabello recogido, no más de 23 años. Un hombre, sentado en una banca cercana, tras la cual hay montones de basura, yerba, hojas y desperdicios botados, también la mira. Apenas termina, el perro emprende el andar sin que la chica se preocupe por recoger las heces. Me le acerco de inmediato.
-¿Tú amas a tu ciudad? Le pregunto a bocajarro.
-Sí, sí la amo.
-¿Y cómo lo demuestras?
-Pues, no tirando basura, limpiando el frente de mi casa. No sé, siendo buena ciudadana – dice. Su voz tiene ese tono de inocencia, acaso infantilización, de moda en ciertos grupos sociales.
-¿Y por qué no recoges la caca de tu perro? Le insisto. Deja pasar unos segundos. Eleva los ojos momentáneamente. El micrófono y la cámara de EL UNIVERSAL la destantean.
-Porque sirve como abono para las plantas ¿no? Yo sabía que sirve de abono.
Cuando le digo que no, que esa materia fecal contamina, asegura que no lo sabía. Luego se va. En ese parque, esa mañana, hay en total 23 montones distintos de caca de perro.
El hombre sentado en la banca, molesto por las preguntas, defiende “el gran trabajo” de la delegación Cuauhtémoc para conservar el parque. Otra vecina lo increpa: el hombre miente, según se ve. Cuanto le pregunto por los montones de basura que se acumulan incluso al pie del kiosco, atina a decir: “ya luego viene el camión”.
En el número más reciente de la revista de la Universidad Iberoamericana, sociólogos y urbanistas plantearon la urgencia de recuperar los espacios públicos para la convivencia social y las relaciones humanas armónicas. Como un imperativo ante la fragmentación y la polarización social.
“Hay que recuperar la ciudad, y los derechos de ciudadanía. Hay que recuperar la convivencia y las experiencias del compartir. Hay que evitar que las identidades se separen, ya que al separarse se rearman unas en contra de las otras”, escribió el investigador Julio Mercader.
La coordinadora de la Maestría en Desarrollo Urbano, Gabriela Lee, anotó que los elementos del espacio público, los monumentos, los sitios públicos, los parques, son referencias importantes para la vida en comunidad, porque permiten a la gente reforzar los vínculos comunitarios, el arraigo y la identidad local.
Falta para eso. El Conaculta, que anunció recientemente un ambicioso proyecto de remodelación de la Biblioteca México “José Vasconcelos”, no contempla en éste meter mano alguna en el jardín de la Ciudadela, en las fuentes secas, en los monumentos desvencijados.
La autoridad capitalina, en los distintos procesos de remodelación de la Alameda Central y su periferia, no pasó, ni por asomo, por las fuentes interiores, todas rotas, quebradas, secas.
La delegación Azcapotzalco construyó fuentes en camellones y plazas que hoy son monumento a la destrucción.
El Monumento a Obregón, en lo que fue el majestuoso parque La Bombilla, es un muestrario de grafitis, mugre, devastación.
La delegación Miguel Hidalgo deja morir irremediablemente a la antiquísima Tacuba, a merced de ambulantes y rateros.
Las estatuas del Paseo de la Reforma no conocieron limpieza o cuidado alguno en las distintas remodelaciones.
El jardín que ocupa el costado del Museo de las Intervenciones, es un tiradero de basura.
Es la historia común de los sitios públicos de la ciudad de México: una ciudad de cosas inadvertidas.♠
La marcha de los putos
Son miles de miedos juntos que se reúnen en un Paseo de la Reforma convertido, por una tarde, en la pista de baile más grande del país, en la explanada de la libertad donde ellos, los “raritos”, los “degenerados”, las “tortis”, se agrupan para conjurar el odio que todavía les tienen, el asco, la intolerancia, con una canción: “de noche y de día… ¡Que viva la jotería!”
Cuando pasa brincoteando al ritmo de la música de Gloria Trevi, confundido entre más de 60 mil que, según el gobierno capitalino, convergen en la 33 Marcha del Orgullo Gay, la más concurrida en la historia del país, David se detiene para responder: “Sí te da miedo. Yo no quería decírselo a mi papá. Pensaba que me iba a correr de la casa, que me iba a golpear, te sientes el único en el mundo, y hasta crees eso de que te vas a ir al infierno, y yo no quería eso”, dice.
Lleva un arcoíris dibujado en el pecho, un tocado de princesa cubriéndole la cabeza, una capa azul con chaquira y lentejuelas, los ojos verdes, artificiales por supuesto, que le resaltan en el rostro moreno de no más de 25 años. “Yo creo que a todas nos da mucho miedo, a todos ¿no? Por eso hay tanta closetera”. Y ríe. Cualquiera lo hace si supera el temor de vivir su única vida como le venga en gana.
Y como él hay muchos. Miles. Quien aguantó la burla de sus amigos, quien fue despedido del trabajo, el amenazado, el golpeado, quien se casó para aparentar, el “jotito de la colonia”, que un día tuvieron temor pero hoy salen a la calle con sus disfraces de carnaval, sus banderitas, listones, pancartas, antifaces, para regodearse con su determinación. Para besarse, bigote con bigote. Para tocarse, en conjunción de senos. A ligar, enamorarse, divertirse.
Ya son orgullosos gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, transgénero, que por miles exigen derechos civiles, económicos, políticos y también reclaman, fuertes todos juntos, que a la sociedad le quede claro: “detrás del silicón, está mi corazón”.
Por ello, cuando no aparece el jefe de gobierno, Marcelo Ebrard, para dar el banderazo de salida, a silbidos y mentadas le recuerdan que el “gay power” representa 10% del electorado, si no es que más, y su músculo social cuenta, decide, compra, y, vota. Lo sabe el secretario de Turismo, Alejandro Rojas, cuando se compromete a apoyar la consolidación del primer Centro de Apoyo para la comunidad gay, y asegura que el GDF estará siempre atento a sus demandas.
Lo saben refresqueras, cerveceras, editoriales, empresas de espectáculos, de ropa, de perfumes, de automóviles, de servicios bancarios, de viajes, de zapatos, de equipos electrónicos, que financian su fiesta.
Lo saben los partidos que coquetean con ellos, lo saben los gobernantes, incluso aquellos que se asquean en público de aquello que disfrutan en privado: miles de temores juntos construyen un inmenso valor.
Le pregunto a David, en medio del jolgorio, cuándo fue que perdió el miedo. La respuesta que suelta, antes de perderse en la multitud, es suficiente para entender esta realidad social: “cuando mi papá me abrazó y me dijo que me iba a querer siempre”, dice, “y cuando empecé a encontrar muchos amigos como yo”.♠
Publicado en EL UNIVERSAL

Un Suburbano llamado "Fracaso"

Media tarde en la estación Tultitlán. Sobre la avenida Independencia hay un perro en los huesos, un calor que alborota hedores de un arroyo repleto de basura, seis bicicletas encadenadas a una reja, una docena de automóviles dentro de un estacionamiento improvisado y bajo la estación del tren, en lo que debería ser un muy transitado paradero de colectivos, dos choferes que se aburren. Así han de esperar, amodorrados por casi dos horas, hasta que llega el primer pasajero: es el Suburbano, llamado Fracaso.
Elvia González, la mujer que desciende de la estación, espera casi 20 minutos para que el colectivo la saque del lugar, porque el chofer no quiere irse con la combi vacía. “De menos con unos cuatro, ¿no?”. A caminar, la vendedora de cosméticos por catálogo, quizá de 35 años, morena, regordeta, no se atreve. “Es una zona de mucho asalto, mucho asalto…”, dice. “Seguido le quitan a una la bolsa. Se ha sabido que hasta las golpean. Me contaron de una señora que le quitaron sus aretes de un jalón”.
—¿Y los guardias del Suburbano?
—Ni siquiera vieron. Eso le pasa por arriesgarse a caminar hasta el centro, porque de aquí sí queda lejos. Yo voy adelante de Jaltenco. Me tengo que esperar lo que ellos quieran—, por eso casi nunca utiliza el tren.
“Está lejos del centro”, “no hay cómo llegar”, “para una que viene sola, la zona está muy fea”, “asaltan”. Y ese día le ha salido caro. Elvia, quien ya ha pagado 28 pesos de Suburbano desde que esa mañana fue al centro de la ciudad de México a “recoger producto”, ha debido gastar también 6 pesos de Metro, 20 pesos por la combi que la acerca al centro de Tultitlán y otros 20 por llegar a San Felipe, y si no quisiera perder casi otra hora de espera en el paradero, pagaría 50 pesos por un taxi. Sin contar el costo de su almuerzo.
Cuando le pregunto por sus ingresos mensuales, dice que están alrededor de los 4 mil pesos. Hacer ese viaje cinco días a la semana, en un mes le representaría mil 480 pesos. La tercera parte de sus ingresos. Si esa mañana se ha decidido a pagar más, es por las bolsas “de producto” que lleva consigo.
Y el panorama de pérdida es peor si se habla con los encargados de los pocos, escasos locales instalados en las plazas comerciales construidas en los accesos, las que aprovecharían el paso de miles de usuarios del Suburbano.
No más de 10 en la estación Tultitlán, solitarios en medio de la obra negra de una plaza siempre inconclusa, su facturación no supera los cinco mil pesos a la semana, cuando llegan a vender. Lo mismo si se trata de comercios de uñas, renta de computadoras, ropa, alimentos, víveres, préstamos o las Bodegas Aurrerá, todo instalado en las estaciones y con rentas de entre 8 mil y 15 mil pesos mensuales, según el tamaño. La que yo compro, es la primera dona que venden ahí en dos días. No parece ser negocio.
Regresan a la memoria las palabras del presidente Felipe Calderón, aquella mañana del 7 de mayo de 2008, cuando encabezó el arranque de la Operación Demostrativa del Sistema 1 del Tren Suburbano. “Sin duda alguna una de las mayores obras de infraestructura y con mayor impacto en cuanto a su número de beneficiarios en muchísimo tiempo”. En el primer año de operación, dice el mandatario, “el tren atenderá a 288 mil, podemos redondear a 300 mil pasajeros al día. Esto nos da una cifra, amigas y amigos, de más de 100 millones, 100 millones de viajes-persona al año”.
Pero no es así. El Suburbano, “que costó, sí, una inversión de más de cinco mil millones de pesos para el gobierno federal, una inversión privada de casi siete mil millones de pesos”, no ha transportado a 300 mil personas diariamente en su primer año. Ni en el segundo. Ni en el tercero.
Y cuando se encamina al cuarto año de operaciones, si roza la tercera parte de esa alegre expectativa presidencial, ya será demasiado: 132 mil 300 pasajeros por día. Es un promedio estimado por la empresa Ferrocarriles Suburbanos, la concesionaria.
Pocos pasajeros igual a mal negocio
—¿Se trata de un fracaso?
—Pues no. Yo creo que al contrario, pienso que es un éxito, los números duros son importantes— reacciona, ante la primera pregunta, el director de Ferrocarriles Suburbanos.
Maximiliano Zurita habla de 93.5 millones de viajes-persona que, hasta el 31 de mayo pasado, ha realizado el tren. De 140.3 millones de horas-hombre productivas ahorradas. De mil 986.8 millones de pesos que la zona se ahorró. De la incidencia sobre 4.7 millones de habitantes de la región.
“Sólo por el tiempo que hemos operado, hemos recuperado más de la tercera parte de la inversión y en ocho años habremos recuperado 40% más de esa inversión”, dice.
—¿Pero, al día de hoy, se corresponden los números de usuarios con las expectativas?
—Está por debajo, evidentemente. Si teníamos considerado que podían ser alrededor de 280 mil pasajeros diarios, hablar ahorita de 132 mil, quizás andaremos alrededor de unos 137, 138 mil en promedio en el año; eso está por debajo.
Las estimaciones originales del gobierno federal, los proyectos, los estudios técnicos y de viabilidad financiera del Suburbano, realizados por Banobras durante la gestión del propio Calderón al frente del organismo, fueron muy superiores: casi 400 mil pasajeros por día.
“Nosotros, en nuestra propuesta, fuimos mucho más conservadores porque sabíamos que dependería de la implementación de rutas alimentadoras (de transporte). Empezaba en 280 mil pasajeros diarios”, dice Zurita.
Y entonces, reconoce las muchas deficiencias que han abonado a que el transporte no cubra ni la mitad de sus expectativas de flujo: es absolutamente indispensable que exista una verdadera alimentación de rutas de transporte hacia el Suburbano; que se lleve a cabo la unificación tarifaria; que se conecten las zonas habitacionales con las estaciones construidas en franjas industriales poco transitadas; que se construyan las calles laterales y los pasajes peatonales; que se habiliten zonas para dejar bicicletas o automóviles; que se liberen terrenos para erigir puentes vehiculares y peatonales; que se integre, en fin, toda una cadena de transportación que, a tres años de su arranque, trabaja sin estar eslabonada, con el consiguiente fracaso estrepitoso.
“Esto nos ha llevado a que los ingresos de la concesionaria no sean los que estábamos esperando. Si bien hay un beneficio social, la concesionaria no ve ese beneficio”, dice Zurita. “Estamos en pláticas con la autoridad: es necesario una reestructuración, no solamente económica, sino de operación”.
Ocultar el fracaso
Concebido como un ferrocarril de alto impacto metropolitano, el Suburbano se erige sobre 242 kilómetros de vía férrea federal existentes en la zona. Con su primera etapa, Cuautitlán-Buenavista, debe atender una región de alta y creciente densidad demográfica, con más de 30 millones de tramos de viajes-persona cada día, 60% de los cuales se realizan en microbuses.
Además de las estaciones terminales, se abrieron cinco estaciones intermedias. Fortuna, en la zona de Azcapotzalco, y en el Estado de México: Tlalnepantla, San Rafael, Lechería y Tultitlán, en 27 kilómetros de recorrido que se cruzan en 24 minutos.
Según datos de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), desde el principio se planeó la construcción de otras dos líneas. Con el Sistema 2, que debía correr a principios de 2011 de Jardines de Morelos, en Ecatepec, a la estación del Metro Martín Carrera, se estimaba transportar a más de 80 millones de pasajeros al año.
Con el Sistema 3, que debe correr desde Chalco y Los Reyes-La Paz quizá hasta la estación Constitución de 1917 del Metro, programada para iniciar operaciones a finales de 2010, se habrían de mover casi 65 millones de pasajeros al año. No se concretaron.
Aplazados indefinidamente, los proyectos, de acuerdo con documentos de la dependencia, “se encuentran en reevaluación y rediseño”, y cada tanto tiempo se especula sobre su licitación.
Según el Estudio 1849 elaborado por Banobras, entregado a través de la solicitud Número 0632000012807 al IFAI, el Fondo Nacional de Infraestructura (Fonadin) contemplaba que el concesionario del Suburbano contara con recursos contingentes por hasta 115 millones de pesos, para cubrir posibles deficiencias de efectivo para el servicio de deuda contratada. Sin embargo, no hay datos oficiales sobre el dinero utilizado.
La Dirección General de Transporte Ferroviario y Multimodal de la SCT, cabeza del sector al cual se integra el Suburbano, ha declarado “confidencial” toda la información sobre los gastos de operación, mantenimiento de la red y hasta la utilización del fondo de contingencia del Suburbano.
Primero, con el argumento de proteger el proceso de licitación de los sistemas 2 y 3. Después con la tesis de que “la naturaleza de la misma información constituye la estrategia operativa y comercial de la empresa, cuya divulgación implicaría poner en riesgo la operación comercial y financiera de la misma”, según consta en sendos oficios difundidos a través del IFAI.
“Revolucionar el transporte”
El día que el presidente Calderón inaugura el Suburbano, a su lado está el gobernador Enrique Peña Nieto. Cobijados por los vítores de cientos de trabajadores, huestes del líder ferrocarrilero Víctor Flores, Calderón sonríe cuando escucha al gobernador.
“Por primera vez, el país entra en una nueva etapa de desarrollo y de modernidad”, dice Peña Nieto. “Convencidos de que esta modalidad de transporte será la que facilite y haga mucho más sustentable la calidad de vida de los habitantes de las zonas metropolitanas”.
Ahí, el gobernante mexiquense informa de las negociaciones que su gobierno ha realizado para regular y rediseñar las corridas de miles de transportistas de pasajeros que habrán de alimentar al Suburbano.
“En más de 39 rutas tuvimos que hacer el rediseño de los derroteros, para hacer que estas rutas se convirtieran en rutas alimentadoras del Suburbano, donde habrá cerca de mil 500 nuevas unidades”, asegura. No es preciso. suburbano.pdf
Insuficientes por completo, de acuerdo con la empresa Ferrocarriles Suburbanos, hasta ahora sólo 50 rutas de combis, y ninguna de autobuses, han sido modificadas para hacerlas converger con alguna de las cuatro estaciones ubicadas en territorio mexiquense, con una afluencia de pasajeros mínima, con esperas de hasta dos horas y trayectos irregulares y, por ello, con el aislamiento del proyecto del sistema Suburbano.
En el Distrito Federal, igualmente, el panorama es oscuro.
Aunque la terminal Buenavista le hace conectar con el Metro y el Metrobús, el gobierno capitalino dispone de un servicio de autobuses gratuitos, RTP, que apenas el 16 de junio pasado anuncia como suspendido.
Desde el inicio de operaciones del Suburbano, el servicio ha corrido en dos rutas, desde Buenavista hacia las estaciones Revolución y Balderas del Metro, pero la SCT le adeuda al gobierno capitalino más de 90 millones de pesos por la transportación ininterrumpida y gratuita de más de 23 millones de pasajeros. Recursos que, dicen en el gobierno de Marcelo Ebrard, se distraen de transportes masivos exitosos, como el Metro.
Por ello, si uno debe bajar en Tultitlán, en Lechería, en San Rafael, recorrer andenes vacíos, plazas comerciales desiertas, inconclusas, aquella farsa televisada de que éste es el proyecto que habrá de “revolucionar la forma de transportarse de miles, si no es que de millones de usuarios” provoca que la gente se sonría: ellos saben que este suburbano se llama “Fracaso”.♠
Publicado en EL UNIVERSAL
El negocio de los sueños rotos
Cuando la voz de Ildefonso Acevedo, el rematador estrella de Hilco-Acetec, declare el número de la paleta ganadora del último lote de la tarde, el viejo centro comercial Amaya, alguna vez pensado como un buen negocio, volverá a los listados gubernamentales de bienes en remate que nadie adquiere, para contar desde ahí su historia: los planes a veces se derrumban.
Porque de eso está llena la primera subasta pública del Servicio de Administración y Enajenación de Bienes de la Secretaría de Hacienda, el SAE. Vehículos incautados al narcotráfico, maquinaria agrícola decomisada por lío fiscal, mercancía importada a México de manera ilegal. Abandonos, bancarrotas, embargos, planes rotos que se convierten en una oportunidad de negocio para otros. Ildefonso Acevedo lo sabe: la puja por lo incautado también depende del entusiasmo que se imprima a la sesión. Los hombres siempre desean lo que tiene el otro. Por eso parece que su garganta se inyectara de vigor con la danza de millones de pesos, de postores, y sus pulmones, un par de órganos bien organizados, trabajaran sólo para expulsar el aire que necesita esa fonación extrema: “Un millón trescientos mil-un millón trescientos mil a la una-tengo un millón trescientos mil-quiero un millón quinientos-millón quinientos-tengo un millón trescientos, quiero un millón quinientos-un millón trescientos-a la una-tengo un millón trescientos mil, quiero un millón quinientos mil-un millón trescientos mil-a las dos-un millón cinco un millón cinco-¡un millón quinientos por acá!-tengo un millón quinientos quiero un millón setecientos”. El salón del hotel parece la convención motivacional de un grupo de empresarios, con galletas, refrescos y café incluidos. Abundan por igual los sombreros y los trajes de marca, las botas vaqueras y los mocasines italianos, los sacos casuales, las Mac, la mezclilla, los rostros de reconocible origen de medio oriente y los que no ocultan su mestizaje, los celulares en la derecha y las paletas numeradas en la izquierda, los socios. Porque las ofertas pasan por saber lo que quiere el otro. Encargado de la puja, el hombre de unos 55 años de edad, robusto, canoso, rojo por el esfuerzo, conoce el terreno que pisa la subasta. Ingeniero mecánico con casi 30 años de experiencia en avalúos, martillo en la diestra dirige una orquesta de intereses que habrá de generar, en una tarde de febrero, 39 millones 427,590 pesos. En la primera subasta pública presencial de bienes administrados por el SAE, es fácil detectar que las pujas se hacen por grupos, de empresarios o comerciantes, que se van dividiendo los bienes según sus intereses particulares: lotes de CD y DVD vírgenes que salen a la venta a 335,769 pesos, terminan siendo adquiridos en un millón 900,000 pesos. Lotes de artículos escolares, bisutería y relojes que salen a subasta por 235,000, alcanzan el millón 730,000. Juguetes inflables, llaveros y carritos a escala, de 144,700 pesos al arranque de la puja, son vendidos en un millón 40,000 pesos. El procedimiento es sencillo, el SAE licita la subasta, para que sea organizada y coordinada por particulares con experiencia, recibe los avalúos que califica una junta directiva multisectorial y preside las ceremonias públicas de remate. En los últimos dos años, Hilco-Acetec y su competidora, Caraza, dos de las más grandes empresas de avalúo y subasta de bienes públicos y privados que controlan más de 50% del mercado en México, recibieron las licitaciones gubernamentales y organizaron las subastas presenciales: los interesados pagan una cuota de inscripción, de entre 300 y 500 pesos, para obtener la lista de bienes. Si hay interés específico, se paga una garantía, que va de 10,000 a 400,000 pesos, según el interés particular, se hace una oferta de arranque, se negocia y se subasta. Se oferta de todo, porque se incauta de todo. La joyería del narcotráfico y el mármol que una empresa asiática intentó introducir sin papeles, en medio de un cargamento de muebles para baño. Automóviles olvidados en los depósitos del país, bicicletas, muebles, toneladas de sustancias químicas que nunca fueron recogidas. Casas. Terrenos. Lotes comerciales que, como el centro comercial Amaya, tienen una historia perdida detrás. Una década a remate Cuando doña Amalia Amaya encargó el diseño de su centro comercial al arquitecto Roque Guerrero, el futuro del lugar era distinto. La plaza comercial, que habría de llevar su apellido para extenderlo por todo Mexicali, estaba planeada para soportar sin esfuerzo las abrasadoras tardes de Mexicali. Era un inmueble grande. Dos naves interconectadas a una planta principal, con más 3,500 metros cuadrados de superficie construida y 130 locales disponibles. Ubicada en el fraccionamiento Virreyes, zona comercial e industrial de clase media baja aledaña a la siempre concurrida carretera que lleva a Tecate, iba a detonar el comercio pequeño en la zona, iba a ser el mercado de minoristas más exitoso y bien construido del rumbo y habría de provocar, con su bonanza repleta de arrendadores, el nacimiento de nuevas plazas. Pero eran los últimos meses de 1994. –No se sabe muy bien qué fue lo que pasó. Nosotros hicimos el proyecto original, que incluso cambiaron en algunos trazos, pensando en locales pequeños, como en un mercado popular, porque en la zona no había mercados populares bien diseñados. Pero la obra, luego de entregar el proyecto, la hicieron unos familiares de la señora Amaya. –¿Cancelaron el proyecto? –No, el proyecto sí se hizo, sí abrió. Después de que yo entregué el diseño, cambiaron el proyecto. Ésas son cosas que no recuerdo muy bien, han de ser muchos años, pero creo que sus parientes, gente que ella contrató después, quisieron hacer algo más grande, un centro comercial con más presencia, la verdad no sé qué pasó, que no funcionó. Desde el teléfono, la voz del arquitecto Guerrero hace el recuento de más de 15 años atrás: el centro comercial estaba presto para recibir a grandes cantidades de compradores en un espacio bien distribuido en forma de equis, incluso, se planeó un amplio patio central, iluminado por una cúpula de estilo californiano y vistas hacia la avenida Río Paraná, a través de amplios ventanales y arcos que a la vez permitieran, aun entre los pasillos escalonados e interconectados, la circulación de gente y de aire. La cercanía de la carretera federal, junto con su ubicación próxima al concurrido Camino Nacional y el desarrollo de unidades habitacionales, eran la apuesta. Y la perdieron. En la oficina del Catastro de Mexicali dan algunas pistas del porqué: el costo de la obra, alrededor de 2 millones de pesos, se disparó con la crisis bancaria económica de 1995. El crédito contratado con el Banco Nacional de Comercio Interior (BNCI), provocó un agujero superior a los 5 millones de pesos de aquella época que, aunado a la recesión que siguió, se convirtió en una barrera infranqueable para los propietarios del inmueble. Ya no hubo poder económico que pudiera hacerle frente al rescate del centro comercial. Aunque la familia Amaya intentó fraccionar la pérdida, primero con la venta de la plaza local por local y luego del lote completo, aun como terreno, nadie en Mexicali se interesó o pudo adquirirlo. Según relatan en el municipio, en esa época más de 2,000 comercios, entre pequeños, medianos y grandes vendieron o perdieron sus propiedades en la oleada de fracasos financieros más impactante de la última mitad del siglo XX. Muchas maquiladoras cerraron, lo que derivó en un desempleo abierto y brutal que hizo desplomar los niveles de ingresos de las familias. Durante por lo menos dos años, la Cámara Nacional de Comercio local no registró una sola apertura de centros comerciales en la región. Y sí muchas quiebras. La pugna A mediados de 1997, el banco acreedor reclamó la adjudicación del inmueble, ante la imposibilidad de Amaya para cubrir sus adeudos vencidos. Aunque quedó el margen legal abierto para la recuperación del bien, la familia no hizo mucho por recuperarlo. El costo era muy elevado. Lo que siguió después alejó aún más las posibilidades de recobrarlo. En un intento por sanear los número críticos del BNCI, prácticamente en la quiebra por los pasivos derivados de la crisis, en enero de 1998 la Secretaría de Hacienda determinó que el Fideicomiso Liquidador de Instituciones y Organizaciones Auxiliares de Crédito (Fideliq), adquiriera la totalidad de activos de la banca de desarrollo, incluidos la cartera crediticia de BNCI y sus bienes adjudicados. Entre éstos estaba el centro comercial Amaya. El 4 de diciembre de 1998, el Fideliq lanzó su licitación pública SAB Nº 03/98, en la que, por primera vez, apareció la oferta del sueño de la señora Amalia, para su venta al mejor postor. Entonces los espacios de la plaza comercial costaban 18,100 pesos el más pequeño, de 7.88 metros por lado, y hasta 346,900 los más grandes, con entradas amplias y 150.88 metros cuadrados de área. En promedio, el costo por local oscilaba entre 29,00 y 35,000 pesos de entonces. “Es un inmueble amplio, que efectivamente tiene ya mucho tiempo. Lo que el SAE hace es someter los bienes a licitación por ciclos de dos semanas cada lote. Si no salen en su temporada, digamos que descansa en el siguiente lote y espera a ser puesto a enajenación hasta la tercera semana otra vez”. Víctor Manuel Angelares, representante de la institución ante el público en general interesado en subastar, explica que, por ley, la institución resguarda toda la información relacionada con la propiedad antecedente de los bienes adjudicados, “es una obligación impuesta por la ley en el caso de información de carácter personal, para proteger tanto al propietario original como al comprador”. Los únicos datos públicos disponibles, dice, son de carácter técnico: a más de 13 años desde la primera vez que entró a una ronda de enajenación, el centro comercial, con el número de listado 10005515 y código de inventario 130403, hoy tiene un precio inicial para postor de 8 millones 239,000 pesos, aun con el deterioro de su estructura inutilizada por completo. Ocasionalmente, a través de distintos procesos de licitación, el nombre del centro comercial aún se mueve en los listados junto con los otros 150 inmuebles que pasaron a la órbita de la Secretaría de Hacienda y no han sido vendidos: a veces lo someten a subasta, a veces se le adjudica un contrato para vigilancia o supervisión de la estructura del inmueble. No más. Así ha estado desde finales de los 90: entre mercancía decomisada, vehículos, muebles descontinuados, lotes de cargamentos incautados, aeronaves, chatarra, espera la llegada de una veleidosa paleta de subasta que oferte algunos millones, en esa feria de ofertas y postores que va ganando presencia entre la gente. Un mundo por explorar “El mundo de las subastas todavía es muy poco conocido por la mayoría de la gente”, dice el gerente de Marketing de Hilco-Acetec, Israel Aguilar. “No hemos logrado todavía que el grueso de la gente se entere de estos actos que son verdaderas oportunidades de negocio”. El modelo, dice, parte de la oportunidad de hacerse de bienes que, por su procedencia, suelen ser mucho más baratos que sus competidores en el mercado. El porcentaje de comisión, de 15% para la empresa gestora, es absorbido por partes iguales entre comprador y vendedor, lo que garantiza, además, un costo-beneficio equitativo para las partes, porque siempre se trata de artículos fáciles de comercializar. “Este programa de comercialización”, dice Sergio Hidalgo Monroy, director general del SAE, “apoya la reinserción de bienes improductivos en la economía”. En 2010, el SAE pudo recuperar más de 380 millones de pesos en licitaciones y subastas. “Este año se va a intensificar el número de eventos comerciales, garantizando que la totalidad de bienes cumpla con las normas de calidad oficiales”. En cuanto a la procedencia de los bienes inmuebles, principalmente es la Secretaría de Hacienda, derivado del incumplimiento del pago de impuestos. También están la inutilización de bienes de la administración pública, tanto federal como estatal, las incautaciones en aduanas por malos procesos administrativos y las confiscaciones al crimen organizado. Precisamente, en la sesión de febrero, la joya de la corona de la subasta es un anillo confiscado por la Procuraduría General de la República (PGR): tiene al centro un enorme diamante de 18 kilates, circundado por 32 pequeños diamantes de corte brillante y 16 más grandes, cortados en trapecio para adornar los bordes. Su precio de salida es de un millón 400,000 pesos: llegaría casi a los tres millones. Quien lo adquiere, un hombre de ojos profundos, delgado, silencioso, no acepta una sola pregunta cuando se le aborda: “Estoy ocupado, muchas gracias”, dice. Es el mismo que puja, además, por dos de los cuatro relojes de oro y diamantes subastados en la sesión, por un automóvil BMW y un lote de bisutería. No se sabe más, porque la discreción es parte de las reglas no escritas. Ariel, un hombre de origen israelí, cuenta esos detalles. “Puedes estar comprando un lote decomisado a tu competidor. Puedes comprar la casa de un narcotraficante. Para que haya igualdad de circunstancias, el anonimato es lo mejor”. El SAE dice que, mediante los depósitos bancarios se garantiza que el narcotráfico, el crimen organizado y los negocios turbios no contaminen los procesos de remate. Pueden llegar a identificarse grupos de socios, dice Ariel, nunca personas, “pero sabes quién es quién”. Hasta diciembre de 2010, el SAE contaba, para su administración y enajenación, con más de 7,500 inmuebles en todos los estados del país, con un valor estimado de 3,640 millones de pesos. También tenía bajo su responsabilidad 61 empresas: siete públicas, cinco en liquidación, seis en administración, 33 aseguradas, cuatro en concurso mercantil y seis en fideicomiso. En un informe previo a la subasta, Ildefonso Acevedo por su parte ha explicado que durante 2010 se organizaron 15 subastas en México a través de 12 empresas de avalúos, por un monto total de 1,200 millones de pesos y, para 2011, se espera un crecimiento del sector en un 30%. El día de la subasta, llama a los compradores a interesarse, a pujar, a ofertar. Son en total 242 lotes subastados, con más de 10,000 artículos que, a lo largo de nueve horas adquieren 60 postores de los 87 registrados. Al ritmo de su voz, esos hombres, y muy pocas mujeres, se hacen de lotes de autos para deshueso, cargamentos de papelería, equipos para baños, joyas. Planes rotos que una vez fueron oportunidad de negocio para otros.♠ Publicado en la revista EXPANSIÓN |
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Pequeña reflexión sobre el poder
"Veinticinco años después... ya no le dan flores"
Casi 25 años después, ese poderoso hombre hombre que saluda desde la ventanilla del autubús, como un inalcanzable superhéroe para las manos de centenas de niños y adultos de Azcapotzalco, está tendido en una capilla sombría, sin flores ni velas, sin las manos multiplicadas por cientos. Muerto.
Ese, a quien un niño chintololo observa sonreír, caminar apenas en medio de una lluvia de confeti y el tumulto de hombres y mujeres que se extasían quién sabe por qué cuando les tiende la mano, está metido en un féretro de madera fina, en un cuarto por demás desolador.

"Se llama José López Portillo", le dicen al niño de entonces, le dicen que es presidente de México y que ese mediodía de 1980, quizá 81, va a inaugurar una escuela primaria, la "niño agrarista", y un jardín de niños para las colonias populares aledañas al recién fundado fraccionamiento para trabajadores petroleros de la colonia Ampliación Petrolera.
Ahora ese hombre ya no existe, y sus restos son custodiados por no más de trescientas personas, entre ex colaboradores, ex colegas, parientes, amigos, sucesores, antecesor, que van y vienen de la capilla y muchos ni siquiera llevan flores para el muerto.
Pero la imagen es clarita: ese que dicen que se llama José López Portillo se baja del autobús y una lluvia de papelitos de colores le cae encima. Lleva una chamarra de piel y camina unos pasos por la avenida Campo Cantemoc, hasta la esquina con Campo Moluco, y se pierde de la vista del niño que no sabe por qué lo ovacionan, pero escucha que le gritan algo como "gracias, señor presidente" y "los petroleros estamos con usted".
Y las pancartas y mantas que cargan también agradecen algo que la memoria ya desechó. Y las vallas humanas se extienden casi desde la esquina de aquellas dos calles hasta la avenida Tezozomoc, profusas de aplausos, vítores y loas, mientras el niño de la colonia Plenitud, que solamente anda de curioso, nomás mira y no entiende, peo ve al superhéroe de cabello entrecano, con la mano derecha levantada para el saludo, como el Superman de la televisión. Pero en colores.
Ahora no hay gritos de júbilo. Las decenas de fotógrafos, camarógrafos y reporteros sustituyen a los colonos de San Miguel Amantla, Amplación Petrolera, San Pedro Xalpa.
La muchacha de cabello rubio, Paulina, quien cantaba "aquella jacaranda, aquel olor tuyo, sólo tuyo... tus miradas, tus palabras que a veces me consolaban..." en un disco producido por Bebu Silvetti y dedicado a su "Papachi", ahora llora ante el cajón de madera, vestida de blanco, con un turbante en la cabeza.
Y la hermana mayor, Carmen Beatriz, se abraza a Nabila, la hermana menor, y le dice que "todo va a estar bien, ya todo va a estar bien, no te preocupes más".
Y "el orgullo de mi nepotismo", José Ramón, atiende a cuanta persona llega al lugar, sereno, como ausente, como sin saber a dónde o por qué.
Las pancartas, las mantas del pueblo no son sustituídas con nada, porque el pueblo no está en el cuarto sombrío, ni en la explanada del lugar, ni en la calle aledaña, ni en las avenidas. Ni siquiera en las flores, pocas, o en las coronas, pinchurrientas.
El superhéroe a colores que saluda desde Campo Cantemos ha devenido "el perro de la colina". Y el Mesías que recibe cartas de los clasemedieros de la Petrolera yace sin honra en un funeral sin brillos.
El superhombre es una historia que todos quieren olvidar, el que no merece siquiera que su partido, el Revolucionario Institucional, le rinda un homenaje especial porque "la historia y el pueblo de México lo juzgarán".
El hombre con chamarra, rodeado de hombres con gafas negras y chamarras de piel, que saluda a la multitud, ya no está para ver que no era un superhéroe, ni para notar que la gente de Azcapotzalco que le agradecía los "favores recibidos" frente a la escuela "Niño agrarista" hoy no está en su funeral.
"Se llama José López Portillo", dice alguien. Y entonces, caen de pronto casi 25 años. Y casi nada.♠
Publicado en EL INDEPENDIENTE el 18 de febrero de 2004
Los 10 errores de Felipe Calderón
"GANAR LA GUERRA"

Es apenas el día número 53 en el gobierno de Felipe Calderón. En el Zócalo de la ciudad de México ni siquiera ha amanecido y más de un millar de soldados de Estado Mayor y Guardias Presidenciales, hombres de la llamada Policía Federal Preventiva y del cuerpo de Granaderos de la policía capitalina ya blindan la plaza: en unos minutos más ha de comenzar la sesión del 21 Consejo de Seguridad Nacional, donde el flamante mandatario habrá de cometer uno de los errores más grandes de toda su gestión.
Materialmente sitiados, como describen los diarios aquella mañana de la Plaza de la Constitución, los asistentes a la reunión en el Palacio Nacional escuchan del secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, los pormenores del plan de 10 puntos para recuperar espacios invadidos por la delincuencia y la convocatoria para que las autoridades, de todos los estratos, se sumen a la estrategia. Por primera vez en la administración, comenzada el primer día del mes anterior, están reunidos los 31 mandatarios y el Jefe de Gobierno de la ciudad. Ahí habla Calderón.
“El gobierno ha reforzado la presencia de las fuerzas del orden para restablecer las condiciones mínimas de seguridad en las poblaciones y regiones más amenazadas por la violencia”, dice. No habrá claudicación, “porque en ello está en juego el progreso de la nación”.
1.- DISCURSO BÉLICO
Aunque muchos meses después habrá de negarlo, cuando el desgobierno y los muertos se le hayan acumulado por decenas de miles y la imagen nacional e internacional de México sea la de un país sumido en una sanguaza de sangre, violencia y terror, el 22 de enero de 2007 Calderón es enfático, como el denominativo que él mismo decide utilizar y que acaba por marcar todo su sexenio: “para ganar la guerra contra la delincuencia, es indispensable trabajar unidos, más allá de nuestras diferencias, más allá de cualquier bandera partidista y de todo interés particular”.
Es una sola frase, “ganar la guerra”, pero la habrá de repetir tantas veces que lo adentra de lleno en un laberinto.
La investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, Yolanda Meyenberg, explica el error: “el discurso enfocado a la inseguridad ha sido la estrategia que el presidente Calderón ha elegido como enfoque específico de comunicación de su gobierno. Pero hablar de guerra es ya no hablar de nada más, porque es un tema muy atractivo para los medios y además la inseguridad es un tema perdedor: hagas lo que hagas siempre será insuficiente”.
2.- DIPLOMACIA INEFICAZ
Después de una amplia entrevista publicada en marzo pasado, el director del diario español El País, Javier Moreno, concluye que al presidente Calderón le pesa haber convertido el tema de la batalla contra los narcotraficantes en la prioridad de su gobierno y ahora, entrada la fase final de su mandato, los resultados no se ven, pero sí los decapitados, las balaceras, la angustia permanente.
Ello evidencia un segundo error: “la diplomacia mexicana se topa con dificultades para explicar en el resto del mundo que se trata de un fenómeno limitado geográficamente a determinadas zonas del país, cuyo territorio en general resulta más seguro que muchos otros en América Latina”.
Diarios como The New York Times están atentos a ello, constantemente, mientras en diversas reuniones con el cuerpo diplomático la canciller Patricia Espinosa les pide difundir mensajes sobre México que puedan nublar la avidez de la prensa extranjera por el derramamiento de sangre de los mexicanos. No hay éxito. El mensaje está sembrado.
3.- UN TEMA ÚNICO
Los gobernantes que le han antecedido, Ernesto Zedillo y Vicente Fox, casi en los mismos términos hacen del combate a la inseguridad y la violencia un tema nacional: en agosto de 1998 Zedillo anuncia la Cruzada Nacional contra el Crimen y la Delincuencia, mientras que en enero de 2001 Fox convoca a la Cruzada contra el Narcotráfico y el Crimen Organizado. Pero Calderón habla de guerra y eso domina su agenda por más de tres años.
Y lo hace su tema principal, si no el único, sin una estrategia comunicacional organizada, integrada, unificada.
El presidente del Instituto Nacional de Administración Pública, el INAP, José Castelazo, analiza ese punto, el tercer error de Calderón: un gobernante no debe hacer de una causa la espina dorsal de su mandato, pues ello acrecienta el riesgo del fracaso.
“No puede un presidente ponerse todas las medallas, porque si se compromete mucho a una acción y fracasa, toda la responsabilidad es exclusivamente suya. Entonces tiene que manejarse, y hablo de comunicación social, en una especie de equilibrio”, explica.
4.- SIN COMUNICACIÓN POLÍTICA
Y ese problema, focalizar la lucha en un solo tema, conlleva otro, que, cuando los resultados de la guerra contra el narcotráfico son desastrosos, se erige en su cuarto error: un pésimo manejo de su comunicación política.
“Yo pienso que existe en este gobierno, al igual que en los otros, una serie de objetivos políticos y económicos, el problema es que esos alcances no forman parte de una estrategia de comunicación. Si se hubiesen publicitado con la misma intensidad los alcances en infraestructura, los alcances en vivienda, entonces el problema de la inseguridad sería uno entre otros y los déficits que se alcanzaran con respecto al tema no serían tan resaltables”, considera Yolanda Meyenberg.
“Si yo estuviera en sus zapatos”, dice Castelazo, “tendría que hacer un examen muy riguroso de los hechos positivos, para que calen más en la opinión pública, y de los hechos negativos para tratarlos de explicar mejor”.
5.- MENTIRAS Y VIRAJE INDEFINIDO
Es el 12 de enero de 2011. El presidente Calderón, con más de 40 mil muertos en su cuenta sexenal, miles de ellos víctimas de crímenes sin resolver, escucha los reclamos del director del Consejo Cívico e Institucional de Nuevo León, Miguel Treviño: “si ya eligió el término guerra para lo que estamos viviendo, no puedo imaginar tarea más importante para el Comandante Supremo que asegurar la unidad de propósitos y coordinación de las instancias públicas que participan en ella”, le dice el hombre.
Sin mediar intercambio de notas con su equipo de comunicación, con sus asesores, ni con nadie, sin reflexión o mesura de por medio, Calderón estalla: “yo no he usado, y sí le puedo invitar a que, incluso revise todas mis expresiones públicas y privadas. Usted dice: usted ya eligió el concepto guerra. No, yo no lo elegí. Yo he usado permanentemente el término lucha contra el crimen organizado y lucha por la seguridad pública y lo seguiré usando y haciendo”. Una mentira.
Carlos Bravo Regidor, investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas, el CIDE, hace de inmediato un compendio que, en un centenar de citas textuales que él mismo rescata de versiones estenográficas oficiales del presidente, no sólo desnuda la mentira, sino el quinto error del Presidente Calderón: el viraje indefinido.
“En el discurso del presidente, el enemigo ha sido siempre el mismo, pero la guerra, por el contrario, no ha dejado de cambiar”, analiza el catedrático del CIDE. Si en 2007 la “guerra” es aquello en lo que el gobierno trabaja frontal y decididamente, un proyecto de largo plazo en el cual la sociedad debe participar, para 2009 ya es aquello que hace necesarias reformas legales, depuración de policías, recursos, un frente local y al mismo tiempo “el reto más grande de la presente generación”.
6.-UN GABINETE QUE NO INFORMA
El catedrático del CIDE encuentra que, si entre mediados de 2009 y principios de 2010 hay un silencio gubernamental respecto de la “guerra”, para 2011 ésta ya es algo que pelean sólo las organizaciones criminales, no el gobierno. Se convierte, después de ese periodo, en un hecho al cual el gobierno sólo responde. Tras un momento de retraimiento retórico, de análisis y evaluación, entre 2009 y 2010, el presidente renuncia definitivamente a la idea de la guerra como algo que el gobierno hace, algo que declara y a lo que se dedica, analiza el investigador.
Y como es Calderón quien encabeza la retórica gubernamental, entonces es un error solamente suyo. El sexto.
José Castelazo, es preciso al respecto: “El INAP ve la administración del Presidente Calderón desde un equilibrio. En muchos ámbitos su gobierno ha sido una eficaz administración pública, pero en muchos otros no. Le falta comunicación interinstitucional, le falta comunicación, comunicación entre el gabinete, con los otros poderes, pero no de la que se publica, sino de la que se practica. Es un error que nada más el presidente informe, que su gabinete no informe”.
7.- EL ÚNICO VOCERO
La investigadora Meyenberg coincide. “La comunicación política ha estado muy a cargo del presidente Calderón, él ha sido como el vocero. Esto enfoca la comunicación hacia una persona y hace de esa persona el blanco de las deficiencias, de las ineficiencias, de los errores”.
Desde esa óptica, la estrategia comunicacional del gobierno de Calderón es no sólo deficiente, sino marcadamente vertical, a diferencia, por ejemplo, de la que tenían sus antecesores, quienes contaban con voceros fuertes, consolidados como voces reconocibles de todo un gobierno, quienes incluso “paraban los golpes mediáticos” dirigidos hacia sus jefes. Liébano Sáenz con Zedillo y Rubén Aguilar con Fox, hacían posible un trabajo horizontal de comunicación política.
“A lo mejor no es una deficiencia de equipo, sino de estrategia”, dice la investigadora de la UNAM. O quizá se trate, añade, de una falla derivada de la personalidad del Presidente, reacio a la crítica, controlador. Desconfiado.
Su personalidad, si un espejo nítido que, entre sus colaboradores, lo ayude a controlarse, se constituye entonces como su séptimo error.
8.- IRASCIBLE Y DESCONFIADO
La carta está fechada el 8 de mayo de 1996, sólo unas semanas después de que un todavía joven Felipe Calderón asumiera la presidencia del Partido Acción Nacional. Su autor, Carlos Castillo Peraza, antecesor del nuevo líder, su mentor político, es claro en sus planteamientos. No hay franqueza más transparente que la derivada de conocer al otro a lo largo de una vida.
“Tu naturaleza, tu temperamento es ser desconfiado hasta de tu sombra, si te dejas llevar por ése, entonces no te asustes de no contar ni con tu sombra”, le escribe.
El texto, difundido muchos años después, denota el carácter controlador, desconfiado, irascible de su destinatario, un hombre incapaz de encontrar su “alter ego” en alguno de sus subalternos y colaboradores, un hombre absolutamente convencido de que “si no me meto, no me hacen caso”.
Castillo Peraza le recomienda: “presidirás, estarás sentado arriba. Desde allí vigila y exige con suavidad: carga sobre ti los errores de ellos. Acertarás con ellos. El riesgo es que todas las fallas se te carguen a ti. La oportunidad es que los aciertos serán todos tuyos”.
Si Calderón atendió aquellas palabras, nadie lo sabe. Hoy, cuando es el presidente de México, es fácil encontrar historias de sus enojos, estallidos.
“La personalidad del presidente no ayuda mucho en imagen. Cuando se le critica, en lugar de poner la cabeza en el refrigerador, sale inmediatamente a responder, eso hace que esa crítica resalte en medios más que una estrategia comunicacional más deliberada”, dice Meyenberg, “veo una persona permanentemente justificándose y permanentemente a la defensiva”.
Quizá se trate de desesperación. El periodista Javier Moreno, en la entrevista que hizo a Calderón en El País, también fue sensible a descubrir cierta ansiedad en el mandatario: “el presidente comienza a intuir que el juicio último de los ciudadanos sobre la guerra contra el narco determinará su posición en la historia, independientemente de sus logros”.
Jorge Castañeda, el ex canciller mexicano, en 2009 lo dibujó así en un libro que enmarca un juicio demoledor al mandatario: “El ánimo que siente uno en el país es el ánimo que se suele sentir en el último año, o en los últimos meses de un presidente ya cansado, irritable”, anota, “este es el panorama: un presidente irritable, sin agenda, sin programa, rodeado de secretarios debilitados, con un Congreso que no le hace ya el menor caso”.
9.- PREMISAS FALSAS
El mismo Castañeda, junto con Rubén Aguilar, señalan también el octavo error del presidente: actuar bajo premisas endebles.
“Llegamos a la conclusión de que la mayor parte de las premisas o de la sabiduría convencional sobre el narco en México no se sostiene, de acuerdo con las fuentes del propio gobierno”.
Durante su campaña, Calderón jamás habló del narcotráfico, un tema tan costoso socialmente que merecería un debate nacional que desembocara en la confirmación o el cambio de rumbo “pero ya con conciencia de la sociedad y no por algo impuesto por una ocurrencia política de Calderón”, dice el ex canciller.
La investigadora Meyenberg ve el tema desde otra perspectiva: ante el panorama de desprestigio internacional, el presidente decide erigirse como promotor del turismo, sin darse cuenta de lo endeble de su defensa, de lo insensible que ello es a los ojos de una sociedad agraviada por la violencia.
“Esta cuestión del presidente como promotor del turismo es una imagen no correcta. Por un lado, ante el tema de seguridad su papel es de jefe de Estado, por el otro lado tenemos un presidente promotor del turismo y al final del camino los temas no se contrarrestan entre sí, porque uno es más débil que el otro”.
Ello abre la puerta para el noveno problema del Presidente: su insensibilidad.
10.- LA OBCECACIÓN
Es la edición del 17 de marzo de 2010. El diario estadounidense The New York Times titula su nota con una denuncia: “En México, las promesas hacen poco por aliviar el dolor de ésta ciudad siniestrada”. Se trata de Ciudad Juárez.
La nota, destacada en su sección América Latina, señala que a Juárez concurrieron todos en esos meses, desde sicólogos y policías, hasta el presidente Calderón y su esposa, Margarita Zavala, cargados todos de promesas, con los soldados rodeándoles.
“La Primera Dama prometió construir un campo para jugar futbol americano en un lote lleno de basura cerca de aquí”, anota el diario, “y después todo el mundo se fue. El terreno aún está baldío”. Han pasado más de tres meses desde la promesa.
Otro diario, The Wall Street Journal, habla claramente del fracaso de la estrategia militar en la región y coincide: “pese a la presencia de más de 10 mil efectivos de seguridad patrullando las calles de la ciudad, cada semana, la violencia parece recrudecer.
Pero Calderón parece no escuchar. Miles de mexicanos se movilizan contra la inseguridad, contra la violencia y hacen del “Ya Basta”, del “¡estamos hasta la madre!” una bandera, pero el presidente persiste: se retrata en tanques, en buques de guerra, arenga a los militares, instaura el día del policía federal, iguala su estrategia a la de Wiston Churchill en la Segunda Guerra Mundial, se queja: “es a los criminales a quienes debe dirigirse el ¡Ya Basta!”. Y ese es su décimo error: la obcecación.
“Es difícil decir si esta violencia puede tener un resultado positivo. Tal como se ven las cosas, se encamina a un intento de solución militar, lo que pasa es que la solución militar puede ofrecer algunas soluciones a corto plazo, pero yo no veo las ventajas positivas a mediano plazo”, Ashis Nandy, un especialista internacional en violencia de masas, quien llega al país invitado por El Colegio de México, lo dice.
“Un fenómeno como el de la mafia en EU, que se intentó resolver con violencia, no se ha podido acabar hasta la fecha, por tanto la idea de que una solución militar es una estrategia adecuada, no es razonable”. México no es distinto.
Incluso advierte, como otros tantos lo han hecho, sobre el riesgo inminente: “la violencia siempre deja huellas, siempre es visible. Podrá acabarse la violencia en el país, podrá haber acuerdo, pero la brutalización que produjo siempre estará ahí”.
Los errores suelen pasar facturas caras. Y en un país entero estos se traducen en desesperanza, fragmentación. Sangre.♠
Publicado en DIA SIETE
"¡Soy una puta!"

Camina en medio de miles. Vacila brevemente y cuando parece que nadie va a escucharla gritar contra el machismo, contra siglos enteros preñados de prejuicios, de acoso, de sumisión, Joyce eleva sus brazos hacia el cielo, hace un par de alas con ellos y deja que sus senos, jóvenes redondeces morenas, queden liberados.
Entonces cientos de miradas se le agolpan, panales de morbo y cámaras fotográficas, flashes que destellan en aureolas y pezones, como si nunca antes hubieran existido senos en el mundo. Pero Joyce avanza, está libre. La artista y estudiante de música de 25 años se yergue sin ruborizarse un átomo, voltea a ver a su madre, Juana María, y sabe que ha ganado una batalla: ha perdido el miedo.
Está siendo acosada por hombres que la devoran, la recorren pupila tras pupila, pero ella se flanquea con su propia fortaleza recién obtenida: “ya no quiero sentir temor, ya no quiero esconder mi cuerpo para que los hombres no me agredan. Si quieren mirarme, mírenme; si quieren tomarme fotos, tómen- las, pero cuando digo no, es no”.
Está en la “Marcha de las putas”. Una movilización que ha nacido en las redes sociales, como respuesta a tanto estigma: “una mujer es agredida sexualmente, acosada, maltratada, asesinada, si se viste como prostituta, si usa escote, si viste encajes, si coquetea, si se pone minifalda, si anda sola por la calle, si es femenina”.
Es la marcha que ha surgido como un grito contra miles de homicidios sin esclarecer, de historias repetidas, contra una cultura que las somete. Contra los gobernantes que justifican su inoperancia en acusaciones fáciles: “si la mataron, es porque andaba de puta”.
Caminan todas, alrededor de 7 mil según los organizadores y entre 3 y 4 mil de acuerdo con versiones de la policía capitalina, desde la glorieta de la Palma hasta el hemiciclo a Benito Juárez, para volcar sus “basta de acoso” como estandarte de una lucha distinta. No son feministas, ni son “machorras”, no quieren acabar con los hombres, sólo quieren sentirse respetadas, protegidas.
“Tengo un doctorado en Neurocirugía”, dice Mayra, “pero ninguno de mis colegas, cuando habla conmigo, me mira a los ojos”. “Acabo de entrar a trabajar”, dice Lorena, “y si me quejo del acoso puedo perder el trabajo”. “Si quiero un ascenso, tengo que acostarme con el gerente”, confiesa Rosario, “y si no acepto, entonces soy lesbiana”.
Reparten poemas, canciones, hojas volantes, para que quede clara su demanda: “Si visto escotada, no es porque quiera tener sexo con alguien, es que tengo calor”, “Mi cuerpo no es sucio”, “Soy una mujer libre”.
Por eso cantan en domingo, “aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, que el pinche machismo se tiene que morir”. Por eso gritan con rabia, con furia, “si uso faldita, no es por facilita”. Por eso se reúnen en contingentes de encajes que dibujan pubis, en ligueros que delinean piernas, en escotes que derrumban estereotipos, en shorts que les marcan las caderas, las nalgas, en blusas que les estrujan los senos. Por eso se disfrazan de prostitutas, para que el insulto muera de cansancio.
Y lo gritan ellas, para que de tanto escucharlos los apelativos pierdan fuerza, veneno, capacidad de aniquilación: “trepadora”, “fácil”, “caliente”, “loca”, “ofrecida”, “cabaretera”, “cachonda”, “ramera”.
Se lo escupen unas a otras, como para conjurar lo mucho que les duele. Lo escriben en sus pancartas, lo marcan en sus ombligos, lo deletrean a lo largo de todo el camino, en los vientres pronunciados, en las piernas, en los brazos alzados, para que esa palabra, esas palabras, no sean nunca jamás como una ofensa.
Lo repiten como quien conjura una maldición que ha padecido siglos, como quien se sacude un fardo que le asfixia.
Como dice Joyce, que al dejar libres sus senos ha perdido el miedo: “si me llaman así por ejercer mi libertad, por defenderme del acoso, por ser mujer, femenina y coqueta, entonces con orgullo te digo que sí soy una puta”.♠
Publicado en EL UNIVERSAL.
Óscar de la Renta de juerga en Garibaldi
Con un caballito de tequila Grillos en la mano derecha, Óscar de la Renta mira la noche, que tiene Luna de uña sobre Garibaldi. La primera voz del Mariachi Imperial Azteca, José Aguilar, da paso al coro y el diseñador comienza a cantar, primero quedo, como si rezara, y luego a voz de chorro: "que digan que estoy dormido y que me traigan aquí... México lindo y querido..." El ícono mundial de la moda en el siglo XX está de juerga.
Eliza Bolen, su hija, envuelta en un caramelo colorado de seda con pedrerías finas, zapatos alucinantes, aretes de bisutería de otro mundo, lo busca con el segundo tequila de la noche. Llega hasta la parte de la terraza donde su padre canta, y mira cómo se humedecen los ojos del mayor diseñador de modas que haya nacido hasta ahora en tierras Latinoamericanas. Observan la plaza juntos: centenares, allá abajo, chupan, ríen, cantan. Decenas, ahí arriba, chupan, ríen, cantan.
"Recuerdo mucho a mi amiga Dolores", dice el hombre cuando suena el "Cielito Lindo". Cosido a la vida, en los linderos de los 80 años, garboso como esas palmeras greñudas de Santo Domingo, su República Dominicana, sereno, tropical. Sorbe de su tequila blanco como si la medianoche en la cantina al aire libre más hermosa del mundo fuera el mediodía.
"Recuerdo su elegancia, su espíritu bello", dice Óscar, "extraño a mi amiga Dolores del Río". La primera Diva mexicana en el cine hollywoodense está en Garibaldi con Óscar de la Renta, en esta noche fresca de un siglo distinto. "Salud".
Óscar de la Renta llega a México, después de 31 años, para mostrar su colección más sofisticada en la Plaza México, para hacer de "este país que tanto amo" un centro mundial de la moda. Ha querido volver a Garibaldi, caminar por entre los borrachos, oler la chela derramada, sortear las botellas rotas, las mujeres de caricias imposibles, los hombres de bravura derretida, escuchar mil canciones revueltas, vivir el México genuino: "son tantos recuerdos. Está tan cambiado este hermoso país", dice antes de anunciar a sus amigos: "quiero El Rey".
La secretaría de Turismo de la ciudad de México le organiza el ágape. En punto de la media noche en la plaza repleta, para el genio dominicano todo está permitido y, junto con sus musas y muñecas, revive el Garibaldi de otros tiempos. "Quiero ir al Tenampa, pero me han dicho que está cerrado por un luto. Qué lástima", dice. José Aguilar, sus trompetas, sus guitarras, no han dejado de cantar: una piedra en el camino le enseñó que su destino era llorar y llorar.
"México es un país, al desnudo, maravilloso", dice Óscar. Mira a la gente que baila en el Tropicana, mira allá abajo a las prostitutas ir y venir sobre la plaza, a los teporochos que se sacuden los fantasmas, a los perros flacos, a Don Juan el viejo sin dientes que vende toques de a 40 watts, a Seferino el atolero, que ha dejado su carrito de donas y conchas justo en el lugar donde estacionan la camioneta de la cual descienden las modelos y el modisto. Observa. No parpadea Óscar de la Renta. Observa todo.
Desde el otro extremo de la terraza del Museo del Tequila y el Mezcal, una muñeca de ojos grises, azules, esmeraldas, se acerca al diseñador. La boca es un durazno carnoso, los pómulos son de una niña en verano, las piernas largas, inabarcables de un primer vistazo, la esbeltez que se le cobija en un bombón blanco con grabados negros que Óscar ha dibujado el verano pasado.
Pasa el maniquí perfecto por el borde de la zona reservada y 24 hombres, desde la zona de los simples mortales, la miran, la admiran: "es Candice Swanepoel", susurra una mujer. "No mames, qué chulada de vieja", dice uno de ellos. "Mamita sabrosa", replica el otro. La muñeca voltea. Sonríe. Las sirenas hipnotizan para hacerse inolvidables.
Lissete Trepaud, la directora de relaciones públicas de la telefónica que ha traído a México al diseñador, lo abraza entusiasmada. "¿Estás contento?", le pregunta. Candice lo abraza también. "Es hermoso todo esto", dice Óscar, y el mariachi le regala "La Bikina". "Este es un país que amo profundamente".
-¿Qué recuerdos le trae la moda de México?
- Recuerdos maravillosos. Es un país generoso, creativo, con mucho color, texturas maravillosas, con figuras que invitan a crear. Es sorprendente, me encantan los vestidos tradicionales de este país, son hermosos.
-¿Y lo nota muy cambiado?
-Todos hemos cambiado. Pero sigue estando hermoso, sus mujeres son hermosas, alegres, divertidas, bellas, dice. Voltea hacia la plaza, allá abajo y confiesa: "para las mujeres no hay mejor vestido que su cuerpo desnudo, son las más bellas desnudas", dice. Entonces decide bajar hacia la plaza.
"YO ‘STOY MAS BUENA, HIJA"
Quién sabe en qué está pensando el funcionario de Turismo que guía al diseñador. El grupo compacto que llega con ellos a la puerta, se dispersa apenas salir del Museo del Tequila. Una a una, las chicas, sus vestidos de formas imposibles, sus zapatos de dimensiones extraterrestres, sus rostros, su delgadez extrema, su olor a frutos a punto de reventar de azúcar, se mezclan con el gentío que desparrama alcoholes por los poros, fiesta, gritos, aullidos: "como quien pierde una estrella, ay".
Siguiendo a quién sabe quién, Óscar camina rumbo al Tenampa. No se arruga un átomo de su saco, no se mueve un centímetro de su pañuelo de seda en la solapa. Parece que no le pesan 79 años cumplidos. Sortea como puede los botellazos, los vidrios abandonados, los briagos sin dientes, gente que, en medio de su festejo, quién sabe cómo se percata del paso de esa gente distinta: no es sólo la ropa, es el barullo, los tequilas en manos de doncellas de revista, los peinados, los bolsos. "Saludos a Perú", dicen unas borrachitas y Óscar les saluda. Quién sabe con quién lo confundieron.
"Yo estoy más buena que esas viejas, hija", grita una mujer, un vaso de medio litro de cerveza en su mano derecha, el cabello atrapado en una dona de tela, los labios entre juguetones y envidiosos. "Y no estoy chaparra". Ríe. Una de las modelos, Marilya, la mira encantada, le sonríe, no entiende lo que dice la mujer y quienes la acompañan: "ira, sabrosaaa", se escucha, y también un clásico "grandotas, aunque me peguen".
Pasos adelante del tropel, temerosa, verdaderamente angustiada por el gentío que se les abalanza, Lissete Trepaud avanza dudosa, busca disimulada la mano del dominicano, los ojos de las otras modelos del séquito. "Todo está seguro", le digo, "sólo están divirtiéndose. "No se ven mucho por aquí este tipo de... rostros". Entonces su semblante recupera la confianza. Sonríe.
Óscar clava los ojos en la multitud hasta que encuentra un vendedor de zarapes moreno, mulato, alto y canoso. "Mira, ese hombre es igual a André Leon (editor de la revista Vogue)", dice y Alex Bolen, su yerno, estalla en carcajadas.
A unos pasos del "Guadalajara de Noche" un tropel de borrachos rinde homenaje a Pedro Infante y Óscar, jubiloso, pide también tomarse foto junto al ídolo. Ahí se suman sus chicas, Lissete, su hija, su yerno, el funcionario capitalino Alejandro Rojas Díaz Durán. "Viva el mariachi", dice el diseñador.
Sonríe. Entra unos minutos al salón de baile, bebe otro sorbo de tequila, baila unos cuantos compases de una salsa guapachosa y, sin rostro de cansancio en la mirada, le guiña nuevamente uno ojo a la noche con Luna de uña que lo acompaña en su regreso a Garibaldi.♠
Publicado en EL UNIVERSAL
El talabartero que le ganó a los chinos
Es el último talabartero del Abelardo L. Rodríguez, e incluso de todo el rumbo. Ha visto sucumbir puestos y oficios como el del jicarero, el tablajero de vísceras, el vendedor de semillas, el tlachiquero, la petatera, pero don Cesáreo Barona, 73 años cumplidos, rechaza que su mercado esté en peligro de muerte: “aquí han venido los señores chinos a quererme comprar el negocio, pero yo siempre les gano, ¿sabe por qué? porque me gusta hacer bien mi trabajo”.
Su pequeño local, “Norma” como distinción para su esposa, está justo en medio de una invasión de negocios con petacas, baratijas, mochilas y bolsas de manufactura china, sobre una calle que, si honrara lo que vende, debería llamarse Imperio Asiático y no República de Venezuela. Desde ahí, en su pequeño negocio que es la resistencia de lo nacional, Barona reta a sus competidores:
“Usted me trae cualquier diseño, cualquier modelo, cualquier necesidad, y yo se lo hago, lo que sea, sea bolsa, petaca, mochila, maleta, hasta las cosas modernas con ruedas… usted pida y le hago lo que sea, copias no, porque hay que pagar derechos, cosas nuestras” dice ufano, porque así es como se defienden los mercados.
En un entorno donde una veintena de locatarios del Abelardo L. Rodríguez han dejado de trabajar por quiebra, y muchos otros cambiaron o están intentando cambiar de giro para hacerse con locales de comida, el talabartero más antiguo del mercado recuerda cómo le sacó fortuna a los huaraches.
—Trabajaba para doña Virginia, la dueña de la huarachería, hacíamos todo tipo de artesanías, peletería, bolsas de mujer, todo cincelado a mano, como me enseñó mi papá. Un día la señora me dijo “tú quédate con el negocio. Me das dos mil pesos, como puedas y yo que digo ¿y de dónde los saco?”.
—¿Y qué hizo?
— Me puse a trabajar muy duro. Me dijo que le pagara con trabajos. Le fui pagando con bolsas, con maletas, unas billeteras, con unas petacas bonitas que hacíamos y vendíamos de a 10 pesos. Hasta que un día se quita el mandil y que me dice, “es tuyo”.
De ahí sacó para educar a sus seis hijos, dos de ellos seguidores de su oficio y una enfermera, una maestra, una trabajadora social y una psicóloga. “Con eso me compré mi casa”, dice, “la casa de mis hijos, ¿cómo no voy a trabajar muy duro para defender este trabajo, que es mi vida”.
Por eso aprendió a modernizar sus diseños, a abandonar los belices y morrales viejos para sustituirlos por maletas modernas, bolsas con dibujos de Toy Story, mochilas juveniles de WrestleMania. Por eso niega que el Abelardo L. Rodríguez, como otros 317 mercados públicos de la ciudad de México, vaya a morir, mientras haya manos que lo custodien.
“Yo voy a seguir aquí hasta que Dios me preste vida, no me imagino haciendo otra cosa”, dice el hombre, fino de trato, con ojos grandes.
Todo ha cambiado
En las calles del Carmen, a donde Barona llegó chamaco, quedan pocos locatarios de aquellos años, los que recuerden cuando el Abelardo L. Rodríguez era un moderno conglomerado social para la gente pobre y los relieves de Isamu Noguchi, los murales de Pablo O’Higgins, Antonio Pujol, Ramón Alva y Marion y Grace Greenwood que los rodean todavía esperaban despertar la conciencia de clase de un pueblo amodorrado.
Ahí está Doña Aquilina Mendoza, hace muchos años vendedora de huevo y gallinas en las calles de Circunvalación, y hoy comerciante de misceláneos que todavía recuerda los olores de los yerberos, el tizne de las tortilleras, el rigor de la madera que soportaba los primeros puestos de su mercado.
“Empezamos en un zaguán, en la esquina de la Morelos con una caja de huevo, y de ahí fuimos progresando, compramos un puesto de madera, aquí afuera, y ahorrando pesetitas, porque teníamos muchísimas ventas, compramos, creo que en mil pesos”, dice la mujer, quien también vende mole de olla, un pollo con acelgas que parece estar bueno.
“Nuestro mercado se empezó a ir para abajo porque mucha gente de alrededor vendieron a los fayuqueros, nos quedamos pocos”, dice la mujer.
Según las autoridades locales, los mercados públicos agonizan porque la gente ha preferido recurrir a los supermercados y a las tiendas de conveniencia, esas que abren 24 horas y cambian tanto de empleados que uno no reconoce lo que una vez fuera la tiendita de la esquina.
“Las cadenas de autoservicios nos están matando, junto con las autoridades, literalmente, porque ellos venden mucho más barato, no podemos competir con ellos, en horarios, en precios, en libertad”, dice Leticia Ramírez, líder de los comerciantes del Abelardo L. Rodríguez.
—¿Qué necesitan?
—Ampliar horarios, dinamizar el cobro, tener margen para ofertas, facilidades para introducir giros como cafés, negocios de internet que están de moda, dice.
Tras años de abandono, de olvido sin políticas públicas, ahora parece haber conciencia de lo que implica la pérdida de los mercados públicos como parte de la cultura nacional.
Algo ha de tener de cierto todo eso: alrededor de la vieja talabartería de Barona, de la cocina económica de doña Aquilina, sustituyendo los oficios que sucumbieron con el tiempo ya merodean los vendedores de baratijas chinas, quellos que ofrecen las USB a 100 pesos, la bisutería de plástico de Taiwán, los plásticos manufacturados en la India y hasta los puestos con carteles, DVD piratas o pósters que muestran al actor cubano William Levy mostrando su trasero a quien lo mire.♠
Publicado en EL UNIVERSAL


Cuando la voz de Ildefonso Acevedo, el rematador estrella de Hilco-Acetec, declare el número de la paleta ganadora del último lote de la tarde, el viejo centro comercial Amaya, alguna vez pensado como un buen negocio, volverá a los listados gubernamentales de bienes en remate que nadie adquiere, para contar desde ahí su historia: los planes a veces se derrumban.