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Monólogo de un hombre muerto

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Media tarde. Un restaurante de clase media en algún lugar de México. Es una casona con amplias ventanas y apenas comenzales. Hay bullicio de conversaciones. En una de las cinco mesas del lugar, de espaldas a la puerta de entrada y de frente a quien lo escucha, está sentado Flavio Sosa. Es un hombre de 50 años. Cae un haz de luz sobre su espalda, que enmarca un rostro redondo, ojeroso, cubierto por una espesa barba, entrecana igual que su largo e hirsuto cabello sujeto por una cinta. Su gesto es adusto. Viste una camisa de lino color azul cielo:

Flavio (en voz baja, pausada):

Fue hace dos semanas, aproximadamente: yo recibo avisos de amigos, de compañeros, de que… pues que se está corriendo el rumor de que me van a asesinar.

El primer aviso me inquieta. El segundo aviso ya me preocupa un poco más… cuando es el tercer aviso ya me alarmo ¿no?

-¿Sabes qué, Flavio...? P’s vienen por ti. Hay tres sicarios buscándote en Oaxaca… vete ya… vete de Oaxaca antes de que te maten, Flavio- me dicen (finge la otra voz).

Es un escenario similar al que ocurre cuando matan a Beto en 2010 (cambia el tono cuando pronuncia ese nombre) –a Heriberto Pazos, del Movimiento de Unificación y Lucha Triqui, ejecutado— porque se hablaba en ese momento de una lista negra, donde estábamos Beto, el padre Uvi, que se llama Wilfrido Mayrén, yo y otros líderes sociales.

Beto, definitivamente encabezaba la lista. Y parece que en segundo y tercer lugar estábamos el Padre Uvi y yo. Entonces, ya en el momento de esos avisos, se comienza a crear un clima muy particular: se me acerca algún periodista, se me acerca algún compañero de la región, algunos líderes sociales:

-Oye Flavio, ten muchísimo cuidado… ya están las armas en Oaxaca, hay una cantidad equis de dinero para matarte… y viene gente de fuera- me dicen (gesticula las frases, enfatiza las otras voces).

Ese es el penúltimo mensaje, el que ya de plano nos cimbró. Porque, además, hay un mensaje casi al final que llega a través de Ignacio, de Nacho, mi colaborador más cercano… un compañero… un hermano mío, que desde 2004 es una especie de secretario particular que la organización comisiona para que esté cerca de mi… que incluso en los momentos más dificiles del movimiento siempre está conmigo.

Nacho va a un antro y estando ahí se le acerca una de esas gentes que notoriamente controlan el antro –porque ahora en Oaxaca, en los últimos meses, hay gente que no tiene nada qué ver con el negocio, pero los controlan— y ahí le ocurre:

-¿Quiúbole Nachito?- le dicen por su nombre. Ignacio se sorprende de que le llamen por su nombre y de que le llamen con tanta familiaridad, porque así le decimos nosotros: Nachito.

-¿Qué pasó…?- les contesta y se levanta.

-No, no te espantes, Nachito… ya sabes… ¿ya sabes, verdad? Vienen por tu jefe… y no somos nosotros. Es gente de fuera.

-Pos… ‘hora sí que no sé de lo que me estás hablando- les dice Nacho. Quiere evadir la plática, hace el intento por levantarse de la mesa y el que le habla lo impide agarrándolo del hombro.

-No. No te preocupes, contigo no hay problema… dile a tu jefe que se cuide… y dile que no somos nosotros. Punto. Pero sí está cabrón ¿eh?

Después de ese mensaje que le dan a Nacho, nos reunimos como colectivo, los siete, ocho compañeros que formamos la directiva de nuestra organización. Y hacemos una valoración de por dónde podrían venir los golpes… por los nombres que se mencionaban y… este… de si era una jugada política o era una amenaza en serio.

Pues… porque ya otras veces nos han amenazado ¿no? Varias veces, desde que salimos de la cárcel, en 2008… entre 2007 y 2008… casi acabando de salir comenzaron las amenazas, los rumores de que me iban a matar, de que me habían levantado, a mi o a mis compañeros, a nuestras familias… pues entonces esta vez decidimos “no… vamos a esperar”.

Y esperamos ¿no? Ante estos avisos. Confiamos. Pero, en esto que esperamos… pasa… pasa algo que no nos esperábamos. Asesinan a Nacho. (Hace una pausa larga) Nos lo matan. (Flavio se coloca ambas manos en la sien. Recarga los codos en la mesa. Su mirada se dirige hacia ningún lado).

* * *

Madrugada. Hay algo de niebla. Un letrero señala: Columpio de Ixcotel - Carretera federal 190 Oaxaca-Istmo. Dos hombres aún jóvenes salen de un bar llamado AM. Sin que puedan alcanzar un automóvil Tsuru color blanco con placas TLA-1327, estacionado frente al bar, ambos hombres tratan de escapar de una lluvia de balas que de repente se desata sobre ellos. Se escucha ladrar a los perros en la lejanía. De los más de 20 disparos que salen de por lo menos tres armas .9 milímetros, una decena atravieza el cuerpo de Ignacio García Maldonado (moreno, bajo de estatura, el abdomen prominente). Su cuerpo queda tendido sobre el cofre del automóvil, mientras que otra tanda de disparos, de las mismas armas, caen sobre el cuerpo de Emmanuel Jesús López, su acompañante (moreno, delgado, de bigote ralo y bien delineado), quien alcanza a entrar en el vehículo para morir adentro. Se ven sombras de entre cuatro y seis atacantes. No se identifican rostros, ni complexión precisa. Los cuerpos quedan tendidos. Una bala horada la portezuela del coche de las víctimas, justo en medio de un emblema oficial: la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca. Ladridos lejanos. Aparece la primera sirena policial. Amanece lentamente.

Flavio (aprieta los dientes y así comienza a hablar):

A Nacho lo matan de la manera más canalla. Porque Nacho jamás uso un arma, jamás fue violento… nadie va a encontrar ni una foto, ni un video de él usando una arma… jamás. A lo mejor (ríe) sí encuentran alguna foto de Nacho tirando alguna piedra (ríe abiertamente) eso sí lo hicimos todos… pero Nacho era un hombre bueno. Y un (titubea, conmovido) un… un activista comprometido que decidió poner en riesgo su vida al estar a mi lado. Él lo sabía perfectamente. Fuimos creando lazos fraternos tan indisolubles como los que se crean entre los hermanos. Y fuimos entendiendo que la causa de la transformación de Oaxaca era nuestra causa y ahí seguíamos juntos. Digo… y lo matan… (se conmueve, traga saliva) como una señal mafiosa de que vienen por nosotros. (Se mueve en su silla. Bebe café de una taza).

¡Y por supuesto que sí tengo miedo! Es una mezcla terrible de sentimientos encontrados. El dolor de no poder abrazar a sus familiares más cercanos, el dolor de no poder abrazar a su madre (se le quiebra la voz)… que tantas veces nos acogió en su humilde ¡humilde, muy humilde casa! A sus hermanos, que sabían la relación conmigo tan entrañable… y la rabia. La rabia de que hayan lastimado a una gente afectivamente tan cercana a todos nosotros (alza la voz), a quien en el 2006 le pidieron nos incriminara en delitos a cambio de su libertad y se negó. ¡Se negó! ¡Y viviendo en la cárcel más dura de Oaxaca, en condiciones infraumanas. Se la rifó en una situación infame y no se dobló! (Silencio).

Lo que es… es un momento de mucha tensión (hace una pausa larga. Juega con un sobre de azúcar). Hay muchas amenazas para todos los líderes sociales. Corre el rumor de que hay un grupo de vehículos siguiéndonos. Ya amenazaron a otros… a Efraín, que se encarga de nuestros asuntos agrarios, de la manera más cobarde le llegaron los mensajes:

-¿Sabes que lo que le pasó ayer a tu hija no fue un asalto? ¿No entiendes, verdad?- le dijeron. ¡A su hija! Y con el mismo número amenazan a otros defensores de derechos humanos. Ubican el número… dice la procuraduría que hay una persona, de condición humilde, que están usando para mandar las amenazas. A ella le ponen recargas de 30 o 50 pesos en el teléfono...

-¿Sabes qué? A esta mujer la están usando… estamos tratando de llegar a quién es el mando- me dicen en la Procuraduría. Pero nunca llegan al mando. Está todo muy revuelto. Muy revuelto.

* * *

Mañana. Una hombre entra a la sala de una casa humilde, donde una mujer morena, de trenza larga y aretes dorados, rostro redondo, trabaja frente a una computadora. Una voz femenina dice “Es Beatriz López Leyva”. En un movimiento rápido, el hombre le dispara un tiro en la sien izquierda. La mujer cae muerta. El hombre, un joven delgado sin más señas, pistola en mano huye por la calle sin ser alcanzado.

Flavio (enfático):

Intentaron secuestrar a César Mateos, que fue nuestro vocero en el movimiento de 2006… milagrosamente se salvó César … pero ya ahí se corrió el rumor de que están usando vehículos que tienen tales características, una moto con tales características, un auto, dicen, diiiiicen todos con escoltas de Ulises Ruiz… que están asignados como policías de no se qué estado y están asignados aquí en Oaxaca para matarnos, dice la propia policía.

-Ten cuidado con tus vehículos- te avisa la propia policía.

Pero en los últimos días, los rumores se hicieron mucho muy serios. Y los compañeros acuerdan que yo salga de Oaxaca. (Baja la mirada, como si se avergonzara).

-Guárdate en el Distrito Federal… no salgas de tu hotel de México, no te muevas un rato… vamos a esperar que se calmen un poco las cosas ¿Qué te parece?- me dicen los compañeros.

-Me parece correcto- les digo… y a los dos días matan a Nacho. (Su voz a partir de este momento va a quebrarse). El crimen de Nacho para nosotros representa una señal. Una señal al estilo de ellos… al estilo de este grupo de criminales que en el 2006 asesinaron a más de 20 compañeros (mira hacia el frente. Sus ojos están rojos).

(Un par de hombres ocupan la mesa contigua. Flavio, a partir de ese momento, va a bajar el volumen de su voz. Insistentemente, cada pocos minutos, va a volver la cabeza hacia la puerta de salida del restaurante, que le queda a la espalda)

Ellos se comportan como asesinos seriales, como aquellas novelas terribles policiacas, así se comportaron ellos en 2006 (se enfada), es su modus operandi. Cuando no te lastiman a ti, mandan un mensaje y dejan algunas huellas para que tú lo leas. Su arma principal es el terror: son terroristas de la política.

Han seguido a nuestras familias a nuestros pequeños hijos, a nuestros amigos más cercanos. En una ocasión torturaron a un activista que estuvo junto conmigo. Brutalmente. Con saña. A César cuando lo detienen lo torturan (con las manos hace el gesto de quien aprieta un cuello), pudo comprobarlo la Comisión Nacional de Derechos Humanos, con toques en los testículos, toques en la nariz, en la planta de los pies (suspira). Le aplican un protocolo para… querían que incriminara a Gabino Cué… que dijera que nos entregaba dinero… incriminar a otros políticos de izquierda… estee… para sembrar terror le preguntan por mis hijas, le preguntan por las hijas de Gabino… a César… en el interrogatorio… y llenan de rumores y, perdón la expresión, ¡de mierda! a toda la opinión pública oaxaqueña…

(Una mujer joven pasa cerca de la mesa y Flavio calla. Espera a que pase, siguiéndola con la mirada. Continúa)

Se han encargado de enlodar nuestros nombres.¡Que yo era dueño de quién sabe cuántas propiedades! ¡Y nunca me pudieron comprobar nada… nuuunca!... incendiaron nuestras oficinas… prácticamente me cambiaron la personalidad, me pintaron como al peor de los criminales. Bueno, ya se sabe, nos criminalizan a través de la televisión: como en mi detención, que fue transmitida en vivo junto con mi traslado a Almoloya la misma noche… todo de una saña terrible…

Su modus operandi ya lo conocemos: comienzan a sembrar el terror. Lo hicieron la semana pasada. Matando a mucha gente. El mismo día que matan a Nacho, van a tirar restos de dos cadáveres a la casa de un defensor de Derechos Humanos. Ha de estar aterrado el tipo, el licenciado Alfredo. Un hombre valiente. Y luego hay otros muertos. Ellos dejaron el gobierno pero no dejaron el poder. Y dejaron corrompidas las instituciones de manera tal que hoy siguen con fuerza en Oaxaca y reposicionados a través del gobierno de Enrique Peña Nieto… y empieza el golpeteo contra Gabino, contra los líderes sociales… no ha cambiado nada (suspira)… no ha cambiado (disminuye la voz)… no ha cambiado nada (susurra). Y vienen contra nosotros.

* * *

La plaza central de Oaxaca. Barricadas en torno de los cuatro flancos. Humo de incendios. Lonas que dicen Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca. Gente que corre. Pancartas con las leyendas ¡Fuera Ulises Ruiz! “Sección 22- SNTE”, “Desaparición de poderes”. Se escucha el sonido de helicópteros y sirenas de patrulla. Caos. Unas voces desde la radio dicen: “se escucharon disparos contra la casa del pintor Francisco Toledo”, “en Oaxaca haremos respetar el estado de Derecho”, “el presidente Felipe Calderón ordenó la entrada de la Policía Federal para recuperar el Centro Histórico de Oaxaca” y “es la primera revuelta social del siglo XXI”. Se suceden hojas de denuncias que dicen “20 homicidios”, “desapariciones forzadas”, “violaciones”, “detenciones arbitrarias”, “tortura”. Al fondo aparece un Flavio Sosa por lo menos 25 kilos más robusto, sin canas y con un rostro sin arrugas ni ojeras. Esposado, lo rodean cuatro policías. Viste un uniforme color caqui, rasurado, casi rapado de la cabeza. Una voz masculina dice: “Flavio Sosa ingresó al Penal de Máxima Seguridad de Almoloya, acusado de los delitos de sedición, ataques a las vías generales de comunicación e incitación a la violencia, además de otros delitos del fuero común, relacionados con las movilizaciones de la APPO en la ciudad de Oaxaca”.

Flavio (su voz irá incrementándose, con enojo):

Gabino Cué, el gobernador, está bajo fuego del gobierno federal. Bajo fuego del PRI. El PRI quiere retornar a como dé lugar al gobierno en Oaxaca. Millones de votos. A como de lugar. Además, los nombres que se mencionan como los que dieron la orden de matarnos son gente ligada al viejo régimen: es Ulises Ruiz, el ex gobernador al que nos enfrentamos durante el conflicto de 2006. Es Lino Celaya, el político. El uno es jefe y el otro Jefe de Sicarios. Se mencionan a estos dos personajes.

Y entonces, ante las amenazas de muerte te preguntas: ¿le metes presión al gobierno, siendo que Gabino es un gobernante que nosotros empujamos? Pues así sólo les estarías allanando el camino al PRI. Y no queremos jugar como piezas para golpear a Gabino. Al contrario, vamos a buscar el mecanismo de protección local, presionar para que funcione, para no generar una presión externa sobre Gabino mucho más grave.

Además, si me van a lastimar, me van a lastimar con todo y guardias. Pueden hacerlo. Así nos pongan cuatro-seis guardias a cada uno… sí, te ponen a los cuatro guardias y están contigo todo el día. Pero en la noche te llevan a tu casa… sacan las armas, todo el aparato. Te meten… ¡pero luego te dejan ahí en tu casa! (risas) ¿Cuál seguridad? Donde yo vivo en este momento, casa de mis hijas, es un pueblo donde dejas las puertas abiertas. No tiene ni candado la puerta. Dejas tu bicicleta en la puerta y nadie se la lleva. Y… (suspira) ni me siento bien, ni me siento seguro con las escoltas. Además ¡qué chingados! Uno está así por convicción.

Ya vienen las elecciones federales y las elecciones locales. Ellos no quieren que se vuelva a hablar sobre el 2006. Y, para bien o para mal, yo soy un referente del 2006. Me crearon la imagen de que yo era dirigente de la APPO. Era una revuelta, una revuelta social. Las revueltas son ingobernables, pero les convenía crear líderes. Son gente muy perversa, muuuy perversa.

Detrás de la figura de Flavio se ciernen dos sombras. Una es el rostro de un hombre de labios gruesos, lentes delgados, semicalvo. Una voz masculina dice: “es el presidente Felipe Calderón”. El rostro está sonriente. Cuando se disipa, aparece otra silueta, ésta la de un hombre de tez morena, con un bigote tupido que oculta el labio superior, su cabello está peinado hacia la nuca, completamente cubierto de gel. Los ojos son pequeños. Una voz dice: “Es el gobernador Ulises Ruiz”. La sombra habla: “Sin duda estamos en un conflicto serio… estamos buscando la salida los tres niveles de gobierno… no vamos a aplicar ley del garrote… se suspendió la Guelaguetza porque se podían correr riestos para los ciudadanos oaxaqueños ni al turismo nacional e internacional… con la APPO se están construyendo los puentes para encontrar las salidas… yo creo que el mandato que me confirió el pueblo oaxaqueño lo voy a cumplir”. Al terminar esa frase, la sombra se disipa.

Flavio (alza la voz conforme enuncia las frases):

Estos tipos no se tientan el corazón para nada: mataron a sus propios comandantes. A quienes fueron los ejecutores de nuestros detenciones los desaparecieron. Ahí está la lista de crímenes políticos de estos tres años, que es una lista bastante grande de gente muy cercana afectivamente a nosotros, y gente que tiene una relevancia…

¡Mataron a Catarino Torres!

¡Mataron a Beatriz López Leyva!

¡Mataron a Arturo Pimentel!

¡Mataron al profesor Rafael Rodríguez Enríquez!

Desaparecieron al maestro Carlos Román, que era digamos que del grupo de asesores de la sección 22 magisterial, un intelectual del movimiento.

En estos días han intentado criminalizar a Nacho… ¡no lo vamos a permitir! Porque nosotros no somos mafiosos ni andamos metidos en cosas, han tirado tanta mierda que nos da muchísima rabia… han tratado de enlodarnos a todos, con aquello de “calumnia que algo queda”.

-¡Es que son traficantes de madera!- dicen. ¡Por favor, vivimos al día, no nos van a probar fortunas… han tirado tanta mierda!

Gente muy perversa, muy perversa.

* * *

Un conjunto de sombras se acumula detrás de Flavio. Una tras de otra aparecen las siluetas de Catarino Torres, acribillado a quemarropa, sentado detrás de su escritorio, en su oficina, por dos hombres. Arturo Pimentel recibe un disparo en la cabeza y otro en el tórax, en plena calle. Rafael Rodríguez, asesinado dentro de su auto por dos hombres, al salir de la fiesta de 15 años de su sobrina. Carlos René Román aborda su camioneta Mazda color gris, con placas de Puebla TWS-4400 y se desvanece en el aire y desaparece. Aparecen también la sombra de Un coro de voces masculinas y femeninas repite, en distintos tonos: ¡Justicia!

Flavio (con voz en calma, sereno):

Sí… hay dolor, hay rabia, hay impotencia y temor de que lastimen a nuestros seres queridos. ¿Cómo sacamos a las familias nuestras de Oaxaca, como nos dicen que hagamos? Eso es imposible. La familia de César, la familia de Gilberto, la familia de Jorge, la familia de Horacio, mi familia, mis hijas… ¡Imposible! No tenemos los recursos para hacerlo. No es posible.

Pero por supuesto que todo esto vale la pena. No hay ni qué preguntar.

Nosotros estamos vivos, pero mis compañeros que murieron en 2006 ¿qué? ¿Sus familias, qué? ¿Las familias de los desaparecidos, qué? Ellos dieron su vida. Nosotros estamos vivos. Agradecemos la solidaridad del movimiento, al padre Wilfrido Mayrén, a los miles de mujeres y hombres que estuvieron cerca de nosotros, a los organismos internacionales de derechos humanos…

Nos van a matar, pero si nos matan es haciendo aquello en lo que creemos: la transformación de México está en la movilización social. Pero el 2006 nos enseñó que el pavor no nos debe paralizar.

Es probable que hoy, mañana, que pasado me maten. Muy probable.

Estás hablando con un hombre muerto.

Es la realidad… lo sabemos que puede suceder. A cualquiera de nosotros.

Tiende una mano y observa hacia quien lo mira. Hace una ligera inclinación de cabeza. Sale hacia la calle bulliciosa y concurrida. Se pierde entre la gente.♠

Publicado en Emeequis


Ni Dios los salva

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La primera advertencia llega oculta, dentro del pequeño cesto de hojas de palma en donde se depositan las limosnas dominicales. Un papelito redactado a mano, con letra errática, de trazo irregular, como de alguien que no sabe escribir: Padre cierre la boca. No se meta en problemas.

El segundo aviso, frontal y sin espacio para las dudas, llega casi un mes después, en la voz casi infantil de un muchacho de unos 16 años, delgado, de facciones mestizas y color moreno de piel, con una cicatriz en la ceja derecha que puede notarse en la luz recién apagada del presbiterio donde se ha escondido: me mandan a decirle que es la última, padrecito… que ya le pare o lo paramos… usted decide.

El sacerdote incómodo, llamémosle Padre Rolando, acaba de cerrar su iglesia. Está solo, a merced de lo que decidiera hacerle su agresor.

Como no han pasado ni seis meses desde el secuestro de otro religioso de la región –el joven Santiago Álvarez, un sacerdote veinteañero desaparecido sin dejar rastros la tarde del 27 de diciembre de 2012, luego de oficiar misa en el pueblo de Jacona, en el occidente michoacano— el clérigo se toma el asunto con absoluta seriedad: cuando el chico se va dejándolo ileso, llama de inmediato al obispo de Zamora, Javier Navarro, y le notifica la amenaza.

Ya en un par de ocasiones, en esos últimos meses, le han llegado rumores de que su trabajo en comunidades rurales, con jóvenes rescatados de las drogas y de la delincuencia organizada, no es del agrado de Alguien muy poderoso en la región.

Ambos mensajes, el primero oculto en un fajo de cinco billetes de 100 pesos unidos por una liga y el segundo verbal, coinciden en forma y letras con los que ha recibido antes otro padre, Pedro Gutiérrez, secuestrado en marzo de 2009 en un paraje carretero de Acuitzio del Canje, un poblado muy cerca de Pátzcuaro, por oponerse al dominio de fuego y miedo de los Caballeros Templarios.

Por esos días, en Apatzingán ya han sido cerradas por lo menos tres parroquias, amenazadas todas por sus actividades sociales, en medio de la lucha contra el crimen organizado. Y en Parácuaro, dos iglesias han sufrido conatos de incendio y robos, luego de avisos del mismo tipo, que se suman a otros 355 reportes de amenazas de muerte que denuncian sacerdotes de todo el país en 2013.

Para la jerarquía católica en Michoacán no hay dudas. El ultimátum contra el Padre Rolando ocurre en un peligroso triángulo que es escenario de amenazas, secuestros y extorsiones.

Un triángulo de fuego y amenazas contra los sacerdotes católicos, conformado por los territorios de las diócesis de Morelia, Zamora y Apatzingán, donde la agresividad contra ellos ha escalado en apenas cinco años, igual que ha ocurrido en todo el país.

La prueba de todo está en el informe Agresión contra sacerdotes en México de 1990 a 2013. Reporte Especial 2013, un minucioso recuento elaborado por el sacerdote Sergio Omar Sotelo y el periodista de asuntos católicos Gustavo Rangel: entre 2006 y 2012 se cometen 22 homicidios, de los cuales 15 son sacerdotes encargados de parroquia. La muerte ronda a las sotanas.

Si el sexenio de Felipe Calderón se erige como el más sangriento para el sacerdocio mexicano en tiempo de paz en la historia moderna, con el primer año de gobierno de Enrique Peña Nieto las cosas no pintan mucho mejor: son asesinados cuatro religiosos y se ha reportado el secuestro de tres más.

México, pues, ya erigido como el primer lugar en crímenes de odio contra sacerdotes, religiosos y laicos en América Latina, no es un lugar para andarse con titubeos: a muchos de esos crímenes les anteceden mensajes similares, escenarios semejantes: un papel, un aviso verbal: señor cura, no se meta.

Por ello, luego de solicitar apoyo para la protección de los suyos –dos integrantes de su familia dependen de él y viven acompañándole- el Padre Rolando, cuya verdadera identidad se reserva para garantizar su seguridad, pide su cambio de parroquia. Urgente.

En menos de dos meses, en coordinación con las diócesis de Morelia y Querétaro, desde Zamora se organiza el desplazamiento del sacerdote amenazado.

Se le encomiendan tareas administrativas y se le envía a una pequeña parroquia queretana, desde donde aguarda, como él mismo dice, “que el amor del Señor reconforte los corazones llenos de odio de toda esa gente que desea el mal”, mientras el peligro pasa. Si es que pasa.

Contra el mensajero… de Dios

El caso del Padre Rolando es apenas una historia entre cientos. Si los números dicen verdad, México se ha convertido en un infierno verdadero para los mensajeros de Dios en apenas una década: asesinatos por decenas, secuestros, extorsiones. Miedo.

Ese es el valor de los datos del informe compilado por el sacerdote Sergio Omar Sotelo, que son del conocimiento pleno de los cuatro cardenales, los 17 arzobispos y los 73 obispos mexicanos: reunidas las pistas dispersas, se confirma la violencia sistemática contra el sacerdocio católico mexicano que también tiene su víctima torturada, su encajuelada, su ejecutada por los narcos, su efecto colateral, su encobijada y martirizada, para obligarla al silencio.

Porque todo cuando saben ellos de sus comunidades, de sus feligreses, puede representar un peligro para algunos, como va a relatar el Padre Rolando.

La iglesia católica en un Estado fallido

-Lo que puedo decir, está perfectamente resumido en la carta de Monseñor Miguel Patiño (Obispo de Apatzingán)… es lo que está ocurriendo, en Michoacán y en muchos otros estados del país- dice el Padre Rolando, un hombre aún joven, moreno, correoso, en cuya voz parece haber susurros permanentes.

Se refiere al controvertido comunicado público que, en octubre de 2013, ha difundido monseñor Miguel Patiño, donde ha expuesto el clima de terror y violencia prevalecientes en esa región, y en el cual por primera vez un alto representante de la jerarquía católica impone el apelativo “Estado fallido” a las condiciones sociales, políticas y económicas de una entidad:

El estado de Michoacán tiene todas las características de un Estado Fallido. Los grupos criminales: Familia Michoacana, Zetas, Nueva Generación y Caballeros Templarios, principalmente, se lo disputan como si fuera un botín. La Costa: para la entrada de la droga y los insumos para la producción de las drogas sintéticas; la Sierra Madre del Sur y la zona aguacatera: para el cultivo de mariguana y amapola, el establecimiento de laboratorios para la producción de drogas sintéticas y refugio de los grupos criminales. Las ciudades más importantes y todo el Estado: para el trasiego y comercio de la droga, “venta de seguridad” (cuotas), secuestros, robos y toda clase de extorsión”.

-El sufrimiento de la gente, por el crimen, nos obliga a estar cerca de ellos. No hay otra manera de ejercer el ministerio de Dios, sino velando por el bien de todos… y eso te confronta con quienes se unen en maldad –dice el Padre Rolando.

Es un desplazado. En menos de cuatro años, en su parroquia, como en otras de la región, se multiplican las denuncias por levantones, que involucran a gente de todas las edades; las extorsiones y el cobro de cuotas, que hacen migrar a familias enteras. Incluso, en la cúspide del terror, ocurren homicidios que, en muchos casos quedan en total impunidad.

-¿Fue la denuncia de esas condiciones lo que a usted le exigían callar?

-En muchos estados del país hay un poder por encima de los poderes legales. Y ese es el poder de la violencia y la impunidad. Si no hay autoridad que lo impida, como ha sido el caso, ese poder se convierte en una fuerza poderosa- dice.

A través de correos electrónicos, de llamadas telefónicas, incluso a través de redes sociales, la comunidad católica de su parroquia le hace llegar denuncias de abusos y extorsiones, que él mismo expone en el púlpito y reenvía a otros sacerdotes y parroquias, como forma de aviso.

Aún cuando siempre evita referirse a un responsable en particular -si la autoridad los conocía y no hacía nada por detenerlos ¿qué iba a lograr yo?-, la gente recibe el mensaje y utiliza el atrio de su iglesia para discutir medidas de acción. Surgen autodefensas.

Recuerda un suceso:

Tiempo después del secuestro del padre Santiago, en Jacona, los habitantes de la región comenzaron a hacer una investigación paralela sobre el asunto. Así supieron que el automóvil en que viajaban el padre y cinco personas más, entre estas una monja, había sido seguido desde días atrás por distintas camionetas, una de éstas ocupada por elementos de la policía local. El día del secuestro, según relataron los testigos, el comando de plagiarios contaba a dos uniformados. Sólo se llevaron al sacerdote.

Cuando fue puesto en libertad, tiempo después, el indicio sobre la participación de policías locales fue eliminado de las indagaciones, omitido, lo que al final concluyó en una averiguación encarpetada, que no dio como resultado alguna detención o encarcelamiento alguno. Impunidad absoluta.

-Algo así estaba ocurriendo con la gente de mi parroquia. La autoridad oficial se coludía con la autoridad de facto, dejando a la gente a merced de la extorsión, la violencia y el miedo- dice.

El asunto, en muchas poblaciones, alcanza incluso a las propias parroquias, que deben pagar cuotas mensuales de entre cinco mil y cincuenta mil pesos, a cambio de que la delincuencia permita la asistencia de los fieles a las homilías.

El Padre Rolando me muestra un correo electrónico. Es una cadena de información que ha circulado entre curas católicos de la región occidental de Michoacán. En el mensaje dice “Alerta de misa”. El contenido, escrito con faltas de ortografía y un lenguaje plenamente vulgar, dice:

A esos pinches padrecitos que ze creen que ay (sic) son la autoridad, el domingo les vamos a llenar su iglesias de muertitos pa que aprendan a ovedecer”.

Lo que va a ocurrir a continuación, sacude como un terremoto a toda una iglesia.

“Ya sabe, Padre… o se va o lo vamos”

Es media tarde. En la radio vespertina el Padre Gregorio López, administrador de una parroquia en Apatzingán, vuelve a ser noticia: es el mismo que semanas atrás, con chaleco antibalas y un lenguaje más llano que religioso, se gana la presencia constante en todos los medios de comunicación:

“Aquí ya sé cómo masca la iguana, cómo corre el agua, sabemos cómo está todo. Tenemos la fuente de la gente. Sabemos cuántos muertos y secuestros hay. Cuántos ranchos han robado, qué ministerios públicos, notarios y policías están con ellos. Sabemos la corrupción que hay en la Presidencia Municipal; le digo a Enrique Peña que le beso los pies el día que tenga en la cárcel a Nazario Moreno, a Enrique Plancarte Solís y a Servando Gómez Martínez. No agarren al Chiclano, él es el mil de Los Templarios. Agarren al uno, al dos y al tres y le beso los pies”.

-¿Lo conoce, Padre?-

-Sí. No lo conozco muy bien, pero sí. Por supuesto.

-¿Qué le parece?

-Nuestro Santo Padre dijo: nosotros somos administradores de los sacramentos, somos portadores del evangelio, pero no somos sus dueños. Si servimos, lo hacemos en el nombre de Dios, por obra y gracia de Dios, no por afanes personales. El mandato de humildad tiene una razón de ser.

No le pregunto más sobre eso. Se lleva el dedo índice a la mitad de los labios y me hace comprender su silencio:

Cuando llega a su parroquia, a finales de 2012, en la pequeña población ya han aparecido cuerpos descuartizados, ya han incendiado camionetas, y hasta han colgado un par de cuerpos en el único puente peatonal que hay en kilómetros a la redonda. La zona hierve.

Su antecesor, un hombre que durante más de siete años ha servido a un pueblo de no más de 10 mil habitantes, ha sido prácticamente expulsado por el crimen organizado, bajo amenazas de muerte lo que obliga al Obispo de la diócesis, en Zamora, a buscar un sustituto.

La designación no es fácil. Cuando se expone ante el Consejo Presbiterial la razón de la vacante, y que el sacerdote saliente incluso ha solicitado la renuncia al sacerdocio, comienza un debate. ¿Es pertinente o no nombrar a alguien más en su lugar?

Ocurre ahí lo que se denuncia en aquel informe: a los clérigos se les exige cuota en especie, que van desde automóviles, camionetas, aparatos electrónicos o incluso terrenos y bienes inmuebles, a cambio de no ser atacados.

También se les obliga a proporcionar resguardo para armas y drogas, así como almacenaje de diversos productos, generalmente ilícitos, incluso en las mismas sedes parroquiales, como ha ocurrido en todo Michoacán y en zonas como Acapulco y la región de Tierra Caliente, en Guerrero; Monterrey y San Fernando, en Nuevo León; Guadalajara, en Jalisco; Torreón y Comarca Lagunera, en Coahuila; y en Culiacán, Badiraguato, Mazatlán y Navolato, en Sinaloa.

Cuando el obispo le informa de su nombramiento, con carácter de eventual, el Padre Rolando dice que sí. Comienza a oficiar, aunque carezca de nombramiento.

Sin embargo, las presiones del crimen organizado aumentan. Llamadas telefónicas amenazantes, papeles, pintas en las paredes vecinas. No quieren a ningún sacerdote en la zona, pues eso significa ojos y oídos abiertos a cuanto acontece en la población. El silencio como obligación. El obispo posterga el anuncio oficial.

Después de tres intentos fallidos de anunciar el nombramiento definitivo, el Padre Rolando es amenazado de muerte igual que sus antecesores y aún un padre eventual más: al parecer el mismo muchacho, ni siquiera los 20 años, pistola en mano les lanza:

-Ya sabe, Padre… o se va o lo vamos.

Entonces ocurre un acto sin precedentes en la historia reciente del catolicismo: el obispo emite un comunicado en el que anuncia:

“Con sincero dolor les comunico que por ahora no he nombrado otro sacerdote que atienda la parroquia, hasta que la propia comunidad me garantice que no será maltratado, amenazado ni impedido para prestar su servicio pastoral”. El cierre definitivo de la parroquia se hace efectivo de inmediato.

-De lo que alcanzo a recordar, no hay registro de casos parecidos en esta época. Ocurrió durante la Revolución, en la época de la guerra de Cristo, allá en los 20, pero no ahora… ni con tanta frecuencia- dice el Padre Rolando. En su rostro noto cierto asomo de tristeza, de derrota.

-¿Es errónea mi percepción?-

-Hermanos de todo el país están padeciendo el mismo flagelo. Y las decisiones de nuestro señor Obispo, en nuestro caso, nos llaman a enfrentar de forma positiva y pacífica estos desafíos. Estoy encomendado a Dios nuestro señor- dice.

Toma entre sus manos unas hojas que están sobre su escritorio. Me mira y comienza a leer. Es una frase de San Agustín, quien parece haberse convertido en figura de batalla de los obispos mexicanos de estos tiempos:

Cuando el peligro es común a todos, quienes tienen necesidad de los demás no deben ser abandonados por aquellos de quienes tienen necesidad. Esta es la prueba suprema de la caridad”.

-Padre ¿hubiera preferido quedarse?

-No era algo que pudiera decidir por mí mismo-

-¿Tenía miedo?

-No. Miedo no. Me preocupa la condición de miles de hombres y mujeres de bien que están sometidos. Y me preocupa el desinterés de las autoridades. Han abandonado a su pueblo- dice.

Quiere caminar un poco. El entorno para él ha cambiado radicalmente. Y el contacto con la gente todavía es mínimo. Por su seguridad, no oficia misas sino que realiza tareas administrativas y de recopilación de datos. Como si fuera un académico en año sabático, el padre desplazado lee, estudia, analiza. Y aplaca sus dudas.

-A otros hermanos no les ha ido tan bien. ¿Sabes de los asesinatos, no?

Me platica del más sangriento. Un párroco de Tamaulipas a quien, por negarse a oficiar una ceremonia en un local acondicionado para rendir culto a la Santa Muerte, le estrellaron un bate de beisbol en plena nuca. Dos golpes. ¿Para qué más? El sacerdote terminó en la sala de terapia intensiva de un hospital, con posibilidades mínimas de recuperarse al ciento por ciento. Será casi un vegetal.

-¿Todo esto es temporal?-

-No. Lamentablemente las amenazas de muerte fueron directas contra mi y contra mi familia –dice. Se queda callado. Hace una señal con la cabeza y me pide terminar con la entrevista.

El ministerio consagrado a Cristo también exige prudencia y no hay lugar para las equivocaciones, ni para el titubeo, como ha de comprobarlo por sí mismo el máximo jerarca católico del país, el Arzobispo Primado de México, Norberto Rivera Carrera.

“Que Dios nos ampare…”

Es diciembre de 2013. Durante una homilía en el Seminario Conciliar de México, en la zona de Tlalpan de la capital del país, el cardenal Rivera Carrera lanza la que ha sido, hasta ahora, una denuncia pública controvertida: integrantes de La Familia Michoacana exige pagos de hasta 60 mil pesos mensuales a la Arquidiócesis de México, a cambio de respetar la vida de los estudiantes del seminario. A cambio de no secuestrar ni matar a los alumnos del nivel superior del máximo colegio religioso del país.

-Estábamos reunidos ahí en el seminario, en nuestro seminario… varias veces llamaron. Se identificaron como de… de la Familia Michoacana. Porque… querían, para empezar… porque si no matarían a alguno de nosotros… querían, para empezar, 60 mil pesos… y si empieza uno a pagar, pues ¡ya se hizo cliente! Pero… ¿quién sabe?– dice Rivera Carrera.

Y cuando le preguntan sobre las acciones al respecto, el cardenal responde que ha informado inmediatamente a las autoridades federales. Que el caso ya es investigado por quienes deben investigarlo.

-Imagínate, si eso ocurre con Monseñor Rivera ¿qué no pasará con los hermanos que están en las comunidades, en las serranías donde no hay comunicación ni medios para hacerlo público- dice al teléfono el Padre Rolando, días después de nuestro encuentro.

Le platico de ciertas cifras que he encontrado: la extorsión contra religiosos católicos ha crecido como hiedra en México. De un total de 153 reportes de extorsión denunciados en 2010 por sacerdotes, obispos y personas que realizan tareas de evangelización, se escala a mil 465 el año pasado.

De los seminarios de los estados o del seminario en ciudad de México, los reportes indican un peligro inherente.

Le cuento de un intento de explicación a toda esta locura, que me ofrece uno de los autores del informe sobre asesinatos y desapariciones de religiosos, el padre Sergio Omar Sotelo:

-Muchos de los ministros optan por los derechos de los demás. Los sacerdotes protegen a víctimas y conocen dónde están esas personas que delinquen, quiénes son, cómo se manejan- me dice.

-¿Por eso los matan?

-Ellos tienen el pulso de las comunidades, porque la gente se acerca a ellos porque las ven como figuras de autoridad. Es ahí donde vienen los secuestros, las extorsiones- dice el padre Sergio.

Cuando pregunto al Padre Rolando si coincide con el Padre Sergio, me dice sin titubeos:

-Totalmente. Y es más: te diría que hay un número mayor de casos que no llegan a denunciarse, porque el propio sacerdote lo oculta.

No es un asunto menor, dice. La violencia contra los suyos tiene ocupadas a todas las esferas de la iglesia católica mexicana, porque el territorio donde se presentan las agresiones cada día es más extenso.

Los casos más recurrentes son los que involucran a agentes de pastoral, la gente encargada de la evangelización y las relaciones con las comunidades, porque son quienes están en contacto continuo, casi a diario, con las víctimas de la corrupción y el crimen organizado.

Ellos reciben las principales amenazas, incluso los golpes, pero también los informes de la gente. Y eso explica la presencia del Padre Gregorio López, el desplazamiento del Padre Rolando, el informe detallado del Padre Sergio, el comunicado conjunto de todos los obispos del país, en el cual muestran su preocupación porque “incluso la atención pastoral a los fieles se esté viendo afectada por las amenazas del crimen organizado”.

Ello explica en fin, que el nuncio apostólico en México, Monseñor Christophe Pierre, haya admitido, a principios de marzo de 2014, que la jerarquía católica también está a merced de la delincuencia y que la iglesia vive dentro de la realidad humana y los sacerdotes comparten la suerte de todos los ciudadanos, no son privilegiados.

“¿Hasta dónde va a llegar esto?”, le pregunto al Padre Rolando y su respuesta es demoledora.

-No se decírtelo en estos momentos… pero cualquiera que sea el camino, que Dios nos ampare.♠

Publicado en Revista Emeequis


@ValorPorTamaulipas: la otra autodefensa

Tamaulipas
Tamaulipas

Sabe que lo van a matar. Mañana, quizá. En algunas semanas, o meses, cuando por fin sus muchos enemigos den con el sitio donde esconde el arma más peligrosa que pueda haber en tiempos convulsos: la computadora con que envía sus mensajes de alerta a las redes sociales.

Detenerse ya no puede. La información fidedigna, justo la que el gobierno mexicano se empeña en filtrar, se ha convertido en un objeto altamente subversivo que @ValorxTamaulipas (VxT) disemina abiertamente, desde la convicción de que, de cualquier modo, ya perdió; de que “cuanto siga haciendo en beneficio de la gente será ganancia”.

Su vida vale los 600 mil pesos que el crimen organizado ha ofrecido por él.

Su nombre virtual, el único que puede conocérsele por ahora, nació hace dos años, el 4 de febrero de 2012, la misma tarde en que alguna balacera, bombazo o ajusticiamiento, a plena luz del día, en alguna calle de cualquier poblado de Tamaulipas, lo orilló a lanzar su primer mensaje de alerta. Tuitea y postea para sobrevivir y para que otros sobrevivan, pero sobre todo porque cree que eso es lo correcto.

Y al encontrar en Twitter y en Facebook los vehículos para crear  comunidad y resistir, confirma que Roberto Balaguer no se ha equivocado cuando expuso, en su libro La nueva matriz cultural: la red, a medida que crece, pierde sus usos lúdico y fantástico iniciales, que van siendo desplazados por la incontrovertible realidad. Las redes sirven a la realidad más cruda posible: la violenta.

-No es por jugar al superhéroe, es hacer lo correcto– dice VxT -sería más sencillo si día con día hubiera más gente que esté dispuesta a hacer lo correcto.

A través de un contacto laberíntico, que ha incluido el envío de preguntas a un correo electrónico encriptado a prueba de rastreo, contesta por escrito a mis cuestionamientos, una suerte de cuestionario híbrido entre lo informativo y lo humano, con el cual intento ayudarnos a todos a conocer al ser humano que hay detrás del activista virtual. Al hValor-por-Tamaulipas-357x330umano que podemos ser cualquiera de nosotros.

Se trata de entender al hombre o mujer que resiste en medio de lo que parece un derrumbe inevitable alrededor. Se trata de conocer, sin inferir, cómo se logra hacer confluir a más de 300 mil hombres y mujeres en Facebook y más de 125 mil en Twitter, para difundir información, resistir a pesar del miedo y el hartazgo, o a partir del hartazgo del miedo. De saber, a través de sus respuestas,  un poco más sobre la tragedia de México:

-Valor ¿puedes contarme cómo fue el momento en que decidiste abrir la cuenta de Twitter?

-Inicialmente fue algo emotivo encontrar un medio en el que pudiera ver que había cierto grado de libertad para exponer las situaciones que vivimos en nuestro estado. La cuenta de Twitter la hice luego de tomar la administración de una página previa, en la que sus administradores originales dejaron de publicar en la página luego de la ejecución de la administradora de Nuevo Laredo en vivo, me hice cargo de la página, y separé los reportes de SDR (Situaciones de Riesgo) y los casos de desaparecidos para organizar mejor las publicaciones y darle la relevancia a esos casos, pero al hacer eso en la página me expulsaron y me quedé solo con Valor por Tamaulipas, posteriormente hice las páginas adicionales de Esperanza, Responsabilidad por Tamaulipas y Valor por la Huasteca.

-¿Qué había ocurrido en esos días?

-Una chispa de esperanza. Teníamos años observando cómo injusticias se llevaban a cabo, como las autoridades estaban corrompidas, escuchaba gente de otras partes que no creían lo que sucedía en Tamaulipas, los medios callaban, me hizo creer que probablemente el Ejército, Marina, las autoridades federales o el resto del país nos ayudaría si conocían lo que estaba pasando. En ese momento desconocía los esfuerzos en redes sociales, en Twitter, antes de la página que llegué administrar en Facebook. Luego llegó la realidad de saber que mucho de lo que pasaba en el estado era de conocimiento general de las autoridades y aún así la respuesta para apoyar no fue consistente al reto que el crimen organizado presentó, por la cantidad de ejecuciones y secuestros que de hecho aún se llevan a cabo. Pero si la pregunta es que ocurrió, me ilusioné con la esperanza de que si se exponía lo que sucedía alguien nos ayudaría.

-¿Qué te animó a hacerlo?

-La frustración,  el no encontrar una manera de detener las agresiones y violaciones de los derechos humanos de la ciudadanía por parte de los carteles, una manera que por lo menos en el intento no significara represalias inmediatas contra mi familia. El crimen organizado nos enseño a callar y a no denunciar para evitar perder lo que más apreciáramos y la frustración de ver todo lo que sucedía, de padecer los abusos de los criminales y  no poder hacer nada.

-Me gustaría una descripción lo más pormenorizada posible de ese día.

Esto ha sido un proceso, no es algo sencillo, no he tomado las decisiones de la noche a la mañana, siempre he tenido miedo, y cuando inicié era un temor como el que probablemente llegué a sentir con los volantes en Ciudad Victoria (hojas en las que el crimen organizado ofrece recompensa de 600 mil pesos por información sobre su identidad y paradero) pero que creo después de eso ya estoy dispuesto a enfrentar lo que venga.  Al inicio no me era sencillo confiar, a nosotros el crimen organizado nos infundía el temor de que todo estaba intervenido -y parcialmente eso llega a ser cierto si hablamos de teléfonos locales de denuncia, los centros de inteligencia infiltrados por criminales, o autoridades de todos los órdenes corruptos, que entregaban a los ciudadanos denunciantes al crimen organizado- pero, como le digo a los usuarios que me preguntan si es seguro hacer una denuncia por redes sociales y les respondo que es un riesgo que todos tenemos, al que estamos todos expuestos, pero… ¿qué opción nos queda?

-¿Desde dónde tuiteas? ¿Desde un aparato telefónico, una PC, una Mac? No me digas marcas, descríbeme el aparato, el color de sus teclas, el tipo de letra que hay en la pantalla, los años de uso, si te la regalaron o la compraste.

-Por seguridad no lo contestaré.

-¿Y tu entorno? Tampoco me digas tu ubicación, descríbeme tu cuarto, o tu sala, o tu baño o tu oficina o el lugar desde donde tuiteas, la calle, lo que ves desde la ventana. Si lo haces desde varios sitios, explícamelo, por supuesto sin revelar tus rutinas, ni tu ubicación.

-Tampoco lo contestaré. Solo puedo indicar que son entornos variados.

-Eres muy consciente del riesgo que corres, lo has externado varias veces, ¿eres consciente también de lo necesario que te has vuelto para miles de tamaulipecos?

-Ante esta situación de dependencia tomé varias acciones hace algunas semanas, y otras sigo aplicándolas, como utilizar hashtags de ciudades en las que prácticamente solo yo colaboro. Las comunidades de las redes sociales deben continuar, aunque eso si, externaré a esas comunidades mi rechazo a la colaboración con criminales o en su caso también “amigos” de delincuentes, que tienen un rol activo en la transferencia de información entre criminales y a veces algunas autoridades, pero que tienen objetivos de apoyar o de dañar algún grupo delictivo, sin embargo ese es un tema que ya prefiero evitar un poco para evitar confrontaciones innecesarias.

-¿Del valor de "marca"?

-No comprendí la pregunta.

-¿Cómo sobrellevas esa carga?

-Llevo muchas cargas actualmente, pero creo es más la motivación y probablemente el autoengaño de creer que de alguna manera esto está ayudando a mi estado, a la gente de bien. A veces me cuesta encontrar sentido a todos los riesgos que estoy colocando a mi familia, más porque vemos como continúan los carteles gobernando, pero no se de que otra forma pueda hacer algo.

“Cuando se conozca mi identidad, ya habré muerto”

Ahora Tamaulipas
Ahora Tamaulipas

Son tantos sus enemigos, que no ha habido momento, desde que surgió en la red, en que VxT no haya estado expuesto al acecho del crimen y la furia. El momento más crítico comenzó a principios de 2013.

Desde diversos puntos de la capital tamaulipeca comenzaron a fluir hojas volantes con un aviso contundente:

“600 mil pesos, para el que aporte datos exactos del dueño de la página de Valor por Tamaulipas o en su caso familiares directos ya sean papás, hermanos o hijos o esposa (sic)”.

No había sutilezas, el mensaje que se reprodujo en distintas ciudades de la entidad, era simple y llano. Directo: “Esto es sólo libre expresión pero a cambio de eso un buen dinero para callarle el hocico a culeros panochones como estos pendejos que se creen héroes. Absténganse de hacer mamadas aprecien la vida de sus seres queridos, la información será confidencial y con la certeza de que el dinero, sin la información es correcta se entregará a la persona que aporte los datos exactos del héroe panochón Tamaulipeco o familiares (sic)”.

A finales de febrero circuló el video de la ejecución de un supuesto colaborador de VxT, quien antes de morir lanzó un mensaje:

“Este mensaje va dirigido a toda la comunidad que se dedica a publicar información, a nombres de usuarios de Facebook y Twitter en ‘Valor por Tamaulipas’. Estas personas cuentan ahora con los medios y aparatos de localización, que con sólo la dirección IP rastrean y dan la localización exacta del usuario. No soy el primero ni el último en ser localizado. Por su propia seguridad, absténganse de publicar cualquier información de lo contrario este será el precio que pagarán”.

Desde sus cuentas de Twitter y Facebook VxT dijo desconocer al presunto informante y rechazó cualquier vínculo o contacto con él.

Más adelante, en mayo, él mismo difundió el video de un interrogatorio que un comando Zeta realizó a un par de personas, supuestamente familiares del activista, que fueron detenidas como medida de presión contra él.

“Espero estas personas sean liberadas de inmediato de lo contrario recalco el Gobierno del Estado y el Lic. Jair que trabaja con impunidad para el Cartel de los Zetas en Cd. Victoria serán responsables por cualquier daño que sufran en su integridad estas dos personas y cualquier daño futuro a la familia”.

En su mensaje, el activista informó sobre la muerte por un paro cardiaco de una persona de 35 años de edad, familiar de la pareja interrogada, debido a la presión a que estaba sometida su familia.

Yo soy culpable de no haberme rendido ante el crimen organizado, pero la responsabilidad de la muerte de esta persona por el paro cardiaco la comparto con el Gobierno del Estado y el Crimen Organizado, uno por la colusión con los carteles y el otro por hacer daño de forma indiscriminada sin tener certeza de que esta fuera mi familia”, anotó.

Cuando la cacería en contra suya pareció arreciar, anunció el cierre de los espacios tanto en Twitter como en Facebook, lo que contribuyó a acrecentar la leyenda en torno de su verdadera identidad. Apenas unos días después volvió a las redes:

-Hace unos días te lamentabas de la terrible circunstancia de una familia a la que confundieron con la tuya, del hombre de 35 años que fue sacrificado por confundirlo contigo ¿eso te ha movido a alguna reflexión distinta de la que te impulsó originalmente? ¿Cómo afrontas ese miedo? ¿Cómo lo procesas? ¿Cómo lo sacas de ti para seguir adelante?

-Esa persona no fue sacrificada, el integrante de esa familia murió por un paro cardiaco, por la presión a la que fueron sometidos.

La reflexión que ha creado en mi es que cargo con la responsabilidad compartida de la muerte de esta persona, por decidir mantener la página en lugar de cerrar el sitio. ¿Pero que haré, someterme a ellos? ¿Dejar de publicar para que ellos sigan actuando con impunidad?

Además que creo esté o no esté yo, habrá alguien más que reporte SDR o exhiba a los delincuentes, mi presencia no es relevante en redes sociales, o por lo menos espero yo que no lo sea. Por desgracia también creo que no importa mi estatus el crimen organizado seguirá asesinando y delinquiendo, hasta que no haya una respuesta de la sociedad, y que las autoridades que pueden hacer algo, tenga la voluntad de hacerlo por encima de las instrucciones y las limitantes de los narco políticos.

-Los mitos en torno de @ValorxTamaulipas (ya sabes: que eres un marino, que eres un agente de la DEA, que eres un integrante del CISEN, que eres un gringo)  ¿cómo los procesas?

-Soy consciente de que esas dudas o mitos estarán hasta que no se conozca mi identidad real, cuando eso se sepa, habré perdido más que mi propia vida y sus “dudas” serán despejadas.

-¿Te causan fascinación?

En realidad me preocupa. Me preocupa que no haya nadie de ellos como autoridad que establezca canales de comunicación con la población, y a ninguno de ellos les preocupe lo que sucede en mi estado y como gente inocente muere, sin que estas instituciones genere los avisos pertinentes a la población. Me enoja saber que instituciones como el ejército, la marina, las autoridades civiles, tienen datos como modus operandi de secuestradores, vías de asalto, en fin saben demasiado y esa información no la proporcionan a la ciudad para que tome precauciones. Entendería que la información la guardaran si es que van a desarrollar un operativo, o van a actuar, pero no, tienen la información y no ponen sobre aviso a la ciudadanía y las acciones no las realizan en tiempo.

Pareciera que el sentido de urgencia es algo que las autoridades no tienen desarrollado.  O aún peor pareciera que desarrollaron una tolerancia a la muerte y el sufrimiento de la gente inocente, me aterra el nivel de insensibilidad y que lo que debería ser la principal preocupación, ha pasado a segundo término, cuando no hay nada más valioso para una sociedad que su libertad y el derecho a la vida de su gente.

-¿Qué piensas de ti mismo a partir de todo esto?

-Que no he hecho lo suficiente, que he puesto demasiadas cosas en riesgo y que veo con horror que cada vez nos alejamos más de la posibilidad de recuperar un estado de derecho, A pesar de que intento ayudar, es insuficiente los esfuerzos, siguen asesinando gente inocente, sigue el crimen organizado gobernando, y seguimos siendo un pueblo sin libertad.

Todo para mi gira en torno de eso, si la pregunta va sobre si como me ven, eso es irrelevante. Mi preocupación no está en mí más que cuando cometo un error y siento que le he fallado a la gente que deposita en mi su confianza, de ahí en fuera mis preocupación es y será la gente de bien.

-Uno es uno y su circunstancia, indudablemente, ¿qué circunstancia te definió a ti como adulto? ¿Qué suceso, qué hecho te mostró el rumbo que debías darle a tu vida y te llevó hasta @Valor...?

Esto me recuerda el ver a los políticos haciendo un “Pacto” por México, en el que ahora si se comprometen a trabajar por el país. ¡Por Dios! ¿Qué acaso no estaban comprometidos antes con el país, necesitan un pacto para trabajar por los intereses de la nación?... Si trasladamos eso a mí circunstancia mi forma de pensar es que tengo una responsabilidad como ciudadano de este país, tengo una responsabilidad como adulto y una responsabilidad también para con quienes tienen carencia o son vulnerables a la injusticia.

Yo no considero que esté realizando nada por encima de lo que no sea mi responsabilidad como ser humano y ciudadano, y nada por encima de lo que me dicta mi consciencia. Esto nos debe de hacer reflexionar ¿en qué momento se volvió anormal para nuestra sociedad hacer lo correcto? ¿Y en qué punto nos rendimos a aceptar que el crimen gobierne?

-¿Cómo era tu ciudad y en qué se convirtió? ¿Cómo era tu vida antes de todo esto y en qué se convirtió?

Mi ciudad era como la mayoría de mi estado, en el que nunca hubiéramos previsto la pesadilla en la que se convirtió después que el Cartel de Sinaloa inició sus ataques al Cartel del Golfo, sus limpias en Nuevo Laredo, o que el crimen organizado dejó su bajo perfil en las ciudades que ya tenía un control.

En nuestro estado podíamos viajar a cualquier hora de la noche, por la brecha más recóndita, por la carretera más alejada de cualquier población.  Hoy día ni con luz diurna podemos tener la certeza de no ser secuestrado, ejecutado, o asaltado en la mayoría de nuestras vías e comunicación. Antes era un derecho vivir, hoy pareciera que el crimen organizado nos hace un favor al permitirnos seguir respirando.

Mi vida cambió, como la de todos en mi estado, hay un antes y después de la violencia, y hay un antes y un después de VxT, para mí el administrar este sistema de colaboración ciudadana me costó la vida, solo espero que no me cueste la de mi familia, si me lee entenderá que yo público desde la perspectiva de que yo ya perdí y

lo que siga haciendo en beneficio de la gente vulnerable, será ganancia.

“Dios bendice a la gente de bien…” 

Inalterablemente, antes de comenzar a mandar sus mensajes de alerta sobre sucesos violentos en la entidad, sobre secuestros, robos, camionetas extrañas, balaceras, VxT cada día lanza un mensaje mañanero de aliento, de esperanza: una bendición virtual: “Dios bendice a la gente de bien… buenos días”.

Lo que sigue a ese tuit es menos celestial: la fotografía del rostro destrozado de la niña alcanzada por el fuego cruzado; los datos precisos del último secuestro; las coordenadas de ubicación de los cuerpos descabezados en tal avenida: la muerte que ronda, ha rondado y rondará en Tamaulipas mientras reinen la impunidad, la corrupción voraz y la transa sin límites.

- Crees en Dios, cada día lo mencionas… ¿hay un diablo?

-Creo en Dios, y creo que existe la maldad, y creo firmemente que la gente de bien es más fuerte que la gente mala, y que en algún punto, esta gente de bien dirá ya basta y no tolerará más las injusticias, que sentirá que el daño a uno es el daño a todos y no aceptara más que alguna familia de nuestro estado sufra por causa de la corrupción, la impunidad y la delincuencia.

-Dicen que se debe tener mucho valor para hacer lo que haces, ¿es cierto?

-No, yo tengo temor, soy el más cobarde por hacer esto desde una cuenta no personal, pero tengo más temor a no hacer nada y a no cumplir con mi responsabilidad.

Valor es lo que tienen autoridades honestas de cualquier corporación que quiera nombrar, del Ejército y la Marina que enfrentan al crimen organizado de frente, que exponen a sus familias a represalias, que combaten a los deshonestos dentro de sus filas, y a las limitantes que se diseñan para hacerlos quedar en desventaja ante los delincuentes.  Ellos si tienen el valor que a mí me falta. Pero en mi caso no cuento con una institución que me respalde, ni quien vele por mi familia el día que haga falta.

Quisiera tener el valor para enfrentar sin una cuenta genérica de por medio para demostrarle a los criminales y a las autoridades corruptas, que existimos quienes tenemos dignidad y por lo menos eso no permitiremos que nos la quiten.

-¿Qué piensas de los compas que hacían el Blog del Narco, uno desaparecido y otra en el exilio voluntario?

No sé que decirle, si algo he aprendido en este tiempo en lo que respecta a posicionamientos personales es que yo solo puedo hablar por lo que se y lo que me consta, desconozco los detalles de esa página, pero de ser real lo que ellos dicen es lamentable y espero la persona desaparecida sea liberada.

-Valor, de alguna manera lo que haces inspira a otros, que igual que todos nosotros tiene miedo por la pinche carnicería en que vive México, pero ¿no es un poco jugar al superhéroe con esto que haces, sabiendo que la mierda está por todos lados y que no hay rincón, ni institución, ni autoridad del país que no esté salpicado?

-No es jugar al superhéroe es hacer lo correcto, sería más sencillo si día con día hubiera más gente que esté dispuesta a hacer lo correcto y velar por que los demás hagamos lo correcto también.

Pero si es necesario con gusto habrá quienes tomemos la iniciativa y demostremos a quien sea que vale la pena arriesgar todo por soñar con tener un día en un futuro una sociedad con un aprecio por la cultura de la legalidad, con un estado de derecho que de certidumbre a nuestros hijos de que vivirán en un país justo.

Si ya sabemos que está tan sucio, con la mayor de las diligencias tenemos que empezar a limpiar.

-¿Crees que habrá un final feliz para todos nosotros?

-No, no creo que todos tengamos un final feliz, pero si comenzamos a limpiar y defendemos nuestra libertad, creo que el futuro de mis hijos, tus hijos, nuestros hijos, será uno muy diferente al que nos estamos enfrentando nosotros.

-¿Que podremos verlo?

-Que más quisiera, porque si la tendencia cambiara, si la justicia regresara a mi estado, yo pudiera tener más posibilidades de sobrevivir, si no sucede eso en nuestro tiempo me habré ido haciendo todo lo que pude.

VxT podrá desaparecer… su acción no

Dice Andres Monroy-Hernández, investigador del Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts, el prestigiado MIT estadounidense, que mensajes como los que envía VxT son parte de un fenómeno mundial: el surgimiento de redes de información causadas por el vacío dejado por los gobiernos y los medios locales.

“Se trata de una forma de acción colectiva”, dice, “en la cual los ciudadanos se organizan de manera ad hoc, de manera personal y alterna a las instituciones tradicionales. VxT podrá desaparecer, pero la acción conectiva llegó para quedarse”. Ello dependerá, en buena medida, de su capacidad de organización off line.

Igual que en el siglo XX los sindicatos y partidos fueron una fuerza de acción, las organizaciones civiles facilitadas por la tecnología son hoy una fuerza emergente, dice el investigador: “no es que una reemplace a la otra, sino que se complementan y en ocasiones entran en conflicto. Estas organizaciones son efectivas en transmitir información rápidamente”.

Son personas que, utilizando la red, los mecanismos tecnológicos a su alcance, hacen ciudadanía. La ejercen. Incluso en zonas donde ser ciudadano es casi un delito, que se paga con la muerte.

Por ello, me intereso en la parte humana de la persona que está detrás de VxT. ¿Qué resortes mueven sus emociones? ¿De dónde surgen? ¿Quién está detrás de las huellas digitales que mueven a toda una entidad?:

-Si pudieras estallar de rabia, si pudieras explotar delante de todos esos cabrones que tienen arrodillado al país, ¿qué gritarías? ¿Qué dirías quedito?

-De todas las maneras posibles les diría que nos hacen falta como ciudadanos de bien, que nos hacen daño, que se hacen daño a sí mismos y que deseo con todo mí ser que paguen y que la justicia sea implacable con ellos.

-¿Cuál es tu idea de la felicidad?

-Felicidad como un camino no como un objetivo. Hacer lo que me gusta. Creo dar más detalles sería complicado.

-¿Cuál es tu mayor miedo?¿Cuál ha sido el mayor que has sentido? ¿Cuándo fue y por qué?

-En las circunstancias actuales no me conviene hablar al respecto, solo daría ideas.

-¿Con qué figura histórica te identificas más?

-Mahatma Gandhi

¿Cuál es tu superhéroe favorito?

-Superhéroe favorito: Mi hermanito (un personaje que en algún momento hace algunos años estuvo en el ejército mexicano y que aprecio como si fuera mi hermano)

¿Y tu artista favorito?

-Artista favorito: No soy muy seguidor de personajes o artistas, no

se me viene uno a la mente en este momento.

 ¿Y la figura a la que más deploras?

-Hitler.

¿Qué forma tiene para ti el peor hombre de la humanidad?

La figura del ciudadano irresponsable y clientelista a la hora de elegir a los líderes, el que vende su dignidad, o que cree que puede pasar por encima de la de los demás sin consecuencias.

-¿Cuál es el rasgo que más deploras de ti mismo?

-Que no se cómo cuidar a las personas que más aprecio sin alejarlos abruptamente para según yo protegerlos.

-¿Cuál es el rasgo que más deploras de los otros?

-La permisividad al crimen y la injusticia.

-Qué es lo que más valoras de tus amigos?

-Que sean gente de bien, que me escuchen cuando necesito hablar, aunque no tengo tanto tiempo para escucharlos como ellos se merecen.

-De toda esta podredumbre en que vive el país ¿qué es lo más deplorable de todo? Y al contrario, ¿qué es lo más preciado?

-El sistema político es lo más deplorable que tenemos, y lo más preciado es el recurso humano, las vidas de la gente de bien, el futuro que podemos tener si la gente honesta decidiera recuperar el país.

-Es la última. Pero es la más difícil: quiero que me ayudes a entender los resortes que te mueven a tuitear lo que tuiteas en medio del peligro en que lo haces: ¿qué sientes cuando terminas de escribir un tuit y das el "SEND"?

-Pido a Dios que no haya equivocaciones, que el reporte sea real (dependo de reportes de ciudadanos, y hago todo lo que puedo para tratar de evaluar si el reporte es consistente y puede ser considerado para publicación), y que a quien pueda servirle lo vea a tiempo, si es un reporte atemporal que pido a Dios que sirva para poner sobre aviso de lo que se vive y se genere consciencia de los incidentes que tenemos.

-¿Hay alguna reacción emocional al hacerlo?

Siempre hay algo que se siente, si logro dar un reporte en tiempo real es un logro enorme para mí, recordemos que solo soy una persona y tengo actividades de mi trabajo y de mi vida que también tengo que realizar, por ejemplo algo que creo la gente le llama dormir o algo así, que es cuando la gente cierra los ojos y se acuesta a descansar (es broma).

-¿Excitación?

-Probablemente en algunos casos cuando se que se le ganó una batalla al crimen organizado en lo que fuere una persona que se alejó del crimen, militares que detuvieron a alguien, héroes que no salieron heridos de un enfrentamiento, también cuando leo a una autoridad honesta orgullosa de su trabajo, cuando leo a un ciudadano honesto que realizó una acción de bien.

-¿Adrenalina acaso?

- Adrenalina si es un reporte sensible, es probable que lo coloque, me arrepienta, lo quite, lo vuelva a colocar, y lo deje. No es fácil.

-¿Cómo la sientes? ¿En qué parte del cuerpo? Neta francamente, ¿me la puedes describir con precisión?

-Creo con el tiempo me he vuelto más aburrido, tengo más carga de reportes por analizar, tengo que tratar de revisar lo más que pueda para publicar en el menor tiempo posible de retraso, así que no me queda mucho tiempo para emocionarme, cuando lo he hecho, depende del tipo de sentimiento que esté sintiendo, en el estomago angustia, en mis partes nobles si es una excitación de enfrentamiento o de orgullo, la presión en mis hombros, o en el trasero si es que llevo demasiado tiempo sentado. Creo eso es lo más preciso que puedo ser.

Sin embargo yo no tuiteo por la emoción de hacerlo, tuiteo por que creo es lo correcto. Así sea una sensación desagradable como cuando doy marcha atrás en un reporte, si lo debo de hacer, simplemente una obligación moral y mi responsabilidad hacerlo.

*   *   *

Le contesto el cuestionario con un “gracias”. Me responde al día siguiente, sereno, un Dios bendiga a la gente de bien. Como si el correo que le envío, y él me responde, siguiera la misma ruta lenta y diligente de los antiguos mensajes en papel y no la inmediatez virtual de hoy.

Antes de cerrar el intercambio le pregunto por un detalle que me parece el más importante, el más simbólico: protagónico. ¿Cómo son tus manos?

Cuando me responde, entiendo por qué sigue vivo:

- Serán las protagonistas, pero no puedo dar detalles de las mismas.♠

Publicado en la revista EMEEQUIS


Una noche con la CNTE...

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Es algo que ellos no sabrían medir. De ninguna manera.

Ni el presidente Enrique Peña Nieto; ni el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong; ni Manuel Mondragón, comisionado de Seguridad. Es tan sutil, tan sólo perceptible para seres abiertos a entender al otro, que por ello pasa inadvertido para la mirada de casi todos los inexpertos y soberbios asesores del equipo presidencial.

Yo pude observarlo anoche, después de un rato de caminar por la Plaza de la República, cerquita de las 11 y media de la noche, cuando por fin pude ir a ver a los maestros de la CNTE en el Monumento a la Revolución de la ciudad de México.

¿Alguna vez han visto a las hormigas, después de que un aguacero ha arrasado su hormiguero?

¿Han podido contemplar a los pájaros volar por entre las ramas de los árboles, después de que una tormenta granizada ha destruido sus nidos?

Así exactamente, como hormigas, como aves mojadas, estaban anoche los maestros.

Ni una lágrima, ¿saben? Ni siquiera un grito. Ni un reclamo, una negación. Mucho murmullo apenas, también mucho silencio, apenas roto por el megáfono de un organizador:

"Una persona ofrece dos lugares en su casa, para maestras que estén muy cansadas. Acérquense por favor para ponerse de acuerdo... ah, que pueden ser tres maestras".

Y la gente que platicaba, serena, mientras un aroma a café caliente con canela en rama recorría la explanada. Mientras la maraña de cuerdas, que antes había destruido la Policía en el Zócalo, ahora comenzaba a tomar forma en un nuevo emplazamiento.

En un sector, decenas se movían para organizar las donaciones de agua potable. En otro, la comida. "¿No quiere unas quesadillas...? Son de papa". En otro, las mantas. Las cajas de cartón para paliar el frío de la plancha. Los mecates. Las lonas. "Hay que pedir más lonas, fue lo que se perdió más". El café. Las galletas. Las latas de atún. Todo aquello que anoche les regalaron.

Diseminados en grupos, los maestros y las maestras se organizaban, meticulosamente. Cuando escuché por el megáfono que "la Casa del Estudiante ofrece refugio... también los estudiantes de la ENAH... las maestras que traían niños, por favor acérquensenn pa' colocarlas en sitios donde no haga tanto frío..." volví la mirada hacia los distintos rostros para entender lo que estaba presenciando: y ahí estaba.

Instinto de persistencia. La no claudicación.

¿Saben a lo que me refiero? Es un afán, tan propio de ciertos seres vivos, de levantarse y volver a empezar, después de que todo ha sido arrasado por el fuego. Por la tormenta. Por el hielo.

No hay análisis político o de seguridad que pueda medirlo. No pueden conocerlo quienes no han padecido los persistentes embates de la furia. Quienes jamás han tenido que defender lo único que tienen. Quienes no están claros en sus ideas.

Instinto de persistencia, que nace sin coraje, sin furia, pero también sin miedo, sin duda. Hombres y mujeres que están decididos a la no claudicación, porque es lo único que les queda. Millones de mexicanos sabrán de eso, porque están acostumbrados a que les arrebaten todo cada tanto tiempo. A perder y recomenzar. A no dejarse. A pelear.

Lo comprobé al final de mi caminata, cuando me acerqué a una maestra, un rostro moreno, quizá unos 50 años. El cabello una trenza, dos enormes colgantes de metal en las orejas, la piel resecada por el sol:

- ¿Quiere esta colcha, maestra... la café es grande, king-size... y la roja es chiquita, una mantita pa' los pies?

Ella sonrió. Tomó la bolsa con mis colchas que ya eran suyas y me miró a los ojos:

- Gracias.

No dijo más. Hay ciertos ojos transparentes, ciertos rostros de dignidad, que no puedo convertirlos en palabras.

Entregó la manta grande a otra mujer que estaba sentada junto con ella, su carita redonda, sus manos regordetas, su silencio. Ambas acurrucadas en un ángulo del barandal que está justo en el centro del Monumento. Luego colocó la mantita roja alrededor de sus piernas, para esperar la noche y el frío:

-Mañana hay que levantarse muy temprano- la escuché decir.

Lo entendí todo. Y sentí lástima por Enrique, por Miguel Ángel, por Manuel. Por el triste coro de aplaudidores a sueldo que ayer festejaban la aplicación de la regla "Prescindir del diálogo-Imponer garrote":

Al momento de expulsar de la Plaza de la Constitución a los maestros de la CNTE (quienes luchan por impedir que una reforma laboral disfrazada de reforma educativa termine de aniquilarlos) no supieron medir con precisión que sólo estaban encendiendo el fuego de una mecha.♠


El periodista gringo al que el Z40 quería matar

La historia de Alfredo Corchado es similar a la de tantos otros periodistas en México: un día, el país de sus sueños se convirtió en una pesadilla que pudo resumirse perfectamente en una frase: “te van a matar”.

Cuando la escuchó, a través del teléfono, en la voz de un informante suyo del área de inteligencia del gobierno de Estados Unidos, el jefe de corresponsales de la oficina del Dallas Morning News en la capital mexicana comprendió que había llevado su inocencia al límite más extremo. Que su ánimo genuino de aportar algo a la tierra que lo vio nacer, esa donde su abuelo había enterrado su ombligo, le empezaba a jugar la peor de las pasadas.Corchado

- Ya estuvo, me dije… hasta aquí llegué con México. Vámonos de aquí.

Era el verano del 2007. A él lo amenazaba de muerte un grupo que había de volverse sinónimo de sangre y muerte -los Zetas- y en el país estaban por comenzar los años más cruentos de una guerra que atrapaba sin protección, sin blindaje alguno, a cientos de periodistas mexicanos, a toda una nación.

Era el verano de 2007 y arreciaban los rumores de bala por todo el territorio, donde el enemigo se reproducía por todas partes pero a la vez no estaba en ningún lado; donde las traiciones y la corrupción de todos contra todos era cosa de todos los días, donde cada bando –e iba a haber tantos- hizo del homicidio su firma al calce y actividad cotidiana.

Era el verano del año 2007 y comenzaba a llover en un país maldito:

-Van a matar a un periodista norteamericano en las próximas 24 horas y mi informante cree que soy yo – le dijo Alfredo a su mujer aquella noche – lo mejor sería que canceláramos la cena de esta noche.

Su miedo quedó plasmado en las primeras páginas de su libro, Midnight in México (Penguin Press, 20013): amenazas ha habido muchas. Sólo un medio, El Mañana de Nuevo Laredo, recogió el cadáver de uno de los suyos con 67 cuchilladas. El medio decidió dejar de cubrir los asuntos de narcóticos.

Lo que siguió para Alfredo Corchado inmediatamente después, fue un tobogán de emociones, de rastros cruzados, de miedos: desaparecer un tiempo de la ciudad de México. Impedir que la histeria se apoderara de todo. Enterarse de dónde provenía la amenaza. Escuchar reiteradamente el nombre de Miguel Ángel Treviño, el Z-40.

Corroborar que los grupos del narcotráfico y las autoridades gubernamentales eran, son, todo uno. Enfrentar la realidad de la sabiduría materna sobre una tierra que comenzaba a ser roja: “olvídate de México. No te va a dejar nada bueno”. Y seguir, así, con la muerte en las espaldas, hasta que todo diera un vuelco.

Un país de oportunidades

Hijo de un brasero y una asistente doméstica duranguenses que dejaron México cuando él era un niño, Alfredo Corchado es el típico mexico-americano que, por más distancia que haya de por medio, siempre tiene una mirada hacia la tierra que comienza al sur del Río Bravo y termina en el Suchiate.

Su español perfecto, igual su inglés. Cierta expresividad en la mirada, esas maneras de quien aprendió a respetar respetando. Justo como buena parte de ese ejército de mexicanos, de primera, segunda o tercera generación, que han logrado hibridar idiomas, costumbres, sueños, pero que parecen ser bloqueados a la hora de intentar inyectar de toda esa vitamina cultural a los tejidos deteriorados de ambas naciones.

-Me vine a México definitivamente en el ’94. Ya tenía tiempo de ir y venir como corresponsal del Wall Street Journal, pero en 1994 me vine como corresponsal del Dallas Morning News, con una idea fija: ayudar a cambiar la percepción de México, esa idea de que este era un país violento, corrupto, de narcos. Yo tenía la intensión de mostrar las cosas que están más allá de las playas, meterme en asuntos de migración, relación bilateral, temas de turismo.

 Con esa idea en mente, Corchado comenzó a trabajar asuntos diversos por todo el país, hasta que el cambio de siglo dio un giro a sus intensiones: entre el año 2000 y el 2003, escuchó cada vez con mayor insistencia sobre los crímenes contra mujeres en Ciudad Juárez, y ello le llevó a adentrarse, casi a ciegas, en asuntos que desconocía:

-De repente estás forzado a cubrir estos temas. Ya no había oportunidad de decir “tú has narco y yo hago esto otro”… todos entramos en el mismo asunto –dice. Mira al restaurante donde nos reunimos: lo conocen, lo saludan. Ahí fraguó su libro. Ahí lo culminamos. Lo conocen, lo saludan. Hola Alfredo. Hola. ¿Ya está el libro?

Su doble condición de hijo de migrantes y corresponsal extranjero en México, cimentó en él una visión difícil de obviar: la realidad mexicana le estalló en las manos. Como a casi todos. Pero peor.

-Empiezas a entender por qué México no ha avanzado como país. Como migrante tienes ese romanticismo de ¡México, lindo y querido…!, pero cuando me afronté con la realidad, no tuve más remedio que decirme ¡ah, cabrón, esto está pelón!

- ¿Qué detalles te dieron esa visión?

- Yo creo que el mundo del clasismo en México, el mundo del privilegio. Cuando llegué, vivía en Coyoacán, en la calle Francisco Sosa, una de las calles más lujosas, bellísima, y al que le pagaba la renta era a Miguel de la Madrid. Eso me pegaba. Darme cuenta de que porque me crié allá se que puedo superarme y llegar a ser alguien, pero eso aquí no es así. Me golpeó darme cuenta de que, quizá nunca pudiera haber salido de mi pueblo si mis padres se hubiera quedado, por el clasismo, el elitismo, los privilegios.

- Esta sociedad del narco que ahora somos ¿se puede entender a partir de esto?

- Claro. Eso es la cosa de los Zetas que mucha gente no entiende. Sí, eran 35 desertores del Ejército, pero son muchos más: los Zetas son un símbolo de la gente que está al margen, de gente que jamás estará arriba. Y Treviño Morales es un símbolo de eso. Manejar el poder a través del miedo, a través de transmitir que sólo así puedes hacer algo. No digo que todos los mexicanos seamos así, pero el crimen organizado sí refleja eso.

- Algún resorte tiene que haber, para que este puñado tenga a todo un pais arrodillado, alguna lógica de revancha, de venganza.

-Yo hablaba con un historiador de Harvard, sobre lo que está pasando en México y me decía que esto no es tan diferente a la conquista de los españoles: un grupo pequeño pudo dominar a todo un país.

Un pasaje de su libro me llamó poderosamente la atención, y se lo digo: durante una reunión de cuates, al calor de una botella de tequila, Alfredo reclama a uno de sus contactos el haberlo convertido en un intermediario ciego entre aquel y los grupos criminales. Un correo humano, pues, que con sus publicaciones periodísticas permitía el intercambio de mensajes entre uno y otro bandos.

-Me sentía raro. Estaba el asunto de la amenaza de muerte y me daba cuenta de que no hay mucha diferencia entre los politicos de Washingtón y los del DF, de un cartel, de un americano: todo se trata de el poder. Todo es mandar un mensaje de poder, de control, de mandar señales.

-Pero eres periodista, y quienes cubrimos esos asuntos sabemos a quienes puedes acercarte y a quienes no…

-Quizá como mexicanos sí lo sabían, pero como gringos, no. Al menos yo no lo sabía.

-¿Te acercaste con ingenuidad a ese tema tan peligroso?

-Totalmente.

-¿Lo asumes así?

-Totalmente. Fui ingenuo, sí. Tírenme piedras por eso, pero es cierto. Por muchos años había un colega, Tracy Eaton, que me decía “este país se va a joder”. Y yo ¿sabes qué decía? Decía “este wey no entiende México, México está cambiando”. Y muchas veces lo pensé. Luego, años después, cuando estaba escribiendo el libro, pensaba en Tracy y le llamaba y le decía “tenías razón”. Mucha gente no puede entender la ingenuidad que tenía yo, yo le entré a esto del crimen organizado con las mujeres de Juarez y empecé a ver que no había forma de que algún día se diga quienes son los asesinos. Te das cuenta de lo complejo, de la corrupción, de lo podrido.

¿En qué lo notaste?

-Empiezas a ver las relaciones, la conexión entre el crimen organizado y el gobierno, y empiezas a dudar de si debes o no debes hacer esto o hacer lo otro. Me acuerdo de la primera vez que sentí miedo y que sentí que este no era el México que yo esperaba. Fue después de que empiezan a matar a gente en Ciudad Juárez. Empiezas a ver el black hold, la noria profunda que está al frente.

Hoy, si alguien hace una indagación seria, profunda, sistemática de cómo se enfrentaron los periodistas a la transformación de México en carnicería, quizá encuentren respuestas muy similares a las que aporta Alfredo Corchado: a ciegas. Sin decir ¡agua va! Como quien se avienta de un acantilado sin conciencia precisa de qué tan profundo es el abismo.Narco

-¿Qué tanto esa ingenuidad se convierte en arma letal?

-Creo que totalmente. Aunque también habia cierto coraje, mucho coraje de mi parte. Platicar con colegas que están forzados de vivir en silencio, en la censura, que no pueden decir nada, autocensura… eso te pega más. Y además, hay ciertas personas que te empiezan a ver como alguien que les puede dar voz. Algo hay de coraje con lo que veía que estaba pasando, pero también la determinación de ayudar a que cambiaran algo las cosas.

- Esa confrontación entre el México idílico y el México podrido que encontraste…

- Sí… bueno, un país no tanto podrido, en problemas. Siempre había un debate interno con mi mamá y mi papá que me decían “México es una carga nuestra, no de ustedes, ustedes deben agradecerle a Estados Unidos, es el país que nos dio las oportunidades, no a México, dejen a México atrás”. Es como una ilusión de niño que me negaba a perder. Chocaba con la idea de admitir que ellos tenían razón. Hasta que me llegó la amenaza de muerte fue cuando dije ya estuvo, ya me voy.

Esto no se acaba…

A simple vista, Alfredo Corchado es un hombre tranquilo, sosegado, de maneras sigilosas. Su voz es tenue, sus manos ni siquiera aprietan fuerte al saludo. ¿Por qué tantos periodistas especializados en asuntos del narcotráfico tienen las manos suaves?

Cuando nos reunimos, la tarde de un miércoles, él está preparándolo todo para presentar, en unos meses más, la edición en español de su libro, cuya edición en inglés le ha significado un cúmulo de buenas críticas: las vivencias de un corresponsal extranjero en el México que devastó la violencia criminal del narcotráfico.

Pero, luego de un obligado distanciamiento de México, en el que estudió en Harvard, reporteó asuntos turísticos y se refugió en diversas ciudades estadounidenses mientras “se enfriaban las cosas con los cárteles mexicanos”, Alfredo ha vuelto al país y ha dado tremendo campanazo: el lunes 15 de julio, en su cuenta de Twitter y en el portal del DMN  da a conocer una primicia que, rauda, alborota las redacciones de todo el país: han detenido a Treviño. Al Z-40. El hombre que lo ha amenazado de muerte.

Y entonces, lo evidente. Si alguien tiene algo que decir al respecto, porque otros muchos no han vivido para ello, es Alfredo Corchado:

- Cuando saqué la nota, era más para el público texano. No tenía idea de que iba a causar tal alboroto. De repente te das cuenta de cómo un grupito tiene secuestrado un país.

- ¿Qué sentiste?

- Al momento empecé a chillar… de verdad… porque todo ese coraje, esa tristeza que has cargado explota. Dices: ¡Ah, cabrón…! Fue un golpe para mi, en lo emocional.

-A mi me provocó sorpresa tanto escándalo… me parece una treta, Alfredo: los Zetas no se van a acabar…

-Es el simbolismo, no, claro que no se van a acabar. Me impactó la imagen, el lunes en la noche: ¡No está esposado! ¡Camina erguido con los hombres del ejército de cabeza baja! ¿Qué mensaje está mandando el Z-40?¿Y el Ejército? En un país de cinismo y conspiración, esto no ayuda a cerrar nada. Yo me imagino que hay muchísimos jovenes, viendo esa misma imagen, que dicen “yo voy a ser el siguiente lider Z”.

-¿Tú hoy te sientes más tranquilo?

- Me siento más tranquilo, pero también creo que soy mucho más realista de lo que era antes: esto no se va a acabar. En todo caso, me siento quizá tranquilo porque mucha gente pueda ahora saber qué le paso a los desaparecidos. No es que ya no haya un México negro negro, pero hay claroscuros que te dan esperanza. Quizá no lo vamos a ver en los años que me queden a mi o a ti, pero seguirá cambiando… queda la duda de qué tanto quiere cambiar y qué tanto puede cambiar. Hoy (miércoles, a tres dias de la captura del Z-40) ha sido un día a toda madre. Hay que celebrarlo, pero queda esa incertidumbre. Ellos no se han acabado- dice.

Me aprieta la mano con suavidad. Se despide. Sale del país al día siguiente. Su residencia cambió. Pienso en su buena suerte: otros cientos de periodistas mexicanos que también vieron convertido en pesadilla el país de sus sueños, jamás tuvieron esa oportunidad de vida que Alfredo Corchado aprovecha intensamente:

-¿Ya no temes que te vayan a matar los Zetas?

-Es un hecho que aprendes a abrazar el miedo… o a aceptar el miedo.♠

Publicado en Emeequis


Yo, Robot

robo3Un día, probablemente en 2023, podremos ir a El Palacio de Hierro, Liverpool o Sears a comprar un robot como Cosero. La amable vendedora deslizará nuestra tarjeta de crédito —o lo que exista entonces para pagar— y nos será entregada una caja grande con un androide doméstico que podrá limpiar mesas, servir platos, cuidar plantas, asear dormitorios, vigilar al bebé y darle su medicina al abuelo. Todo ello sin tropezar con los muebles.

Mientras observo el titubeante brazo mecánico de Cosero, hermano de Dynamaid y Robotinho, pienso que ese futuro nos ha alcanzando. El robot fabricado en Alemania llena lentamente el segundo vaso de cerveza de la tarde. No derrama ni una gota, no chorrea espuma, no se atrofia de repente, no tira el vaso repleto de Heineken. Quienes miramos la escena estamos agitados de emoción.

—Bzzzz, bzzzz, bzzzz —parece respondernos desde su micrófono unidireccional conectado a un cráneo de bocinas como orejas. Pareciera que el ente antropomórfico entendiera la genuina sorpresa, el asombro pleno en los rostros de los más de 400 seres humanos que le rodeamos mirando sus dos rendijas ovoides, brillantes, de un azul cerúleo intenso, que destellan por los sensores de sus lentes FireWire 800, que cuentan con escáner de alta definición.

Si en el futuro, digamos en siete años a partir de este domingo, alguien nos viera aplaudir a rabiar frente a un monigote que sirve lentamente cervezas, seguramente se reiría de nosotros. El Cosero de entonces será mucho más diestro, más veloz, tendrá rasgos más humanos, será más bonito.

Estamos en la exhibición final del mundial Robocup Home, celebrado hace tres meses en el World Trade Center de la Ciudad de México, y Cosero se luce como todo un sirviente hacendoso y eficiente, aunque es un poco lento. Estamos frente al mejor cantinero de la tarde. Cosero es, simplemente, el autómata doméstico más adelantado de su tiempo. Estamos viendo la silueta de un futuro que abrió la puerta por sí mismo y ha entrado a nuestra sala.

—Bzzzz, bzzzz, bzzzz —insiste el robot sensación, como si supiera lo que decimos y dedujera lo que pensamos, mientras gira su base equipada con un computador portátil Lenovo X220 Special, como cerebro, que le permite pensar y actuar tres veces más rápido que sus competidores.

Porque de cuanta maravilla a la que Cosero nos da pie esa tarde, las más significativas son dos: que por vez primera uno acepta como certeza que Él puede pensar por sí mismo, y que, casi sin darnos cuenta, todos quienes hablamos a su alrededor le asignamos ya ese pronombre: Él. Privilegio de humanoide. O quizá lo estamos ascendiendo de objeto a sujeto.

Y Cosero, el robot orgullo del Instituto de Ciencias de la Computación de la Universidad de Bonn, el que da una vuelta sobre su eje de ocho ruedas omnidireccionales para recibir los aplausos y se desplaza a 0.5 metros por segundo, el que se mueve mediante cinemática inversa y que dentro de unos minutos va a ganar una competencia mundial de robots aplicados a tareas domésticas, nos va a sorprender con sus aptitudes de cantinero de cepa, con su capacidad de raciocinio tecnológicamente diseñada, con su discernimiento preciso: una inteligencia artificial desarrollada por estudiantes universitarios e investigadores, que en el año 2019, si alguien llega a recordar esta tarde, lo colocará en el mismo podio en el que están el primer avión que cruzó el Atlántico, el primer globo aerostático, el primer barco que navegó el océano, la primera rueda. Estamos viviendo el tiempo preciso en el que, al fin, el ser humano ha desarrollado el prototipo de vida artificial que revolucionará la actividad doméstica.

La Matrix

Manus McElhone, uno de los padres de Cosero, cuenta que su vástago nació en el otoño de 2010, como segundo hijo artificial de un equipo de once hombres y mujeres de nueve nacionalidades, quienes desde 2007 trabajan en la Universidad de Bonn en el perfeccionamiento tecnológico de los entes animados que realizarán labores de servicio antes de que termine esta década.

—Él puede cargar hasta 20 kilogramos de peso, lo que puede pesar un niño de 5 ó 7 años, probablemente —dice Manus, estudiante del doctorado en Ciencias de la Informática, adscrito al proyecto Sistemas de Inteligencia Autónoma de la universidad alemana.

robo2No tiene piernas aún, su columna es un tubo largo que descansa sobre una base soportada por ocho ruedas, movidas por Dynamixeles RX-64 y EX-106 diseñados especialmente por sus creadores para que Cosero alcance una velocidad de medio metro por segundo, y pueda planificar sus rutas y esquivar obstáculos.

Tiene dos hermanos mayores. Su hermana Dynamaid ha participado en eventos mundiales de robótica durante el último lustro. Parecida físicamente a él, hacía casi las mismas actividades que Cosero, pero más lentas y con menos destreza. Su hermano mayor, Robotinho, trabaja de guía de turistas en el Deutsches Museum de Bonn, donde científicos y tecnólogos estudian su comportamiento en el área de comunicación multimodal intuitiva humano-robot, mientras lo someten a pruebas bajo un esquema de interacción real con múltiples personas desconocidas.

La familia de Cosero tiene una serie de particularidades: unidades omnidireccionales de desplazamiento, dos brazos antropomórficos para la manipulación de objetos y una cabeza humanoide, más bien una máscara humanoide, además de un peso muy ligero, un diseño más barato que lo habitual en ese tipo de tecnología experimental y una interfaz de fácil manejo.

Por ello, cuando uno ve actuar a Cosero, aplaude a rabiar por el adelanto inmenso que significa: su brazo, semejante en proporciones al brazo de un hombre adulto, fornido, logra elevarse por sí mismo a un metro del hombro, como lo haría cualquiera humano en terapia de rehabilitación. También puede enfocar, con un destello azul, su objetivo y acercarse, lento pero seguro, hasta la mesa donde está el tarro que ha de llenar con la cerveza.

Dynamaid, Robotinho y Cosero están próximos a recibir un nuevo hermano, aún sin nombre, que se prevé sea mejor capacitado, con una mayor libertad de movimientos y, sobre todo, más humanizado, por el trabajo de especialización que el equipo de la Universidad de Bonn, encabezado por el científico Sven Behnke, ha desarrollado con la ayuda de psicólogos informáticos, especialistas en ciencia cognitiva, diseñadores, físicos, ingenieros en informática, matemáticos y especialistas en robótica y cibernética, entre muchos otros especialistas.

Ellos han trabajado con un financiamiento superior a los 100 millones de dólares, donado en su mayoría por la Fundación Alemana de Investigación (DFG por su denominación en alemán Deutsche Forschungsgemeinschaft), la Universidad Albert Ludwigs de Freiburgo (en la frontera con Suiza), el gigante europeo del plástico Igus-GMBH y la coreana Robotis, que provee de insumos técnicos, para la movilidad y adaptación de los humanoides.

Androides en el mundo

Pero la Universidad de Bonn no es la única metida en el tema. Actualmente, más de 30 institutos tecnológicos del mundo trabajan en paralelo para perfeccionar el funcionamiento de robots que manipulan objetos. Ello implica mejorar la comunicación humanos–humanoides y desarrollar un alto grado de interacción social.

En Europa ya se utilizan los modelos experimentales. También en Corea y Japón. Robots que acompañan ancianos y niños interactúan a niveles aún limitados, y hasta pueden sostener ciertos tipos de intercambios verbales con ellos.

Cosero, por ejemplo, está dotado de sensores en la cabeza, el torso, los hombros, el pecho y los ojos, que le permiten percibir su entorno, procesarlo y discernir qué hacer. Un escáner láser SICK S300 mide la distancia de los objetos en una altura aproximada de 24 centímetros a la redonda, con un campo de visión de 270 grados, muy superior al ojo humano, cuya perspectiva de conjunto con ambos ojos es de 180 grados.

En un informe elaborado en 2011, el doctor Sven Behnke explica que para desarrollar la interacción robot-humano ha sido de especial relevancia el dotar al robot de conciencia sobre el paradero de las personas en su entorno. Para ello, anota, "combinamos la información complementaria de telémetros láser y la visión para detectar de forma continua a las personas. Esas mediciones se pueden utilizar para detectar candidatos a persona, para localizarlos y seguirles la pista a velocidades altas. En imágenes de la cámara podemos comprobar que la pista pertenece a una persona verdadera, mediante la detección de rasgos humanos más distintivos, como la cara y la parte superior del cuerpo".

También reconoce gestos, puede interpretar una orden verbal e incluso emitirla, gracias a la tecnología vocal diseñada por Loquendo, el gigante mundial del rubro.

—Combinamos la experiencia de otras universidades y la industria, para aplicarlo en el diseño de nuestros robots, para aproximarnos a los seres humanos, en cada detalle  —dice Manus.

Así es como Cosero puede recibir una orden, distinguir entre una mano extendida y una planta situada justo a un lado, desplazarse hasta la mesa cercana, detectar un tarro vacío, una cerveza, verter el contenido, dejar el envase de vuelta en su sitio, girar, regresar hasta el sujeto que le dio la orden y entregarle, con toda precisión, el vaso de cerveza en su mano, que le significa un aguacero de aplausos en la final del Robocup Home 2012.

Ese día, el robot sensación hizo gala de una destreza bimanual que no se conocía antes. Agarra y mueve una silla. También se acerca a una regadera de jardín y riega las plantas, mientras su hermana Dynamaid elige una lata de refresco que está junto a un desodorante de similares características.

En una serie de demostraciones que afianzan el sello de familia, ambos robots desplazan al segundo y tercer sitio a los representantes japoneses, australianos y coreanos, con lo que el jurado denomina "originalidad, contribución científica, pertinencia de los avances logrados, desempeño y presentación", a los que se suman la originalidad de los movimientos y la dificultad para conseguirlos. Y no sólo eso, en la prueba de verbalización-cognición, Cosero puede reconocer un discurso, en una prueba denominada "de restaurante", para moverse por el lugar, buscar el plato solicitado y entregarlo en la mesa del comensal, sin derramar ni un chícharo. Después se le ordena limpiar un apartamento. Reconoce objetos tirados en el suelo, los toma con sus dedos de tenaza y los deposita en el contenedor de basura.

Él y toda su familia han sido diseñados como puntas de lanza de un proyecto académico y tecnológico que tiene como objetivo perfeccionar robots de servicio doméstico, con un equilibrio de diseño que logre movilidad en interiores, manipulación de objetos e interacción intuitiva con humanos.

—En el año 2050, cuando los mejores androides del Robocup jueguen contra el campeón del futbol humano, muchos Cosero van a servirnos las cervezas —dice sonriente Manus, el desparpajado estudiante del doctorado en Ciencias de la Informática de la universidad alemana en la que nació el robot.

Humanoides en casa

Pero, ¿y cuándo podremos comprar en México un robot que realice labores domésticas? El ingeniero mexicano Víctor Ramón Barradas, integrante del equipo de trabajo del Laboratorio de Bio-Robótica de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, asegura que ese sueño podría materializarse hacia finales de esta década. Los primeros robots humanoides caseros estarán en el mercado en 2019, calcula, y serán dispuestos como ayudantes en las tareas domésticas más sencillas: limpiar mesas, servir platos, cuidar plantas, asear recámaras, vigilar bebés y asistir ancianos.robo4

Los expertos ya están trabajando en ello, dice el especialista en Mecatrónica. El propio equipo de Bio-Robótica de la UNAM realiza un proyecto denominado Pumas@Home, que hizo su presentación en la RoboCup 2012 con una linda androide de 1.80 metros de alto, brazos largos y finos, llamada Justina, habilitada para recordar órdenes verbales, limpiar habitaciones, reconocer personas y objetos, servir mesas. Ella es una mesera diligente.

Sin llegar al grado de excelencia que alcanzó Cosero, quien se hizo del primer lugar de la competencia y dejó atrás al japonés Digoro y al berlinés Tobi, la mexicana Justina tuvo un buen papel y mostró que el avance tecnológico y científico mexicano en esa rama no está muy detrás del europeo y el asiático. El acceso a recursos financieros convenientes para desarrollar androides es un pendiente nacional, sobre todo en lo que toca a la universidad pública, la más avanzada en cuanto a investigación en el ramo. Aunque hay que decir que en ingenio, inventiva, capacidad y destreza para introducir innovaciones, están al parejo de sus similares del resto del mundo.

Un grupo de estudiantes e investigadores mexicanos, encabezados por catedráticos de la UNAM, desarrollaron también el GOLEM-II+, un humanoide de metro y medio hecho de metal y alambres, chips y tornillos, que está dotado de visión tridimensional, identificador de voz y movimientos sutiles de extremidades e incluso dedos. Habla y escucha. Y aunque todavía no tiene una capacidad desarrollada para decir albures, es posible que eso ocurra "ya mero".

Algunas empresas privadas trasnacionales, como iRobot, Aldebaran Robotics y RoboBuilders, que actualmente contribuyen con las universidades en la dotación de plataformas para el desarrollo de la robótica experimental, han lanzado al mercado distintos tipos de máquinas robóticas, incluido el simpático humanoide NAO, del tamaño de un bebé de diez meses, cuyo precio en el mercado supera los 250,000 pesos por robot, y que en sus diferentes versiones ha sido la sensación de los certámenes RoboCup desde hace tres años.

Máquinas aspiradoras, lavapisos, limpiadoras de piscinas, que sin llegar a la fascinación que causan los humanoides como NAO, Justina o Cosero, ya representan una evolución sin precedente en el camino hacia la meta cada vez más cercana de lograr la convivencia plena entre humanos y robots.

Si bien las máquinas automáticas forman parte de la vida del hombre, el turno de los androides apenas está por comenzar. Faltan muchos detalles, dicen los científicos que asisten al RoboCup 2012, como resolver problemas de energía suficiente para el movimiento prolongado, como la autonomía de brazos y piernas, con el aligeramiento del peso, el diseño completamente antropomorfo con músculos y piel sintéticos, con brazos, piernas y dedos plenamente en movimiento, sensibilidad táctil, un sistema de percepción más compleja. Pero nos estamos acercando, cada vez más, a la forma humana.

Por ello, cuando le pregunto sobre los peligros que puede implicar una inminente convivencia con los robots, dados nuestros muchos defectos como sociedad, Daniel Robledo, un estudiante de Mecatrónica del Tecnológico de Monterrey que presenta sus avances en la competencia, me remite a Isaac Asimov, a sus Leyes de la Robótica esbozadas en el legendario relato Círculo Vicioso:

Primera Ley: ningún Robot causará daño a un ser humano o permitirá, con su inacción, que un ser humano sufra daño.

Segunda Ley: todo Robot obedecerá las órdenes que le den los seres humanos, a menos que esas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.

Tercera Ley: todo Robot debe proteger su propia existencia, siempre que ello no entre en conflicto con la Primera o Segunda leyes.

—Si los humanos somos imperfectos, es seguro que los robots que hacemos también sean imperfectos ¿no? —me dice Robledo.

—¿Y corruptos, vengativos, transas, homicidas, también? —le pregunto.
—Quizá sí. O a la mejor no, ¿no? Porque cuando haces un proyecto de este tamaño, pues le pones lo mejor de ti mismo, no lo peor.

Entonces observo la forma en que Cosero, la estrella robótica del año, vierte sin derramar hasta la última gota del líquido rubio, espumoso, brillante como el oro, en el tarro de vidrio, cómo lo entrega lentamente al joven alemán que ha contribuido a su diseño, y pienso, fascinado, en los hombres y mujeres que podrían saber de este momento y, allá por el año 2019, se reirán de la lentitud de Cosero.

Los robots de entonces, los del futuro, serán más rápidos, más ágiles. Más humanos. Y sus padres, pienso, estarán orgullosos de recordar sus primeros pasos en la robótica doméstica, que sin duda son grandes saltos en el desarrollo de la vida artificial inteligente en nuestro planeta.♠

Publicado en la revista DOMINGO


Buzo de aguas negras del DF

Buzo de aguas negrasCuando deje la superficie, cuando se sumerja nuevamente en la nata chocolatosa y espesa de las aguas negras de la ciudad de México, este hombre va a compartir sus secretos para soportar la soledad en medio de una oscuridad total y desarrollar esa destreza suya, solo suya, de diferenciar muy bien la suavidad de un cuerpo humano, “una suavidad que se presiente, que no se parece a ninguna otra cosa que hayas podido tocar allá abajo”, cuando se flota en el abismo de lo oscuro.
Y va a relatarlo Julio César Cú, porque es el único hombre en esta parte del mundo que conoce esos secretos: es buzo del drenaje profundo, de la entraña negra y pestilente, en una ciudad expulsora de casi un millón y medio de litros de aguas residuales por minuto, que precisa su trabajo más que muchos otros, pues lo mismo lleva en su torrente partes completas de automóviles, que los muebles viejos de una casa entera; el más reciente hombre mutilado en un país de furia o los restos de un edificio que ya es cascajo; algún juguete sin niño, el marco de una ventana donde no amanece, un libro sin ojos, una puerta, la mascota perdida que se lleva la felicidad.
Pero eso será cuando se sumerja. Y está a punto de hacerlo. El señor Cú ya viste un traje de neopreno térmico, de buzo, debajo de una piel plástica fabricada por noruegos y daneses a un costo de treinta mil dólares, que unidos forman un verdadero escudo de siete centímetros de grosor, reforzado e impenetrable, que él utiliza para impedir el paso de cualquier bacteria que habite el abismo colmado de mierda en el que habrá de sumergirse. No es raro que en la inmersión el equipo pueda rasgarse, que por sus movimientos alguna varilla, algún pedazo de madera, una piedra lo desgarren. Ha pasado antes y seguirá pasando: “Es parte de los riesgos de este trabajo”, dice. Por eso los dos trajes.
Carga sobre sus hombros una escafandra que pesa lo mismo que un niño gordo de unos nueve años, se abrocha un cinturón con cuatro pesas de plomo de diez libras cada una y respira con la fruición de un pez que ha sido sacado del mar. El señor Cú respira como si fuera un pez extraído del mar.
Mientras instruye a Fernando, su viejo ayudante, en los detalles de control del equipo de comunicación y el suministro de aire, el buzo parece tener prisa por la inmersión: fuma cinco cigarros en menos de una hora, mientras repite insistente “apúrense, cabrones, abróchenme ya”. Prueba el sonido del micrófono de su traje, se inclina para sacar el aire excedente, camina de un lado a otro, se aferra, con los brazos extendidos, a la canastilla en la que habrá de ser conducido hasta la boca de la bomba de agua y, con un ademán y un inquieto “ámonos ámonos”, pide a sus ayudantes que liberen ya el cordón umbilical, la línea de vida como llaman al cable y las mangueras que lo mantienen unido a la superficie. Ha llegado el momento de volver a lo oscuro.
—Btzzz, btzzzz… suél… btzzzz… suéltame umbilical, güey –dice.?Una de las turbinas de la planta de bombeo Aculco, una zona popular en el oriente de la ciudad, ha sufrido una avería, porque una llanta de automóvil grande, quizá de una camioneta, navegó desde alguna alcantarilla hasta allí y, al atorarse en el ducto, provocó la falla en una de las compuertas, en la turbina misma y por tanto en la bomba completa que debía conducir el torrente hasta la planta de tratamiento residual.
Solamente el señor Cú puede resolverlo: lleva treinta años haciéndolo este hombre fornido, de manos gruesas, musculosas, con cara hosca pero sonrisa fácil, nariz ancha, labio inferior muy grueso y carnoso, dientes alargados, afilados, pelo cano, ojos como rendijas por donde apenas pasa la luz, que recuerda mucho a ciertos peces abisales: a sus cincuenta y dos años, el señor Cú es el único pez de su especie en las profundidades oscuras del drenaje en México, una ciudad que cada tanto tiempo, con cualquier cosa, se empeña en recuperar la condición de lago que tenía al nacer.
Conforme se aproxima a la nata de basura y aguas negras, el hombre aumenta el ritmo de su respiración. Un silbido incesante, vertiginoso, como de quien infla un globo a prisa, que solo comienza a disminuir cuando sus pies tocan la superficie del agua, una alfombra mullida, uniforme, de restos plásticos, envases de bebidas, pedazos de madera, que no salpica una gota de líquido de lo espesa que es.
Cuando la base de la canastilla, los pies del señor Cú, se sumergen, comienza un burbujeo alrededor que el mismo buzo incentiva moviéndose de un lado a otro, haciendo bailotear la canastilla para abrirse espacio entre la nata. Lo que hiede de las burbujas, si puede ser descrito, es peor que estar encerrado con diez animales en descomposición, los desechos orgánicos de una semana con temperaturas de cuarenta grados centígrados, diez mil zapatos sudorosos y un charco azufroso, concentrado y permanente, de huevos podridos. Hay que decir “pa’ su madre, huele de la chingada”, cubrirse la nariz, la boca, y hacer muchos esfuerzos para no vomitar.
En cambio el señor Cú, ya sumergido por completo, es cuando recupera la serenidad en su respiración, como queriendo confirmar lo que ha dicho antes:
—Cuando estoy arriba ando como nervioso. Cuando paso mucho tiempo sin inmersión, hasta mi esposa me dice que ya me hace falta el agua. No sé, a lo mejor no me lo van a creer, ¿no? ...nada más toco el agua y ya me tranquilizo.
Algo ha de haber de cierto en lo que dice. A lo largo de sus tres décadas de trabajo, el señor Cú se ha sumergido solo por las bocas de cada una de las ochenta y seis plantas de bombeo de la ciudad, que se conectan a ciento sesenta kilómetros de ductos que expulsan el agua residual de casi diez millones de habitantes de las dieciséis delegaciones (municipios–departamentos) del Distrito Federal.
Para quienes gustan de la numeralia, su trabajo podría resumirse así: a la razón de unas cuatro horas en promedio, multiplicadas por alrededor de quince inmersiones anuales, durante casi treinta años de trabajo, el señor Cú ha buceado entre las aguas que ennegrecemos todos juntos por lo menos mil ochocientas horas de su vida. Toda una vida.
Y él es responsable de evitar colapsos, tragedias sociales, que por facilidad, por costumbre, porque así son las cosas en este país, solo pueden ser resueltos por las manos de ciertos hombres.

Nadando con cacadrilos
Ni siquiera había empezado a amanecer, el 5 de febrero de 2010. A lo largo de la autopista que va de México a la ciudad de Puebla, en la franja centro–oriental del país, la muy densamente poblada colonia Chalco estaba casi dormida. Un estruendo, como de explosión, despertó a los vecinos, quienes apenas tuvieron tiempo de asomarse a mirar cómo un torrente negro, asqueroso, se les echaba encima como un tsunami: el desbordamiento del río La Compañía.
En cuestión de minutos las aguas pestilentes del río, que recibe residuos industriales y domésticos de una región con más de seis millones de habitantes, cubrieron más de tres kilómetros de autopista, una de las conexiones más importantes con la capital del país, arrastrando consigo tráileres, autos y árboles. Al amanecer, ya había una laguna de más de dos metros y medio de profundidad, que bañaba de desechos a más de tres mil viviendas.
—Cuando me llamaron, ya había todo un operativo, había muchos soldados y eran los que estaban rescatando a la gente que se había subido a sus azoteas, a los toldos de sus coches. Nosotros pasamos en helicóptero y vimos a la gente pidiendo ayuda desde sus techos y repletas las lanchas y anfibios que los iban a buscar –dice el señor Cú.
En cuestión de minutos, una fisura en el cárcamo de bombeo Avándaro se convirtió en un boquete que dejó salir millones de litros cúbicos de desechos. Por las características del incidente, los muros mal construidos y la gravedad de la afectación, las autoridades federales decidieron pedir la intervención inmediata del buzo del Sistema de Aguas de la Ciudad de México, para que taponara la avería manualmente.
—Es una de las cosas de las que más me siento orgulloso –dice–; me llamaron a las tres de la mañana y a las seis los generales ya habían puesto a mi cargo todo un batallón de soldados y marinos.
Armados de costales repletos de arena, los más de doscientos soldados hicieron cuadrillas de trabajo a las órdenes del señor Cú, quien por más de cuatro horas estuvo sumergido en la zona del boquete, aun con los riesgos para su propia vida, tratando de taponar la fisura con costales, pedazos de madera y cemento, hasta que la fuga de agua fue controlada. Entonces se cerró el boquete y se pudo comenzar el desazolve del río de suciedad, que dejó tras de sí una población de más de veinte mil damnificados que, según decía sobre sí misma, por corrupción ancestral fue obligada a nadar en un pantano repleto de cacadrilos, poposaurios y cacaimanes.
—Si hacemos el trabajo manualmente, se puede ahorrar mucho más tiempo. Siempre es más fácil que desmontar todo el sector, ver dónde está la falla y a veces es nomás una llanta o un aparato el que descompone todo. O una fisura pequeña que después se hace más grande por la presión del agua. Me ha pasado mucho, que una parte de la ciudad se queda sin agua porque se atora un horno microondas en una compuerta, una llanta o animales muertos. En una ocasión sacamos la carrocería casi completa de un Volkswagen, completita.
—¿Y siempre ha estado usted nomás?
—Cuando comenzó la unidad, en 1982, había otros dos buzos, pero uno ya se jubiló y el otro se cambió de área. Han pasado como diez compañeros, pero no todos aguantan este trabajo, porque estás de guardia los 365 días del año y además la paga no es mucha.
Según los registros oficiales, como jefe de su sección, el sueldo mensual del señor Cú no supera al mes los dieciocho mil pesos mexicanos, algo así como mil quinientos dólares, que se complementan a veces con los pagos extras que llega a recibir si presta servicios a entidades distintas del Distrito Federal.
Y así ha sido desde el comienzo de su trabajo, al que llegó, dice, por pura casualidad, cuando, una tarde de 1981, siendo empleado de escritorio en la misma oficina de aguas, uno de sus jefes le preguntó si era cierta la versión de que buceaba como amateur y si quería hacerlo para la institución, que necesitaba un buzo.
—Al principio te da miedo, como todo. Porque es algo distinto y no había de quién aprender. Era meterse al agua y hacer trabajos de albañilería, de mecánica, casi de eléctrico. A mi esposa hasta la fecha no le gusta mi trabajo.
—¿Qué le dice?
—Que es demasiado peligroso. No, nomás no quiere. Hace años perdimos a un compañero. Se metió a destapar un ducto y cuando removió el tapón la corriente lo arrastró hacia adentro. Lo rescatamos después, pero ps’ ya ‘staba muerto. Fue cuando mi esposa más me presionó para dejar el trabajo. Y a mis hijos tampoco les gusta, ¿eh? Sí bucean, porque ps’ les he enseñado lo bonito del buceo, pero no les gusta lo que hago.
Cuando hay inmersión en el agua potable no hay problema, dice, la claridad es completa, pero cuando son aguas negras no. Se depende por completo de los otros sentidos y de quienes están en la superficie. Mira a sus ayudantes, Ángel y Miguel, jóvenes veinteañeros aspirantes a buzos que juegan cartas mientras esperan que comience la inmersión. “Los he dejado que empiecen a aprender en agua potable, nomás ­–dice–, para que vayan viendo y aprendiendo también”.
Fernando, el más antiguo colaborador, próximo a la jubilación y quien le reconoce una experiencia vasta, igual que un considerable mal humor, me dice divertido: “Cuando esté abajo, pregúntale por la muerte… vas a ver cómo se pone”.

La muerte en la escafandraCu

—Btzzzz… bueno… btzzzz… lo que aquí nos encontramos son piezas peque… btzzzz… ñas, pedazos de madera, plástico, botellas. No hay nada que obstruya la colocación de la turbina. Es un… btzzzz… terreno fangoso, pero firme… ¿No sé si el reportero tenga alguna pregunta?
Desde la consola de la superficie, donde el señor Fernando, su regordete y canoso ayudante, mantiene comunicación con él, la voz del señor Cú parece serena, firme. Lleva unos minutos sumergido y esta vez no hay sorpresas.
—¿Qué siente?
—Siento mucha tranquilidad. Me entra mucha paz. Estas tú solo. No hay nadie alrededor. No ves nada. Nada más estás contigo. Cuando estoy a punto de entrar, siempre me pongo nervioso, me entran muchos nervios, pero nada más toco el agua se me quita. Tocar el agua me da mucha paz.
—¿Y la suciedad? ¿No le da asco nadar entre la mierda?
—No ves nada. No hueles nada. Abajo, hay veces que pones tu mano enfrente de ti y no la ves. Generalmente el agua es tan turbia que no alcanzas a ver nada –dice.
—¿Y eso le gusta?
—Es un trabajo que te tiene que gustar. Alguien… btzzzz… que sea muy nervioso no puede bucear –dice–, te tiene que gustar la sensación del traje, del agua, porque abajo estás solo, nadie va a poder ayudarte.
—¿Cómo le hace con la soledad, con la oscuridad?
—Me pongo a cantar. Cuando estoy muy concentrado, empiezo a cantar.
—¿Y qué canta?
—Cualquier cosa. Me gusta todo tipo de música. A veces reflexiono, pienso en muchas cosas. Es fácil cuando estás allá abajo. No hay nadie… btzzzz… no ves nada.
Sigo el consejo de Fernando. Le pregunto por la muerte.
Se queda callado. Un buen rato. No dice nada. Se escucha un murmullo quedo, el btzzz… de la interferencia, algo como si cantara. Imagino de inmediato una tonada de José José. No sé por qué me late que al señor Cú le debe gustar José José.
“Un compañero, hace algunos años, estaba abajo, y de repente ps’ como que se oía como si estuviera platicando con alguien. Cuando le pregunté que qué hacía me contestó que estaba platicando. Con la muerte, me dijo, que estaba platicando con la muerte. Que la sentía ahí, a un lado de él, y ps’ que se ponía a platicar con ella”.
—¿Usted no la ha sentido?
—No. Yo no la he sentido. Quizá porque, gracias a Dios, nunca me ha pasado nada.
—¿Pero sí piensa en ella?
—No. No me gusta pensar en eso. Pero la he soñado.
—¿Qué ha soñado?
—Varias veces he soñado que estoy buceando, en el mar, fíjate, que estoy buceando en el mar y que me quedo atorado y no puedo zafarme. No puedo zafarme y nomás es de quitarme la aleta y ya, pero no puedo, se me queda atorado el pie. Y me despierto –dice.
Corta la comunicación, da indicaciones para que lo suban. El terreno es fangoso y el señor Cú hoy no piensa caminar.

La suavidad del muerto
Los muchachos se aprestan a recibirlo con cubetas llenas de agua con cloro y jabón biodegradable. Un chorro potente. Luego otro. Sobre la canastilla quedan envoltorios de golosinas, botellas y esa especie de hilachos lodosos de sustancia mucho tiempo sumergida en aguas.
Cuando se quita la escafandra, el señor Cú tiene el rostro enrojecido, los ojos como saltados. Está contento.
— Ya estoy en el tiempo de pedir mi retiro. Pero no quiero pensar en eso. Lo estoy retrasando. Todavía me siento fuerte. La verdad, de mi trabajo me gusta todo. Cuando estoy allá adentro, buceando, soy un hombre feliz –dice.
—¿Cuál es el momento que más satisfacción le da?
—Me siento muy satisfecho de los cuerpos que he recuperado. Que se acerquen los familiares y te digan gracias por ayudarles a recuperar un cuerpo y que lo puedan llorar en paz. Es algo que no pagas con nada. Mucha gente puede no ser rescatada. Pienso mucho en eso.
—¿Y cómo le hace para reconocer un cuerpo allá abajo, si no ve nada y trae los guantes y los trajes?
—Tú lo sientes –dice, me toma del brazo, me lo aprieta, lo tienta, lo recorre con los dedos–, si te encuentras algo así, vas siguiendo el contorno, a veces es un brazo, o una pierna… y la vas siguiendo así, con los dedos, para imaginar la forma… vas haciendo la forma en la mente. Como si lo acariciaras.
—¿No se confunde con otros desechos?
—No. Algunos compañeros dicen que los mismos muertos te llaman para que los rescates. Los tocas y se siente algo especial, distinto. No sé. Es algo que uno… quizá pura intuición. Es algo que solo los que hemos estado aquí podemos entender.
Mientras se quita el traje, mientras pendejea a sus ayudantes y analiza los errores de la inmersión, veo al señor Cú y pienso que quizá ha desarrollado una mirada distinta. Quizá, después de tantos años buceando en la profundidad de lo oscuro, haya conseguido una forma muy distinta de mirar, de tocar, de sentir.
Como si su cuerpo, a fuerza de tanto volver al fondo ennegrecido, hubiera recobrado la destreza de aquel momento de nuestra especie en que fuimos seres de agua.

Publicado en la revista colombiana SoHo.

Versión especial del texto publicado en El Universal


...Y retiemble en sus centros Manhattan

NUEVA YORK.- Es la noche del 8 de diciembre del año 2004. En la isla hay un frío que  parece anteceder a las nevadas. En la esquina de la Segunda Avenida y la calle 117, en el Harlem Este, dentro de un viejo edificio de apartamentos se atrinchera un grupo de 16 familias, casi todos personas de origen mexicano, como más de 500 mil queviven y trabajan en la zona metropolitana de Nueva York.

Son personas que durante 10, 15 años han sido habitantes del edificio que está a punto de ser desalojado por su propietario, Steven Kessner. Estos boricuas, ecuatorianos y mexicanos pagan alquileres de entre 600 y mil dólares por apartamentos de una o dos habitaciones, sala-comedor, cocina y baño, en la plena isla de Manhattan. Un precio irrisorio para los estándares neoyorquinos de estos tiempos.

Feligreses de la iglesia de Santa Cecilia, que ocupa un predio cercano en la calle 106, piden apoyo a los responsables de la parroquia, que de inmediato los ponen en contacto con Juan Haro, un activista a favor de los derechos del migrante. En el recibidor del edificio, hechos llanto y gritos, comienzan a discutir la forma dedefenderse del desalojo. Ya sin agua caliente, sin calefacción, sin luz, que el propietario del inmueble ha cortado desde meses atrás para obligarles a salir, las familias se niegan a emprender el éxodo masivo, a buscar acomodo en algún otro sitio.

—Si nos vamos a otra parte de la ciudad, va a pasar lo mismo. Los métodos son los mismos —me dice uno de los latinos. Apoyados por Juan Haro, revisan la legislación local y se dan cuenta de una cláusula, que se erige como as bajo la manga: un inquilino, sea de inmueble privado o público, no puede ser lanzado a la calle de un día para otro.

Llevan el caso ante la Corte, aunque hay poco margen para el optimismo. En Nueva York, como en otras grandes urbes del mundo, avanza un fenómeno social incipiente en esos días: la gentrificación.

¿De qué se trata? Es fácil explicarlo: “desplazamiento de pobres por ricos”, me cuenta Óscar Domínguez, un muchacho veinteañero bajito, de manos como gorriones, pequeñas grietas a modo de ojos, una nuez en la nariz, el cabello mestizo y rebelde, la voz serena, mansa, mezcolanza de raíz indígena y un espanglish que deja escapar tanto los gentrification y dispossession que denotan un inglés con raigambre e intenciones, como los haiga y tráibanosheredados de su natal San Luis Chalma, en el serrano Tlapanalá del estado de Puebla.

Los viejos vecindarios de comienzos del siglo XX, que se erigen hacia las orillas de las ciudades para ser habitados por los obreros y las clases más bajas, al pasar el siglo  quedan atrapados en los centros de las metrópolis, por efecto del crecimiento de la mancha urbana.

Perfectamente conectados, con edificios sólidos, algunos hasta bellos, o con terrenos dispuestos para todos los servicios, el transporte y el equipamiento urbano, en el principio del siglo XXI se convierten en el objeto de codicia de los propietarios, las inmobiliarias y las urbanizadoras que, tras remodelaciones, edificaciones o aumento de costos en los alquileres, empiezan procesos de aburguesamiento y recategorización social, con los que desplazan a los habitantes más pobres por jóvenes parejas de clases medias altas y altas.

El Harlem hispano no es la excepción: una gran cuadrícula de edificios de entre dos y siete pisos, muchos de éstos apenas separados por unas cuantas calles de la entrada norte de Central Park, donde un lago diminuto corona la falda de una peñasco colmado de abetos, pinos y maples, con hojas marrón, rojo cenizo, verde despintado según se las vea en invierno o primavera.

Con un supermercado en la avenida Madison, una gran biblioteca pública, la calle Tito Puente y otras pletóricas de comercios, una estación del Metro, el tren suburbano, el Downtown a 15 minutos, el Yankee Stadium a 10. Una zona, en fin, que a partir de los años 50 comienza a ser conocida como El Barrio, porque se puebla de puertorriqueños, dominicanos, jamaicanos y mexicanos.

—Dicen que hay secciones de vivienda accesible, pero el mínimo es two thousand dollar. Son estudios… otro estilo de vida, más proyectado a la gente joven, de dinero, solteros. No quieren niños. Son apartamentos para gente blanca, con perro —me cuenta Óscar.

Asesorados por Juan Haro, algunos libros de derecho y diccionarios inglés-español, los habitantes del edificio de la calle 117 promueven un juicio civil y comercial contra Kessner, un acaudalado economista y constructor, propietario de casi 60 edificios multifamiliares y comerciales en Manhattan, según su propia página web, a quien acusan de no dar mantenimiento a los inmuebles, imponer condiciones de habitación inferiores a las permitidas por la ley y de oponerse al derecho a la vivienda digna.

La Corte local da entrada a la querella y el asunto se discute por meses, mientras los ocupantes del 117 permanecen en sus viviendas, suman a su queja a inquilinos de otros edificios y salen a la calle a realizar protestas en las oficinas del economista, en las calles de El Barrio, en las escalinatas de la Corte y aun en la sede de la alcaldía.

Con pancartas, lonas, cartulinas escritas en un espanglish tallado a mano, en grupos de 10, 15 personas, se apostan en los accesos de tal o cual edificio y tejen una retahíla de consignas gestadas a su modo: “No nos vamos”, “We have rigths”, “No nos moverán”, “And justice for all, cabrones”. Empiezan a obtener miradas y adhesiones.

Un diario local, The Village Voice, les da espacio e identifica a Kessner como un Lord del negocio inmobiliario neoyorquino. Lo ubica entre los 10 peores propietarios de la isla. Documenta lo que llama “miles de violaciones a los reglamentos de mantenimiento y reparación detectadas en sus edificios” y compara la mansión de más de un millón y medio de dólares que habita el magnate en Florida, con “las pocilgas que arrenda a precios cada vez más altos”.

El diario también publica fotografías de las viviendas y las primeras denuncias: “Harlem Este está sufriendo una ola de hostigamiento, abuso e intimidación, con los intentos de los codiciosos por expulsarnos de nuestros hogares, para subir las rentas y aumentar las ganancias”, dice Juan Haro, ya convertido en vocero del incipiente movimiento.

Como respuesta, Kessner paga su propia campaña mediática para responder a las acusaciones y denuncia a The Village Voice por “tergiversar la realidad y tomar un caso insignificante para hacerlo ver como un deterioro generalizado” en todos sus edificios. Al mismo tiempo, denuncia que inmigrantes ilegales, algunos de ellos narcotraficantes, utilizan sus inmuebles como escondites para evadir a las autoridades.

“Un edificio de la calle 117 Oeste cuenta con todo nuevo, incluso las ventanas y las tuberías de gas nuevas. Pero en ese edificio hay unos 10 apartamentos superpoblados con hasta 15 o 20 personas”, publica el empresario.

“Esto incluye a pandilleros y traficantes de drogas. Día tras día, ellos destruyen el edificio. Hay que ver sus cocinas, cubiertas de grasa, las paredes de los pasillos grafiteadas, los baños, los patios llenos de basura. Se podría pensar que el dueño es malo, pero si se espera un poco, se averiguará la verdad”, dice en su página web, http://www.stevenkessner.org.

Abatidos, sin posibilidad de hacer frente al poder económico de su contrincante, a la lucha legal que cada vez los aplasta más porque carecen de dinero, y los atrapa incluso en redadas de las que comienzan a ser víctimas, mientras buscan en revistas, libros y videos algún método para mantenerse unidos, los migrantes se topan, en junio de 2005, con la Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

Desde algún lugar de Chiapas, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) anuncia que deja la lucha armada, para comenzar un movimiento que lo una a organizaciones políticas y sociales de izquierda en el mundo a través de La Otra Campaña.

“El capitalismo de la globalización —dice el EZLN en su declaratoria—, se basa en la explotación, el despojo, el desprecio y la represión a los que no se dejan”. El capitalismo “hace su riqueza con despojo, o sea con robo, porque les quita a otros lo que ambiciona, por ejemplo tierras y riquezas naturales. O sea es un sistema donde los robadores están libres y son admirados y puestos como ejemplo”.

El llamado del EZLN, “vamos a seguir luchando por los pueblos indios de México, pero ya no sólo por ellos, sino por todos los explotados y desposeídos de México, con todos ellos y en todo el país. Y cuando decimos que todos los explotados de México, también estamos hablando  de los hermanos y hermanas que se han tenido que ir a Estados Unidos a buscar trabajo para poder sobrevivir”, rebota en los  edificios de El Barrio y se mete en la conciencia de los migrantes, como un resorte, y ellos, muy pronto,  aprenderán a utilizar: “No estamos solos”.

Un desafío idealista

Brazo de Latinoamérica, una región del mundo que aprendió a convivir con el caos, El Barrio es suma y síntesis: hacinamiento, bajo nivel de instrucción, desigualdad social, altos índices de inseguridad, muchos problemas sociales.

De acuerdo con estimaciones de la Asociación Tepeyac, una organización local de apoyo a migrantes, de los más de 100 mil habitantes con que cuenta El Barrio, la mitad son latinos y casi el 40 por ciento del total debe vivir por debajo del umbral de la pobreza, con ingresos que no superan los 23 mil dólares por año. Menos de la mitad del ingreso mensual promedio en la isla.

El Barrio es lugar de gente que trabaja en restaurantes, bodegas, servicios de limpieza doméstica, como meseros o nanas de los niños neoyorquinos, hay poco margen de acción para organizarse en otra actividad que no sea buscar el sustento diario.

La tarde en que nos vemos, el 27 de enero de 2012, Óscar Domínguez me cita en la esquina de Lexington y la 116, una zona llena de tiendas y vendedores callejeros. No lo conozco ni me conoce, por lo que el encuentro debe darse por tanteo.

Cuando por fin nos identificamos, me lleva de inmediato a Las delicias mexicanas, un restaurante de antojitos. Aunque ha cumplido una jornada de diez horas consecutivas de limpiar mesas, sacar basura, trapear y lavar la loza sucia, trabajo que realiza en un Deli ubicado a 20 minutos en Metro de El Barrio, en el Midtown neoyorkino, Óscar se esmera en el relato de su historia. De sus historias. Porque ellos suman cientos.

—Esto nace de ver lo que nos estaba pasando acá, y’nou. El migrante no tiene salida. Vienes de allá, donde te quitan todo, y llegas acá donde todo el tiempo te dicen que nada es tuyo. ¿Para dónde vamos ahora? ¿Qué sigue? —me dice.

Come una chalupa de salsa roja que no pica nada, bebe de un tarro de café negro con bastante azúcar y lucha contra los sonidos de pláticas ajenas, contra Chayanne, el cantante, quien desde las bocinas de Las delicias mexicanas, en la Tercera Avenida casi esquina con la 115, se pregunta apesadumbrado dónde quedan las palabras, el amor que le juraban.

—Es como cuando nos encierran en un callejón… no tienes de otra: vamos a luchar ¿No? Vamos a luchar o dejarnos morir. Luchar o dejarse morir —me dice.

El migrante nacido en Puebla ha visto cómo se ha gestado, cómo ha nacido y ha ido creciendo el movimiento del cual es parte, que ha importado desde Chiapas los ideales zapatistas de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, los ha llevado hasta las puertas mismas de la Alcaldía de Nueva York, se ha diseminado por el Harlem hispano, donde hay centenares de mexicanos sin inglés ni papeles, y ha emergido, como grito de guerra “¡El Barrio no se vende, El Barrio se defiende!”, hasta conseguir, en ocho años, que retiemble en sus centros Manhattan.

—Al llegar acá no tráibamos este análisis político, social, económico de ahora, que fue dándose conforme fuimos creciendo, al ir a reuniones, al crecer como organización ¿no? No teníamos tiempo de estudiar. Nadie. Leímos. Yo tengo mi familia. Trabajo de nueve a 12 horas, o hasta 14, cinco días, y descanso entre semana. En promedio 55 horas a la semana que trabajo. No hay tiempo de estudiar —me confiesa Óscar.

—¿Cómo lo hicieron, entonces? —le pregunto.

—Vencimos los miedos de estar organizados y de ser migrantes en otra cultura, el racismo, la desigualdad en sueldos, la desventaja de que nuestros hijos no vayan a la escuela, no tener ID (identificación oficial) que nos impide ir a un hospital.

—¿Estaban preparados?

—Conocer la Sexta Declaración fue un boom para nosotros. Ver cómo a ellos los despojan los ricos y a nosotros también, fue asombroso… y’nou… su pobre nivel de educación y alcanzar a tener ese análisis fue… nosotros teníamos que hacerlo también.

—¿En la cuna del capitalismo…

—Nos dijimos: vamos a tratar, a ver qué sale. ¿A dónde nos vamos a ir? ¿Si nos venimos de nuestro país de origen porque las cosas están mal y llegamos aquí y aquí tampoco nos quieren… a dónde nos vamos a ir? —me dice sin siquiera titubear. Óscar no deja de sostener la mirada frente a la mía, abrillantada, llana, como la que se dibuja en los ojos de un niño justo después de que ha dejado de llorar.

Cuando recrudecen los ataques de Steven Kessner y conectan su inquietud con las de los zapatistas, entre julio y agosto de 2005, los habitantes de unos 40 edificios deciden organizar un grupo formal. Lo denominan Movement for Justice in El Barrio (Movimiento por la Justicia de El Barrio).

Realizan foros públicos, reuniones, buscan la forma de sumarse a La Otra Campaña, que de inmediato los pone en comunicación con más de 20 redes sociales del resto de Estados Unidos, principalmente de New Jersey, Rhode Island, Pennsylvania y Connecticut. Además de otras tantas en México y Europa.

“A través de nuestra Consulta de El Barrio, inspirados por los zapatistas, implementamos nuestra propia democracia participativa y popular. Con este proceso, 1,500 pobladores de la comunidad decidieron cuál era nuestro siguiente paso”, anuncian en uno de sus primeros comunicados,  en 2005.

Adoptan como segundo nombre la denominación La Otra Campaña Nueva York y realizan encuentros por la Dignidad y Contra el Desalojo Neoliberal: una fiesta popular para compartir experiencias donde al final los niños rompen una piñata, “la piñata neoliberal”.

—Como migrantes, sucede que nos organizamos mejor porque todos estábamos en vivienda privada, porque la mayoría no piden documentos legales para vivir ahí. En la vivienda pública sí es necesario tener documentos —me dice.

Vistas desde México, donde recurrentemente miles suelen echar mano de las calles, de los bloqueos y las protestas para apurar a las autoridades, las imágenes de las primeras manifestaciones del Movimiento pueden parecer insignificantes: apenas unos 50, 100 hombres y mujeres, niños muchos de ellos, morenos casi todos, muy pocos más altos que el metro y 70, la ropa sencilla, de mala calidad, los rostros de un país que está muy lejos, de un pueblo que ya no miran amanecer, de la gente que ya no tocan.

Pero se trata del primer movimiento de resistencia de migrantes latinos en la ciudad de Nueva York y ese sólo hecho los hace crecer, ganar notoriedad.

El milagro

El 26 de marzo de 2007, aparece un comentario en el diario inglés The Times: el gigante inmobiliario Dawnay Day Group, asentado en Londres, ha adquirido por 250 millones de dólares, poco menos de 127 millones de libras, un conglomerado de edificios en Harlem Este, como paso inicial de un proyecto que busca alcanzar un valor de mercado de poco más de 5 mil millones de libras en cinco años.

La inversión, anota The Times, “representa un negocio enorme en la rápida gentrificación de la zona norte de Manhattan, que por más de un siglo ha servido de gueto para las comunidades inmigrantes más pobres, y que hasta hace poco era una zona a la que las clases medias y altas, en gran parte blancas del bajo Manhattan, no se acercaban”.

En la transacción juegan la caída del mercado americano, la debilidad del dólar frente a la libra y sobre todo la oferta de “un vendedor privado americano”, Kessner, quien se desprende de 47 edificios, con un total de mil 137 apartamentos de una y dos recámaras, así como 55 espacios comerciales, ubicados en el ala norte de Central Park, entre las calles 100 Este y 120 Este: El Barrio.

La inmobiliaria recrudece el acoso contra el Movimiento y acelera las negociaciones para un desalojo paulatino. Para el Movimiento, esas palabras, pero sobre todo sus implicaciones, avivan una guerra que amenaza con cruzar el Atlántico.

Cada mes, los nuevos inquilinos de la trasnacional reciben avisos sobre inminentes cobros de miles de dólares por reparaciones inmobiliarias, uso de equipo de lavado y aire acondicionado, que al negarse a saldar, aumentan.

“Sobre el plan de desalojo de Dawnay Day Group, hemos iniciado un caso legal, para poner un alto a la práctica de tratar de cobrar falsos cargos a los inquilinos. Esto lo hacen como una forma de hostigamiento e intimidación”, dice Juan Haro en una carta electrónica que me envía en 2009, cuando me acerco por primera vez a conocer su historia.

“Sabemos que son tasas ilegales, y que son una forma de acoso, pero no vamos a caer en la trampa”, me dice, y anuncia una gira internacional de protestas que los llevará hasta las calles de Londres.

La idea es presentarse en las instalaciones de Dawnay Day Group para exigir un alto al acoso y al proceso de gentrificación del Harlem hispano, visitar Inglaterra, Gales, Escocia, Francia y España, para que organizaciones no gubernamentales de esos lugares se sumen a su lucha, la respalden, y entre todos combatan lo que ellos llaman “el neoliberalismo que intenta acabar con los seres humanos”.

Con algunas autoridades locales en contra, como la concejala del distrito, Melissa Mark Viverito, una puertorriqueña que desde su cargo público apoya los proyectos de la inmobiliaria inglesa, principalmente la creación de zonas comerciales, recreativas, edificios modernos y la revitalización económica de El Barrio, el Movimiento parece encaminarse a la derrota.

“Melissa hizo historia al convertirse en la primera mujer puertorriqueña elegida para servir en el Octavo Distrito”, dice el Movimiento de El Barrio en un correo del 2009, “pero se ha vendido a los intereses capitalistas al aprobar un plan de rezonificación que traerá condominios y rascacielos de 21 pisos a la histórica calle de Harlem 125”.

Pero, en un hecho que hasta los mismos migrantes califican de justicia divina, una mañana de octubre de 2009 los integrantes del Movimiento reciben una notificación de la Corte: víctima del crack financiero e inmobiliario que azota a Europa y Estados Unidos, Dawnay Day Group se declara en bancarrota, incumple los pagos correspondientes a la propiedad de los 47 edificios de El Barrio y causa ejecución hipotecaria por parte del gobierno de Estados Unidos.

En un ejercicio de exceso de confianza, el gigante inmobiliario inglés había adquirido los 47 edificios de El Barrio, su primera incursión en el mercado estadounidense, con un exceso de apalancamiento financiero, a través de una deuda, que en octubre de 2009 se sumó a la caída de sus inversiones por más de 10 mil millones de dólares en activos de bienes raíces por todo el mundo, lo que la convirtió en una de las principales víctimas de la crisis internacional.

—Es un día glorioso, un triunfo de las proporciones de David contra Goliat —dice uno de los integrantes del Movimiento, mientras marcha en las calles de El Barrio; el colectivo deja ver pancartas, lágrimas: están celebrando su inesperada victoria.

—¡No nos moverán! —gritan.

La lucha sigue

Óscar termina de comer su sope que no pica. Me habla de su hijo, de su esposa, me cuenta de San Luis Chalma y de que un día, quién sabe cuándo, habrá de regresar a su pueblo saqueado, devastado por la globalización.

Después de ocho años, desde aquella noche fría de diciembre de 2004, el Movimiento por la Justicia de El Barrio es una organización fuerte, consolidada, que tiene reconocimiento social pero también jurídico y se ha convertido en una referencia para movimientos de migrantes en Estados Unidos.

—¿Cómo visualizas tu mundo perfecto? —le pregunto.

—Creo que no lo hay. El mundo perfecto no lo conocemos. Creo que el entendimiento del ser humano se ha extraviado. No sé, valores que hemos perdido.

—¿Entonces a qué aspiras, qué motores te mueven?

—No queremos ser ricos, no. Ni queremos carros, ni la ropa que ellos visten, ni nada de eso. Si me preguntas qué quiero… quiero volver a nuestras tierras y practicar nuestra cultura… si tú vas a mi pueblo, es triste lo que vas a ver, yo lo recuerdo muy bien: se fue mucha gente, nuestras tierras se las vendieron a empresas de España, que hacen invernaderos de tomate, y el pueblo ahora va a trabajar a las tierras que antes eran de ellos, pero están más pobres, más necesitados y sin una vida

—Así es el mundo…

—No, así lo hicieron los políticos y los capitalistas para beneficio de ellos, es como… es la conexión entre capitalismo y gobierno, quieren hacer más dinero sin ver a los demás…

—¿Es la raíz de su lucha?

—Nosotros les demostramos que hay otra ciudad, otra gente pobre, El Otro Nueva York.

Hay otros pobres que trabajan en los restaurantes, abajo. ¿Cómo exponerlo? Desde el corazón del capitalismo estamos en resistencia, aquí donde están las bases del capitalismo es posible organizarnos…

Me habla de los nuevos desafíos que tiene el Movimiento, porque la lucha por una vivienda digna no termina todavía: los proyectos de expansión de la Universidad de Columbia hacia la zona de Harlem Este, el de hacer un corredor comercial-turístico River to River, el de convertir a El Barrio en una zona habitacional para las clases medias altas y altas, siguen vivos. “Y Melissa Mark Viverito sigue en su puesto”, dice.

—Nos invitaron a sumarnos al movimiento de los Ocupas de Wall Street y esta noche hay una reunión, ¿quieres acompañarnos? —me cuenta.

Dejamos El Barrio, nos dirigimos al Metro. Harta gente, bullicio. Y la música: salsas, Vicente Fernández, corridos norteños. Avanzamos entre taquerías, garnacherías, tiendas de todo tipo. Como si compitieran en estruendo, las distintas épocas de la cultura latina se manifiestan a decibeles: de las trompetas de una bachata uno salta a las rimas de un reggaetón, de los candores de un son caribeño nos vamos a Pitbull, de Calle 13 a La Lupe, con su voz que desgarra, aprieta: “Hoy me pides tú las estrellas y el sol, no soy un Dios. Así como soy, yo te ofrezco mi amor, no tengo más”.

Como pez de ciudad, Óscar me guía con mucha destreza por los laberintos del Metro de Nueva York, hasta la calle 23, en el barrio de Chelsea, donde es la reunión secreta del grupo de inconformes.

Muy en la onda de Los ejércitos de la noche, el icónico relato de Norman Mailer sobre el activismo estadounidense en los años 70, los activistas de hoy redefinen su estrategia de lucha, sus objetivos. En el lugar hay unas 40 personas, casi todos clasemedieros, gente sin tantos problemas económicos para sobrevivir en lo inmediato, quienes hablan de sumar a su lucha al Movimiento por la Justicia de El Barrio, a la gente como Óscar que debe trabajar hasta 14 horas diarias, cinco días por semana, para poder comer.

Quieren que el Movimiento se sume a sus mesas de trabajo, en las que estudiantes, académicos, activistas y líderes de organizaciones civiles discuten si las protestas de Wall Street deben transitar hacia la aceptación de ofrecimientos políticos o seguir peleando ajenas al sistema político tradicional; si deben incrementar su participación beligerante o diluirse avasallados ante los embates del neoliberalismo y el poder económico.

—Nuestra lucha es otra y es algo que está intacto —me dice Óscar convencido—, acercarnos a ellos nos permite seguir siendo visibles, y’nou... pero nosotros luchamos por El Barrio… nosotros no nos vamos a mover de El Barrio. Dificilmente podríamos sumarnos con ellos. Nosotros tenemos que trabajar durante  el día. Nuestra realidad es otra y no podemos dejar de trabajar para poder cambiarla.

Su voz, particularmente profunda, parece estallar desde dentro. Como si ese muchacho, su garganta alzada apenas a un metro y 65 del suelo, quisiera que cada palabra pudiera tener el efecto de una carga de dinamita, de una orden de paso redoblado en un pelotón de artillería.

El Movimiento por la Justicia de El Barrio ha logrado que cientos de familias no hayan sido desalojadas de sus viviendas en Manhattan. Un logro que no es poca cosa. Pero también se ha hecho visible, sólido, como un movimiento social y filo zapatista que nació marginal pero se ha robustecido, en el corazón mismo del capitalismo mundial.

Me queda claro cuando veo a Óscar dialogar con los otros activistas. Cómo lo miran seriamente, cómo lo escuchan silenciosos, con respeto, cómo escuchan sus experiencias contra el gigante inmobiliario, cómo habla de otros movimientos de migrantes que se les han acercado, a quienes han dado asesoría, cómo han compartido su experiencia con activistas de diversos países de América y Europa. Cómo han crecido.

Me recargo en una ventana y desde ahí miro hacia el destello de un anuncio. Es un restaurante ubicado sobre la calle 23, cuyo nombre me arranca una gran sonrisa: no hay nombre más idóneo para Óscar, para los integrantes del Movimiento, para tantos hombres y mujeres que, por encima de su miedo, han asumido el oficio de luchar contra gigantes. Ese restaurante se llama “El Quijote”.♠

Publicado en la revista DOMINGO de El Universal

 


¡Ya es hora de que gane el pueblo!

No sé si es el tumulto de tanta gente junta, la necesidad imperiosa de sacudirme una emoción que se me atraganta en el cuello o sólo es un dejarme llevar sereno, silencioso, inexplicable: justo en el momento que él grita “ya es hora de que gane el pueblo”, justo cuando veo a la mujer que está a mi lado, una mujer casi anciana, el cabello cano, hirsuto, la boca sin dientes, la banderita amarilla atenazada en la mano, los ojos vidriosos que miran sin parpadeos a la pantalla, como quien pide una esperanza, yo ya no hago mucho por detener el contagio, las lágrimas que me brotan como truenos.

Comienzo a llorar.

Así, a lo macho. Como se chilla de emoción cuando se gana algo. Como se lagrimea al recibir una buena noticia largamente esperada.

En medio de miles que estamos hacinados como frijoles refritos en la plancha del Palacio de Bellas Artes, el lugar más cercano al Zócalo que puedo encontrar, comienzo a llorar como un chamaco.

Y no tengo una manera objetiva de decir esto, porque no tengo memoria para describir lo que ven mis ojos.

Yo, que he debido vivir tumultos zocaleros centenares de veces, que me ha tocado reportear cientos de marchas, mítines, primeros de mayo, cierres de campaña, festejos futboleros, desafueros, protestas, no tengo memoria suficiente para dimensionar lo grueso del gentío.

En su cierre de campaña, el candidato presidencial de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, no ha llenado el Zócalo, ha desbordado el Centro Histórico de la ciudad de México, que dejó de gobernar hace siete años.

Porque no hay cientos, ni miles, ni decenas de miles. Somos centenares de miles, en miércoles por la tarde, que nos reunimos ahí, que marchamos, que gritamos, que bailamos, que festejamos desde el Ángel de la Independencia hasta el lugar al que podamos llegar, para compartir una idea, “ya es hora de que gane el pueblo”, y una emoción que estalla: "así como me quieren, así los quiero yo".

“Es un honor estar con Obrador”, gritan siete chamacos al unísono, armados con un largo pedazo de tela verde y una caja de cartón pintada con lo que pretende ser una efigie de Quetzalcóatl.

“El cambio ya va llegando, el cambio viene cantando”, twitean y retwitean otros, armando una red que entra por las pantallas de las computadoras, corre por los cables y llega hasta la calle que replica, a modo de fotocopias, las primeras imágenes de un Zócalo atiborrado.

Tangibles unos, virtuales los otros. Porque así es como funciona la nueva dimensión social. Una mitad tangible, gorda, avasallante, que se nutre de gritos y pancartas en medio de la calle, de olores, de texturas, de sabores, y otra mitad virtual, inasible, insospechada, que nace de los dedos de una mano acariciando un teléfono, una computadora, una pantalla, y conecta en un click individualidades distintas en los puntos más distantes.

Para crear juntas un nuevo todo, donde el aquí ya no sólo es sólo aquí sino aquí-ahí-allá, y donde la realidad se multiplica, se expande, se desborda. Nodos libres y unidos a la vez.

Por eso el Zócalo de López Obrador, oloroso a sudor, a elote, a salsa Valentina, a refrescos, pegajoso de tanta cercanía, ruidoso hasta el dolor de cabeza, es también un Zócalo virtual, repleto, que se replica en Monterrey, en Morelia, en Guadalajara, y hace de un time-laps de la empresa WebCams de México, subido quién sabe a qué horas por quién sabe quién en quién sabe dónde (http://www.webcamsdemexico.com/webcamtimelapse.php?a=f&c=9&f=2012-06-27) un trending topic en menos de una hora, y la forma en que paulatinamente se va colmando la plaza, el gentío, el paso del día a la noche, es visto por miles de ojos en cuadros de 1 foto por segundo, o 15, o 30.

Y aún cuando las pancartas, los gorros, las máscaras que se repiten por miles hablen de un temor, también hay escondida una esperanza.

Un temor, ante una nueva derrota, porque México tiene dueños y su poder inmenso no es cualquier baba: ahí están como prueba las mentes de miles de personas carcomidas por la televisión, convencidas de que “ese hombre es un loco”, aunque carezcan de argumentos para documentar el delirio; “es un Hugo Chávez”, aunque no sepan ni siquiera dónde está Venezuela; “nos va a quitar nuestro patrimonio”, aunque en realidad no posean nada porque todo se los han quitado cuando les enseñaron la mansedumbre.

Y una esperanza, robusta, plena, convencida esperanza, de que ahora sí es la buena. Que ahora sí va a ganar la gente, que por una vez las instituciones mexicanas serán instituciones y no una guarida de bandidos, que ahora sí los mexicanos pensarán también en el otro y no sólo en sí mismos, que por una vez tendremos una democracia verdadera, una libertad absoluta, que se acabó la corrupción, que se desmantelaron las redes de poder, que no existe Elba Esther Gordillo, la bruja del siglo XXI, que los mapaches son sólo unos mamíferos carnívoros de la familia de los prociónidos, que el carrusel es un juego de niños, que la operación tamal es una cruzada contra la hambruna diaria que padecen más de 15 millones de mexicanos, que la tinta es indeleble, que no hay anillos marcadores, que el fraude se castiga, que México es otra nación y no ha estado postrada por más de 85 años ni seguirá postrada otros tantos más.

“Se ve, se siente, tenemos presidente”, cantan unos en el Ángel, “si hay imposición, habrá revolución”, amenazan otros frente a la estatua de Cristóbal Colón. “Ingeniero, Ingeniero, yo voté por usted”, claman algunos más cuando llega Cuauhtémoc Cárdenas a apoyar un movimiento que hace seis años lo necesitó. "Presidente, presidente", chillan ante el candidato, "Obrador, Obrador", dice revueltos todos en una fila interminable de amarillos, blancos, rojos, que ocupa los carriles centrales del Paseo de la Reforma desde las tres y media de la tarde y que para las siete no ha acabado, no se ha diluido, ni se ha desperdigado. Dicen que van a votar por la izquierda, pues pese a todo el poderío mediático, aplastante, avasallante, no se logra destruir una candidatura que comenzó con burlas y acabó con ataques. Que empezó, según las cuentas de los que informan contra reembolso, 30 puntos abajo y acabó 4 puntos arriba.

Por eso no sé explicar lo que observo. Por eso me falta memoria para decir lo que veo.

¿Cómo se explican objetivamente todas esas calles bañadas de gritos, esa marea, ese coincidir de miles de mentes dispuestas? ¿De qué forma imparcial se relata que Madero está llena de gente, que Cinco de Mayo está llena, que 16 de septiembre está llena, que 20 de noviembre, Pino Suárez, Venustiano Carranza, Donceles, que la Avenida Juárez encausan un río de pancartas, banderas, cartulinas?

¿Cómo puedo decir lo que he visto?

¿Cómo puedo despojarme de mi propia emoción, de mi subjetividad, si veo a esa mujer desdentada, seguramente muy pobre, su ropa modesta, su banderita amarilla atenazada en la mano, su cabello hirsuto, justo en el momento que sus ojos, vidriosos de lágrimas, me hacen estremecerme al punto del llanto mientras escuchamos que Andrés, a través del eco de una bocina distante quién sabe cuántos metros, nos grita

"¡¡¡YA ES HORA DE QUE GANE EL PUEBLO!!!"... y todos creemos lo mismo, que sí, que ya es hora de que gane el pueblo?♠


¡Arrebatamos a los poderes fácticos el triunfo fácil!

zcalo-protestas-desafuero-andrs-manuel-lpez-obradorEstá cerrada. Completamente cerrada.

Un bombardeo mediático incesante, sin precedentes, nos aplastó en los cines, en los diarios, en la radio, la televisión, la internet, en llamadas telefónicas, por correo, en las calles, en los edificios, en los puentes, en los transportes, y aún así hoy la lucha por la presidencia está cerrada.

Las viejas estructuras de control y cooptación, en manzanas, colonias, barrios, municipios, estados, fueron tres décadas atrás para la entrega de despensas, pendejaditas, material de construcción, tortas, lonches, tarjetas con cupones de despensa, promesas, amenazas, golpes, acarreos, y aún así, al final del ciclo la competencia está cerrada.

¿No lo han visto así?

Por primera vez en la historia de México, la sociedad libre, democrática, viva, organizada como ha podido, a veces torpemente, hoy le disputa su futuro a los poderes fácticos, a los dueños de México. Y es una lucha al tú por tú.

Por cada maestro antipatriota que obedece ciego las ordenes de la nauseabunda Elba Esther Gordillo, hay un joven del movimiento #YoSoy132 que quiere custodiar la democracia. Por cada mapache, cada operador tamal, cada voto por billete, cada transa obviada por los ojos de la autoridad electoral a modo, hay un ANONYMUS dispuesto a ventilar los rostros de los traidores. Por cada "voto verde" comprado a la miseria, hay un voto libre convencido del YA BASTA y armado con celular, con cámara, con twitteo. Por cada columnista vendido, por cada titular arrebatado, por cada pluma acomodada, hay un espacio libre que se replica, una voz ansiosa de encontrar sus ecos, un post aguerrido, un blog incesante que se difunde en fotocopia.

Resistiendo a su poder inmenso, aguantando su furia, sorteando sus embates, una buena parte de la sociedad mexicana libre logró llegar al día de las elecciones con una competencia cerrada, indefinida hasta el punto de que cualquiera de los dos proyectos puede ganar.

¿AMLO o EPN?. Hoy ese es el dilema. Y llegar a éste es un triunfo en sí mismo: LE ARREBATAMOS A LOS PODERES FÁCTICOS LA CERTEZA DEL TRIUNFO SEGURO.

Y yo creo que eso es la confirmación de que, si nos decidimos, sí podemos cambiar nuestro futuro común.

Es la ratificación de que aquello que no pudo aniquilarnos nos ha hecho más fuertes.

Es la certeza, si quieren pequeña pero certeza al fin, de que si permanecemos juntos nos salvamos.♠


"La Joya", una favela a la mexicana

En su rostro de tono apiñonado, ojos de noche, una cicatriz breve en el labio inferior, no hay rastros de rubor. Sí de arrogancia. Como si el águila azteca que trae tatuada en el hombro derecho pudiera infundirle un arrojo distinto, de líder, a ese muchacho veinteañero, correoso, machín de “El Hoyo” y sus laberintos. Como si no estuviera ante un comerciante, sino ante el mero macizo de la favela más famosa de Iztapalapa, La Joya, por décadas enterrada como puñal en el corazón de una ciudad que creemos cosmopolita.

- La neta, no hay farderos may. Somos comerciantes muchos de por acá… pero hay que apoyar al barrio ¿no may… o qué, la vas’cer de pedo? – dice con ese tono característico de barrio defeño: tonada gruesa, cantadita, que acentúa todas las palabras graves con un énfasis profundo.

Le digo May, como él me nombra, por no decir su nombre. Los requisitos de la cautela. Oferta juguetes, aparatos eléctricos, baterías, bocinas. Artículos todos muy seguramente sustraídos de algún camión repartidor o tienda de autoservicio, y que ahora forman parte de los activos en la única tienda improvisada que hay en la única calle asfaltada de la colonia. Legendaria colonia, donde han convivido, por más de 40 años, la miseria, el crimen y el narcotráfico.

- Es por la banda May… todo derecho… 400 bolas el componente, las bocinas 500 – me dice para convencerme, mirándome inquisidor, como si pudiera escanearme, radiografiarme. No volverá a emitir palabras hasta que me despida.

Hay bullicio de tarde en la calle. El mismo alboroto que unos minutos antes apenas ha ahogado los silbidos que le avisaban de mi presencia. El mismo rumor que ha enmarcado el momento en que el May y otros cuatro chavos me rodearon, apenas adentrarme un par de metros más allá de la pequeña capilla erigida en honor de sus muertos y el señor de Chalma. El mismo ruidero que ha hecho, por puro susto, que todas sus preguntas me sonaran lejanas: “¿Tú qué pedo… a quién buscas… a quién vas a ver… cómo llegaste?”

El mismo vaivén de niños, mujeres, hombres, perros, que no delató mi mentira y serenó su  impaciencia: “a huevo… sí, te vi con la Dione y la diputada (Karen Quiroga) el otro día ¿verdá May? Eres el del periódico que vino a ’cerle preguntas a las jefas. Venías con una camisa negra”.

El mismo ruidero obeso,como si fuera permanente, que desde el terregal desprendido de lo alto del peñón avisa que La Joya, ese asiento irregular con más de 560 familias en condiciones de muy bajo desarrollo social (como el 86 por ciento de los habitantes de Iztapalapa), ese sitio que registra el más alto índice de presos por colonia en toda la ciudad, con más de 250 en los últimos 10 años, el de constantes intromisiones policiacas, el de la venta de drogas, sigue siendo algo muy parecido a la leyenda que ha tejido su temible nombre.

Dos miradas

Tiene dos rostros. “El hoyo”, ese asentamiento que comenzó siendo una hilera de casuchas improvisadas en los años 60 y poco a poco fue creciendo.

El rostro desolado, casi desierto, de la mañana en que una joven activista de la zona, Erika, y el grupo de mujeres que dirige la agrupación vecinal, me llevan a conocer a su gente, entrar en sus casas, oler su humedad, palpar sus necesidades, escuchar la angustia de padres y madres que se niegan a que la escuela más cercana, XXXX, cierre su turno vespertino.

Ese en el cual casi no se ven niños, no hay problema para entrar ni salir, en el que las puertas de las casas casi se abren solas.

Y el bullicioso. El del fin de semana, el de la tarde y la noche con gente en la calle, ruido, risas, música, vida. El de los silbidos ante el desconocido. El de los rostros oscos. El de las no respuestas ante las preguntas, la desconfianza producto de tanta confrontación con la ley, como es el día que me aventuro en solitario a comprobar la veracidad de que, pese a su mala fama, la colonia ha cambiado mucho, en todos los sentidos.

No hay programa que sea mágico

-Los esfuerzos que se han hecho para contrarrestar el deterioro social son muchos, pero todavía insuficientes para la cantidad de carencias que hay – dice Karen Quiroga, diputada local y activista en la zona – todavía hay drogas, hay delitos, farderos hay mucho todavía, drogas, aunque se han ido reduciendo… sí hay marginación, hacinamiento… no hay programa que sea mágico.

Recorre conmigo los laberintos de El Hoyo. Pequeños andadores que van descubriendo casas entre pasadizos claustrofóbicos, con puertitas que dan a más pasillos, ventanas sin vista a la calle, pequeños cuartitos de techos endebles, donde se hacinan, en promedio, entre 7 y 9 personas por vivienda. A veces muchas más y casi nunca menos.

La gente se acerca a la legisladora para hablar de la humedad permanente en sus paredes sin cimientos ni castillos, de la falta de apoyo con programas sociales, de la delincuencia, de la disputa por los terrenos de un centro comunitario que pronto será comedor para todos, del peñón que a veces lanza sus rocas al viento, a los techos de láminas y desechos, de la batalla política contra los priistas, adversarios naturales en la zona, porque la miseria también es botín.

-El principal problema sigue siendo la propiedad de los terrenos – dice – eso impide la entrada formal de muchos apoyos. Mientras no haya regularización de terrenos, esto seguirá siendo un desorden, porque no pueden entrar programas de apoyo para reconstrucción de vivienda ni ninguno otro.

-¿Y la violencia? – le pregunto.

- Se ha reducido. Casi todos los jóvenes en edad escolar tienen becas, secundaria, primaria y prepa. No digo que no haya, pero sí tienen condiciones distintas – dice, aunque la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal tiene datos distintos de ese polígono crítico que forman La Joya, y las colonias Ejército de Oriente y El Paraíso, que en conjunto presentan índices delincuenciales tan altos y consistentes como toda una delegación Magdalena Contreras: 2 mil 769 denuncias por delitos en los últimos 120 días.

- Sobre todo, debes tomar en cuenta que este lugar estuvo abandonado por décadas. Los priistas trajeron a la gente y la botaron aquí – dice Karen, para sintetizar el destino original de tantos campamentos enquistados en las faldas de los cerros, durante décadas de gobiernos indolentes.

Porque así nació La joya, terreno ubicado en el fondo de una cañada que es fondo y falda de una vieja cantera de piedra tezontle, yerba y desechos, a la que el drenaje, el alumbrado, la pavimentación mínima llegaron apenas hace una década, casi 20 años después que los moradores.

Como dice Carmen, una mujer de grandes y profundos lentes, el cabello cano, la trenza perfecta y el delantal a cuadros, cuando entramos a su casa: “aquí cada uno construyó su casita como pudo, como tuvo, ¿no? Y fue creciendo porque en cada censo los priistas traían a más gente, a más gente, hasta que ya no cupimos y empezamos a trepar los cerros”.

-Yo pagué 600 pesos por mi terrenito – dice la mujer -  es chiquito, dos cuartitos. Se lo pagué a un señor que no me acuerdo su nombre. Íbamos a tener nuestros títulos, pero no. Aquí vivieron mis 14 hijos, ocho ya se me murieron, nomás me viven 6.

Carmen aún recuerda los caminos de tierra, la herradura que hoy funge como calle principal, plagada algún tiempo de asesinos, drogadictos, desvalijadores de autos, rateros, violadores.

Se acuerda perfecto cómo se inundaban las casas con los aguaceros. Cómo se escondían por las balaceras en las noches y lloraban a sus muertos en el día. Porque La Joya ha sido zona brava desde siempre.

Su vivienda, sus dos cuartos, ni siquiera alcanzarán los 12 metros cuadrados. Los ladrillos pelones. El techo endeble. Una mesita, las sillas, los rudimentos de quien vive humildemente.

- Si un sueño tengo – dice – es que un día nos den nuestros papeles. Para dejarles a los hijos un pedacito de tierra.

-¿Aunque haya violencia, drogas?

- No le aunque. Pos eso siempre ha habido… y siempre va a haber, aquí y en todos lados.

Doña Ana y el divisadero

 

No articula muy bien el español. Se le confunden las palabras con el mixteco que aprendió de niña en su pueblo oaxaqueño, cuando intenta explicar que la pobreza en que vive su familia no es, por mucho, el infierno que sería si aún viviera en su terruño.

-A vece, poco, pero lo hay para comer aquí’n… que no allá- dice Doña Ana y empieza a contar la historia de la familia más pobre de cuantas habitan en “El Hoyo”.

Un compadre suyo, Aurelio, les vendió el terreno en la parte más alta del promontorio, justo donde abre el peñón como si fuera el borde de un caldero. Su casita de madera, sus pisos de tierra, las rejas de alambres varios, la escalera de piedras parecen una prolongación interminable del terregal, del siglo XIX.

- Yo lo soy nda’vi. Vendo mi tamales. Mi hija y mi nieto lo están vendiendo en la Central Abasto– dice de su pobreza – mi esposo albañil… no tuvimo estudios. Ahí la vamo pasando – dice. Tiene las manos callosas, apenas un par de dientes. En su vestido hay agujeros como adornos, en su mirada serenidad.

-¿Se puede ser feliz?

-Si vendo lo mis tamalitos, somos contento – dice.

Me quedo con las ganas de probarlos. Se escuchan dos ladridos en la cañada. Unas risas de niños sin dientes que revolotean, como si fueran palomas, entre centenares de olotes y hojas de maíz desperdigadas sobre el patio, tierra, piedras, madera, mugre. Y al fondo, como alfombra, los techos de “El Hoyo”, con sus llantas viejas, sus triciclos herrumbrados, los nopales del peñón, las láminas de asbesto o metal que brilla con el solazo y desata la pregunta:¿Cómo diablos puede prevalecer una pobreza así en una ciudad que gasta miles de pesos en adornos, en comidas, en gobernantes indolentes, en el lujo para su casta política?

Doña Carmen, una de las primeras pobladoras de “El hoyo”, me da la respuesta más cercana:

- Nosotros nos organizamos pa’ pedir, siempre. Ibanos al gobierno a pedir nuestro drenaje, nuestra luz. Siempre venían a prometer que esto, que aquello, y las mejorías nomás que no llegaban. Y uno les cree, ¿verdad? pues uno qué va a saber… el pobre es ignorante.

-¿Y eso ha cambiado?

- Ha cambiado, sí. Mucho. Porque ‘ora exigimos. ¿No? Y entonces, pus ahí vamos saliendo ¿verdá? Ya mis nietos tienen estudios, no como uno. Y tenemos el apoyo ¿verdá?...ora sí que ya nomás nos faltan nuestros papelitos… para que ora sí esta tierra que tanto peleamos, ahí como la ve, sea de nosotros.♠

Publicado en EL UNIVERSAL


Sir Paul toca el corazón de la antigua Tenochtitlán

El Universal

Cuando faltan sólo 39 días para que cumpla setenta años, Sir Paul McCartney, el hombre blanco, alto, de ojos muy grandes, alguna vez barbado, toca por fin el corazón de la vieja Tenochtitlán.

Ha venido de allá del mar, hacia el oriente, según lo predijo la leyenda, para mostrar su vigor ante más de 100 mil descendientes de los antiguos nahuas, quienes lo han esperado incluso en horas de la lluvia, del frío y de la noche, para rendirse ante su prodigio de deidad viviente: “Pool, güi loooob yuuuu…”

Amo y señor de los sonidos y los silencios, el arte de la música, a Sir Paul le basta un simple “buenas noches, Méjicou… estamos muy contentos de estar aquí, en el día de las madres”, para que las miles de gargantas congregadas en el Zócalo le veneren desbordadas como lo que es: una divinidad de chaqueta rojo encendido, cabellos largos y chimallisesentero original, de cuerdas y clavijero dorado que, al rasgar con la mano izquierda, destella como su sonrisa septuagenariamente juvenil.

Sir Paul McCartney, el genio de los 100 millones de sencillos vendidos, el del inmortalYesterday, el artista quien, de espaldas a lo que un día fue la esplendorosa explanada del Templo Mayor de los aztecas, canta “Hello, Goodbye”, “All my loving” y “Baby you can drive my car” como si el tiempo fuera sólo suyo, como si no se tratara del año 2012 sino de 1965 y a él lo bañaran la luz de la luna y su cielo y no las miles de pantallas luminiscentes de teléfono celular que lo retratan, lo repiten, lo reproducen hasta el infinito, como sólo es posibilidad de quienes son dioses.

El hombre que junto con John LennonRingo Starr y George Harrison es indiscutiblemente el antes y después en la cultura popular del planeta Tierra, el hombre blanco que por el mundo va defendiendo a los animales y repartiendo canciones, viene a compartir a tierra azteca su arte de orfebre en los instrumentos musicales, y recibe aplausos, besos y gritos, como tributo, como obsidiana moderna, flores, canto.

Le llueven de todos los puntos cardinales. De las avenidas desbordadas desde muy temprano por la mañana, de las “mamacitas” que le gritan estridentes “Pooool”, de los más de 4 mil 500 guardias que susurran “ai lob heeer” con algarabía, de las palmas multiplicadas de tantos niños, del “buuu” que antes apagó una pobre pancarta priísta y encendió una oportunista banderola perredista. Pero también nace del “oe, oe oe, oé, Sir Poool, Sir Poool” que lo eleva al cielo sin necesidad de plumas, de las lágrimas de miles de hombres y mujeres que se mueven como marea al son de su guitarra, de los recuerdos que estallan en la noche, de la memoria recobrada, de la cita que un día se postergó y por fin ha sido cumplida: "tres conejos en un árbol, que sí, que no, que sí lo he visto yo".

A las nueve horas, de la noche en que ha llegado, huele a incienso el Zócalo. O a algo que se le parece. Huele a gente junta (200 mil, estimaría la jefatura de Gobierno) y también a festejo de cuatro generaciones mezcladas, hacinadas en una plancha de piedra e historia, de cantos y empujones.

A esa hora huele a bebida de cola que corre por todos los rincones de la plaza, como corren los rumores de sudor y cabello mojado, de algo de alcohol y aroma de yerba, que se extienden más allá de su perímetro. Se escucha el estruendo de voces reunidas, de mota y de desmadre: "ese Pooool, un saludo a la bandaaaa de Tulyehualcoooo", que parece recibir como respuesta el "viva México, cabrones" que enciende la plaza aún más que la noche.

¿Es Él que ha vuelto? Dice la leyenda, que ha de venir el sabio hombre-Dios, protector de las artes y la conciencia de los hombres, para hablar a su pueblo. O quizá para cantarle, que es lo mismo, y decirle que el amor es la única respuesta posible.

Todo se potencia en esa plaza. Todo estalla. Se destruye un “nunca” y se construye un “ya” y en el momento en que los músicos del Mariachi Gama Mil salen al escenario, "obladí, obladá life goes on brah, lala how the life goes on", miles de gargantas cantan con ellos, miles de manos se elevan a la noche, miles de pupilas destellan euforia y esa deidad de cabellos claros se queda mirando fijamente a la multitud que lo venera.

Todos han llegado a tiempo. Lo mismo la familia de Heriberto González, de Nezahualcóyotl, que se ha formado desde temprano para colarse al primer cuadro del concierto aunque no sepan pronunciar bien eso de “On the Run”, que los grupos de la Prepa 9 que llegaron en camiones alquilados. Los vendedores de cigarros, de galletas, de refrescos sobre 20 de noviembre, o los que surten camisetas a 100 pesos en la entrada de Madero y cazan a los despistados que a las seis de la tarde quieren pasar todavía, cuando la plancha está a reventar. Los de los banderines y binoculares "a 30 la pieza", o el CD pirata -a diez, a diez, a diez-, en una romería incontenible, plena, tal como debió ser cuando la ciudad era un lago, los autos piraguas, el cielo esplendor y la vida otra.

En la noche de su llegada, el ídolo de carne y huesos canta, estruja y los herederos del pueblo guerrero se le entregan dócilmente. Van a escucharlo. Van a creerle: “Let it be”.

Quizá los antiguos presagios no han mentido, y lo ocurrido la noche del 10 de mayo de 2012 ha sido el anunciado regreso del hombre-dios que narran aquellas historias de los antiguos moradores de la Gran Tenochtitlán.

Después de la lluvia de fuego, de los ríos de sangre, de las hermosas ciudades destruidas en los años recientes en estas tierras, quizá es Él, que ha vuelto para hacer oír su voz que canta al cambio verdadero, al nuevo tiempo que es posible, cierto, inmenso, y se revela en dos estrofas:

“Hey, Jude, no lo hagas mal,

toma una canción triste y mejórala.

Recuerda dejarla dentro de tu corazón

y entonces podrás empezar a mejorarla.

Hey, Jude, no tengas miedo:

tú fuiste creado para salir y hacerla tuya,

en el momento que la sientas correr bajo tu piel,

entonces comienzas a mejorarla".

 Versión extendida de la crónica publicada en EL UNIVERSAL 


Una ciudad entumecida

06:16 horas. El Ángel de la Independencia a oscuras. Sobre Paseo de la Reforma sólo vamos seis automóviles. Tres de ida, con sus correspondientes abufandados, dos de regreso y uno que se estaciona frente a una palma con penacho iluminado de violeta. Los autobuses vacíos, la ciclopista libre. Esta ciudad, que ha de regresar a su normalidad el martes 3 de enero, todavía está en la cama. Adormecida.

Unos cuantos focos de luz apachurrada iluminan el campamento de ocupas que lleva semanas demandando un mundo mejor afuera de la Bolsa Mexicana de Valores. Ni un ánima a la vista, ni una policía, ni un reclamo callejero o sonido ajeno a los pocos ruidos de motor.

Algunas pancartas de mueven con el viento, pocos edificios encienden sus ventanas, y cuando pequeñas hojas viejas se desprenden de los matorrales que se secan frente a la indignante nueva sede del Senado, es fácil evocar a Tomas Tranströmer, el poeta del invierno vivo: “parecen páginas arrancadas del directorio telefónico. Nombres engullidos por el frío”.

06:50 horas. Ya clareó por completo y resulta un día nublado. Sobre Iturbide un hombre cargado con bufanda y guantes recoge, selecciona y empaqueta diarios y revistas de papel. “Cada vez se vende menos”, dice. Su oficio también parece vivir el invierno. Sobre Morelos van unos cuántos. ¿De veras hoy regresa el caos?

No es el frío peor, ni siquiera llega a los cero grados en la zona Centro, pero como la bruma matutina nos saca de la comodidad, nos obliga a la chamarra, a la bufanda, al chal que imita la lana con tejidos sintéticos, al atole de chocolate, al champurrado, decidimos gruñir a coro nuestra desventura: “¡Uy, qué pinche frío!”

07:00 horas. La gente empieza a aparecer. En la esquina de Bucareli y Turín un camión de la basura toca una campana. Se acercan tres personas. Los automóviles se multiplican, pero no por mucho.

Justo a las 7:01 ha de sonar la primera bocina. Mentada mañanera. La esquina de Bucareli, Cuauhtémoc, Río de la Loza y Arcos de Belén presagia caos. Qué otra cosa, si covergen automóviles, motocicletas, patrullas, grúas, metrobúses, bicicletas, peatones, comercios, acelere. Nadie se detiene a mirar.

La estación Cuauhtémoc libera friolentos. La vendedora de tamales, bizcochos y sángüiches que acapara la salida del Metro que da al Mercado Juárez se apresta a recuperarse: medio diciembre bajaron sus ventas. La última semana ni se puso. “Primeramente Dios”, dice convencida, “pero a ver si no hacen puente hasta el lunes 9”. Dos hombres disputan un taxi.

Una mujer embarazada gritonea a un bolero. ¿El piar de las aves puede escucharse en una avenida como Chapultepec?

Los oficiales de tránsito esperan un día pesado. El primer estorboso aparece a las 7:35 y con su pipa de gas que se queda en medio del cruce, sin dejar pasar a nadie. Merecida silbatina, la primera del año. El sonido de mentadas cosecha 2012.

Sobre taxis, desde el Metro, caminando el puente, los primeros niños llegan a la Primaria Horacio Mann. Si la entrada es a las 8, seguro van a faltar bastantes. A menos que lleguen en bola.

08:05 horas. “Se levanta en el mástil mi bandera, como un sol entre céfiros y trinos”, cantan los entumecidos niños de la primaria. Un integrante de la escolta se rehúsa a quitarse el chaleco rompevientos.

27 millones de estudiantes de todo el país deben volver a las aulas. En la ciudad de México hace frío. Debe haber menos de la mitad de alumnos, dicen las mamás. “Muchos maestros adelantaron clases para que vinieran hasta el 9”, comentan. “Qué inconciencia hacerlos venir con este frío”. Los niños esconden las manos en las chamarras, en los bolsillos. Es una escuela de manos con frío.

08:45 horas. “No es normal”, dice el policía. “Ha de ser el frío”. El Ángel, iluminado de nubes, no preside un caos vial. Lo que debía ser un atorón de autos, es un flujo constante, mesurado. La fuente de la Diana Cazadora se niega a ser un nudo de motores. Desde Mississipi hasta Sevilla, desde Bucareli hasta Las Lomas, la avenida es un trajinar sin interrupciones.

“La gente se quedó dormida”, dice el patrullero. Aparecen vendedores de orejeras, de bufandas, de gorritos. A 100 pesos la pieza, dice el muchacho.

¿Y el caos? La ciudad, friolenta, ha decidido quedarse en la cama.

09:40 horas. Un hombre muere dentro de una sucursal de Bancomer, dicen las noticias. La fila de usuarios lo mira morir sin inmutarse y el gerente del banco decide que la rutina continúe aún con el cuerpo tendido a cuatro pasos.

“¿Qué pesa más, la nieve o todo el frío?”, pregunta Alejandro Filio en un puesto de discos piratas.

Mañana de viento. Mañana de indiferencia. Aunque no salga a la calle, aunque se refugie en chamarras, bufandas y abrigos, la gente de esta ciudad ha regresado a su normalidad el martes 3 de enero. No es frío: es entumecimiento.♠

Publicado en El Universal


La ciudad de nadie...

Esta ciudad sólo pertenece a sus seis rinocerontes, a las quince ardillas que han sido vistas merodeando en el Parque México vacío de paseantes, a los cientos de patos y conejos, miles de peces, más de 6 millones de gatos y perros domésticos que ya estarán levantados a las ocho. Esta ciudad, la primera mañana del año 2012, solamente es de sus millones de ratones, de billones de cucarachas, moscas, gusanos, cochinillas y caracoles panteoneros que ocupan sus espacios: en las calles no hay gente. Y si hay, son unos cuantos.

Ha de ser el mismo efecto todos los años. Al bullicio de la víspera, al caos en los centros comerciales, el gentío en las plazas y mercados, los gritos en las calles, los claxonazos en las avenidas, la histeria en los embotellamientos, la neurosis del fin de año, se sucede siempre, como hecho irremediable, una mañana de paz inusitada, de serenidad pasmosa con edificios vacíos, sonido de hojas, trinos, calles tapizadas con restos de cuetes, botellas de cerveza, confeti, serpentinas, corcholatas, la fiesta terminada.

No ocurre igual, jamás, en algún otro día. La vida se detiene, literalmente se detiene, con las primeras horas del año que comienza. Los seres humanos, que confirmamos requerir de rituales para seguir viviendo.

Y cada fotografía, cada toma de televisión, cada crónica de radio e internet lo reconfirman: la mañana de año nuevo, la gente parece estar metida en algún lado. Como cargando la pila para volver a salir al mundo caótico y demencial que construimos juntos para todos nosotros.

Evaristo García, Don Evas, empleado de limpia de la zona centro del Paseo de la Reforma, trabaja ese día desde hace 18 años. Quizá sea el único hombre levantado a esas horas en ese lugar. Con su uniforme anaranjado, su gorra de los Cardenales de San Luis y sus guantes de cuero. Y empieza después de las 8 y media.

El 31 de diciembre por la tarde, cuando me lo encuentro casi frente a la embajada de Inglaterra, ya sabe lo que le va a tocar al día siguiente:

-Es un día bien tranquilo, por eso ni me apuro. A nosotros nos toca barrer en este sector de la colonia (las calles entre la embajada de Estados Unidos y la glorieta de la palma) y a los privados (a Sínder) les toca Reforma. Ni gente se ve. Ni ruido. Ya como a las 11 se empieza a ver más movimiento. Pero está muerto generalmente.

-¿Y no siente gacho ser el único que está levantado a esas horas el día primero?

- Pus nomás porque no hay dónde echar taco… no se pone la señora de los tamales de Lerma, ni los tacos de Tíber o Guadalquivir, ni las carnitas de Nilo… pero siempre están los ocsos. Y siempre te toca tu premio, (que un billete, que una cartera, que un relojito, una medalla, unas monedas)-

dice Don Evas, mientras hace un recuento esperanzado de lo que puede encontrarse, con un poco de suerte, al barrer las calles después del fin de fiesta.

-¿Y es el único día así?

-Los 25 son también tranquilos, pero el que más es el primero. Ahí sí se muere todo. Ni ratas de dos patas hay temprano. Ya luego llegan, tardecito porque hasta eso, se levantan tarde las huevonas.

Y tiene mucho de razón: la primera mañana del año la ciudad es insólita: los parques de la ciudad son para unos cuántos. El Periférico no es un estacionamiento. En el Metro alcanzas un asiento. En los cajeros automáticos difícilmente encuentras efectivo. No tienes que ser un gorila para conducir el automóvil, no se sabe de algún caso de persona que haya sido asaltada a las 9 de la mañana de un primero de enero.

Donde sí hay gente, y en todo caso pasado el mediodía, es en los caldos de gallina de la delegación Cuauhtémoc. Y en la birria de la colonia San Rafael. Y en los pozoles, garnachas y pancitas diseminados por toda la ciudad: es día para “curar la cruda” y los comederos son la parroquia habitual del feligrés del festejo.

En una ciudad de casi 9 millones de habitantes, con una población flotante de casi 20 millones, una mañana con sol y sin gentío es casi un milagro. Un prodigio que significa empezar de nuevo. Aunque sea un ratito, aunque sea momentáneo el fenómeno, la magia, magistralmente descrita por Don Evas:

“Como no hay gente, ni nada, como que las calles ventean más fuerte y no calienta tanto el sol. Está uno chambeando de a soledad… no, si hasta se extraña a los demás cabrones”.♠

Publicada en El Universal


Cada quien su Juárez

Aquí cada cual tiene su Juárez. Lo mismo la vendedora de maletines y peluches, que se erige en primera ambulante de las banquetas recién remodeladas, que los teporochos pedigüeños, las estatuas vivientes, la prostituta que se aposta en la esquina del Hotel Hilton, los compradores compulsivos de baratijas y piratería o las niñas ricas, recién desempacadas de Madrid, que quieren redescubrir el kitch que otros países admiran del mexicano, con una foto fantástica de los Reyes Magos.

Acaban de encender algunas de las nuevas farolas que iluminarán la avenida Juárez (quién sabe por qué sólo prendieron el tramo que va de Reforma a Humboldt) pero para la gente es suficiente: cientos, si no es que miles de capitalinos estrenan las bancas, utilizan las luminarias como flashes para sus fotos, pasean de un lado al otro de la avenida de tránsito detenido, corren, patinan, se besan, husmean, compran. Sobre todo compran.

Es un estallido de colores, de figuras, de ánimos, y ese bullicio de miércoles convierte la noche en cualquier mediodía dominical en plena Alameda: a 25 pesos los chicharrones de harina, dos blusas por 100 pesos, un sombrero por 75, los globos, “los peluches pa’l niño, la niña”, “la última aventura de Tom Cruz”, “estrenos del cine, las aventuras de Tintín”.

“No se han reportado contratiempos”, dice el oficial que custodia la romería al pie del monumento a Benito Juárez, “se detuvo a una persona que intentó robar el bolso de una ciudadana”. Mala suerte para él: a otros tantos raterillos jamás los agarraron.

Detrás de las nuevas palmeras, que insólitamente (por no decir estúpidamente) alguien decidió que eran la mejor opción para el entorno urbano, dos niños juegan con una pelota que tiene la figura del Gato con Botas, ajenos al jaloneo que una pareja protagoniza en la esquina de Iturbide, que llega a los gritos, a las amenazas, y es acallada por un policía, quien se acerca a preguntarle a la mujer por qué es que llora.

Anda la gente, en plena noche, tomando para sí sus respectivos Juárez. El de la feria y los Reyes, que es una algarabía interminable de luces, gritos, risas, esquites, fotos. El del comercio de cuanta cosa, con sus transacciones inagotables, sus monedas abaratadas y sus billetes siempre devaluados.

El del enamoramiento, con sus bancas que guardan secretos, promesas, insistencias. El de la arenga, con sus panfletos contra nuestros siempre corruptos y voraces políticos de todos los partidos. El del ligue, con sus quicios oscuros, sus rincones en penumbras, sus miradas furtivas y sus sí con los ojos. El de la pista, con sus conos y sus patines de hilera, con sus piruetas y sus aplausos. El de la cultura, con sus libros y sus películas de arte. El de la memoria, con su plaza que recuerda un terrible terremoto.

Anda la gente, en el último miércoles del año 2011, con sus hijos, parejas, acompañantes, sombras, fantasmas, con la parsimonia de quien vacaciona, mientras más de un centenar de policías se entrecruzan entre el gentío, más de un millar de reyes magos se disputan la esperanza, miles de ojos se cuelgan de las luces.

Anda la gente, camina, se acumula, se amontona en esa avenida de presencias y olvidos, con sus manos levantadas para recibir la limosna y sus bolsas arrastradas de tanto vagar, igual que anda con sus monedas vertidas, sus paquetes repletos y sus arrebatos. Sus pelucas y sus cuernos de reno, sus antenitas y sus gorros de Santa.

Anda la gente, en fin, en su avenida Juárez con banquetas nuevas, con luminarias nuevas, con nuevas señales, y torea como los autos que la embisten, torea al Metrobús, incluso a las bicicletas en ese paso de la muerte llamado la esquina de Balderas y Juárez, porque un torpe, torpísimo gobernante, olvidó que la gente, para andar, requiere la certeza de que ningún cafre le gritará, en medio de la noche, “apurate, pendejo, la pinche calle no es pa’ pasear”.♠

Publicado en El Universal


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