Por Luis Guillermo Hernández / Sexta W

@luisghernan

Leí su nombre y no lo creí: denunciado en el#MeTooPeriodistasMexicanos.

Ella lo acusaba de toquetearla, de quitarle la ropa, de insistir en el encuentro, de propasarse vulgarmente. Más allá de la torpeza de un cortejo de embriaguez, le exigía sexo pese a los muchos NO que ella le daba.

Con detalles precisos, denunciaba anónimamente a un sujeto a quien yo no podría identificar, a pesar de que es mi amigo desde hace unos veinte años. Y de plano, lo busqué:

-¡Güey, me acaban de decir que estás en la lista!… defiéndete con mucho tacto, con mucha mesura… quienes te conocemos, sabemos qué tipo de güey eres.

Su respuesta, inesperada para mí, pero congruente con él mismo, me dejó sin palabras:

-¡Carnal! Uno comete errores. A la morra que dice que la toqueteé… es cierto… estaba muy pedo (cosa que no justifica en nada el toqueteo). De los otros dos tuits, sé que no son ciertos. Habrá revanchas… y toca aguantar… aprender sobre todo… arrancar de raíz al macho que vive dentro de uno.

-Si te ves forzado, sal a decir que reconoces tu error. He decidido buscar ayuda especializada.

-No es fácil- me contestó. Pero tampoco es imposible cambiar. Tengo ayuda con mi terapeuta y mi novia.

La verdad es que sentí muy feo. Es uno de los tipos a quienes más respeto. Lo he visto en muchas circunstancias a lo largo de estos años, ebrios y sobrios, y pocos sujetos me parecen más lejanos del perfil del acosador que él. Incluso, se lo comenté así a nuestra amiga común: no, él no… él es como yo… y los tipos como nosotros seducimos con verbo, no nos hace falta acosar.

Incluso, lo reconozco, me burlé en privado del asunto, con algunos de mis amigos con quienes comentamos el tema: «a mí me van a acusar… pero de que ni las pelo, que ni las volteo a ver» o aún peor: «quienes somos guapos, no acosamos… para tener sexo, seleccionamos las mejores carnes de la manada».

Pero eso es una tontería. Una ESTUPIDEZ, pues. Hablando claro. Y lo lamento. Me disculpo por ello.

El acoso, la infravaloración de las mujeres es algo que está metido en nuestros genes, en nuestra educación, en nuestros procesos sociales, en nuestra idiosincracia. Está CLAVADO en cientos de frases aparentemente pueriles, pero cargadas de desprecio hacia ese sector de nuestra sociedad.

Está cincelado a sangre y fuego en nuestros usos y nuestras costumbres: ELLAS NO IMPORTAN. Y el acoso es sólo una de las muchas manifestaciones de esa verdad.

Leer las historias de reporteros, editores, redactores, fotógrafos, articulistas, editorialistas, columnistas acosadores sexuales, es entender a la perfección cómo funciona y ha funcionado la industria mediática mexicana. Y la sociedad toda. Porque el patrón es el mismo en cualquier ámbito.

La señal de alerta me la dio días después una muy estimada colega, a quien respeto muchísimo: tienen miedo.

-Voy viendo tus RT ( del #MeTooPeriodistasMexicanos #MeTooEscritoresMexicanos #MeTooMéxico) No me sorprende en nada. Aquí entre nos, ese tipo maltrató a una periodista también. Por eso ella ya no regresó a trabajar. Imagínate qué pérdida… entre muchos otros casos.

-Es terrible, pobres chicas. Estoy sorprendido de que muchos de mis amigos están en la lista. ¿Y los jefes lo saben?

-A un chico lo maltrató. A otras chicas las acosó. Nadie puede hacer nada, mientras nadie se queje. Pero tod@s le tememos.

Leer eso fue demoledor. Una de las más importantes colegas de mi sector, una mujer muy reconocida en su ámbito, LE TEME a un periodista que acosa, grita y maltrata mujeres, sin que nadie haga nada.

A esa certeza siguieron todas las demás: amigas muy cercanas, compañeras de trabajo a quienes respeto y estimo, colegas con quienes he convivido, personas respetables de mi ámbito, que iban soltando en las redes sus relatos de acoso, abuso, exclusión, rechazo, vergüenza, agresiones machistas.

¿En qué momento se pudrió todo? ¿Cómo permitimos, como sociedad, tocar ese fondo? ¿Cómo fue que alcanzamos la conclusión de que desproteger a una mitad de nuestra sociedad no nos traería consecuencias graves?

Tengo hermanas, tengo sobrinas, tengo primas, tengo cuñadas, tengo tías. Cuando alguna de ellas, a lo largo de la vida, ha tenido algún problema de esa índole, todos los hombres de la familia acuden a su rescate, a su protección. No hay sujeto que se atreva a tocarlas. Ellas son lo más importante que tenemos y lo mejor que somos.

¿Por qué no hice lo mismo con mis amigas, mis compañeras, mis colegas? Los periodistas que acosaron, que abusaron, que violentaron a esas mujeres son gente a quien conozco. Quizá, en algunos casos, hasta pude haber escuchado los rumores de su maltrato, ese güey se la madrea, pero no hice nada. No hicimos nada. Nunca. Nadie.

Por ello, ahora creo que es necesario actuar. Hacernos cargo, machos, de este asunto que va más allá del listado morboso de personas: macho es quien acosa, somete, golpea, pero también quien voltea la mirada. Y calla. Debemos acabar con el machismo de todos y de todas.

Entiendo cuál es el camino:

No volver a hacernos de la vista gorda. No volver a voltear la mirada. No volver a dejarlas solas. No volver a permitir que las lastimen, que las violen, que las agredan, que las violenten, sin consecuencias.

Creerle a ellas y entenderlos a ellos. Buscar, juntos, la reconciliación de una sociedad partida, escindida, rota de tantos #MeToo: Periodistas, Escritores, Músicos, Abogados, Políticos, Ingenieros, Comerciantes, Estudiantes…

No hacerlo así, no resolverlo todos y todas lo más pronto posible, es síntoma evidente de que nuestra sociedad merece estar podrida.

Y eso se paga caro.


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