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Recordaremos siempre esta Barcelona del 2012. Tú lo sabes.

Las largas caminatas matutinas del Puente de Calatrava hasta la Barceloneta, con el murmullo de las hojas de los plataneros cayendo por Bac de Roda, los grafitis del almacén en ruinas y el Mediterráneo atestiguando silencioso nuestros propios silencios.

Recordaremos, de vez en vez, a los buscadores de basura del Poblenou, a la elegante anciana catalana que recogía los panes de ayer de los contenedores de la avenida Meridiana, a los gatos entumidos de modorra en la pestilente terraza alquilada, al café de chinos que para subsistir debió cambiar su sazón oriental por la cocina casera española, a los helados de frutos rojos a medianoche en Las Ramblas y al olor a sal y sexo viejo del mar cerca de las cinco de la tarde.

Recordaremos el frío de noviembre, claro, y los colores desvanecidos de los escaparates del Paseo de Gracia. Nuestras citas en la esquina de la MacStore de Plaza Catalunya y una Luna a medias sobre el elegante Corte Inglés, ese sitio al que nunca entramos porque la vida de becario jamás da para tanto.

Reviviremos al arrogante gentío individualista de la línea 3 y a los atribulados exprimermundistas que caminaban entre empellones por Plaza Universitat, los croissant tibios y estúpidamente caros, las palomas gordas de comer porquería, tu café caliente, mi Vichy catalán con el limón que ahí se llamaba lima y el pan que tanto te ha gustado con licor de Moscatel.

Recordaremos que, un día, en esas calles que hablaban de prosperidad perdida, consumamos tu primer libro y mi posgrado, viendo películas baratas en la filmoteca del Raval, con su plaza repleta de paquistaníes que a cada rato me confundían con uno de los suyos o de prostitutas con senos imposibles, que de seguro aprendieron a reconocernos de tanto que nos veían:

– hola, mexicano… hola wey.

Recordaremos el té indio de Sant Antoni, se dice hindú, tontito, se dice hindú, el mal vino gachupín de a dos euros la botella, esas patatas que de bravas sólo tuvieron el apelativo y los chorros de grasa, la lectura nocturna, reposada, fascinante, de mis pasajes favoritos de El Quijote que tú apenas escuchabas entre sueños.

Recordaremos nuestro piso en Sagrera, nuestro elegante chalet en Lliça d’Amunt, claro, el desmadre y las carcajadas multinacionales, las cenas caóticas y los amaneceres de cara al mar o de espaldas al bosque, precisamente aquella llovizna que ya sabes, las miradas cómplices, la nauseabunda tanga del Pau y los gritos siempre histéricos de Facu, el maullido del Taco y el susurro de mi miedo mientras escalaba los bosques catalanes.

Lo he dicho siempre, ¿recuerdas?: «nos iremos borrando como lienzos, trazo por trazo… del color de nuestra piel no quedará nada». Ese es el destino último y verdadero de todos los seres vivos, de todas las cosas vivas.

Pero sobre ello, sobre esa condición de finitud que nos define, tu y yo un día recordaremos ese momento en particular, cercano a mi cumpleaños, cuando me dijiste eso que sólo tu, Barcelona y yo escuchamos claramente en medio de la noche.

Ese momento sí es eterno. Sobrevivirá a todos nosotros. Y ha de ser solamente nuestro.IMG_4880

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