Luis Guillermo Hernández

@luisghernan

Quiero entenderlos. Y no puedo.

Quiero empatizar con su indignación, con sus «¡nos quieren callar!», sus «¡a mí no van a intimidarme!», sus «¡yo siempre he sido crítica!», y nomás no llego a la empatía. Ni a la coincidencia. Ni a la consideración.

No dejo de pensar en esas cifras, desde que las conocimos hace unos cuantos días a través del periódico Reforma: mil ochenta y un millones de pesos en cinco años. Un mil 81 millones. 1’081,000,000.00

Quiero defenderlos, pues, «porque si atacan a uno nos atacan a todos», pero sólo atino a pensar: «qué élite más voraz es ésta, que lo acaparó todo, que lo quiso todo. Absolutamente todo».

Pienso en los colegas reporteros y reporteras con quienes he platicado a lo largo del último año, desde que volví a México. Esos que me plantean el panorama más desolador que hayamos vivido en los medios: sin esperanza, sin expectativa, sin nada.

Pienso en el Apocalipsis en Medios que hace unas semanas compartimos (la columna más replicada, más de 18 mil vistas hasta ahora, de este proyecto embrionario que es Sexta W) y se me borra toda posibilidad de empatía con ellos, con ellas, con esa élite.

No se trata sólo de dinero. Qué fácil respuesta toda aquella que se reduce sólo a cantidades de papel moneda.

Mi indignación es por una cuestión más profundo y permanente: su traición.

Traición a sus pares, empleados, colegas de sus propios medios, de quienes se nutrieron, de quienes succionaron información, datos, cifras, fuentes, sin retribuirles apenas nada.

Traición, porque la mayoría de ellos, de ellas, también era parte de ese conjunto de medios que despidió a decenas, cientos, miles de reporteros, reporteras, camarógrafos, fotógrafos, editores, redactores, diseñadores, programadores, ilustradores, sin que alguno de los integrantes de esa élite haya movido un sólo dedo para cambiar las cosas, para llamar alerta, para ser solidaria.

Traición, porque la mayoría de ellos y de ellas se sirvió con la única cuchara que quedaba en el festín que termina hoy en resaca brutal. Con la única cuchara se sirvieron, sin dejar apenas nada para el resto.

Traición, porque muchos de ellos y ellas han acaparado los espacios en todas las plataformas, multiplicando sus figuras personales, su omnipresencia mediática, sin compartir con nadie: primero ellos, luego ellos, y al final ellos. Ellas.

Quiero sentir empatía, de verdad. Quiero ver ese peligro de censura que claman en sus respectivos medios, pero no puede nacerme ningún sentimiento empático con una élite omnipresente en lo mediático e implacable en lo económico: una élite voraz que dejó a quienes les rodeaban naufragar a su suerte.

Es cuestión de elegir cualquiera de los nombres que aparecen en el listado.

El periodista fulano de tal, registrado con tantos millones en las listas del Reforma, era director, subdirector, jefe de información o coordinador de sección de algún medio tradicional, desde donde dictaba agenda, planteaba temáticas, decidía coberturas, jerarquizaba informaciones.

Y ese periodista, además era conductor, colaborador, comentarista a sueldo de algún destacado espacio en televisión.

Y además era conductor, colaborador, comentarista a sueldo de algún espacio en radio.

Y además era conductor, colaborador, comentarista a sueldo de algún espacio en medio digital… o tenía su propio chayoblog.

Y además era autor a sueldo de una columna de opinión, de un artículo periódico, de un texto cotidiano en algún medio impreso.

Y ese periodista casi invariablemente calló ante los despidos masivos en sus medios. Calló ante las injusticias laborales y profesionales que ocurrían ante sus narices. Calló ante el oprobio.

Ellos sí ganaron en todos estos años ¿Y sus compañeros despedidos? ¿Sus colegas a quienes han pauperizado las condiciones laborales? ¿Sus pares que ganaban 8 mil o 6 mil pesos al mes? ¿Sus empleados sin seguro médico? ¿Sus asistentes sin vales de despensa? ¿Sus colaboradoras sin retribución ninguna?

«Soy un periodista libre», dicen todos, todas. Sí.

Puedo, con esfuerzos, no ponerlo eso en duda. ¿Pero… y su silencio en la hecatombe?

Su silencio es la evidencia: la misma profunda inequidad en la distribución de la riqueza que puede comprobarse en la sociedad mexicana, se ve reflejada en la profunda inequidad de los medios.

El mismo contraste que se observa en el país, entre una pequeña élite multimillonaria y una gran masa empobrecida, se observa en la entraña de los medios. Y eso sí que es una traición.

No se trata de condenar a quienes hacen fortunas con su periodismo. No. Cada quien decide el modo en que lleva el pan a su mesa, la integridad a su espejo y la verdad a su trabajo.

Esto va de algo más: de entender que el apocalipsis mediático mexicano no puede explicarse sin la acción de una élite voraz, oportunista, que trepó a la cima de un modelo que engullía millones y escupía mentiras en beneficio de unos cuantos.

Esto va de entender que el Hampa del Periodismo existe, ha existido por décadas… y cobró millones por hacerlo.

Cuando estalló el escándalo, muchos de ellos salieron a «limpiar su nombre», muchos de ellos quisieron explicar lo que a todas luces ha sido un hecho que no requiere mayor explicación. Y muchos colegas se acercaron a manifestarme lo que aquí les comento. Y están enojados.

A alguno de ellos, un colega a quien consideré mi amigo muchos años, a quien me unió un respeto profesional y personal que ya no existe, le escribí en medio de la tormenta:

«Mejor sería el silencio. La gente está muy enojada con ustedes», le dije.

No hubo respuesta. Tampoco la esperaba. Si algo aprendió esa élite mediática que gobernó los medios mexicanos durante las últimas décadas, es a considerar su voz como la única, su visión como la correcta y su palabra como la verdad.

Ya no insistí. No era necesario. Supongo que cada una de ellas y cada uno de ellos irá enfrentándose a sus respectivas realidades a su debido tiempo.

Yo, verdaderamente triste, decepcionado, sólo le dejé una tercia de palabras, a modo de despedida:

«Han sido descubiertos».

P.D.

Creo que la inclusión del periodista Daniel Moreno, director del portal Animal Político, es un asunto que el Coordinador General de Comunicación Social de la Presidencia, Jesús Ramírez Cuevas, debería aclarar. Y explicar.

Su aparición en ese listado de oprobio, según ha podido confirmar la avalancha de apoyos y voces de respaldo casi unánimes, parece obedecer a una lógica distinta, y distante, de la que motivó la revelación de los pagos que desde el gobierno de Enrique Peña Nieto se hicieron a columnistas y periodistas. Más que un error, dijeron cientos, es una afrenta.

Aunque es un periodista muy cercano al conservadurismo panista, del que fue pieza mediática clave durante el sexenio de Felipe Calderón, Moreno no debería estar integrado en esa lista.

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