Luis Guillermo Hernández / @luisghernan

La realidad es vasta. Algunos dicen que inabarcable casi. Y en esa vastedad está la riqueza inagotable del periodismo.

Dice Edward Abbey que hay un género de poesía, incluso un género de verdad, en el dato simple: “como no puedo meter el desierto entero en un libro, lo mismo que un pescador no puede sacar el mar entero en su red, he intentado crear un mundo de palabras en el que el desierto figura como medio más que como material. El objetivo no ha sido la imitación sino la evocación”.

Y las palabras del naturalista, quien logra arrancar al sinuoso desierto de Utah los colores precisos de sus atardeceres veraniegos, suponen un verdadero marco ético para quienes, como los periodistas, nos dedicamos a la interpretación de los hechos del mundo y nuestro tiempo.

Confío mucho en la exploración de nuevas narrativas periodísticas, en el ensayo de las hibridaciones que, como he intentado mostrar, comparten códigos que los periodistas tradicionales pueden adoptar y adaptar para la renovación constante de los géneros y prácticas de la profesión. Confío en la búsqueda de nuevos caminos y nuevas formas de expresión, como la mejor apuesta ganadora del periodismo moderno. 

Dijo el legendario periodista argentino Tomás Eloy Martínez: si hay narración y hay investigación, el periodismo tiene futuro. Y yo le creo.

Pero las exploraciones y la pertinencia social de la profesión periodística futura dependen de marcos éticos claros, como también he intentado mostrar a través de las voces que exploran todos estos caminos. Márgenes definidos que permitan al intérprete de la realidad discernir entre lo viable y lo conveniente, entre lo idóneo y lo descartable. Sin ese marco, es difícil que la profesión sea útil para la sociedad. Incluso un conjunto de ideas sueltas es suficiente:

El verdadero periodista literario… ama la exactitud… es un intérprete de su tiempo, no su inventor… observa, degusta, huele, siente, escucha…jamás teme ser vulgar, franco o chillón… no vive para los premios, sino para las historias… conoce las reglas de la armonía en la música… comprende perfectamente la diferencia entre hecho y mentira… simplifica lo complejo y complejiza lo simple… respeta, sereno, el derecho a callar… mira a los ojos de quien le habla… busca con la metáfora la vida de los hechos, pero rechaza que los hechos sean sólo una metáfora… toma posición, porque siente, piensa: vive… observa la realidad y la analiza, no la inventa… da voz a los otros, no sólo a sí mismo… se moja en las tormentas, no las imagina… dibuja de los humanos lo claro y lo oscuro… recopila los datos informativos, no los adjetivos… es muy poco Indiana Jones y mucho Malinowski… el verdadero periodista literario duda… es humilde: sabe que hubo un Michael Herr… recorta pedazos de la realidad, no de la fantasía… es un orfebre de la analepsis y la prolepsis… busca en sus emociones la razón de los otros… sabe que en la palabra de Gay Talese habita la Verdad… y que Martín Luis Guzmán siguió a Pancho Villa durante años, para identificar ese temblor de labios que enmarca una duda… por eso, el periodista literario trabaja con el tiempo… no resume días, sino momentos… no enumera muertos, resucita historias… vive las historias como un antropólogo, no como un rockstar… no tiene fusil al hombro, sino lápiz y papel… espera, en silencio, hasta que ellos o ellas dejan de llorar… entiende la distancia entre la noche y los días, porque entre la noche y los días hay una distancia enorme… el periodista literario verdadero es meticuloso… el periodista literario no es el aire, ni la luz, ni los colores: es un intérprete del aire, la luz y los colores que plasma con sus sentidos… respeta cada voz de una polifonía… y, como los artistas, se entrega pleno al empeño de extraer de la realidad una palabra, un lienzo, una canción, una figura, un poema que reflejen la brevedad de su paso, y el de todos los demás, por este mundo… porque el verdadero periodista literario puede transmitir el olor preciso de una rosa madura, el sabor correcto de una mandarina desgajada el uno de diciembre, los colores tortuosos de una ráfaga de metralleta, la textura precisa de la lágrima de una madre que busca a su hijo… tiene temor, todo el temor de equivocarse… sabe que John Hersey también lloró… el verdadero periodista literario sabe que la sangre es tibia si brota de un cadáver desollado… entiende de Gabo su Samuel Burkart y ama de Gabo eso y todo lo demás… cuestiona cada atardecer que lo fascina… se sumerge en los hechos, para buscar preguntas… ríe… llora, canta, gime. Ya se dijo: es un ser humano… bebe a diario del agua que lleva el río de las palabras… busca en el pasado las claves del presente… no tiene sed de reconocimiento, tiene sed de entendimiento…es paciente… paciente… muy… muy… muy… muy… paciente… escucha de cada ave el trino distinto, único… no construye adoratorios ni crea apologías… no es un lobo, ni un buitre… no crea compromisos ni funda cofradías… el verdadero periodista literario, a la manera de Wolfe, busca en las calles una explicación a coro… rechaza los boletines oficiales, pero tras examinarlos… abreva de las historias cotidianas… se detiene a observar a los perros de un parque citadino…mira a su alrededor en los cafés de la avenida…

Periodismo Literario (2017)

…otea en los mercados sobre ruedas que tapian de lonas rosas la avenida donde habita…como Garibay, se abraza, se emborracha, se ríe, se hastía con su entrevistado, si le nace hacerlo… estalla de rabia o de júbilo ¿por qué no?… si entra en la escena del crimen, lo hace como una sombra no como Sherlock Holmes…confirma el vuelo que siguen las hojas de los árboles al caer… escucha atento, a la espera de la frase precisa… mira por la ventana hacia la vida de los otros… no es buitre en los sepelios, sino flor en un vaso…es menos el juez en el juzgado y más el perito en el lugar de los hechos… pero no es Dios… no pretende serlo… no es omnipresente… ¿cómo podría?… el periodista literario verdadero indaga el dramatismo y la sustancia de una cascarita llanera… penetra curioso en el entramado del poder… porque en los usos del poder hay respuestas para todos los seres humanos… y hace muchas preguntas: el periodista literario pregunta… y lee… no puede pretender escribir nada, absolutamente nada, sin haber leído antes las grandes novelas y obras de teatro del mundo, sin haber leído antes los grandes reportajes, las grandes entrevistas y las grandes crónicas del mundo… porque el periodista literario no se intoxica de realidad: es buen bebedor de hechos… no se embriaga con aplausos: a todos nos espera cierta forma del olvido… pero es consciente de que en su fracción de vida tiene una tarea: interpretar con veracidad su paso, y el de los demás, por este mundo.

Ese es su trabajo, sobre todos lo demás: Ese.

(*) Epílogo del libro Periodismo Literario. El arte de contar historias (Comunicación Social Ediciones, Salamanca, 2017)

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