En el año 2009 trabajé en un proyecto que me pareció importante: escuchar las voces de una treintena de jóvenes periodistas mexicanos, que comenzaban a despuntar como figuras significativas en los medios nacionales.

Periodistas de medios impresos, que trabajaban desde sus respectivas trincheras y géneros en el impulso a un periodismo distinto, talentoso, ambicioso, para narrar el México que ya desde entonces se nos derrumbaba a pedazos.

Uno de ellos era Javier Valdez.

El proyecto, titulado Relatos de un país al límite, murió inédito ante el rechazo de múltiples editoriales mexicanas que lo consideraron irrelevante.

Yo no.

Y recuperar esta conversación con Javier, a un mes de su asesinato, me permite decir, como le dije  entonces:

– Compa, este es mi humilde homenaje a un colega reportero ante quien me pongo de pie.

 

valdezSoy un tipo vago.

Le apuesto a la calle en lugar de las oficinas y las conferencias de prensa. Sí. Un reportero que le apuesta más al ser humano y a las historias de la calle, que a las de oficinas y políticos y dirigentes. Quizá por eso creo que he sido aventurero en muchos sentidos. Y también temerario.

Me pregunto siempre si la nota está terminada, si ya puedo soltarla y aún después de entregarla pienso si le falta algo, si me va a meter en problemas.  Pero el periodismo siempre es meterse en muchos problemas. ¿No?

Trato de mirar más allá de las palabras y escudriñar los sentimientos, la mirada, las personas, sus ademanes. El ser humano y la escenografía urbana o rural en que se me presentan las historias. Porque me gustan más las historias que las notas periodísticas. Creo que aún el texto más elemental amerita un mínimo trabajo de observación, análisis, para que no se lo presentes al lector de botepronto.

Si me preguntan –soy un sociólogo por la Universidad Autónoma de Sinaloa metido a periodista- les diría que las lecturas que me formaron en realidad son más literarias, que periodísticas o académicas. Sí. Sobre todo una: Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman.

Otras son La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo; obras de César Vallejo, que era un poeta peruano. También Charles Bukowski, y Rubem Fonseca; Álvaro Mutis, García Márquez, Benedetti… los policiacos Chandler, Hamet y James Elroy, el mexicano Xavier Velasco y también Juan José Millás.

Después de la carrera me seguí preparando, claro.

Cuando estaba en el periódico Noroeste, en Culiacán, porque era política de la empresa, pero además porque me interesaba. Creo que hay que actualizarse, revisar lo que uno hace, mirarse al espejo, autocriticarse, y ejercer un acto de reempezar y renovarse. Eso: reempezar y renovarse.

Creo que la capacitación y especialización no se dan mucho en el periodismo, con todo y que son muy importantes. Si ves el periodismo mexicano en general, lo llegas a notar:  creo que nos hemos dedicado mucho a cubrir políticos, dirigentes, funcionarios y edificios, y que este periodismo se ha olvidado de la calle, las plazuelas, la vida nocturna, los taxistas y los boleros.

Creo que el ciudadano de a pie, de la calle, debe verse en las páginas de los diarios y en los segmentos noticiosos de radio y televisión.

Además, también creo que hace falta más investigación periodística, y no irse únicamente con las declaraciones.

Los sueldos son bajos y no hay posibilidades de desarrollo más que en función del desarrollo que uno mismo, profesional y personal, se imponga. Las nuevas tecnologías han sido aprovechadas para dejar la calle y creo que es un extremo, porque se ha abusado de ésta y se ha olvidado que es una herramienta, nada más.

Desgraciadamente el periodismo ha denunciado, pero al periodismo también le ha faltado sociedad: no hay ciudadanía en muchas regiones del país ni una cultura de medios que le permita al político –porque no lee periódicos- retomar un reportaje para denunciarlo, llevarlo al congreso, asumir una postura pública, y muchos trabajos del reportero se quedan en las planas de los diarios. A esto se suma el cinismo de los nuevos políticos: ya no les importa qué publiquen los periódicos.

El gobierno le sigue apostando a publicar obras en los medios a cambio de silencio, igual que los empresarios. Y muchos empresarios con capacidad económica le apuestan a financiar campañas y partidos, para luego cobrar favores, en lugar de publicitarse en los medios y fortalecerlos.

No digo que todo sea malo. No. Creo que afortunadamente hay una prensa más crítica, pero todavía atrapada en los grupos de poder, de dentro y fuera del gobierno. Y con una agenda más política, que social y humana.

Sin embargo, ahora se depende menos del gobierno y de los partidos, pero creo que todavía hace falta más presencia ciudadana, de organismos y de los mismos empresarios, para que cada quien aporte en el desarrollo democrático.

Y creo que los medios, con su ejercicio crítico, de investigación, de denuncia, pueden contribuir a un mejor panorama ciudadano, de respeto a los derechos, menos propicio para el abuso y la impunidad. Lo creo.

Empecé repitiendo los vicios de todos

¿Qué si en la prensa mexicana existe la maldición de la pirámide invertida, la declaracionitis?

Bueno, yo creo que la pirámide invertida es básica, pero no es una camisa de fuerza. A mi, en particular me gusta más combinar este esquema con nuevas formas de contar y escribir y trabajar las historias.

Aunque te voy a decir: yo empecé repitiendo los vicios de otros ¿eh? como todos, pero siempre quise incluir en mis textos una prosa poética, que no fuera lo de siempre, lo fácil. Algo así como los sentimientos.

Hoy mis herramientas de trabajo son: escuchar. El oído, herramienta en desuso. Y la vista: mirar, observar, escarbar. Acudir con la gente, platicar, conversar, tomar nota, retratar gestos, calles, esquinas y quedarme con sus miradas, sudores y palabras.

Creo que es necesario desnudar el ambiente de violencia, de constante acechanza, de sicosis y paranoia, en que la gente vive sus días, va al trabajo o a la escuela, anda por la calle y realiza sus actividades cotidianas.

Pero… la verdad es que no pude romper los vicios del gremio periodístico sino hasta que conocí a quiénes sí los habían roto y practicaban otra forma de hacer periodismo, que fue cuando tuve contacto con personas de otros medios que no eran el mío, los de la prensa escrita, específicamente Noroeste.

Yo ya había trabajado en El diario de Sinaloa, que ya no existe, a principios de los noventa, luego en Canal 3 de televisión, en el diario Noroeste. Actualmente soy reportero fundador del semanario Ríodoce y corresponsal de La Jornada.

Pero fui conociendo referentes: el trabajo de Gabriel García Márquez, por su prosa; a Kapuscinski, por su verticalidad, humanismo y tezón, además de su prosa; a Jesús Blancornelas por esa terquedad y la capacidad para hacerse de información; a J.M. Servín, por su capacidad para construir historias tomando como base un hecho policiaco, y al Alejandro Almazán, por su prosa.

¿Pero sabes qué? Nunca pretendí ser reportero. Yo siempre quise escribir, pero académicamente o como un escritor, un narrador.

Un día un hermano me dice que hay chamba de reportero y le entro y me aprueban y ya. Fue una trampa. Pero mi formación como sociólogo, mis lecturas, mi perspectiva crítica, me han ayudado.

¿Qué si me especialicé? No. No sé si sea especialización. Primero me gustó mucho lo urbano, la ciudad como personaje, las plazuelas, cafés, cantinas, las mujeres, la vida noctura, las partes altas de los edificios, los baldíos y rituales del chapopote.

Creo que al periodismo le falta vida y la vida está en la calle.

Ahora, con el ser humano en el centro, me he dedicado en gran medida a la crónica del narco, porque es lo que hay acá, pero también porque creo que es necesario desentrañar más allá de los hechos policiacos.

Porque el narco… el narco no es un problema policiaco, sino una forma de vida. Y creo que hay que contar eso, no como los buenos y los malos, sino simplemente decir esto es, esto tenemos, esto pasó.

Porque yo, si te soy honesto, lo que quiero es contar, a veces denunciar… que la gente se entere, que asuma una postura, provocar y compartir una vivencia.

No digo que no sea dificil, sí. Difícil por la acechanza del narco y la especie de toque de queda del Ejército y sus operativos. Pero creo que hay muchas cosas que deben ser contadas y pubicadas en los diarios, en la radio y la televisión, pero que no las vemos porque nos hemos enfocado mucho a los eventos, los políticos, los edificios, olvidándonos de la gente y sus problemas cotidianos.

Y tienes tus límites. Sí, es evidente que hay instituciones y personas que no se pueden tocar o criticar en los grandes medios, a quienes se les “cuida” para que no salgan “raspados” en algún conflicto.

Ahora, al periodista le meten un AK-47

Si algo rechazo, es la censura. Totalmente.

La censura es una forma de mutilación del alma del periodista y de la persona en general.

Antes se les amenazaba -los políticos y personajes económicamente poderosos- para que no hicieran tal nota. Luego se les retacaba la boca de billetes para que no escribieran. Ahora ya no.

Ahora, al periodista le meten un cañón de fusil AK-47 por parte del narco, matones y policías y militares a su servicio.

Pero también hay un ambiente de amenaza constante que existe en medio de operativos policiacos y militares y actos salvajes del crimen organizado.

Por eso voy contra eso.

Censurar es mutilar, prohibir: no protestes, no digas, no escribas no respires.

Afecta a los periodistas pero también al ciudadano común. Ahora la principal amenaza o los principales censores son el ejército y los narcos, por la llamada “guerra” (Nota: se refiere a la guerra contra el narcotráfico declarada entre 2006 y 2012 por el gobierno de Felipe Calderón que, por hacerse sin estudios previos ni análisis precisos, desató una carnicería que dejó más de 100 mil muertos en el país).

Aunque los dueños de los medios informativos, el gobierno y los poderosos en general siguen estando ahí para darnos línea y dictarnos a quién tocar y a quién no.

Yo la censura la he padecido porque el ambiente en el que uno desarrolla el trabajo periodístico no es propicio para el periodismo.

Uno ya no piensa en el editor o el jefe de información o el lector a la hora de escribir una nota, sino en el narco, el matón, el operador que anda suelto, armado, protegido por la policía, que se pasea impunemente por las calles de cualquier ciudad.

Ese ambiente, sin que haya una amenaza directa, es amenazante: como si siempre hubiera un francotirador apuntándote, esperando, al acecho, para la celada, para jalar el gatillo.

* * *

–       Javier: ¿por qué vale la pena ser periodista en estos días?

–       Vale la pena porque todavía hay mucho qué contar, porque la ciudadanía, con todo y que dice te voy a echar al periódico, todavía no se ve en los medios.

Tenemos que contar sus historias, aparentemente cotidianas y sin chiste, pero que son trascendentales. Y enlazarlas con los grandes problemas de la ciudad, el estado y el país.

Creo que al periodista le falta leer, prepararse, toparse con un buen cuento, una novela, unos versos, cambiar el lenguaje en sus notas, atrapar al lector, a la gente común, para que ésta vea sus broncas retratadas en las páginas y los segmentos de medios electrónicos.

Creo que por eso y porque este país poco ha cambiado, que vale la pena escribir, hacer periodismo.

¡NO AL SILENCIO!

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