Crónica urbana

"Sicosis" con guitarra hace aullar al Reclusorio Sur

De por sí la banda ya andaba bien prendida, echándole chiflidos y mentadas al tipo del sonido, porque a veces las bocinas jalaban “machín”, pero casi siempre no, puro chillido de gato atropellado, puro güíiii-güíii que sacaba de onda a los artistas, a los jueces, a los cábulas de las primeras filas que nomás se partían de la risa y echaban carrilla.

De por sí, entonces, la banda del Reclusorio Sur ya estaba calientita, como buen respetable en tarde de Festival, cuando se les puso enfrente la guitarra de Sicosis, su grupo de bailarines con enfermedades mentales, sus aullidos: el auditorio fue un castillo de arena que empezó a desmoronarse.

-¡Ora sí quiero que todos me la mienten, cabronees!-, saludaba Raúl Cabañas, mientras los chiflidos lo rodeaban entero. “Qué chida es mi banda”, gritaba, y comenzaba a rascar su acústica medio rota, a volverse poco a poco un hombre de madera y cuerdas, a dejar que su cuerpo comenzara a diluirse en el sonido, hombre y guitarra, mientras los asistentes, todos, entraban en ese trance de trueno de cohete, que comenzaba en sus orejas y terminaba disparado en sus aplausos, patadas, alaridos.

“¡Presta pa’ andar iguales!”, gritaba un defraudador en la fila 9. “¡Así papaaá, perrrooooón!”, un asaltante en la 14. Raúl rascaba la lira como un endemoniado, y su rock and roll, del meritito Three Souls donde él era el legendario Sergio Mancera, levantaba de sus asientos a los internos, hacía enloquecer hasta a sus compas del Cevarepsi, “ahí, mi carnal, el tambo donde duermen los tocados”, quienes bailaban detrás suyo en un errático pero alucinante maremágmun de seres liberados por los acordes. Friedrich Nietzche tenía razón: “sin música, la vida sería un error”.

En la final del Tercer Festival de Canto inter-reclusorios en la ciudad de México, “Voces en Libertad”, Raúl ya no era Raúl, un primo-delincuente que, tras un violento ataque sicótico producto de años clavado en las drogas duras, fue recluido por robo en el Oriente y luego trasladado al Centro Varonil de Rehabilitación Psicosocial. Ya no fue el chavo de 24 años, dos hijas, un cuadro de inestabilidad emocional bajo tratamiento siquiátrico, sino Sicosis, el dueño de la escena. Ya no el muchacho flaco, ojos amielados, peló casi a rape, mirada perdida, quien se encorvaba como árbol cansado y hablaba atropellado, a veces como ausente, a veces acelerado, en esos súbitos arriba y debajo de quien rebasa el límite. Ya era sobre todo la estrella de la tarde.

Y no había sido una tarea fácil. César, un salsero que en un par de años habrá de dejar el Reclusorio Sur, tenía al público en la bolsa: además de ser el de la casa, había sacado de la garganta una insospechada tesitura de barítono, bien escondida en un regordete muchacho treintañero preso desde los 22 años, quien hizo que la salsa de Marc Anthony rozara notas insospechadas, tonos oscuros privilegiados, oro futuro: “yo, que te conozco bien, me atrevería a jurar que vas a regresar, que tocarás mi puerta…”

Había habido muchos gallos, claro. La voz que taladraba con chirridos, el desvarío folclórico, la baladista gritona, el Valentín Elizalde aún peor desafinado, pero también asombros: el muchacho, Miguel Ángel, cuya voz era casi idéntica a la del mejor Alejandro Fernández. Hansell, el chavo que llegó “desde el lejano Oriente” y calló, a punta de espectacularidad, a todos los maloras que al principio le mentaban la madre y le gritaban divertidos, “ni la música te quiere, wey”.

Y Miguel Ángel Rodríguez, un interno de la Penitenciaría que sorprendía a Viola Trigo y a los otros jurados, por lo integral de su propuesta. Compositor inspirado, de una voz contratenor con resonancias espectaculares, brillante, que al interpretar “Alfonsina y el mar” lograba que la jauría del auditorio se silenciara mansamente, apaciguada, domada por una guitarra virtuosa y una voz de serenidad y arte.

Al final ganaría, por cierto. Para el jurado, Sicosis merecería el tercer lugar en un concurso “de voces, no de carisma”. Miguel Ángel, el contratenor, y César, el salsero barítono, le ganarían la partida, los 5 mil y los 3 mil de los dos primeros lugares.

Campeón sin corona, Sicosis terminaba contento roleando al Tri, con su premio de aullidos, silbidos que le garantizaban el retorno el año que entra y la libertad desde ahora:

-¿En qué piensas cuando estás tocando?

-“Cuando estoy tocando siento una emoción que no puedo describir. Esos juegos son improvisaciones, no las pienso sino que salen de la cabeza, sin pensar, como si alguien tocara por mi”.

Se aferra a su guitarra, mira a su banda, a los internos que todavía le aplauden, y les grita, con los dedos en V: “y que vivan las pedas, los chochos y el perico”.♠

Publicado en El Universal


"¡Soy una puta!"

Camina en medio de miles. Vacila brevemente y cuando parece que nadie va a escucharla gritar contra el machismo, contra siglos enteros preñados de prejuicios, de acoso, de sumisión, Joyce eleva sus brazos hacia el cielo, hace un par de alas con ellos y deja que sus senos, jóvenes redondeces morenas, queden liberados.

Entonces cientos de miradas se le agolpan, panales de morbo y cámaras fotográficas, flashes que destellan en aureolas y pezones, como si nunca antes hubieran existido senos en el mundo. Pero Joyce avanza, está libre. La artista y estudiante de música de 25 años se yergue sin ruborizarse un átomo, voltea a ver a su madre, Juana María, y sabe que ha ganado una batalla: ha perdido el miedo.

Está siendo acosada por hombres que la devoran, la recorren pupila tras pupila, pero ella se flanquea con su propia fortaleza recién obtenida: “ya no quiero sentir temor, ya no quiero esconder mi cuerpo para que los hombres no me agredan. Si quieren mirarme, mírenme; si quieren tomarme fotos, tómen- las, pero cuando digo no, es no”.

Está en la “Marcha de las putas”. Una movilización que ha nacido en las redes sociales, como respuesta a tanto estigma: “una mujer es agredida sexualmente, acosada, maltratada, asesinada, si se viste como prostituta, si usa escote, si viste encajes, si coquetea, si se pone minifalda, si anda sola por la calle, si es femenina”.

Es la marcha que ha surgido como un grito contra miles de homicidios sin esclarecer, de historias repetidas, contra una cultura que las somete. Contra los gobernantes que justifican su inoperancia en acusaciones fáciles: “si la mataron, es porque andaba de puta”.

Caminan todas, alrededor de 7 mil según los organizadores y entre 3 y 4 mil de acuerdo con versiones de la policía capitalina, desde la glorieta de la Palma hasta el hemiciclo a Benito Juárez, para volcar sus “basta de acoso” como estandarte de una lucha distinta. No son feministas, ni son “machorras”, no quieren acabar con los hombres, sólo quieren sentirse respetadas, protegidas.

“Tengo un doctorado en Neurocirugía”, dice Mayra, “pero ninguno de mis colegas, cuando habla conmigo, me mira a los ojos”. “Acabo de entrar a trabajar”, dice Lorena, “y si me quejo del acoso puedo perder el trabajo”. “Si quiero un ascenso, tengo que acostarme con el gerente”, confiesa Rosario, “y si no acepto, entonces soy lesbiana”.

Reparten poemas, canciones, hojas volantes, para que quede clara su demanda: “Si visto escotada, no es porque quiera tener sexo con alguien, es que tengo calor”, “Mi cuerpo no es sucio”, “Soy una mujer libre”.

Por eso cantan en domingo, “aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, que el pinche machismo se tiene que morir”. Por eso gritan con rabia, con furia, “si uso faldita, no es por facilita”. Por eso se reúnen en contingentes de encajes que dibujan pubis, en ligueros que delinean piernas, en escotes que derrumban estereotipos, en shorts que les marcan las caderas, las nalgas, en blusas que les estrujan los senos. Por eso se disfrazan de prostitutas, para que el insulto muera de cansancio.

Y lo gritan ellas, para que de tanto escucharlos los apelativos pierdan fuerza, veneno, capacidad de aniquilación: “trepadora”, “fácil”, “caliente”, “loca”, “ofrecida”, “cabaretera”, “cachonda”, “ramera”.

Se lo escupen unas a otras, como para conjurar lo mucho que les duele. Lo escriben en sus pancartas, lo marcan en sus ombligos, lo deletrean a lo largo de todo el camino, en los vientres pronunciados, en las piernas, en los brazos alzados, para que esa palabra, esas palabras, no sean nunca jamás como una ofensa.

Lo repiten como quien conjura una maldición que ha padecido siglos, como quien se sacude un fardo que le asfixia.

Como dice Joyce, que al dejar libres sus senos ha perdido el miedo: “si me llaman así por ejercer mi libertad, por defenderme del acoso, por ser mujer, femenina y coqueta, entonces con orgullo te digo que sí soy una puta”.♠

Publicado en EL UNIVERSAL.


Un Nazareno homicida

Nadie observa en su rostro el peso de un asesinato. Nadie, al mirarlo cargar ese madero, más alto y más robusto que su propio cuerpo, sabe que Ramón está en el cerro de la Estrella para saldar cuentas con su pasado.

Es apenas una historia, entre más de tres mil quinientas detrás del río de cruces que corre en Viernes Santo por Iztapalapa, pero es la suya y la lleva a cuestas: Ramón, 35 años, jardinero en California, soltero, devoto, una vez mató y lo hizo en defensa propia. Eso pesa.

“Sí estuve en el tutelar, pero cuando se comprobó que fue en defensa, salí, como a los tres meses”, dice mientras descansa del peso de la cruz sobre los brazos.

Ramón era un adolescente cuando fue atacado por una banda de las que abundaban, y abundan aún, en Iztapalapa. Se hizo la gresca, desnucó a un chavo. Llegó la Policía. El mundo fue otro.

Para evitar venganzas después del proceso, sus padres lo mandaron a Estados Unidos y allá aprendió a vivir del oficio de las flores y los jardines. 20 años después, Ramón ya es residente.

Lleva la túnica púrpura amarrada a la cintura, por eso puede verse que tiene en los hombros tatuajes de águilas en vuelo, un Cristo coronado de espinas, el nombre de su madre, Rosalía, y formas de colores.

Ramón es un cholo. O lo parece. Y su acento de voz, su léxico, ya no remiten al barrio de San Pablo, de donde él dice que salió llorando por su suerte.

El Viernes Santo lleva la cruz recargada en el hombro derecho. Así recorre la calle Ignacio Comonfort, el camino que lo lleva hacia el cerro de la Estrella, los márgenes de puestos ambulantes, las miles de fritangas, el agua que se vende en todas sus presentaciones, las nieves, los sombreros de cartón, los rosarios, la fe desbordada.

Como nadie le hace caso, de repente chifla si se le atraviesa alguna persona en el camino, de repente se enjuga el sudor con la túnica, de repente camina “sin pensar en nada” o “pensando en su jefa”.

Durante todo su camino Ramón mira hacia adelante como si no existiera el piso, deja que los ojos lo guíen en automático, y a veces, azotado por el sol despatarrado de abril, el peso de su madero le dobla las piernas si da más de quince pasos. En medio de la romería de la 168 representación de la Pasión de Cristo en Iztapalapa, Ramón va casi solo con su manda.

No hay para él un Simón de Cirene que le ayude con la pena, ni una Verónica que le ilumine el rostro con un manto, ni una multitud enfebrecida anhelando tocarlo, cámaras de televisión ávidas de show, mercanchifles de lo imposible, misericordia. Nada.

— ¿Por qué cargar una cruz?

— “Porque debo mucho”, dice. “Le prometí a mi jefa venir cinco años. Llevo dos. Es la promesa para la jefa”.

Y cada año, hasta que cumpla la promesa a su madre muerta, habrá de recorrer la misma trayectoria: una semana antes ha de llegar a Iztapalapa, desde California a la casa de su padre, ha de ir directo a la iglesia para hacer la manda ante el Cristo crucificado, ha de prepararse para el recorrido y, una vez saciada la sed de sus fantasmas, cumplido el Viernes Santo ha de regresar a Los Ángeles, a su nuevo barrio, para seguir su nueva vida.

“Hay cosas que no se olvidan”, dice, “pero hay que seguir rifando”. Entonces se pierde, confundido entre los miles de devotos que suben la cuesta del cerro de la Estrella.♠

Publicado en EL UNIVERSAL


El ombligo enterrado

Vuelve a mirar por las ventanas del café Internet “La Tertulia”, como si afuera estuviera ese paisaje de milpas y alfalfares crecidos que hoy ya no existe, y justo cuando se topa con la tripa vehicular de Gabriel Mancera y Cerrada de Amores, Manuel Servín Massieu, 78 años, dice tranquilo: “por aquí, en algún lado, debe estar enterrado mi ombligo”.

Ya tiene un rato mostrando fotografías en blanco y negro de una colonia Del Valle irreconocible, de llanos seguramente verdes y lodazales que cedieron el paso al pavimento. Ya lleva como dos horas y media chorreando recuerdos de su abuelo, el fundador del Politécnico, Wilfrido Massieu, del tiempo ido, y de un niño que escuchaba por las tardes a una indita, el canasto en la cabeza, vender “nopalitooos compuestooos”.

“Desde aquí parado podías ver hasta la Hacienda de Narvarte de éste lado con los volcanes atrás, se veía el pueblo de La Piedad, los zacatales. Todo esto era un llano y cuando llovía se hacían unas lagunas enormes, pantanos. Mi madre salía de la casa con los zapatos en la mano, calzando unas sandalias que se llenaban de lodo y tenía que tirarlas”, dice.

Habla de la misma colonia Del Valle, nomás que años atrás. Y brinca sobre el tiempo a cada rato. “En las noches, me traía mi madre a rezar a esta casa, que pertenecía a don Armando Santacruz, amigo de mi abuelo, militar y custodio de la fortuna porfirista. Había una capillita clandestina a la que entrabas por esa puerta. Eran los tiempos de Calles”, recuerda.

“Jugábamos en el parque Mariscal Sucre”, dice, “ahí había palomillas, como la de los Aracuanes, a la que pertenecían los hermanos Roberto y Horacio Gómez Bolaños, la de los Panteras a la que yo pertenecía, los Mitchums, Santa Rita, jugábamos al fútbol, al atletismo”.

Entonces se le antoja visitar todo el inmueble, también la vivienda de junto, que era de su abuelo, la de la otra acera, donde él mismo vivía. Pero la casa del vecino es el café y un conjunto de oficinas, cuyo acceso custodia un guardia de seguridad muy poco amable. En el domicilio de su abuelo, antes de cerrar la ventana un hombre desconfiado dice que nadie lo conoce. Su propio hogar es un edificio de departamentos en condominio. Es cuando se desiste, bebe su segundo capuchino espumoso. Mira las fotografías.

Salvo en el vello de su barba, que lo hace parecerse un poquito a ciertas fotos de León Trotsky, el gris platino ya le ganó todas las vencidas al color castaño. En sus ojos, de luz azulosa, se reflejan las puertas canceladas de la mansión porfirista convertida en negocio, los baños, la ventanas tapiadas, la hilera de computadoras.

Aunque Manuel está ahí para hablar de la colonia que cumple 100 años de haber sido fundada, la crónica se tuerce en un camino hacia lo íntimo: las comidas de “frijoles con verduras, casi nunca carne”, los abrazos de su abuelo, las limonadas Quimón o Ferroquina a 10 centavos la botella, su hermana “la cambuja”, los chichicuilotes tiernos, los patos de los charcos que ahora son el Eje Xola, la chamacada que creció con un tranvía y las aventuras en un llano sepultado en la memoria.

No queda nada de eso, apenas fotografías, que es el lugar donde, según dice Manuel, ha de maniobrar la magia con sus artes: ahí el Centro Médico Gabriel Mancera es otra vez un pastizal mullido, la avenida caótica regresa al terregal, del cielo de antenas y cables nacen otra vez nubes y aguaceros, y la colonia Del Valle, la vieja y descuartizada colonia Del Valle, es otra vez el lugar verde, limpio, donde una mujer sencilla, hace casi 80 años, resguardó bajo la tierra el ombligo de su hijo.♠

Publicado en El Universal


La libertad en los calzones

Crónica de un reportero encuerado en la sesión fotográfica de Spencer Tunick en el Zócalo de la Ciudad de México.

El Zócalo de la ciudad de México, la mañana de los encuerados de Tunick

Parece que su libertad se oculta en los calzones.

Parece que ahí se esconde, que ahí se guarece de la sentencia de ancestral sometimiento: “tu cuerpo es sucio, feo, es condenable, no lo toques, no lo mires, no lo exhibas”.

Apenas salta un gritito inaudible, el naked agringado, y la pelotera se desborda en sus aullidos, gritos, repegones, euforia inusitada que salta de pene a pene, de vagina a vagina, para armar un castillo de sonrisas, albures, complicidades y diversiones: a encuerarse todos.

La plancha del Zócalo mal barrida, con vidrios, con basura, es un muestrario de estrías, celulitis, pelos en la espalda, pero también de cuerpos orgullosos de su imperfección hermosa, de miradas sin lascivia, de diversidad vuelta pellejo, carcajadas por el atrevimiento tumultuario, de esa primera vez con tantas pieles juntas sin murallas.

“No mires para adelante, te va a salir una perrilla”, grita Javier encuclillado, 19 años, y la carcajada acuña cientos de respuestas, decenas de risas y “lo que se vea aquí, aquí se queda ¿eh?”, revueltos con atrevidos “ya encontré mi reloj” o “se me van a salir las llaves del carro”.

“Me da mucho morbo, por eso vine”, dice un hombre treintañero cuando mete sus calzones a una bolsa, cuando mira encuerados por todos lados y se abraza a su compañero, cuidadoso de no tocar penes ajenos.

“Es una sensación de libertad, de frescura, por eso me da gusto estar aquí”, dice Lorena, 56 años, y abraza a su esposo de frente al edificio del gobierno del DF, muestra sus senos y balancea su cabellera, la cicatriz de una cesárea, la sonrisa.

Todos los cuerpos posibles se esfuerzan en las piruetas, y al contacto con los helados adoquines de la plancha se funden en sonoras carcajadas, en multitudinarios aconteceres de un día distinto: “¿Cuándo vas a volver a estar acostado en el Zócalo, encuerado y viendo al cielo?”

Por eso las miradas van de un pubis a unos senos y de las nalgas contiguas a los rostros de otros, porque ver tantas opciones posibles de naturaleza humana genera risas, curiosidades y efectos insospechados. “Pensé que se me iba a complicar estar encuerado, que me iba a excitar, pero nel, está bien chido”, dice Arturo, 41 años.

Son las ocho de la mañana en la Plaza de la Constitución, y en medio de 18 mil, veinte mil cuerpos desnudos no hay asomo de vergüenzas, ni se aparece Belcebú ni acaba el mundo.

Las sensaciones se multiplican y los resabios de las opresiones aparecen en la gente, porque al mismo tiempo que blanden la desnudez de sus pubis de adultas, la vellosidad de sus sexos descubiertos, las mujeres se afanan en cobijar siempre sus senos.

Están eufóricos, encuerados y felices, pero perplejos de sí mismos, desbordados, confundidos. Quieren gritar “mamazota”, pero sólo les sale algún aplauso. Quieren decir “aquí están los chiles mexicanos”, pero sólo les salen sus “que a toda madre” desmedidos.

Y entre los “vayámonos encuerados hasta el Ángel” o “voto por voto, casilla por casilla”, las caminatas sobre 20 de noviembre, o los “péguense más, que no les de pena”, parece que, encuerados, por primera vez utilizan algo que siempre habían traído oprimido en los calzones: el gusto por la libertad de ser humanos.♠


La banda me hizo el paro...

El relato de "El Tam", en la manifestación pacífica por la despenalización de la marihuana en México, realizada en el Parque México, en la colonia Condesa.

"Taba fumando mota en su caaara, porque los tiras t’apañan siempre, pero hoy... usssshhs... el día que lo puedo hacer libre... y no se las hice de pedoooo.

Se enojaron... usssshh... cuando les eche l’ humo en la cara, se mi’ace porque no les pasé el toooohhquee, si les regusta pinches monos... y me metieron a la patrulla... me pegaron vale verga, jos su pinche madre... usssshh... pero la banda m’izo el paroooo.

Que me apañan vale verga... jejeje... pero yo soy estudiante, no soy delincuente... usssshhi... otros matan y roban… yo nomás fumo mota ¿nooo...ooooo?

Quiero estudiar diseño de la Comunicación en la guam… jejeje... una compa me abrió la puerta, la tira ni en cuenta... y que corro, ca, que no me agarran y que me vengo pa'ca, p'al parquecito...ca... jejeje… usssshh.

Que se despenalice... a huevoooo... ¿a quién le hago mal si soy pacheco, como el Tin-Tan?... usssshh… toques para todos, pa’ que el mundo sea chidoooo... Jejeje. Que sea chido mi México, a huevo... jejeje... usssshh"


El pueblo que cambiará con el paso del Metro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Doña Marisela camina en el terregal donde aún hay nopaleras y alfalfares. Mira hacia los rieles de la Línea 12 del Metro sembrados por los hombres de la empresa ICA y, con ese recelo de quien sabe qué el progreso va a pasarle por encima, para siempre, dice: “pues qué quiere que opine, si vamos a tener las vías casi enterradas en la mera milpa”.

No hay gota de llanto en la indígena nahua de trenzas canosas y delantal rayado, ni siquiera tristeza en su rostro de morena tlahuaquense. Muy pronto habrá dejado de ser una mujer campesina, su milpa habrá quedado a la vera del camino de “La 12”, y ya tiene por sabido que, desde que el Metro es Metro, no ha habido lugar cultivado por esas vías que no termine siendo otro muy distinto, irreversiblemente.

Así pasó en Pantitlán, amarrado en los años 80 al crecimiento de Nezahualcóyotl y Chimalhuacán. A Indios Verdes, con Ecatepec y Texcoco cruzados para siempre en su camino. A Cuatro Caminos que, incluso, carga el reto de ser puente de la ciudad de México con los municipios industriales de Naucalpan y Tlalnepantla; o a El Rosario que, con sus millones de pasajeros en tránsito al año, tira por tierra el dicho de que saliendo de México todo es Cuautitlán. ¿Por qué habría de ser distinto en la tierra de los antiguos nahuas?

“Siempre que se construyen este tipo de infraestructuras se obtiene un efecto de retroalimentación, en el sentido de que, al mejorarse la accesibilidad, obviamente se fomenta el desarrollo urbano y habitacional de las zonas próximas o aledañas a la línea del Metro y hay un repunte económico”, dice el investigador de la UNAM en ordenamiento territorial, José María Casado.

Pero los beneficios macro, dice el urbanista, “no necesariamente se reflejan en el nivel micro, donde puede haber problemas con el surgimiento del comercio informal, del tránsito de personas, que para quienes viven cerca puede no ser benéfico y sí muy molesto o hasta perjudicial”.

El director del Proyecto Metro, Enrique Horcasitas, asegura en entrevista que el proyecto busca, de origen, proteger la tradición y la memoria de los pueblos indios de la zona, que todo está previsto para evitar el crecimiento desmedido de la mancha urbana y que se ha cuidado hasta la última de las piedras ancestrales.

Pero doña Marisela prefiere no creerle. Es una de las más de 150 propietarias de parcelas que ha promovido amparos contra expropiaciones en Tláhuac porque, dice, “puro desastre” le espera a su terruño: “la gente del gobierno ya nos advirtió que todavía no acaban las expropiaciones”.

Milperos rechazan “el progreso”

En ese llano repleto de pastizales, pequeñas lagunas y maizales, organizaciones ejidales y ecológicas ven que en la decisión de extender el trazo de la Línea 12 hasta la zona nopalera y de riego de San Francisco Tlaltenco hay una medida a favor de los grandes corporativos inmobiliarios, de especuladores de tierras e intereses privados, más allá de un beneficio para los residentes del pueblo original.

Ecocomunidades, la Red Autónoma de la Cuenca de México y una decena de organizaciones civiles alertan que la Línea del Bicentenario traerá consigo el crecimiento desmedido de unidades habitacionales en la zona y con ello habrá caos urbano sobre miles de hectáreas que hoy son bosques y campos de cultivo en Tláhuac, Milpa Alta, Xochimilco, Chalco, Cocotitlán, Tlalmanalco, Temamatla, Amecameca, Ozumba, Tenango del Aire y Totolapan.

Además, dicen, la obra dejará a Cocoyoc, en Morelos, a sólo 35 kilómetros en línea recta de la terminal, con su correspondiente botín para especuladores inmobiliarios.

En una carta entregada al Congreso Nacional Indígena, reunido en Michoacán, la comunidad originaria de nahuas avecindada en la delegación Tláhuac ha elevado una queja por el despojo que, dicen, sufrieron propietarios de tierras, que fueron presionados a vender sus propiedades a precios de remate y que, en caso de negarse, podrían ser expropiadas a precios establecidos unilateralmente por el gobierno capitalino.

Quizá por eso la actitud de Doña Marisela es entendible. Ella, quien nunca ha visto un millón de pesos junto, apresura el paso cuando cruza el camino polvoriento que bordea el futuro Centro de Transferencia Modal-Tláhuac, cuya inversión asciende a más de 35 millones de pesos. Señala hacia las últimas chinampas de su pueblo —pronto habrán de desaparecer entre las obras— y sin dejar de andar el límite de la construcción vecina maldice en voz baja, entrelabios: “pues sí, señor, nos va a traer muchos beneficios, ora sí que el progreso, como dicen… ¿pero por qué en nuestros ejidos?”.

Tren con recorrido subterráneo

Es octubre de 1969. Propietarios de vecindades, comerciantes de ultramarinos, joyeros y dueños de almacenes y tiendas del centro de la ciudad envían una carta de protesta a la Regencia del Departamento del Distrito Federal. Hay incertidumbre sobre los efectos que tendrá, en edificios y comercio de la zona, la construcción del nuevo transporte subterráneo.

El centro es una madeja incontrolable de autobuses foráneos, automóviles, tranvías y personas que llegan hasta ahí de todas partes. De las más de 90 líneas de transporte existentes, 65 convergen en sus calles, igual que más de 4 mil tranvías eléctricos y unos 150 mil vehículos.

En un decreto del 29 de abril de 1967, el presidente Gustavo Díaz Ordaz asienta que se busca construir, operar y explotar un tren rápido, con recorrido subterráneo y superficial, para el transporte colectivo. Que sea moderno, eficiente y un orgullo para la ciudadanía, dice.

Se busca corresponder al flujo de crecientes volúmenes de pasajeros y cubrir las zonas de mayor densidad poblacional y mayor actividad en la metrópoli, evitar el ingreso de autobuses suburbanos y foráneos al centro, preservar su zona histórica y monumental, y eliminar las líneas de tranvía que no se usen.

Los comerciantes y propietarios no están convencidos. Si como dice el proyecto, se va a irrigar al máximo la zona central con trenes rápidos de recorrido subterráneo y la mayor parte del público va a tener acceso a una estación con un corto recorrido a pie, el comercio de la zona terminará siendo aplastado, según registra el diario EL UNIVERSAL en 1969.

Tampoco hay certidumbre sobre cuáles edificios correrán la misma suerte que las vecindades de Motolinia, las tlapalerías de Allende, los almacenes de Insurgentes y Chapultepec, los comederos de Isabel La Católica, que desaparecieron por la construcción del nuevo transporte.

Pero no hay marcha atrás posible. En 1964, el regente Ernesto Peralta Uruchurtu decreta el fin de la expansión urbana en la ciudad y con ello comienza el éxodo hacia el Estado de México.

Si en esos años la población que habita la periferia de la ciudad es de más de 300 mil habitantes, y los asentamientos irregulares y fraccionamientos habitacionales provocan que Naucalpan, Tlalnepantla y Ecatepec se conviertan en conurbaciones de la capital, para 1970 la mancha urbana engulle a Nezahualcóyotl, La Paz, Tultitlán, Coacalco, Chimalhuacán y Huixquilucan, con más de 2 millones de habitantes y su correspondientes necesidad de transporte público con dirección a la urbe por cuestiones laborales.

En menos de dos años, entre septiembre de 1969 y junio de 1972, el Sistema de Transporte Colectivo-Metro inaugura sus tres tramos troncales, que corren desde Tacubaya hasta la calzada Ignacio Zaragoza, en la línea 1; de Tacuba a Tasqueña, en la línea 2, y de Tlatelolco al Hospital General la línea 3. Transporta en conjunto a más de 10 millones de pasajeros. Con ello, la faz de la ciudad de México cambia para siempre.

Pantitlán, el paradigma  

Siempre aparejado con expropiaciones, transformación urbana y repunte económico, el Metro de la ciudad de México es también pareja del caos, desorden, ambulantaje y delincuencia que lo definen: el Metro es el microcosmos que refleja nítido la ciudad que transporta.

La estación Pantitlán es el paradigma. Inaugurada el 22 de agosto de 1984, con el primer paradero para transportes colectivos foráneos, el denominado Centro de Transferencia Modal (Cetram), detonó un crecimiento exponencial en las zonas aledañas: Nezahualcóyotl y Chimalhuacán, hasta llegar a convertirse en el punto más densamente utilizado de toda la línea.

En las intersecciones de sus líneas 1, 5, 9 y A, Pantitlán hoy sirve en conjunto a 4.5 millones de usuarios diariamente, con el movimiento de 322 trenes de rodadura neumática y 33 de rodadura férrea presenta altos índices de delincuencia, de comercio incontrolable y caos.

En su libro “El Metro y sus usuarios”, el investigador de la UAM, Bernardo Navarro Benítez, detalla que con la construcción del Metro no sólo se acortaron las distancias y se desplazó a los servicios de transporte hacia la periferia, sino que también se observa que las estaciones terminales se convirtieron en punto de enlace con nuevos asentamientos conurbados.

En esta lógica, los asentamientos irregulares que en los años 80 dieron origen a grandes conglomerados urbanos en Chimalhuacán, Chicoloapan, Atenco, Texcoco e Ixtapaluca, en buena medida tuvieron en el Metro su factor de ventaja, al verse conectados con el centro de la ciudad.

La población de Chimalhuacán, por ejemplo, que en los años 80 era de 54 mil 262 habitantes de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en 1990, ya con el Metro en servicio asciende a 242 mil 317 habitantes. Lo mismo ocurre con Ixtapaluca, que pasa de 68 mil a más de 137 mil habitantes en el mismo lapso.

La afluencia de usuarios de la estación Pantitlán crece en similares proporciones y hoy, con más de 300 rutas de autobuses, microbuses y colectivos suburbanos interconectados a su Cetram, Pantitlán mueve mensualmente a más de 29 millones y medio de usuarios en la Línea 1, más de 7 millones y medio en la línea 5 y a casi 21 millones en las líneas 9 y A.

Porque la extensión de la mancha urbana, con sus ventajas y desventajas, es una consecuencia lógica —casi obligada— de la ampliación de una red de transporte urbano masivo como éste: “en cuanto una zona gana accesibilidad, normalmente suele ser el punto de partida para que la mancha urbana se expanda de forma radiada, además porque el precio del uso de suelo se eleva y hay mayor interés por urbanizar”, comenta José María Casado, el investigador de la UNAM.

Aguantar lo que se pueda

En los terrenos contiguos a la Refinería 18 de marzo, en el límite entre Azcapotzalco y Miguel Hidalgo, el molino de nixtamal “La Esperanza” anuncia a la clientela su cierre definitivo. Es 1987 y el mensaje de un cartel está guardado en la memoria de los lugareños: “Nos oponemos al Metro, porque nos está corriendo”.

El predio, ubicado en la esquina de la avenida 5 de mayo y Ferrocarriles Nacionales, es uno de los cinco inmuebles, entre vecindades y comercios, que cede su espacio para la construcción de la estación Refinería, de la Línea 7 del Metro.

Beneficio para miles de habitantes de la densamente poblada zona barriobaja de Azcapotzalco, la llegada del Metro para el viejo don Jesús, el tortillero, es el fin de su negocio. Y de su vida: atestigua cómo las grúas destruyen una mañana lo que ha sido su tortillería por 25 años, y en cuatro meses muere, dicen, de tristeza en un hospital de Tacuba a donde es llevado por sus hijos.

La historia se repite en 2011. A lo largo de los 26 kilómetros de obra, la Línea 12 presenta tramos en que los vecinos, más que gustosos, están inconformes. Se estima que por lo menos 30 restaurantes y comercios pequeños ubicados en los márgenes del Eje 7 cerraron, o están a punto de hacerlo por la falta de clientes. Otros negocios atrapados por las obras, y que viven del flujo de personas, están en riesgo de desaparecer.

Es el caso del Gabinete de Radiología Clínica S.C., ubicado desde hace 25 años en el número 400-C de la avenida Ermita-Iztapalapa, en la colonia Emperador Cacama. Desde el comienzo de la obra, el lugar ha perdido más de 80% de su clientela, redujo sus servicios a prácticamente nada y ha despedido, por incapacidad para pagar, a más de la mitad de sus empleados.

“De cajón estamos abriendo una hora más tarde, porque el flujo de clientela ha bajado, ya nadie pasa por aquí y lo peor es que algunos de nuestros servicios no los podemos dar, por la cantidad de polvo que, por más limpieza que haya, siempre queda”, dice Levith, una empleada.

El director del Proyecto Metro, Enrique Horcasitas Manjarrez, dice que el gobierno, por primera vez en los 40 años de historia de este sistema de transporte, “implementó un programa de ayuda a los pequeños comercios y este programa viene operando a lo largo de los 26 kilómetros de la obra”.

El impacto positivo de una línea como la del Bicentenario, asegura el funcionario capitalino, ha propiciado un volumen de negocios del orden de los 20 mil millones de pesos, derramados por más de 9 mil trabajadores que consumen en todos los negocios aledaños a la obra, además de que se han creado 18 mil empleos indirectos.

“Reconocemos que hay negocios que se han visto afectados, sin duda. A esos, la respuesta es que el jefe de Gobierno, sensible al asunto, ha ordenado que mediante planeación, logística, se mitigue el daño causado y el daño por causar de la mejor manera”, expresó Horcasitas.

El gabinete de radiología no ha visto esa ayuda. “Sí, el gobierno nos da una aportación por afectaciones de la construcción de la Línea 12 del Metro, pero la verdad no cubre ni un sueldo mínimo de uno de nuestros trabajadores”. El reto, dice la empleada del lugar, es aguantar vivos hasta que la avenida vuelva a ser abierta, porque entonces tendrán la estación del Metro prácticamente a unos pasos, lo que seguramente generará un gran flujo de clientes.

“Mientras, a aguantar lo que se pueda”, que es la dinámica que el Metro imprime cuando siembra los rieles que le mueven.

¿A dónde vamos a sembrar?

Según los planes maestros del sistema, que con el trazo de la obra más reciente llegará a 201.4 kilómetros de vías dobles y 175 estaciones para abril de 2012, el Metro se adecua a las necesidades de los habitantes de la ciudad y ahora se proyecta hacia las conurbaciones, pues éstas se han integrado, en los hechos, a la megalópolis.

En Tláhuac, a diferencia de las décadas anteriores, el compromiso de la autoridad es hacer las cosas distintas: “el impacto que, al final del día, va a tener la Línea 12 es sin duda contribuir a elevar la calidad de vida de esa población”, dice Horcasitas, “responde a una demanda ciudadana de 437 mil personas que requieren el transporte”.

En la zona de Tláhuac, advierten autoridades, habrá “tolerancia cero” para el crecimiento desmedido de la mancha urbana y su caos.

Doña Marisela, mientras camina por el terregal, dice que no cree nada de eso, que por más que le digan y le prometan no va a creerles nunca. El Metro mueve, transforma. Camina al borde de la terminal y cuando está por despedirse confiesa en voz baja y con angustia su pequeño problema: “Nosotros somos campesinos. A eso nos hemos dedicado toda nuestra vida. Yo nomás quiero que me digan ‘ora dónde vamos a ir a sembrar”.

Mujer consciente de su raza nahua, sabe que con la llegada del Metro su nopalera y hasta el nombre de su pueblo Tlaltenco dejará de ser “la orilla de la tierra”.♠

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Ñango y sin permiso, Santa cumple

Una mañana de diciembre de 2009, éste reportero se disfrazó de Santaclós y así, con botarga, barba, botas y entusiasmo, salió a las calles de la ciudad de México a contar una historia de Navidad.

Rufino Tamayo, el Grande

¡Santaclós… Santaclós, usté no puede estar aquí! La voz del funcionario del Gobierno del DF parece una descarga de diábolos conforme se acerca.

 El contorno de escuincles, unos 15 pares de diminutos ojos fascinados que me observan, comienza a disolverse.

—¿Qué no entiende, carajo? ¡No puede estar haciendo eso aquí!

—¿Pero qué estoy haciendo?

—Váyase. Pa’star aquí tiene que sacar permiso, esto es un lugar privado.

El hombre desenfunda de su cintura un equipo de radiocomunicación y, sin dejar de mirarme, de escanearme como se dice ahora, pide una patrulla para ese pedazo de Plaza de la Constitución donde nos encontramos.

Con su brazo el funcionario ahuyenta a las últimas palomas de un metro y 15 ilusionadas con mi disfraz, con mis abrazos.

El terciopelo rojo de mi saco se frunce en el puño de la autoridad; el sol, de por sí una estufa, parece subir su flama al máximo porque el peluche del traje, la panza de borra y manta, incluso la peluca, la barba de nylon, comienzan a sentirse mojados, me pican, me desatan una comezón que sólo había sentido cuando, de niño, me senté sobre un hormiguero.

—Nomás estoy aquí, deseando feliz Navidad a los niños, le digo. ¿Por qué tendría que decirle que soy reportero y por hoy un Santaclós callejero?

Él no recibe respuesta de su aparatito. A esas horas del domingo, la policía debe andar custodiando el circuito ciclista en Reforma o la pista de hielo.

En el Zócalo, vedado a Santaclós por obra de un decreto que más parece sancionar el comercio que no rinde votos que el ambulantaje, un hilo de familias observa en silencio, sin intervenir, el aquelarre funcionario-Santa, en el fin de semana previo a la Nochebuena del año de la violencia.

“Mira, ahí va Santa”

Mientras el funcionario duda, no recibe apoyos, aprovecho para detenerme ante uno de los tantos niños que abracé minutos antes: es una enorme bola de cachetes morenos, rojos, una boca mínima, dos manos juntas encima de un ombligo desbordado con camisa de Bob Esponja, dos brillantes pelotas negras debajo de las cejas, un deseo simple: “quiero que me traigas una bicicleta, con ruedas para que no me caiga”.

¿Y has sido bueno, obedeciste a tus papás? —le pregunté antes— porque sólo tengo regalos para los niños que se portan bien y obedecen a sus papás.

El “sí” inmediato estuvo acompañado de un rejuego de manos incesantes, la vista en alguna parte que no era mi rostro de Santaclós hechizo, un nerviosismo que se tradujo en piecitos sin descanso, en movimientos de cabeza, en titubeos que sólo acabaron en sonrisota cuando le solicite un abrazo, que duró un minuto.

Diego, como dijo que se llamaba, no fue el primero. Desde temprano comenzó el aguacero de apapachos, de gritos genuinos para celebrar el paso del disfraz rojizo, del “¡mira, ahí va Santa!”, con tantas miradas reencontrándose en una ilusión que no parecería de una ciudad con un índice de al menos 400 delitos diarios.

En la esquina de Reforma y Florencia los ciclistas avanzaban junto a la figura regordeta del costal de plástico relleno de almohada; y con sonrisas, gritos, saludos: “¡Ese mi Santa!”, casi exigían el “Jo jo jo” como respuesta.

Lo mismo adultos que niños, aunque más espontáneos los chamacos. Igual los paseantes con cámara que los trabajadores de limpia, incluso policías, quienes pedían su foto, “mi muñeca de carne y hueso”, “ora sí tráete un Ken para esta Barbie”, e inalterablemente convergían dispuestos en ese lugar extraviado a donde uno debe ir para creer las fantasías.

Desde los automóviles sonaban los cláxones, desde los patines, las bicicletas, las patinetas los “¡Qué Santaclós tan ñango, se ve que está dura la crisis!”. Desde los microbúses el “adiós Santa”, que llegaba a convertirse en romería si pasaba por la Alameda, si me aproximaba a Bellas Artes, si agarraba por Madero para llegar al Zócalo, y un tropel de enanos sin titubeos pedía un balón de futbol, una muñeca, un carro a control remoto, algo de ropa.

“Si no puedo traerte todos los juguetes que pides, piensa que te quiero mucho y que los regalos están llenos de amor”, decía a los niños cuando notaba la mirada agobiada de sus padres ante el cúmulo de peticiones.

Como otros dos mil, quizá dos mil 500 hombres vestidos como yo en las calles de la ciudad de México en esta temporada, según estimaciones del gobierno, sentía la obligación de mantener viva una esperanza, que si bien no es netamente mexicana sí es esperanza al fin, y mucha falta que hace.

Quizá por eso pesaba menos la botarga, por eso el clavo del zapato derecho no llegaba a doler tanto tras horas de caminata, por eso las rozaduras de la entrepierna, por la costura del peluche, eran soportables; quizás por esa obligación el estorbo de la panza podía ser sólo mínimo, y el calor de estufa a todo fuego, hirviendo bajo del saco alquilado por mil 300 pesos, llegaba a confundirse en cada abrazo.

¡Feliz Navidad!

Pero el funcionario insiste en que me vaya. La gente murmura la arbitrariedad mientras me dice que los “Santacloses” están confinados a la zona del Monumento a la Revolución, que si quiero evitarme problemas me salga del enrejado que privatiza el Zócalo.

Ya sé cómo se las gastan: en la noche, siete patrulleros jalonearán a otro como yo, incluso de los blancos pelos, para subir a la furgoneta: un Santaclós aprehendido, en una acción tan eficaz que ya la quisiéramos ver contra la delincuencia.

Vuelvo a mirar los ojos de Diego, un niño como tantos, quien parece no comprender lo que se dice.

Entonces entiendo como mi obligación defender su fantasía, y decido salirme del enrejado sin mayores aspavientos.

—Ya me voy, señor funcionario. Aunque no estoy haciendo nada malo, le digo.

El colaborador de Marcelo Ebrard se aleja unos pasos, pero vuelve la cara enfadada de inmediato porque escucha los gritoneos que le lanzo a manera de rebeldía: “Feliz Navidad. Feliz Navidad a todos… Jo jo jo”.♠

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“No es familia quien te lastima”

En sus ojos, color pulpa de zapote, va tomando forma un charco que amenaza con derramar algún viejo dolor sobre su rostro, pero María Elena, 48 años hace muy poco, lo seca de repente con un convencimiento: "una familia que te lastima, que te hace daño, no es una familia. Por eso yo estoy mejor aquí".

Muchas semanas después de huir de su hogar en Toluca, de que alguien la encontró dormida en una banca, la invitó a una nueva casa y la abandonó meses más tarde, de que vagó y durmió bajo los puentes, la mujer lava su único vestido, rojo cenizo, mientras cuenta, "en este mundo no hay amigos. Si hay traiciones entre familia, que no se duele la madre traicionar a la hija, cuanti menos con una gente extraña”.Read more


Un chilango en Nueva York

Paseo de la Reforma en la noche

NUEVA YORK.- Algunas madrugadas de su nueva vida, mientras el tren de las 4:50 lo saca de Brooklyn, Carlos Hernández piensa que su esposa y sus dos hijos todavía duermen, y entonces, sin cerrar los ojos, le gusta imaginar que la siguiente estación del Subway va a ser La Merced, que subirá los escalones de dos en dos, atravesará el Anillo de Circunvalación y entrará corriendo a su vivienda en Santo Tomás, un predio expropiado por el gobierno capitalino, justo a tiempo para despertarlos. “Pero sólo lo pienso”, dice, su bigote ralo se le curva, como si la sonrisa saliera a detener un llanto de chorros sólo porque los hombres no deben chillar: “fui alguien que siempre se ganó todo a base de trabajo, y de repente pura necesidad. Por decisión de una persona de expropiar, te tumban tu mundo, te tumban tus proyectos, te tumban todo”.

Manhattan tiene aún miles de luces cosidas a su vestido negro, pero Carlos o Charly, como le dicen ahora, ni siquiera lo nota.

Aunque en los vagones de esas horas el idioma español podría competir, en estruendo, con el rechinar de ruedas contra vía, eso no es La Merced, y él lo sabe, ya no es el velador del predio Santo Tomás, ni el dueño de una microempresa de agua potable instalada en ese mismo sitio, su suerte toda ha dado un vuelco: los proyectiles de aire como hielo que despiertan a la isla se encargan de decírselo.

Si hay algo distinto al bullicio de las céntricas calles de Santo Tomás, a su cantina brava, al hotel de paso de a 250 pesos la ladilla, a los diableros, a los toreros, a la dizque Plaza Comercial “construida” por el gobierno de Marcelo Ebrard, es la esquina de Madison Avenue y la calle 98.

Es un paraíso, 57 pasos atrás de Central Park, bordeado con tiendas de ropa, restaurantes, cafés, museos, el reverdecido lado Este de la isla, la zona donde poco a poco, como un moho abonado por miles de dólares, los ricos de ésta ciudad se anteponen a los pobres en sus antiguos edificios remozados, art decó, victorianos, neoclásicos, chulos.

Carlos sólo trabaja. No conoce Central Park, piensa en los “30 granaderos con metralletas que llegaron para sacar a cuatro personas”, en “el que no tranza, no avanza”, en “es mejor ser delincuente, ser narco, a esos sí los defienden”. Recuerda la promesa hueca de reubicación que le hizo el GDF y se sabe sin opciones: “vueltas y vueltas, y nada”.

“Tal vez no sea tan difícil para otras personas, para mi sí. Allá era mi propio jefe, aquí soy ayudante de cocinero, preparo carne, pico cebolla, chiles, le ayudo al cocinero, preparo fruta como ensalada, el ayudante de cocinero tiene que dejar limpia la cocina, como no sabes inglés, eres el de abajo”, dice.

Por 12 horas diarias, seis días, obtiene algo más de 350 dólares a la semana, y de eso sale el pago de las deudas: casi 40 mil pesos de la máquina purificadora de agua desmantelada por la expropiación, otros 20 mil para el pollero, los 15 mil para buscar vivienda para su familia y pagar su propio cambio de vidas.

La mujer coreana que vigila la caja registradora del “Dely” lo mira sin mirarlo, un mexicano más, otro sin nombre, contratado sin papeles por la tercera parte de su precio. “Y que todavía salga (Ebrard) al otro día a decir que le están haciendo un bien a la ciudad. Es una burla”.

Manhattan, que lo mira cargando los costales de legumbres, ya lleva un buen rato levantada. Charly no rebasa el metro 60, cuando aparece en el restaurante, sudor en la frente, aditamentos de cocina en mano, parece mucho más chamaco de los 31 años que tiene. Casi no habla, “no masco el inglés”. Carlos ya aprendió que “onion”, blanca o morada, le hace lagrimear.

“Tratas de vivir la vida como desgraciadamente te está tocando vivirla, pero ni siquiera se puede uno dar el lujo de sentarse a llorar, aquí tienes que estar llorando y trabajando, y extrañando y trabajando, no te queda de otra”, dice en el camino de regreso.

Junto a los otros ocho que comparten la vivienda en ese extremo de Brooklyn llamado Jamaica, Charly devora un plato de Pancita, pide a El Universal entregar a sus hijos unas cajas con juguetes que él no ha podido enviarles, y libera una esperanza de damnificado: “voy a estar máximo un año y medio. De aquí pa’ delante, puro seguir trabajando, tratar de llegar a la meta de juntar un dinero, llegar allá y volver a construir algo”.

Entonces sonríe, con sus dientes chuecos y su boca carnosa, arma relajo con sus compas de exilio, se echa en la cama, se pone a mirar a Juan Querendón y antes de marcar la larga distancia para hablar con su esposa Concepción, dice entre dientes, para que lo escuchen: “a ese señor que Dios lo bendiga. Y que a mi no se me olvide”.

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***

DIEZ DÍAS ENLA RUTA

NUEVA YORK.- Cuando vi que las deudas ya me estaban comiendo, me decidí: salí del aeropuerto de Puebla hacia Sonora, hacia Hermosillo. En Hermosillo ya hay gente esperándote. Ah, soy Carlos Hernández, migrante.

Era noviembre. Lo pensé mucho porque todavía para venirme conseguí los cinco mil pesos para poderme pasar hasta Sonora. De ahí te llevan a Caborca y te esperas también, tienen que esperar ellos un día, dos días, yo esperé un día. Ahí tienen casas.

Te llevan a Altares. Es un cuarto grande nada más. Esperan a que caiga la noche, llega la noche y te mandan a la línea. Yo me quedé dos días en la línea.

De aquel lado de México, ahí, son como ranchos, ahí tienen un cuarto como de lámina grande donde llegan todos y ahí están.

Ellos saben en qué momento salir, puedes esperar un día, dos días, había gente que llegaba y se iba luego luego, depende el precio. Si tú vas a caminar tres días no te esperas, luego luego, así como te bajas de la camioneta donde te llevan, te mandan a caminar.

Nosotros, como íbamos a caminar menos, pues ellos tienen qué ver en qué momento está despejado y no hay mucha Migra, en ese momento te atraviesas. Caminas desierto, no se si el de Altar, la verdad no se, pero llegas a la carretera de Arizona.

Es a base de contactos. En Arizona llegamos igual a una casa. Y ahí depende a dónde vayas ¿No? Hay quienes van a Nueva York, a California, a Carolina, ya de ahí de Arizona se desplaza uno en carretera.

Por ejemplo, de Arizona para acá son dos días completos. Vienes en camionetas, entre sentado, acostado y hincado, tienes que venir escondido. Hay unas partes de carretera donde no se ve patrulla y más o menos te enderezas, pero en muchas otras partes vas dos, tres, cuatro horas inclinado, acostado. Enla Suburbaníbamos 11 gentes.

No traía cosas. A la hora de que atraviesas ya llegas sin nada, más que lo que traes puesto, con lo que llegas, porque como tienes que venir escondido, porque en todo el desierto hay migra, pues te guardas el dinero donde puedas.

Yo, la verdad, llegué con 100 pesos. Si me hubieran regresado no sé que hubiera hecho. En el camino te paras una vez al día. El chofer se baja a comprar pollo o pizza, pero solamente comes en la mañana y en la noche. Así los dos días, quien sabe por dónde pasamos.

Llegando a Nueva York te dejan en una casa y ahí llaman a tus amigos para que te vayan a recoger. Consigues trabajo rápido, ese ya no es problema.

Pero cuando estás esperando en Arizona, cómo no tienes nada qué hacer, solamente piensas en tu familia, llega un momento en que ya no sabes si regresarte o quedarte.

Todavía en el trayecto de Arizona para acá hay peligro de que pase un Migra y te regrese. Hay sentimientos encontrados, entre que quieres pasar y te quieres regresar. Ya no sabes.

Yo, la mera verdad, entre que quería irme con mi familia y que sabía que iba a regresar más endrogado. Entonces, no había otra opción más que venirte.

***

LOS EXILIADOS DE EBRARD

NUEVA YORK.- Todos eran comerciantes, ambulantes o fijos, y su éxodo comenzó justo cuando el gobierno de Marcelo Ebrard abrió la era de reubicaciones, expropiaciones y desplazamientos en los primeros cuadros del Centro Histórico de la ciudad.

Allá, en La Meche, a Fernando lo conocían como el “Piñas”, porque vendía su jugo en un puesto del Anillo de Circunvalación, y su hijo Paco, quien trabajaba con él, fue el primero en apoyarlo, en julio del año pasado, cuando el negocio se vino abajo: “vámonos para el otro lado, le dije, y acá estamos”.

“Dos días después del desalojo del predio de Santo Tomás 47 ya me estaba yendo a la frontera”, cuenta el propio Fernando, jefe de una casa que, por mil 800 dólares al mes, habitan ocho capitalinos en la zona de Jamaica, Brooklyn.

“Nos quitaban el triciclo, nos decían que éramos ambulantes, nos pedían dinero”, cuenta. “Decidí venirme, acá sí hay trabajo, ya otras veces había venido. Luego se vinieron mis hijos. A Carlos también le dije que se viniera, pero no sabía que me iba a tomar la palabra”, dice el hombre, bajo de estatura, entrado en los 40, ayudante de cocina y lavaplatos en la zona del West Village.

Se refiere a Carlos Hernández, quien habitaba un predio expropiado por el gobierno capitalino, donde además había instalado una microempresa de agua potable, y que ante el acoso de deudas y nulas opciones decidió emigrar.

Según sus cálculos, habrá desde 800 hasta dos mil migrantes llegados de la zona del Centro de la ciudad de México en los últimos tres años, indocumentados todos, diseminados a lo largo de centenares de restaurantes, tiendas, almacenes y construcciones neoyorkinas, casi sin entrar en contacto unos con otros.

“Te los encuentras en el Metro, luego nos vemos en el banco, cuando vamos a mandar el dinero”, dice Carlos.

Pepe Zamora, quien también vive con ellos, se dedicaba a la venta de artículos escolares en las calles de Correo Mayor y El Carmen, y ahora es ayudante de albañil en una construcción en el Midtown.

“Ya me estoy acostumbrando. Con aprender algunas palabras la libras”, dice, “y cuando junte una lana, me regreso”.

Si en el año 2000 el Centro de Estudios de Migración (CIS, por su denominación en inglés) reportaba la presencia de 170 mil 400 mexicanos en esta ciudad, para el 2007 la misma institución radicada en Washington estimó que la cifra pudo haberse multiplicado al doble.

El Consulado de México en ésta ciudad, por ejemplo, reportó que en 2006 las estimaciones conservadoras dela Oficinadel Censo de Estados Unidos reconocían a unos 467 mil mexicanos viviendo en el área metropolitana de Nueva York.

La cifra, sin embargo, se elevaba a 597 mil 320 si se tomaba en cuenta el área triestatal, que conforman también Nueva Jersey y Connecticut.

Hoy, la cifra total puede estar cercana al millón de mexicanos, dice el Consulado.

Y la población nacida en el Distrito Federal, los exiliados del fracaso económico, puede alcanzar el 9 por ciento del total, lo que representaría entre 90 mil y 100 mil capitalinos enla Gran Manzana.

Y Nueva York se convierte en meta, porque los mecanismos para conseguir empleo han cambiado, y la colocación rápida en actividades más o menos bien remuneradas está garantizada, cuenta el propio Carlos Hernández.

En la zona de Manhattan funcionan por lo menos cuatro Oficinas de Reclutamiento, privadas todas, que ofrecen al migrante indocumentado un empleo a cambio de 100 dólares. No requiere documentación alguna, ni visa o identificación. Basta llegar, tomar una ficha, hablar con un representante que habla más o menos el español, y hacer la petición.

“Te preguntan qué sabes hacer, checan en las listas y te ofrecen tres opciones. Tú decides la que más te convenga, por horario, por salario, por día de descanso. En cuanto te quedas en el trabajo, les pagas los 100 dólares”, cuenta Carlos.

El cartel de una de esas oficinas, colocado en el andén de la estación Lexington y Calle 51, incluso ofrece que “no vas a tener acoso de la migra, ni redadas”. “Somos contratistas autorizados”. Es un servicio exclusivo para migrantes latinos, que tiene relación con más de 2 mil empresas de la isla, dice.

Es una ventaja en medio de tantas desventajas, dice Fernando, apenas con tiene tiempo de añorarLa Mercedy a su familia, “por lo menos ya no anda uno haciendo el recorrido por todas las calles, sin hablar inglés, buscando chamba aunque sea de lavaplatos”.♠


Un día en la Alameda

Ni se oyen casi ruidos en la noche. Apenas chasquidos de hojas que se mueven, un motor trasnochado hecho la bola, rumores de fantasmas. Pero ni ladridos siquiera, agua que cae o el bullicio de la tarde: a media madrugada, lista para celebrar 416 onces de enero, la Alameda es cementerio de esculturas, fuentes quietas y unos cuantos hombres de ojos raros.

“Se quedan ahí horas”, confirman Jaime González y Héctor Ávila, a paso de tortuga vigilante por la Avenida Juárez. Hay que estar “nomás a las vivas, que no salte algo”. Pero si se te sientan en la banca de enfrente “mejor no veas lo que traen entre las manos”. Y risa que les causa.

Ya lo escribía Salvador Novo, el Cronista, en “Plano de la Ciudad de México”, texto publicado el 3 de julio del año 24 del siglo pasado en El Universal Ilustrado:

“Menudean los asaltos. Lo dicen los periódicos, y que en pleno día. Más miedo da en la noche y a oscuras. Un señor atravesaba el parque lleno de aprensión. Saliéronle al paso dos individuos de extraña catadura. Trémulo, pálido, él les dijo:

- Señores, no traigo dinero, ¡se los juro!

A lo que impasibles replicaron:

- ¡No le hace!”

Y poco que ha de haber cambiado la Alameda en estos años. La mera noche del primero, todavía la gente brindaba entre los fresnos, agarraron en la Fuente de las Náyades a un ratero.

Se había volado unas tarjetas de celular, mil 70 pesos en billetes chicos y unos bimbollos de la tienda Oxxo de Cuba y Lázaro Cárdenas. “Tremenda corretiza que le metieron” por el parque de 80 mil metros cuadrados, según dicen los guardias. “Pero los compañeros hicieron buen trabajo”.

Será por algo que en “el paseo más antiguo de la ciudad de México”, el “testigo mudo de los grandes acontecimientos”, el “primer parque de América Latina”, el “Patrimonio cultural de la Humanidad desde 1985”, abundan las historias de noche o día.

Como la que cuenta Arnulfo Cortés, paseante habitual vecino de la Guerrero, jubilado, viudo: “yo aquí conocí a mi esposa, en 1957. Duramos 46 años casados. En ese entonces no había tanta cosa, paseaban los señores con sus sombreros, las damas bien vestidas”.

Cada que puede va a sentarse a las bancas, o se encarama en el kiosco que está sobre la Avenida Hidalgo, observa los bailes que luego se organizan, lee una revista, come un chicharrón con salsa roja, papas fritas, se bolea los zapatos con “Don Pedro” ¿O dijo con “Don Pablo”?

“Hay rateros por aquí, cómo no. Pero cada vez son menos”, dice el hombre, ojos negros casi cubiertos por una nube blanca, bastón de madera en la mano derecha, dientes muy blancos, artificiales. “Es un parque muy bonito, me trae muchos recuerdos”, dice. “Extraño a mi viejita”.

Arnulfo está cercado por los ruidos. El silbido agudo de un globero, el grito atronador de voceadores, unos escolares de pinta en arrumaco, la fuente que chorrea, dos perros pequeños, cláxones como palomas echando madres, el aire, una bocina que estalla “por la defensa de la soberanía energética”, risas, una charla sobre la infidelidad de Gisela, el murmullo del Aviso Oportuno subrayado en “Se solicita empleado…”.

Se van superponiendo uno sobre otro, los ruidos, en una especie de sinfonía chilanga, que no cesa nunca, que puede ser un vals, un blus, un heavy metal, conforme corra el día.

Pero el hombre apenas oye. Detrás de su oreja derecha, como si fuera el cuerpo de una de las tantas mariposas que luego se aparecen, lleva un pequeño aparato para la sordera, que él enciende o apaga, a su antojo, cuando un entrometido llega a interrumpirlo en su tarde en la Alameda.♠

Publicado en El Universal


El Dios Pulque, resucitado

Si es casi un resucitado de entre los muertos, un superviviente nato en esa aplastante posmodernidá globalizada que se embriaga con vinos tintos, chelas o martinis, mínimo hay que escribir su nombre con mayúsculas: El Pulque.

Nomás hay que sentir en la garganta el viscoso dulzor de su caricia, la consistencia de piel de amante que tiene su textura, la seducción quedita que provocan sus efectos, para entrarle a gusto, con un deleite que pocas bebidas paridas en otros suelos pueden regalarle a paladar alguno.

“Estamos cumpliendo en esta pulquería 107 años, vivos”, dice orgulloso Don Chucho Juárez desde el despachador central de “La Risa”, la última pulcata de la cuadra, en la esquina de Mesones con Mesones, en el mero Centro de la ciudad de México, donde un día hubo tres o cuatro negocios como el suyo pegaditos.

“De unos tres años para acá, vienen muchos jóvenes”, cuenta al pie de los vitroleros con curados de guayaba, piña, avena y jitomate coloridos, con pulque bronco, ora sí que el pulque-pulque, amargo, blanco y salivoso, que despacha desde las 9 de cada mañana.

“Los jueves, viernes y sábados no cabe un alma”, dice el hombre, 71 años de vida, 57 dedicados a su pulque, casi 10 subarrendando su negocio, con dos ingenieros, un abogado, un arquitecto y dos secretarias educados con nada más que el aguamiel de los magueyes.

“Yo tenía tres pulquerías, pero las fui cerrando, porque ya nadie compraba el pulque, y me fui para Hidalgo. Luego me habló un compadre para ofrecerme atenderle ésta, y le dije que mejor me subarrendara. Le firmé un contrato por 25 años. Nomás llevó 10”, dice.

Cada tantos días recibe cargamentos de los tinacales de San Isidro Nanacamilpa, en la zona de los magueyales de Tlaxcala, a veces 25, a veces más barriles de madera repletos de bebida, menos de la mitad, según recuerda, de los que surtía en sus pulquerías cuando tenía 17 años y comenzó su andar en el negocio.

Aún así, no para detrás de la barra. “Véndame 5 pesos de pulque”, le pide uno ahogado de la farra, un “curadito de jitomate”, con su limón al borde del tarro, o “un campechano” más le piden en mesa, una cubeta, un curado de guayaba con canela, y sus 7 grados de alcohol para la sangre.

Ayudado por Francisca, quien además de meserear hace el pozole, los frijoles, la lechuga, el hombre cura la bebida, llena los vitroleros, sirve los tarros, cobra y hace las cuentas de un negocio que, reconoce, comienza a mirar mejores días, pese al acoso del olvido.

Por eso, aunque no lo sepa, cuando son para llevar, Don Chucho entrega sus curados en botellas reutilizadas de Coca-Cola y de agua trasnacional purificada: hasta gusto da mirarlos con el pulque, en esa su venganza de tlachicotero.

“La Risa”, el fin de semana a mediodía, es un vertedero de estampas y postales. Ahí están los chavos indie, con su actitud desenfadada, su vestir despreocupado y su cosmopolitismo llano, sentados a la mesa con septuagenarios añorantes de aquel tlachicotón de sus ayeres.

“Si tengo calor, me echo una caguama, pero si lo que quiero es tomar algo rico, me chingo un curado”, dice Alejandro, oaxaqueño y músico, veinteañero según dice su apariencia, un tarro de curado de piña entre las manos, las rastas y los aretes en sus sitios, su barba de chivo, sus amigos Alberto, Tania y Xóchitl.

“Es que el pulque te pone como cachonda, como sabrosa, es una sensación rica, que la sientes en todo el cuerpo”, dice Xóchitl, artista plástica, rodeada en “La Risa” de mesas con mujeres apenas ciudadanas que beben sus curados, sentada frente a un mural, o lo que sea, armado con granos de trigo y acuarelas, tarareando la canción de un grupo llamado Nirvana, o de un Jim Morrison que suena desde nadie sabe dónde.

Y si el aserrín de antaño se ha desvanecido, aún brilla en la pulcata el olor de los toneles, la luz que desprende cada tarro, la confianza con que don Pepe, entrado en los setenta, afirma al terminar su pulquito de la tarde, “yo voy a seguir viniendo mientras esté vivo, no hay cosa más rica que un curado”.

Ha de ser, y los amigos de Alejandro tienen una explicación de todo ello: nomás hay que sentir en la garganta cómo escurre un curadito de guayaba, como viaja por el cuerpo, hasta que vuelve a ocupar el sitio que le toca: el ADN de cada mexicano, su esencia, el alma misma.♠

Publicado en el diario EL CENTRO


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