Vuelve a mirar por las ventanas del café Internet “La Tertulia”, como si afuera estuviera ese paisaje de milpas y alfalfares crecidos que hoy ya no existe, y justo cuando se topa con la tripa vehicular de Gabriel Mancera y Cerrada de Amores, Manuel Servín Massieu, 78 años, dice tranquilo: “por aquí, en algún lado, debe estar enterrado mi ombligo”.

Ya tiene un rato mostrando fotografías en blanco y negro de una colonia Del Valle irreconocible, de llanos seguramente verdes y lodazales que cedieron el paso al pavimento. Ya lleva como dos horas y media chorreando recuerdos de su abuelo, el fundador del Politécnico, Wilfrido Massieu, del tiempo ido, y de un niño que escuchaba por las tardes a una indita, el canasto en la cabeza, vender “nopalitooos compuestooos”.

“Desde aquí parado podías ver hasta la Hacienda de Narvarte de éste lado con los volcanes atrás, se veía el pueblo de La Piedad, los zacatales. Todo esto era un llano y cuando llovía se hacían unas lagunas enormes, pantanos. Mi madre salía de la casa con los zapatos en la mano, calzando unas sandalias que se llenaban de lodo y tenía que tirarlas”, dice.

Habla de la misma colonia Del Valle, nomás que años atrás. Y brinca sobre el tiempo a cada rato. “En las noches, me traía mi madre a rezar a esta casa, que pertenecía a don Armando Santacruz, amigo de mi abuelo, militar y custodio de la fortuna porfirista. Había una capillita clandestina a la que entrabas por esa puerta. Eran los tiempos de Calles”, recuerda.

“Jugábamos en el parque Mariscal Sucre”, dice, “ahí había palomillas, como la de los Aracuanes, a la que pertenecían los hermanos Roberto y Horacio Gómez Bolaños, la de los Panteras a la que yo pertenecía, los Mitchums, Santa Rita, jugábamos al fútbol, al atletismo”.

Entonces se le antoja visitar todo el inmueble, también la vivienda de junto, que era de su abuelo, la de la otra acera, donde él mismo vivía. Pero la casa del vecino es el café y un conjunto de oficinas, cuyo acceso custodia un guardia de seguridad muy poco amable. En el domicilio de su abuelo, antes de cerrar la ventana un hombre desconfiado dice que nadie lo conoce. Su propio hogar es un edificio de departamentos en condominio. Es cuando se desiste, bebe su segundo capuchino espumoso. Mira las fotografías.

Salvo en el vello de su barba, que lo hace parecerse un poquito a ciertas fotos de León Trotsky, el gris platino ya le ganó todas las vencidas al color castaño. En sus ojos, de luz azulosa, se reflejan las puertas canceladas de la mansión porfirista convertida en negocio, los baños, la ventanas tapiadas, la hilera de computadoras.

Aunque Manuel está ahí para hablar de la colonia que cumple 100 años de haber sido fundada, la crónica se tuerce en un camino hacia lo íntimo: las comidas de “frijoles con verduras, casi nunca carne”, los abrazos de su abuelo, las limonadas Quimón o Ferroquina a 10 centavos la botella, su hermana “la cambuja”, los chichicuilotes tiernos, los patos de los charcos que ahora son el Eje Xola, la chamacada que creció con un tranvía y las aventuras en un llano sepultado en la memoria.

No queda nada de eso, apenas fotografías, que es el lugar donde, según dice Manuel, ha de maniobrar la magia con sus artes: ahí el Centro Médico Gabriel Mancera es otra vez un pastizal mullido, la avenida caótica regresa al terregal, del cielo de antenas y cables nacen otra vez nubes y aguaceros, y la colonia Del Valle, la vieja y descuartizada colonia Del Valle, es otra vez el lugar verde, limpio, donde una mujer sencilla, hace casi 80 años, resguardó bajo la tierra el ombligo de su hijo.♠

Publicado en El Universal

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