El cocinero del infierno

Si la cárcel es un infierno, éste tiene un cocinero: se llama Neptuno. Y cuando termine de contarnos su historia sabremos por qué siente que su alma se torna cada día más negra, un poco más obscura.
Esa tarde está parado ahí, justo en medio de una corredera de homicidas, violadores y asaltantes. Blande como tridente una cuchara de metal que es más larga y más grande que su propio brazo y, con un grito sonoro, organiza la pelotera de trastos, peroles y cubetas.
“Esas ollas llenas, muévanse, ámonos cabrones”, dice con camaradería el único hombre que no es un reo, y esa cocina con 60 cuerpos uniformados de caqui que vienen y van sin tropezarse, sin tocarse siquiera silenciosos, se ordena, se activa.
Ahumados por los vapores mezclados de las ollas gigantes de frijoles charros que tienen un sabor a chile serrano, por el arroz blanco con demasiado ajo para ciertos gustos, por el atún a la vizcaína con papas tiernas, jitomate oloroso y buen sazón, los hombres se agrupan para comenzar el ritual: 12 mil 500 internos del Reclusorio Varonil Norte del Distrito Federal tienen hambre y ellos, los ayudantes de Neptuno, están obligados a darles su comida en punto de las 12. Ya.
Un grupo vierte los frijoles, otro organiza las cajas para los 2 mil kilos de tortillas, los contenedores del arroz, los del atún, el sellado de las ollas para el traslado, los malvaviscos del postre, la formación de los carros en la puerta de la cocina, la limpieza de contenedores vacíos, el lavado de utensilios. Apenas pasan 7 minutos.
“Yo sirvo regularmente con una calidad y así sale de mi cocina: frijol y sopa de pasta o arroz. Alubias, lentejas, guisado. Un postre, tortillas. Pan en el desayuno y la cena. Recibo en mi cocina 25 mil panes en promedio diarios, y tortillas”. Neptuno domina su reino.
Tiene horarios ajustados. 12 mil 500 desayunos, a las 7 de la mañana, 12 mil 500 comidas, exactamente al mediodía y 12 mil 500 cenas, que si no están listas a las 7 de la noche detonan conflictos entre los reos.
Una ocasión, los “rancheros”, internos comisionados por sus compañeros de anexo o área para conducir los alimentos, volcaron el contenido de todo un carro con comida para 650 reos. El anexo se levantó en protesta y el propio Neptuno habló con los líderes del área, “siempre hay uno que los mueve”, para calmar la bronca.
“Les hice nueva comida en 15 minutos. Así de organizados están los muchachos en mi cocina”, dice orgulloso mientras los mira.
Formados los carros, rotuladas las ollas para cada área del penal, uno de ellos abre entonces una compuerta de la cocina que da a un pasillo al aire libre, en la zona de Talleres del reclusorio, donde una multitud casi monocromática de hombres viejos y jóvenes ya espera, detrás de la reja custodiada, a que comience el reparto.
Adentro, la comida es oro
Los “rancheros” se acercan conforme los nombran para llevar los carros. Si alguno carga una olla de más, una caja de tortillas de menos, Neptuno sale de su cocina y va hasta él, arregla el asunto y quienes lo observan notan cómo el tumulto de hombres presos, con hambre, no se atreve a chistarle un vituperio.
Porque es un penal, con sus reglas propias, esas que Neptuno conoce a la perfección después de cinco años haciendo la comida y defendiendo, incluso a golpes y amenazas, su terreno.
“Cuando me contrataron yo asumí un compromiso y he llegado al punto de conflictuarme con mucha gente por querer hacer las cosas bien, porque, bueno, es mi cocina y aquí adentro estás en medio de una lucha muy desigual”, dice sereno.
Usos y costumbres de ahí dentro, donde todo cuesta porque todo vale, la comida es oro y así se cotiza, por eso puede ser una cuando sale de la cocina y otra distinta cuando llega a los dormitorios del penal, donde otros mandan:
“Así les des caviar, allá adentro lo pueden convertir en mierda. Apenas pasan el retén donde ya no hay seguridad ni externos, hacen lo que quieren, obviamente con la intención de vender, de obtener un beneficio”.
Por eso su máximo orgullo es haber conquistado territorio.
“Cuando yo llegué, aquí estaba mal, aquí era suciedad, era desorganización, falta de alimento, además el saqueo que existe. El mayor problema era el saqueo que hacía el interno”, cuenta.
Por las manos de Neptuno pasan, cada semana, mil 89 cajas de huevo, 12 mil 600 kilos de salchicha, casi el doble de piernas y muslos de pollo, unas 18 toneladas de frijol, ocho de arroz, 4 de carne de cerdo, café, lentejas, azúcar, puré de tomate, jamón, carne de res, surtido todo lunes, miércoles y viernes, porque no hay congelador.
En el mercado restringido del Reclusorio Norte, cada pieza, cada cosa tiene su valor, inmenso, por ello trabajar con personas que ha delinquido, dice Neptuno, le pudo representar el conflicto de la confianza, que ha ido superando.
—¿Cómo lo hiciste?
—Con la ayuda del área de seguridad, por supuesto, pero además cuidándolos yo. No te queda de otra que revisar a la gente cuando se va y si la encuentras robando algo, pues la despides.
Por eso la cocina tiene escalafón, que depende de la confianza, la experiencia y las ganas de trabajar.
Llegan por petición propia y lo primero que hacen es limpiar pisos, baños, utensilios. Luego son ayudantes, cargan los bultos, limpian frijoles, lavan carne, vierten los alimentos, pasan a la zona de guisos, sazonan, baten, hasta que finalmente cocinan. Ganan dinero, reducen condena, aprenden.
“No puedo tener a cualquiera haciendo guisados, en primera porque no están acostumbrados a trabajar con cofia, cubrebocas, uniforme, porque aquí están acostumbrados a andar sin camisa, encuerados, por eso en mi cocina todo es un proceso de aprendizaje”.
—¿Y los cuchillos?
—Los cuchillos los manejo yo.
—¿Sólo tú?
—Bueno, no. Los manejan quienes están asignados al corte de alimentos, pero los guardo en mi oficina bajo llave, y esa llave nadie la toca más que yo.
Neptuno recuerda una anécdota, cuando cierto grupo de internos intentó entrar por la fuerza a la cocina y sus muchachos se armaron con los utensilios de cocina para evitar la incursión. “Me imaginé una carnicería, ca. Por eso los cuchillos”.
¿Quiénes son los malos?
Neptuno es un hombre de baja estatura, “para mi todos son altos”, corpulento, de nariz como nuez y labios delgados. Aunque sus ojos son pequeños, cuando platica los abre lo suficiente como si quisiera ayudar a la mente a cocinar los recuerdos.
Desde que llegó al Reclusorio y le propusieron encargarse de la cocina, dejar el área de supervisión del parque vehicular de la dependencia, puso en práctica el método de aprender observándolo todo.
Sin preparación como cocinero, con la única experiencia de haber atendido un negocio familiar de barbacoa, los primeros días en el Reno sólo se dedicó a mirar, a cuidarse, a medir, como se dice, el agua a los tamales.
“Yo estaba en área central, pero mi domicilio está aquí cerca, así que por comodidad lo agarré”
—¿Y qué se siente darle de comer a los malos?
—¿Y quiénes son los malos?
—Los que están adentro, ¿o no?
—Pues aquí adentro no son todos los que están, ni están todos los que son. ¿Quién es malo? Tú y yo podemos ser malos y no estamos aquí adentro, dice, para ridiculizar prejuicios ajenos.
Mira hacia sus ayudantes, hacia Jorge, quien está a cargo de los frijoles y en un par de meses compurgará condena por robo, hacia su compañero, quien dice estar seguro de encontrar un buen trabajo, cuando salga, porque ya sabe trabajar en una cocina industrial, como de restaurante y podría poner su propia cocina económica. O más.
Neptuno observa hacia José Luis, dos veces asaltante; a Ignacio, defraudador, que en medio del jaleo de los guisados parecen hombres confiables afanándose por hacer lo que les toca lo mejor que pueden. De veras.
“Te vuelves de la cárcel”
Neptuno, cuyo nombre heredó de su padre, “de niño me molestaba, ahora, de alguna manera me da fuerza”, dice que trabajar en la cárcel, en la cocina del penal, le ha significado experiencias buenas, pero también malas.
—Tu actitud hace que te respeten, pero ya aquí, si no le metes unos chingadazos a un güey... los mismos chavos, de repente los tienes que arrear con un palo y eso te hace cambiar.
—¿Tú has cambiado?
—Tú te das cuenta de que no eres el mismo. Yo difícilmente era grosero, difícilmente gritaba y te podría decir que me ganaba el respeto de la gente más con mi actitud que con la fuerza.
—¿Cómo eras antes?
—Yo, antes de trabajar aquí, era muy sociable, no tenía precisamente grandes amigos, pero sí tenía un círculo más grande de gente con la que convivía, ¿no? Ahora no. Tenía más léxico para entenderme con la gente o para sostener una plática y además más temas... de repente te clavas aquí y tu círculo se vuelve pequeño, pequeño.
—Cambiaste.
—Todo cambia, todo cambia, hasta tu comportamiento, en todos los sentidos, cambia. En tu juicio o bebido cambia, más bebido. Tienes que aprender incluso a moderar tus tragos porque, con que pierdas tantito el control... bebido te vuelves alguien de la cárcel, como diablo.
—Te sale tu lado oscuro...
—No, no... pero tú sientes. Después de tanto que platicas con ellos y que peleas y todo eso, de repente estás bebido y sí te sientes capaz de hacer una pendejada de las que hacen ellos y eso ya te hace pensar a ti: ¿Pues antes cuándo iba yo a pensar así?
Neptuno ya no está en la cocina. Servida la comida, sus ayudantes comienzan a preparar la cena, las lentejas, las ollas de café. Se desprende del tapabocas, de la cofia, y sale al patio a fumar un cigarro, un Delicado. Al rato, afuera, se echará un “camellito”.
—Neptuno, ¿cómo haces para que esto no te coma?
—Desde el momento que sales de aquí el aire es diferente. Quizá tú te vas a dar cuenta cuando te vayas. No sé. Pero aquí huele diferente.
—¿A qué huele en el reclusorio?
—Te juro que huele a conflicto, huele a cárcel, a sufrimiento, no sé, todo lo que te puedas imaginar. Y sobre todo, cuando estás aquí todo un día, te juro que sales de la aduana y el aire es diferente, eso te permite calmarte y tu estrés, todo lo que te echas aquí a cuestas, te da un chance.
—¿Y por qué sigues aquí?
—Porque me gusta, me gusta mucho. Mi mujer me dice que me salga, mi hija también. Pero a mí me gusta.
Mira hacia la zona donde miles de hombres toman el sol, donde algunos comen en trastos viejos, en latas, en lo que pueden, y entonces, a manera de despedida, Neptuno confiesa, como si se hablara a sí mismo:
—¿Sabes cuál es mi mejor ritual? Marcar por teléfono. Cuando salgo de aquí, en la tarde, casi directamente voy a marcar por teléfono, a mis hijos, a mi mujer. Y ya eso me regresa mi vida.♠
Texto publicado en EL UNIVERSAL
Vieja crónica de un 1 de mayo

Primer tiempo:
Antes eran miles, hoy unos cuántos.
El Todopoderoso de antes, el que desde el balcón miraba sin ver y oía sin escuchar, se convierte ya en decenas de poderositos pequeños, pequeñitos, que tampoco ven ni escuchan, nomás transan y vituperan, llegan en Mercedes, salen sin ser tocados y exigen su “besamanos” y su cuota de poder: “fuera el secretario”.
Y los reclamos de antes, los guardados en el cajón de la conveniencia, por un salario mejor, por un trabajo mejor, por una vida mejor, hoy atizan las mismas gargantas mañaneras que merecerían mejores causas: “Fox, escucha, Napoleón está en la lucha”.
Y los uniformes de acarreados de antes, con cachucha y chamarra, lonche y lana para la celebración, hoy son camisetitas tristemente serigrafiadas y una bolsa de sándwiches con aguacate y radiografías de jamón y queso de puerco. Y la promesa de un contrato, “aunque sea de un mes”, pero un contrato.
Lo mismo. Porque están los mismos gritos, las mismas pancartas, los mismos ecos, lanzados por los mismos hombres que ganan los mismos salarios y limpian la misma mugre de los mismos viejos capos del sindicalismo viejo de la vieja CTM.
Pero los ríos de antaño, que ya son apenas hilera guangas de gente sin muecas, ni entusiasmos, ni causas, lanzan hoy gritos que no gritan nada, cobran salarios que no saldan, cuentas que no cuentan, y se escurren todos en apenas 10 minutos, no bien ha terminado el festín de los añejos, no bien ha comenzado la celebración de los “modernos”, no bien han terminado de apoyar a quien se enriqueció con sus miserias.
Segundo tiempo:
Antes eran nuevos, hoy los de siempre.
Exigen que se vaya, que nadie lo reconoce, que ya no tiene color la grisura de su cargo. Y como prueba de su desprecio, dicen, está ahí “el nuevo sindicalismo” para exigir un hasta aquí que suene recio: “una mentada de madre para el gobierno asesino y represor”.
Y llegan en camiones que colman el primer cuadro de la ciudad, y sacan sus pancartas que exigen “Fuera Salazar”, “No a la intervención en la vida sindical”, y hacen sus cuentas alegres de que la UNT, con los viejos nuevos líderes, “está en la vanguardia de la lucha por el respeto al sindicalismo”.
Y los encabeza el de siempre, un viejo nuevo Fidel Velázquez, con sus 29 años de liderazgo democrático entre los telefonistas, acompañado por los viejos nuevos dirigentes de electricistas, universitarios, tranviarios, que se unen a sus octogenarios antecesores para reclamar, porque esa sí es su lucha: “no a la persecución contra el compañero Napoleón Gómez Urrutia”.
Porque hacen de un reclamo particular su Primero de Mayo. Y callan, con su voz, el verdadero reclamo de los suyos: un salario mínimo de insulto, la proliferación de despedidos, el nulo crecimiento del empleo.
Y desde el mismo podio donde una hora antes reclamaban los añejos, los nuevos viejos gritan “democracia” y “libertad” como quien grita “chicharrones” o “hay camotes”, sin que se altere el contingente, sin que se mueva una pestaña, sin que se cimbre una estructura, sin que se altere un salario, sin que mejore una vida.
Tercer tiempo:
Antes era un sueño, hoy es un recuerdo.
La figura del “sup” se escurre solita por el podio casi vacío, y se nota breve frente al Palacio Nacional, enjuta frente al aguacero que lo baña, mínima ante el eco de sus otros días.
Y su voz grita distinta, que se van a ir a la chingada todos, que los azules, los tricolores y los amarillos y los rectores y los industriales y los banqueros y casi todos los que no piensen como él, no digan lo que él y no hablen como él.
Grita con una voz distinta, pero desde el mismo podio que usaron los añejos y los “nuevos viejos”, y tampoco nadie de la muchedumbre, que no es la misma y quizá ya no será, puede acercarse siquiera a ese flanco de machetes y mecates, como no podían los otros por la mañana, ni al mediodía. Y lo que aparece ahí, a media tarde en el Zócalo, es algo que no es ni fiesta ni verbena ni fandango, y no recuerda otras visitas del movimiento ideológico-insurgente, ni en cantidad ni en cualidad, ni en densidad ni en simpatía.
Lo que se escucha es una voz furiosa, apagada, que despliega rencores y bravatas que no saltan envueltos en poesía: Marcos ha perdido su poesía.
Y como no hay poesía, no hay calidez, ni sueño ni nada. Y no está la gente, ni los ecos, ni la simpatía, ni nada.
Y entonces el Zócalo se va quedando solo. Y comienza el aguacero, tres palabras después de que se ha ido Marcos, y la lluvia se lleva esos pocos ojos que miran a la izquierda, y los pocos ecos de ese sueño, y los recuerdos, y el “pudo haber sido”. Y todo.♠
Publicada en Diario Monitor
CREA y las microempresas de mujeres migrantes
Este 2010, trabajé para un proyecto empresarial denominado Iniciativa México. Mi papel ahí era realizar reportajes de los proyectos participantes.
Éste es un reportaje sobre CREA, una organización no gubernamental que apoya a mujeres para crear microempresas a partir de ideas sencillas.
Mayoritariamente mujeres parientes de migrantes zacatecanos, el proyecto CREA es de un gran impacto en la región, pues dota a cientos de mujeres de nuevas opciones de vida.
[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=cac36ZmVlJM]
Ñango y sin permiso, Santa cumple
Una mañana de diciembre de 2009, éste reportero se disfrazó de Santaclós y así, con botarga, barba, botas y entusiasmo, salió a las calles de la ciudad de México a contar una historia de Navidad.

¡Santaclós… Santaclós, usté no puede estar aquí! La voz del funcionario del Gobierno del DF parece una descarga de diábolos conforme se acerca.
El contorno de escuincles, unos 15 pares de diminutos ojos fascinados que me observan, comienza a disolverse.
—¿Qué no entiende, carajo? ¡No puede estar haciendo eso aquí!
—¿Pero qué estoy haciendo?
—Váyase. Pa’star aquí tiene que sacar permiso, esto es un lugar privado.
El hombre desenfunda de su cintura un equipo de radiocomunicación y, sin dejar de mirarme, de escanearme como se dice ahora, pide una patrulla para ese pedazo de Plaza de la Constitución donde nos encontramos.
Con su brazo el funcionario ahuyenta a las últimas palomas de un metro y 15 ilusionadas con mi disfraz, con mis abrazos.
El terciopelo rojo de mi saco se frunce en el puño de la autoridad; el sol, de por sí una estufa, parece subir su flama al máximo porque el peluche del traje, la panza de borra y manta, incluso la peluca, la barba de nylon, comienzan a sentirse mojados, me pican, me desatan una comezón que sólo había sentido cuando, de niño, me senté sobre un hormiguero.
—Nomás estoy aquí, deseando feliz Navidad a los niños, le digo. ¿Por qué tendría que decirle que soy reportero y por hoy un Santaclós callejero?
Él no recibe respuesta de su aparatito. A esas horas del domingo, la policía debe andar custodiando el circuito ciclista en Reforma o la pista de hielo.
En el Zócalo, vedado a Santaclós por obra de un decreto que más parece sancionar el comercio que no rinde votos que el ambulantaje, un hilo de familias observa en silencio, sin intervenir, el aquelarre funcionario-Santa, en el fin de semana previo a la Nochebuena del año de la violencia.
“Mira, ahí va Santa”
Mientras el funcionario duda, no recibe apoyos, aprovecho para detenerme ante uno de los tantos niños que abracé minutos antes: es una enorme bola de cachetes morenos, rojos, una boca mínima, dos manos juntas encima de un ombligo desbordado con camisa de Bob Esponja, dos brillantes pelotas negras debajo de las cejas, un deseo simple: “quiero que me traigas una bicicleta, con ruedas para que no me caiga”.
¿Y has sido bueno, obedeciste a tus papás? —le pregunté antes— porque sólo tengo regalos para los niños que se portan bien y obedecen a sus papás.
El “sí” inmediato estuvo acompañado de un rejuego de manos incesantes, la vista en alguna parte que no era mi rostro de Santaclós hechizo, un nerviosismo que se tradujo en piecitos sin descanso, en movimientos de cabeza, en titubeos que sólo acabaron en sonrisota cuando le solicite un abrazo, que duró un minuto.
Diego, como dijo que se llamaba, no fue el primero. Desde temprano comenzó el aguacero de apapachos, de gritos genuinos para celebrar el paso del disfraz rojizo, del “¡mira, ahí va Santa!”, con tantas miradas reencontrándose en una ilusión que no parecería de una ciudad con un índice de al menos 400 delitos diarios.
En la esquina de Reforma y Florencia los ciclistas avanzaban junto a la figura regordeta del costal de plástico relleno de almohada; y con sonrisas, gritos, saludos: “¡Ese mi Santa!”, casi exigían el “Jo jo jo” como respuesta.
Lo mismo adultos que niños, aunque más espontáneos los chamacos. Igual los paseantes con cámara que los trabajadores de limpia, incluso policías, quienes pedían su foto, “mi muñeca de carne y hueso”, “ora sí tráete un Ken para esta Barbie”, e inalterablemente convergían dispuestos en ese lugar extraviado a donde uno debe ir para creer las fantasías.
Desde los automóviles sonaban los cláxones, desde los patines, las bicicletas, las patinetas los “¡Qué Santaclós tan ñango, se ve que está dura la crisis!”. Desde los microbúses el “adiós Santa”, que llegaba a convertirse en romería si pasaba por la Alameda, si me aproximaba a Bellas Artes, si agarraba por Madero para llegar al Zócalo, y un tropel de enanos sin titubeos pedía un balón de futbol, una muñeca, un carro a control remoto, algo de ropa.
“Si no puedo traerte todos los juguetes que pides, piensa que te quiero mucho y que los regalos están llenos de amor”, decía a los niños cuando notaba la mirada agobiada de sus padres ante el cúmulo de peticiones.
Como otros dos mil, quizá dos mil 500 hombres vestidos como yo en las calles de la ciudad de México en esta temporada, según estimaciones del gobierno, sentía la obligación de mantener viva una esperanza, que si bien no es netamente mexicana sí es esperanza al fin, y mucha falta que hace.
Quizá por eso pesaba menos la botarga, por eso el clavo del zapato derecho no llegaba a doler tanto tras horas de caminata, por eso las rozaduras de la entrepierna, por la costura del peluche, eran soportables; quizás por esa obligación el estorbo de la panza podía ser sólo mínimo, y el calor de estufa a todo fuego, hirviendo bajo del saco alquilado por mil 300 pesos, llegaba a confundirse en cada abrazo.
¡Feliz Navidad!
Pero el funcionario insiste en que me vaya. La gente murmura la arbitrariedad mientras me dice que los “Santacloses” están confinados a la zona del Monumento a la Revolución, que si quiero evitarme problemas me salga del enrejado que privatiza el Zócalo.
Ya sé cómo se las gastan: en la noche, siete patrulleros jalonearán a otro como yo, incluso de los blancos pelos, para subir a la furgoneta: un Santaclós aprehendido, en una acción tan eficaz que ya la quisiéramos ver contra la delincuencia.
Vuelvo a mirar los ojos de Diego, un niño como tantos, quien parece no comprender lo que se dice.
Entonces entiendo como mi obligación defender su fantasía, y decido salirme del enrejado sin mayores aspavientos.
—Ya me voy, señor funcionario. Aunque no estoy haciendo nada malo, le digo.
El colaborador de Marcelo Ebrard se aleja unos pasos, pero vuelve la cara enfadada de inmediato porque escucha los gritoneos que le lanzo a manera de rebeldía: “Feliz Navidad. Feliz Navidad a todos… Jo jo jo”.♠
Publicado en El Universal
Migrante No. 17: Carlos Alejandro Mejía Mendoza
72 MIGRANTES.COM
Carlos vivía para su madre y ella, orgullosa, le replicaba los cariños. Amor de madre caribeña, vecina de las arenas en las costas de Triunfo de la Cruz, y amor de muchacho garífuna, de hermoso negro hondureño con casi 20 años y un sueño en los ojos.
"Él quería levantar a la mamá, Isadora, darle todo a la mamá. Como es único hijo varón. Y aquí no lo podía hacer, por eso quiso salirse".
Alejandro, su tío, cuenta que aún parece estar viendo a Carlos cuando era un cipote, de 11,13 años: ordeñaba y arreaba el ganado de un vecino por los montes de su aldea, abrazaba a su madre, cuidaba de sus cinco hermanas e iba a corriendo a la playa para jugar con los demás cipotes garífunas, sangre nueva de una cultura nacida hacia 1635, cuando barcos españoles cargados de esclavos africanos naufragaron cerca de la isla San Vicente y los primeros garífunas nadaron, liberados, hasta las costas cercanas, para después mezclarse y esparcirse por lo que hoy son Honduras, Belice, Guatemala.
Alto como las palmeras de la costa Atlántica, fornido, musculoso, con una sonrisa de boca ancha y carnosa que emitía tonos graves, Carlos tenía dos pasiones: el futbol, en el que jugaba de defensa como si fuese un profesional, y la música.
Había nacido en el año en que 'Sopa de caracol', de la hondureña Banda Blanca, conquistaba media América Latina con el baile de la 'punta' garífuna - 'Watabuinegui consup, watabuinegui wanaga, si tu quieres bailar sopa de caracol ¡eh!', y quizá por eso le gustaba la bailada.
Se iba a la Disco a Tela, porque ahí tocaban la música moderna, el pop, el reggaetón y en una de esas hasta la 'punta', que también le gustaba bailar a su mamá.
Pero en su aldea, Carlos ya no podía estar. Ver a su madre esforzarse por ganar dinero le dolía. Dignidad de varón de raza negra.
"Ya no le ajustaba. Vos sabes cómo está la situación, que una semana hay trabajo y otra no. Carlos, de aquí de Triunfo era la primera vez que se iba".
Esperaba llegar a Miami con sus tíos, quienes contaban con el dinero para pagar a los polleros que lo cruzaran a él y a Junior Basilio Espinoza, su otro tío.
La noche de su partida, habiendo pensado que podían encontrar trabajo en un restaurante o incluso en los naranjales de Florida, Carlos quiso probarse una camisa roja dibujada con una brillante águila dorada y Junior una camisa blanca. Decidieron que entrarían vistiéndolas al paraíso de la paga abundante.
"Quizá les dijeron que esa misma noche llegaban y por eso se pusieron esa ropa, con esa misma ropa los mataron". Alejandro, quien lo cuenta, se aleja el teléfono de la boca y comienza a toser: 72 asesinatos juntos aniquilan cualquier garganta. Y cualquier alma, cualquier esperanza posible de cualquier país.
Casi tres meses después de su partida, el 9 de agosto de 2010, Carlos Alejandro aún no ha regresado a Honduras. Isadora, impaciente, aguarda por su hijo. "Todos los días, todas las semanas le dicen que llega y llega y nunca llega".
Amor de madre caribeña, ella espera tomarlo de nuevo entre sus brazos para cantarle úragas garífunas que cuenten la historia que Carlos hubiera querido escuchar sobre su propia vida. Le replicará su cariño de muchacho amoroso y entonces, orgullosa, devolverá su cuerpo a las arenas de las costas de Triunfo de la Cruz.♠
Publicado en 72migrantes.com
Te amo...
... por mi madre y mi padre, que nacieron en tu suelo, se conocieron en tu suelo, se amaron en tu suelo y me dieron la vida
... por cada uno de mis hermanos, que viven de ti, trabajan en ti, sueñan y alcanzan sus metas
... por quien me acompaña en la vida, que nació en tu suelo, te ama como yo te amo y te sufre como yo te sufro
... por la generación que nos sucede, la que está aprendiendo a amarte, a conocerte, a sentirte como la sentimos nosotros
... por toda la gente que ha nacido aquí, la que ha llegado y al conocerla me ha regalado uno de los más apreciables tesoros que poseo
... por tu maíz amarillo, por el blanco, tus jitomates rojos, tus chiles de colores, por tu huitlacoche y todos tus panes
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... por tu Acapulco y San Miguel de Allende, San Juan del Río, Cancún, Huatulco, Querétaro, por tu Cuernavaca y mi Tampico
... por José Carlos Becerra, Josefina Vicens, por Pacheco, Paz, Sabines, Rulfo, Ibargüengoitia, por Spota, por Fuentes, por Elena
... por Martín Luis Guzmán, por Buendía, por Arreola, Novo, Poniatowska, por Villoro y los cronistas y periodistas que te han contado
... por Noticias del Imperio, por El llano en llamas, por De Perfil, por La Muerte de Artemio Cruz y por El Libro Vacío
... por Luis Buñuel que te miró distinto, por el Indio Fernández y Figueroa que te retrataron como nadie
... por tu María Félix, tu Gloria Marín, por Armendáriz, Dolores, Katy Jurado, La Pinal, por Negrete, Infante y López Tarso
... por tu Cantinflas, por supuesto, y tu Tintán con su Marcelo, por Chabelo, Vitola, el Chavo del Ocho, la Pájara Peggy y Chiquidrácula
... por tu Cuna de Lobos y tu Siempre en Domingo, por tu Rock 101 y tu XE-TU
... por Lola y Manuel Álvarez Bravo, por Casasola y Tina Modotti, por Mariana Yampolski y todos los fotógrafos que te han mirado
... por Barragán y por Pani, por Ramírez Vázquez y González de León, por tu arquitectura y tu paisaje urbano
... por tu ropa en los tendederos y tus macetas de cubeta, por los letreros con mala ortografía y las cajas de Fab en las centrales de camiones, por los mercados sobreruedas, por las manifestaciones, por el desparpajo de tu gente y su solidaridad cuando hay problemas
... por tu Pedro Coronel, por tu Felguerez, por Juan Soriano y mi paloma con chichis
... por los parques, los jardines, por las calles de adoquín, por las empedradas, por los baches por millones también, por qué negarlo
... por tu Catedral de Puebla y tu Teotihuacán, por el Hospicio Cabañas y Chichen Itzá, por Montealbán y el Paseo de la Reforma
... por el día de muertos, por el de las madres, por tu Grito y tus posadas, por los puentes de mayo y los de febrero
... por tu tequila, obviamente, por tu cerveza, tu mezcal y tu tepache, por las borracheras memorables y las crudas con pancita y barbacoa
... por tus domingos y tus viernes, por tus discotecas, bares, antros y museos, por tu Xochimilco y mi calle cuando está tranquila
... por tu gente buena y también por la mala, que hacen que la diferencia se note cada instante
... por que sigues vivo pese a tus pésimos gobiernos, tus cínicos políticos, tus asquerosos partidos políticos
... por tu extraordinario periodismo, por el oficio de mi vida y por la vida de mi oficio
... por mis amigos, por mis enemigos, por tus amigos y tus enemigos
... por el tráfico de los domingos en la tarde, por las calandrias de Guadalajara, por el Paseo Montejo, por el Malecón de Veracruz, por Xilitla, por Playa Paraíso...♠
Un grito: La crónica del día en que los periodistas mexicanos decidieron reencontrarse

Salió de la bola, de los colegas de los estados que pudieron llegar, de los fotógrafos, de los camarógrafos que también se sumaron, de los "bulbos", los de tele, los de prensa, los reporteros de a pie, "la perrada" revuelta ahí, en la puerta de la dependencia federal, junto a las escasas, pero muy emocionadas, "vacas sagradas" del periodismo mexicano.
Salió de Don Miguel Ángel Granados Chapa, enorme y generoso al aceptar arropar, con su prestigio, a los "ilusos" organizadores de esta marcha.
Salió de entre los abrazos, las sonrisas de colega emocionado, de la alegría de quienes día a día se saben diferentes, se pelean la exclusiva, arman el "chacaleo", "se chingan" al del otro medio con tal de ganar la nota.
Salió de los cientos y cientos que contó la policía, la que dijo "son mil 200" cuando la caravana avanzaba desde el Ángel con su movilización de pocos precedentes.
Salió de entre las pancartas, de entre las mantas, de entre las gorras, de ese silencio que se convino blandir como protesta, como indignación, como manifiesto de hartazgo pero también de humildad: "perdón, a cada uno de nuestros colegas muertos, por no haber salido a la calle hace 10 años, cuando cayó el primero de los nuestros".
Salió de la certeza de que "juntos, nos salvamos".
Salió de la confianza de que piensan diferente, escriben diferente, relatan diferente, miran diferente, se sienten mejor que el otro, más chingón, más perro, más independiente, pero al final del día, cuando cierran la cortina, les aúna el oficio que eligieron para vivir sus vidas.
Salió de ese momento en que los nombres de los 67 compañeros, cuyas muertes permanecen en la impunidad casi absoluta, se fueron a apostar sobre la puerta principal de la dependencia del gobierno, como descrédito de un conjunto de instituciones que no funcionan bien, porque no quieren o porque no pueden, ni para los periodistas ni para casi nadie. Salió cuando esos nombres quedaron ahí, a la espera del día que la dependencia, todas las dependencias involucradas, decidan por fin hacer justicia: un día, un mes, un año, diez...
Salió, ese grito, cuando más lo necesitaba un oficio amenazado por la violencia, por la delincuencia, por el narcotráfico, pero también por la corrupción gubernamental que los solapa, los tolera, los ignora. Salió cuando aparecen voces que pretenden unificar las expresiones, acallar las realidades, manejar la percepción a modo, como si así se pudiera sostener en pie un país que se desgrana. Como si al país le sirviera un Jefe de Estado que se asume como Jefe de Información.
Salió, ese grito, de entre el manifiesto sin matices que exige "cumplimiento cabal, por parte de las instituciones del Estado mexicano y de los diferentes órdenes de gobierno, de su deber y obligación constitucional de garantizar y custodiar el pleno acceso y disfrute de los derechos a la libertad de expresión y al acceso a la información, para todos los ciudadanos y los periodistas, sin distinción de posiciones ideológicas, políticas o de cualquier otra índole".
Salió de ahí, de las gargantas unidas, en su ya memorable 7 de agosto del año de su reconciliación como colegas.
Un grito grueso, contundente, unísono, de trabajadores de los medios de comunicación sabedores de que sin periodismo libre no existe democracia posible, ni sociedad viva, ni país ninguno.
Un grito de justicia, de aliento, de determinación asumida. Un grito que casi quería llegar hasta los colegas de Sonora, Chihuahua, Baja California, Morelos, Veracruz, Nuevo León, Michoacán, Chiapas, Guanajuato, Oaxaca, Sinaloa y Guerrero, que también salieron a las calles.
Un grito rojo como la sangre de los colegas asesinados, negro como las pistolas, manchado como las mordazas de los secuestrados, un grito inmenso, en fin, como marea: ¡NI UNO MÁS, NI UNO MÁS, NI UNO MÁS!P.D.Todavía suena, el grito.
Aún cuando todos se retiraron a celebrar, chupando, su reencuentro con el otro.
Y fue espontáneo. Como casi todas las cosas que le habían dado origen, forma a este movimiento. Espontáneo, el pinche grito, como esas palabras que luego salen por la boca a borbotones, cuando a uno le estalla de emociones esa víscera llamada corazón.♠

¿Por qué ir al Ángel de la Independencia éste 7 de agosto?
...porque decenas de compañeros reporteros de distintos estados del país han sido asesinados, desaparecidos, heridos, amenazados, obligados a cambiar de ciudad o de vida sólo por ejercer su oficio.
...porque la sociedad a la que pertenezco tiene derecho pleno, irrenunciable, a ser y a estar bien informada, a decidir libremente a quién escuchar, a quién leer, a quién mirar, a quién creerle.
...porque la Constitución garantiza a todos los ciudadanos el derecho a difundir y obtener información, pero ese derecho hoy está conculcado en muchos lugares, en gran medida por hechos de violencia, acoso delincuencial y gubernamental, por impunidad, por falta de justicia, por corrupción, por la no vigencia de un pleno Estado de Derecho
...porque las condiciones de no vigencia plena de las garantías individuales, bajo las que hacen su trabajo colegas reporteros de algunas entidades, poco a poco van multiplicándose, como cáncer, en más y más entidades, amenazando por completo el ejercicio libre del periodismo en México.
...porque estos tiempos de duelo, amenaza, acoso, de furia contra los periodistas por parte de la delincuencia organizada, también son aprovechados por poderes políticos y económicos, de un signo y de otro, para intentar acosarlos, controlarlos, amordazarlos.
...porque estoy convencido de que este es el momento en el cual los periodistas mexicanos debemos unirnos, como no lo hemos hecho en generaciones, para establecer un marco de garantías mínimas para el ejercicio de una plena libertad de expresión, para ofrecer a la sociedad, a la que también nos debemos, un Periodismo serio, profesional, libre, plural, crítico: útil.
...porque al gobierno le corresponde custodiar las garantías en torno de la Libertad de Expresión, no limitarlas, ni matizarlas, ni revisarlas, ni mucho menos coartarlas.
...porque creo que el periodismo tiene la función de investigar, denunciar, relatar, pormenorizar y dejar constancia del momento que observa, con plena y absoluta libertad, como parte integrante y fundamental de la cultura y la sociedad a las cuales pertenece.
...porque me rehúso a uniformar mi punto de vista como periodista; porque las voces distintas hacen una Democracia; porque en estos tiempos de violencia y miedo es cuando más se requiere de la prensa libre, plural, crítica, observadora, cuestionadora, que explique a la sociedad, con sus distintos puntos de vista, sus fallas, sus defectos, sus problemas y sus potencialidades.
...porque el Estado mexicano tiene el deber, la obligación constitucional, de hacer respetar, sin cortapisas, el derecho de todas las voces a expresarse, a difundir su mensaje con garantías plenas y sin distingos.
...porque siempre existe la amenaza de que los políticos, sin importar partidos o tendencias ideológicas, vean en el periodismo crítico, plural y libre un enemigo a vencer, a amordazar, a controlar, a limitar e incluso a desaparecer. Y porque esa amenaza conlleva el riesgo de que desaparezcan también las libertades de toda la sociedad mexicana.
...porque en la industria comunicacional, el eslabón más débil, como siempre, es el obrero de la tecla: el reportero, el de abajo, el que gana la nota por unos cuántos pesos, el que está condenado a la medianía, el que ve cómo le regatean aumentos, ascensos, condiciones mínimas de trabajo, el que a veces no puede aspirar, ni siquiera, a un seguro de vida por el trabajo que realiza.
...porque pertenezco a una generación de reporteros que, creo, es más solidaria, más unida, menos mezquina con sus pares, a quienes no les regatea el derecho de pensar distinto, de mirar las cosas desde otros punto de vista.
...porque creo que es un excelente momento para que el periodismo mexicano se reencuentre con la sociedad a la cual se debe.
...porque creo en la frase “no coincido con lo que dices, pero daría mi vida por defender el derecho que tienes a decirlo”.
...porque soy reportero y quiero seguir siéndolo toda mi vida. Ejercer mi oficio con libertad, con garantías plenas, en el medio de comunicación que elija para realizarlo.♠
Un rumor... como de niños muertos
Luis Guillermo Hernández
@luisghernan
Justo muchos días después, su grito no alcanza a distinguirse en medio del caótico murmullo de una ciudad que olvida fácilmente, que siempre prefiere mirar hacia otro lado.
Y no es que ellos, ellas, no griten con todas sus fuerzas. No es que esas mujeres y hombres no se desgranen en estallidos de un dolor compartido que clama “¡asesinos!” o “¡Justicia!”, ante un edificio que pareciera siempre estar cerrado.

Porque el enorme y millonariamente remozado edificio del IMSS, para ellos siempre está cerrado.
No. Ellos gritan, encienden sus antorchas en medio de la lluvia, avanzan lentamente sobre una avenida que, además, les mienta la madre. Blanden sus pancartas derretidas de agua y agravios y cargan en un ataúd blanco las ofensas contra 49 niños sonorenses que murieron, contra otros tantos que quedaron marcados de por vida, sin que autoridad alguna se haga responsable de la tragedia. Gritan, chillan, aúllan. Pero no los escuchan.
¿Y por qué habrían de hacerlo? Ahí, en el aguacero de las siete de la noche de un día cualquiera sobre Paseo de la Reforma, esos doscientos, trescientos hombres y mujeres, no son más que gente sin rostro pidiendo justicia.
No son más que unos cuantos jodidos, de entre más de 100 millones, que están indignados por unos niños distantes, asesinados por la negligencia, la corrupción y el autoritarismo de gente que sí es importante.
Para el Poder, para quienes en México sí importan -da igual que se trate de un obeso Ministro de la Suprema Corte de Justicia, un diminuto gobernador que duerme plácidamente, un Presidente pequeñito cuyos hijos están bien cuidados o un atarantado funcionario del IMSS cuya clave de empleado le da para hacerse tonto-, ellos, los gritones no valen nada: se beberán su aguacero doloroso y regresarán a sus casas a rumiar desesperanza. Sólo eso.
Aunque sigan gritando. Aunque avienten en pequeñas hojas volantes sus preguntas a Margarita Zavala, la “prima lejana” de una de las dueñas de la guardería incendiada, saben de antemano la respuesta: "¿Cómo puedes dormir tranquila cuando muchas madres no pudieron despedirse de sus hijos?”.
Aunque se indignen, como Martha, una mujer de 64 años, ojos estrellados de llanto, labios abiertos a puro grito, que dice poder aceptar, y sin chistar, que haya narcotráfico, corrupción, violencia, robos, mordidas y hasta la falta de democracia que permea todas las capas de la estructura social mexicana... “pero no esto, la muerte de esos niños, porque aceptar la muerte de estos chiquitos es como volvernos animales”.
Los indignados se reparten a lo largo del infranqueable edificio del IMSS y despliegan los nombres de los 49 niños muertos, los de los otros 41 niños que quedaron con vidas marcadas.
Exigen renuncias que jamás han de llegar, juicios que se han de postergar hasta el infinito, despidos que jamás han de ocurrir para autoridades que no funcionan.
Y en su minuto de silencio, llano, solitario, gris, saben que en México, su México, no hay nadie que escuche.
Aunque sigan gritando al país que despierte, que haga algo ya, porque alguien asesinó a 49 de sus hijos y no ha habido nadie que pague por el crimen.
En medio del murmullo de la ciudad, en medio del susurro apagado de una sociedad indolente sonará un control remoto que sintoniza la telenovela de la tarde, el programa cómico, el fútbol, el programa radiofónico de bromas por teléfono.
Y ese volumen, embrutecedor, patético, apagará el grito de estos hombres y estas mujeres, apagará el sonido de este dolor que los poderosos van a dejar impune, que los poderosos tratarán de diluir:
¿A quién le importa? Es apenas un leve murmullo de gente, sonidos lejanos de quienes no tienen poder. Voces sin rostro. Rumor apagado, imperceptible.
Un rumor silencioso. Como de niños muertos. Asesinados.♠
Los niños de la furia 3a. Parte: ÉL, LÁGRIMAS
Él se llama “Lágrimas”, aunque debía llamarse “Cicatrices”.
Abre un poquito menos los ojos negros, esas canicas pestañudas de una hermosura robada a la más triste mirada de perro tierno, y sonríe, con labios francos y abiertos, para sosegarse con su futuro: “a ese hijo de su pinche madre también lo voy a matar”.
Ningún músculo se altera después en el rostro de “Lágrimas”, ni los párpados de pestañas interminables, ni los pómulos surcados por heridas, ni el cuello, apenas sus labios, que recuerdan la violencia más cruda, la acometida del pene agresor, el dolor bajo la espalda, las piernas dobladas, la panza en vértigos: “a ese hijo de su pinche madre también lo voy a matar. No se me olvida su cara. Va a llegar ese día en que me voy a sacar la espina”.Read more
Los niños de la furia 2a. Parte: TÚ, COLABICHI
La navaja entra filosa, lenta, contundente, en el envejecido abdomen de la gorda mujer ¿La sientes? ¿Ves el chorrote de sangre, el caliente chorro colorado que te salpica la pierna derecha del pantalón, y el grito del vigilante, el aullido, el miedo?
Fuiste tú, “Colabichi”, fuiste tú y tu mano derecha, tu mano de 11 años cumplidos meses antes. La foto de “El Debate”, aún sin permitir ver tu cara, dice que eres tú. La gorda mujer está aullando ¿Ves? También ella dice que fuiste tú, “Colabichi”. Y está aullando porque le enterraste la navaja justo debajo del seno derecho, y ahí sigue.
Entraste a robar, carajo, entraste ese jueves por la noche a la mueblería “Muebles para el Hogar Don José”, o algo así, en la zona Dorada de Culiacán, nomás para robarte unos cuantos pesos para el “perico” de la noche, y no ibas sólo, llevabas contigo a tu navaja, compañera de sangre como no has conocido otra. Ni conocerás.
Y no es la primera vez, escuincle de ojos pequeños, de hoyo en las mejillas, porque bien que cuentas, sin rubores pudibundos, que empezaste a caer en el Tutelar cuando apenas despegabas ocho calendarios y te urgía tener esa bicicleta, la primera de tu vida.
No es la primera vez, porque bien que traes la cuenta de tus robos y tus “malías”, que es la forma que encontraste para llamar a tus asaltos con violencia, intentos de homicidio, ventas de droga, consumos consuetudinarios de estupefaciente, intentos de violación, por los que, una vez y otra, te has ganado a pulso el mote que te designa y te iguala con un podrido animalillo ponzoñoso: “Colabichi”.
¿O no fue eso el asalto a mano armada afuera del Hospital Regional del IMSS en Culiacán, unos meses después del robo de la bicicleta, en 2002? ¿No fue eso el haberte brincado la cerca de la casa de la vecina en Guasave que, justo cuando habías tomado el bolso con casi tres mil pesos, te agarró de las greñas y se puso a gritonear hasta que llegó la patrulla junto con la familia que te había dado cobijo y traicionaste? ¿No fue eso la bicicleta que te robaste de una panadería, y que fuiste a perder un mes después en el Malecón del río del Puente Viejo porque viste otra mejor que no te pudiste clavar?
Sí, “Colabichi”, “se te prendió la loquera”, como dices, y desde los ocho años abandonaste a tu familia, o lo que quedaba de ésta, y dejaste Topolobampo nomás por malora, para agarrar de cordón umbilical el “cristal”, el “activo” y el “perico” “nomás por presumir”, que te han dado cuerda los años que han seguido.
Y la vida, “Colabichi”, que se te va escurriendo vuelta humo, como ese que despide la piedrita blanca que calientas con el foco encendido y te aliviana, te activa, pero cuando se te baja, entrado el amanecer, te deja casi ciego con un pinche rayiyo de sol de la mañana. Puum, dices bien “Colabichi”: “puum”.
“SÍ, LE PEGASTE EL BALAZO”
¿Dónde dejaste la niñez, “Colabichi”? Y no repitas que tus padres, campesinos sinaloenses, muertos de hambre como muchos, te la escondieron entre los cuerazos, la ignorancia y el divorcio. No repitas que las friegas de tu padrastro, adicto a la cocaína y alcohólico, y los gritos de “te voy a matar, te voy a matar” se la llevaron entre las sílabas.
¿Dónde la dejaste, escuincle de sonrisa grande, frente amplia, nariz rectilínea? ¿En el balazo que le metiste una noche a tu padrastro, ya harto de sus golpes, o en los gritos de tu madre, ahogada en el llanto que maldecía la hora de tu nacimiento y buscaba el hacha de su macho para darte?
Seguro dirás que ahí, que la pistola estaba cargada sin que lo supieras, y que tú sólo querías espantarlo al cabrón, sólo querías que te dejara de decir “maldito mocoso de mierda”, y que no te llamara “pinche perro, muerto de hambre” y que tu mamá dejara de fingir que no escuchaba y te abrazara, te dijera que te amaba, que no iba a permitir que te doliera una vez más el corazón, pinche “Colabichi” de poco aguante.
¿Fue ese día, “Colabichi”? ¿O fue cuando entendiste que nunca tuviste el cariño de tu madre? El día que descubriste que ya llevabas casi tres años, entrando y saliendo del Tutelar, sin verla a los ojos, sin mirar su cara redonda de mujer morena, treintañera, ni las manos, ni los ojos negros, ni los oídos puestos para escuchar que dejara a ese hombre y que tú le prometías darle dinero, mantenerla si fuera posible, darle amor y ayudarla con la plebe “como no hizo el hijo de puta” que te engendró.
No, “Colabichi”, a lo mejor ni sabes dónde diablos quedó tu ser de niño, porque empezaste a salir en los periódicos, en primera plana, y te sentiste admirado, temido, poderoso, y esa fama suplió cualquier ausencia.
Te ganabas los cuatro mil, cinco mil pesos más rápido que cualquier otro, y luego luego te acercaste a los meros jefes de la mafia culichi, que te enseñaron no sólo a abrir puertas de casas, sino también de autos, y cajas fuertes, y bodegas, y joyerías y vientres.
Y la alegría ¿Te acuerdas, chamaco de metro y medio? La alegría que sentías antes del robo, del asalto, esa sensación de poseer “felicidad, alegría, que tenía poder, algo” que llenaba hasta los huesos más dolientes de tus piernas maltratadas.
“AHÍ ESTÁ LA COBIJA”
¿Cómo crees que vas a huir de lo que duele, Colabichi? El mundo está hecho a esa medida. ¿Como aquella vez, te acuerdas? Cuando intentaste ahorcarte porque sentiste dentro de tu cuerpo que para nadie valías algo, y “se te prendió la loquera”, como dices, y rompiste la sábana, “ahí está la cobija todavía”, pero entró el “licenciado” y te preguntó que qué hacías, y llorando de rabia le dijiste que querías morirte. ¿Te acuerdas? Ese día que le pediste a Dios que perdonara todo lo que habías hecho. Pero no supiste bien si él te escuchó, porque dijiste clarito: “La vida que llevo se la agradezco a Dios. Los topes, no”.
¿O crees que la sangre algún día se te olvide? Dices que quieres hacer la preparatoria, “Colabichi” y que quieres ser policía de caminos de la Federal Preventiva. “De ratero a policía”, chamaco, para que te regresen las cachuchas de la AFI, las placas de la AFI y las camisas de la AFI que llevabas contigo la última vez que ingresaste al Consejo. ¿Y la sangre?
Sí, te vas a decir algo como esto: “perdí mi niñez, pero espero recuperar algo pa’ más a’elante, estudiar, tener familia, me tengo que ir de aquí, me voy a quedar aquí hasta mayo, y ya, hasta terminar la secundaria (en el Centro de Observación y Readaptación del Menor Infractor de Culiacán, Sinaloa) y luego voy a hacer la prepa afuera”.
Vas a decirte, como si fuera cierto, que “ahora me doy cuenta que perdí mi niñez y quiero disfrutar la demás vida que me queda”. Que “yo no me siento a gusto con lo que ha sido mi vida” y que hasta formaste la Banda de Guerra del Consejo, para que la música toque todo el día y vuelva la vida. Y que en 10 años vas a ser comandante de la AFI, y serás bueno, y no habrá más piedras en tu camino, ni topes, ni dolores.
Vas a decírtelo, chamaco de 14 años cumplidos, para que el chorrote de sangre de la gorda mujer, el caliente chorro colorado que te salpica la pierna derecha del pantalón, y el grito del vigilante, el aullido, el miedo, no te repitan cada día, en cada sueño, que fuiste tú “Colabichi”, que fue tu mano. Y despiertes llorando.♦
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Ver la Primera Parte
Publicado: Martes 7 de enero de 2006
Diario Monitor. Sección El País
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Los niños de la furia 1a. Parte: YO, EL CHOLILLO
Yo ‘stoy aquí por la bolsa ‘e droga, por ‘sa bolsa ‘e cristal ¿Ve?
Pero yo digo la verdaá, a mí me gusta decir la verdá ¿Ve?: Yo no la tenía. Sí andaba drogado, eso sí, porq’p’s andaba con mi novia Lupita y nos habíamos drogado con Ribotril, pero la bolsa esa no la tenía, esa me la puso el poli que me agarró.
Me llamo Antonio, pero quiquío me pusieron El Cholillo, orque decían q’iba ser un niño balandro ¿Ve? Pero la bolsa no la traía, yo andaba rolando con un morro, y andaba rolando con mi novia y que me agarran quesque puchando. Un policía que venía manejando me dijo:
- Ya se quién te la dio la droga, güey – venía en la camioneta el chota, en la patrulla ‘e doble cabina, n’el Centro, n’el mero Centro ‘onde está la plaza, Culiacán.Read more
La tragedia olvidada: el accidente del Metro en 1975
Ese lunes particularmente nublado de 1975, cuando nadie se esperaba que un boleto del Metro le cambiara la vida, figura entre los registros de las más grandes tragedias del transporte urbano subterráneo en el mundo, pero en México ha sido casi olvidado.
“Todo estaba normal, hasta que el convoy de adelante comenzó a pare y pare”, dijo el operador Carlos Fernández Sánchez, de 21 años aquella mañana del 20 de octubre.
Había salido de Tacuba, línea Dos, alrededor de las 9:05 de la mañana. Ya no era “hora pico”, pero cada uno de los carros del convoy llevaba aún entre 120 y 130 personas. La ciudad que habitaban comenzaba a crecer, ya tenía sus 7 millones y medio de personas.
Alrededor de las 9:36, el convoy tripulado por Fernández Sánchez se detuvo en Chabacano. Una estación adelante, el tren número 08, conducido por Alfonso Sánchez Martínez, otra vez paraba su corrida, porque la palanca de emergencia del carro número 06 había sido accionada, como ya había ocurrido antes en Hidalgo, Bellas Artes, Allende y Pino Suárez.
“Escuché con toda claridad y perfectamente que el Puesto de Control ordenó al tren de atrás que no avanzara, que debía detenerse de inmediato”, declaró Alfonso Sánchez. El operador “amarró” su tren, bajó de la cabina y se dispuso a desactivar la palanca.Read more
Un "calvario" en la ruta del narco
Luis Guillermo Hernández/enviado 
BOGOTÁ.- Jorge, un jalisciense de 39 años experto en sistemas, abre los brazos por séptima vez, baja la mirada que ya ni siquiera es de indignación, y mientras un par de manos enguantadas hurga nuevamente en sus maletas, deja escapar un resuelto “Yo no soy narco, señores”, que se estampa en el rostro del militar colombiano.
“Eso no lo sé yo”, reacciona el oficial, de apellido González, marcado acento guajiro, ojos profundamente oscuros, mientras lo apura a quitarse los zapatos, vaciar por completo la maleta, callar.Read more
“No es familia quien te lastima”
En sus ojos, color pulpa de zapote, va tomando forma un charco que amenaza con derramar algún viejo dolor sobre su rostro, pero María Elena, 48 años hace muy poco, lo seca de repente con un convencimiento: "una familia que te lastima, que te hace daño, no es una familia. Por eso yo estoy mejor aquí".
Muchas semanas después de huir de su hogar en Toluca, de que alguien la encontró dormida en una banca, la invitó a una nueva casa y la abandonó meses más tarde, de que vagó y durmió bajo los puentes, la mujer lava su único vestido, rojo cenizo, mientras cuenta, "en este mundo no hay amigos. Si hay traiciones entre familia, que no se duele la madre traicionar a la hija, cuanti menos con una gente extraña”.Read more


